jueves, 21 de agosto de 2025

Amor y odio en el ser humano

“Caín manda en el mundo. A quien lo dude, le aconsejamos leer la historia universal”. Leopold Szondi, 1969.

Una primera tesis es la siguiente: el hombre es asesino por naturaleza. Pero el entendimiento y la razón le hacen reprimir esos impulsos. Se podría hablar de un concepto de bestia domada. El bien es consecuencia de la cultura, mientras que el mal se debe a oscuros impulsos contra los cuales el hombre nada puede. Otra tesis, la opuesta, promulgada por Rosseau dice que el hombre fue pacífico y amistoso en la antigüedad y fue la civilización quien lo corrompió y lo hizo agresivo. Se podría decir que en la primera tesis la agresividad es innata y que es necesaria para la supervivencia del individuo primero y de la especie después. En la segunda tesis la agresividad sería aprendida, y por lo tanto puede desprenderse. Darwin fue el primero en exponer la primera tesis, una despiadada competencia a mano armada de la que sólo sale con vida el más fuerte, el más rápido y el más astuto. La etología enseña la inmutabilidad de la naturaleza humana y ve en un instinto de agresión innato el motivo principal de nuestras acciones. Para la etología, la agresividad sería una adaptación filogenética de la especie que puede llevarla a la autodestrucción.

Eibesfeldt expone en su libro, Amor y Odio (en el que está basado este artículo), la tesis de que el comportamiento agresivo y el altruista están programados de antemano por las adaptaciones filogenéticas, y que eso hace que haya normas trazadas de antemano para nuestro comportamiento ético. No solo la agresión es una adaptación evolutiva de la especie, también la tendencia a la cooperación y la ayuda mutua es tan innata como otras muchas de las pautas concretas del comportamiento humano. Porque a pesar de toda agresividad, las personas vivimos en grupo y deseamos pertenecer a uno o varios grupos. La paradoja es que el deseo de vivir en grupo provoca automáticamente la tendencia a aislarse de los demás grupos y ponerlos dentro de un esquema hostil. La lucha que necesariamente ocasiona esta tendencia de todos contra todos sólo se evita, según Hobbes, mediante las autoridades que imponen al hombre la unión, a pesar suyo, mediante reglas de convivencia, normas éticas y leyes. Con el lenguaje primero y la escritura después, la especie humana se separó definitivamente de sus primates antepasados, creando culturas y costumbres grupales distintas. Una función muy importante de los rituales es la de consolidar el grupo. Los grupos humanos crean costumbres que les permiten diferenciarse de los demás. No hace falta nombrar aquí las ventajas de vivir en grupo, algo llevado a cabo por todas las especies (salvo los reptiles). La protección frente a los enemigos fue un factor importante en la evolución que condujo a la formación de grandes concentraciones de animales primero y humanos después. Otra asociación ventajosa fue la pareja, en especial la monógama, que permite el reparto de tareas en la crianza de los hijos. Estos grupos pueden ser abiertos (recibiendo en ellos a miembros extranjeros) o cerrados (intolerantes). Los humanos formamos parte de ambos tipos de grupo, ya sea nacional, cultural, social, político o deportivo. Aunque nosotros representemos la tesis mencionada al principio de este artículo de que el hombre es por naturaleza sociable y amistoso, no debemos pasar por alto su tendencia a la intolerancia y la insociabilidad heredada de los dinosaurios y hallada en nuestra parte reptiliana del cerebro. La “excusa” principal para el enfrentamiento es conseguir territorio, uno con comida abundante para sostener al grupo. El que no conquista un territorio, no puede criar descendientes. Otra ventaja del comportamiento agresivo se advierte en los combates entre rivales. Muchos son los machos de vertebrados que luchan con sus pares en la época de la procreación. En esta lucha se selecciona a los más fuertes y sanos, y esto tiene especial importancia allí donde son los machos los encargados de proteger a los hijos. El hecho significativo es que solo los humanos matan a su contrincante. Las serpientes de cascabel jamás se muerden, y las rivales pelean según reglas establecidas. Lo mismo pasa con mamíferos, aves y animales marinos. Una vez visto uno como vencedor, este perdona la vida a aquel que le ha disputado el puesto, en una señal clara de compasión y supervivencia de su especie. En todo caso deja de pelear porque tiene una inhibición de la agresividad con la victoria. Mientras la iguana, con su actitud sumisa, desconecta los impulsos desencadenadores del comportamiento combativo y se concilla con el enemigo y el perro puede incluso volverse amistoso con su contrincante tras una pelea, el ser humano busca venganza, eternizando así el conflicto. 

Las opiniones están muy divididas en lo tocante a la naturaleza de la agresión humana. Ni siquiera hay acuerdo sobre la difusión del fenómeno. Helmuth niega que la agresión sea un fenómeno universal, y señala a los esquimales, los indios zuni y los bosquimanos como ejemplos de culturas no agresivas. Como ejemplo de disposición cultural pacífica suele citarse también a los arapesh de Nueva Guinea. Pero también estas gentes, que al parecer jamás se pegan, tienen sus agresiones. Marga­ret Mead dice que en estas culturas pacíficas a los niños les enseñan a no descargar su cólera en otros niños sino en algún objeto. Pero lo cierto es que todavía no ha presentado nadie la prueba convincente de que en un grupo humano no haya agresión de ninguna clase. Los indios de la selva virgen sudamericana, los papúes o las tribus del África negra en general no son menos agresivos que los ciudadanos de las naciones civilizadas. Y la agresión tiene en principio el mismo modo de manifestarse por todo el mundo. El alarde agresivo por los adornos, las armas y el aspecto viril tienen en el fondo en las más diversas culturas los mismos rasgos. Como en los animales, en el hombre la agresión conduce a la delimitación territorial de los grupos y a la formación de un orden jerárquico. El que llegó primero tiene visiblemente determinados derechos, que le reconocemos. Esto también se halla muy marcado en los primates. Consideramos ciertos ámbitos o espacios transitoria o continua­mente como nuestros y tenemos tendencia a enojarnos ante la trans­gresión por parte de cualquier otro (sino, esperen a que les okupen su casa mientras están de vacaciones). Esto es así en forma notoria principalmente entre los niños que están creciendo y entre muchos enfermos de la mente, que defienden, por ejemplo, su lugar en la mesa, su juguete o su cama con el mayor ardimiento. En experimentos llevados a cabo se ha comprobado que descargar la tensión resulta placentero, retenerla no tanto. Estos experimentos han demostrado que agredir o castigar a un infractor baja la presión sanguínea. Russel G. Green, en la década de los 60, quiso probar la idea popular de que “descargarse” (por ejemplo, agrediendo a quien te ha molestado) reduce la tensión interna y genera un alivio fisiológico medible. Para ello escogió universitarios varones, asignados a grupos aleatorios. Cada participante debía realizar una tarea con un “compañero” (en realidad, un cómplice del investigador). Durante la tarea, el compañero insultaba o criticaba duramente el rendimiento del participante, provocando frustración y enfado. Después de la provocación, a los sujetos se les dijo que podían evaluar el rendimiento del compañero usando descargas eléctricas como “feedback” (típico de estudios de agresión de esa época como el de obediencia ciega a la autoridad). En el grupo 1 podían aplicar descargas al cómplice durante una prueba previa. En el grupo 2 no tenían esa oportunidad. Los resultados fueron que en el grupo 1, la presión sanguínea subió tras la provocación, pero descendió notablemente después de aplicar las descargas. En el grupo 2, la presión permaneció alta durante más tiempo. Esto se interpretó como que la agresión física (aunque fuera leve y controlada) producía un alivio fisiológico inmediato. Green concluyó que la agresión podía tener un efecto catártico a corto plazo, aliviando la activación fisiológica causada por la ira. Sin embargo, estudios posteriores (Bushman, 2002) demostraron que aunque la presión bajara momentáneamente, la agresividad no desaparecía; de hecho, aumentaba la probabilidad de nuevas agresiones, lo que desmiente la idea de que “descargarse” sea una buena estrategia a largo plazo. Sea como fuere, la alta demanda de películas de acción, de deportes de riesgo, montañas rusas de vértigo, etc., indican que hay una necesidad, o sea un mercado, de descarga de adrenalina, descargando así las personas sus impulsos agresivos. Cuanto menos ocasión tenemos de dar satisfacción a ese instinto en la vida cotidiana, más dispuestos estamos a responder favorablemente a estímulos desencadenadores de la agresión. Y, por supuesto, una situación estimulante muy eficaz es la amenaza real o fingida al grupo al que pertenecemos (ya sea familia, equipo de fútbol, etcétera). Dollard y sus colaboradores han elaborado la hipótesis de que la agresión en el hombre se debe principalmente a sus frustraciones. Konrad Lo­renz, al contrario de los partidarios de esa hipótesis, sostiene que es bien sabido cómo la educación demasiado tolerante produce personalidades agresivas. Lorenz —famoso etólogo austriaco y premio Nobel— sostenía que una educación muy permisiva podría favorecer la agresividad porque, desde su perspectiva biológica y conductual, la agresión no era simplemente un rasgo aprendido, sino un impulso innato que formaba parte del repertorio natural de las especies, incluida la humana. La teoría instintivista de la agresión de Lorenz consideraba que la agresión funciona como un instinto adaptativo que ayuda a defender el territorio, jerarquizar grupos y garantizar la supervivencia. Este instinto acumula “energía agresiva” de forma espontánea, incluso en ausencia de estímulos externos, hasta que encuentra un desencadenante para liberarse. Lorenz usó la metáfora de una caldera: si no se libera gradualmente la agresión mediante interacciones reguladas (por ejemplo, juegos competitivos, confrontaciones simbólicas o límites claros), la presión interna crece. En una educación demasiado permisiva, el niño no encuentra esos canales regulados ni aprende a controlar y dosificar su impulso agresivo. Observando animales, Lorenz notó que muchas especies desarrollan rituales de apaciguamiento que frenan la agresión antes de causar daños. En humanos, estos “frenos” se aprenden en gran parte por socialización y disciplina. Si un niño recibe una educación sin normas claras, no desarrolla esos frenos inhibitorios, por lo que, llegado el momento, la agresión se expresa de forma descontrolada. Por ello, Lorenz sugería una educación con límites claros que enseñe al niño a canalizar la agresión de forma no destructiva. Pero investigaciones posteriores (por ejemplo de Albert Bandura) muestran que la agresión no actúa como vapor que se acumula y necesita “descargarse”, sino que más bien es una conducta que se activa o inhibe según el contexto, el aprendizaje y las recompensas. Los detractores de Lorenz sostienen que los niños aprenden agresión observando a figuras de referencia y a través de normas culturales. Es decir, un entorno permisivo sin modelos agresivos no necesariamente fomenta violencia; a veces produce pasividad o falta de iniciativa. Estudios realizados por Diana Baumrind sobre estilos de crianza muestran que el estilo permisivo no siempre implica ausencia de valores, y no siempre produce agresión. El efecto depende de factores como afecto, comunicación y expectativas. Se critica que Lorenz daba demasiado peso a la imposición de límites desde fuera, pero investigaciones modernas indican que el autocontrol se desarrolla también con autorregulación emocional y no únicamente con castigos o normas rígidas. Además, algunos detractores apuntan también que la represión excesiva de la conducta también genera hostilidad y violencia encubierta. Esto contradice la idea de que solo la falta de límites fomenta la agresión. Para resumir diremos que para Lorenz la agresión es innata, se acumula y, si no se canaliza con límites, explota; para sus detractores la agresión es más bien un producto del aprendizaje social, las normas culturales y el refuerzo, y no hay evidencia sólida de una “presión” interna acumulativa como él proponía.


Cuadro Lorenz VS Bandura


Aspecto

Konrad Lorenz

Albert Bandura

Base teórica

Etología (conducta animal)

Psicología social y del aprendizaje

Origen de la agresión

Innata, instinto heredado de supervivencia

Conducta aprendida por observación e imitación

Mecanismo

Se acumula como presión interna y necesita “descargarse” (teoría hidráulica)

Surge y se refuerza según recompensas y modelos sociales

Rol de la educación permisiva

La falta de límites deja que la agresión acumulada se exprese sin control

La permisividad no implica necesariamente agresión; depende de lo que el niño observe y reciba como refuerzo

Prevención de la agresión

Canalizarla mediante límites, normas claras y actividades sustitutivas (deporte, juego controlado)

Modelar conductas no agresivas, reforzar positivamente el autocontrol, reducir la exposición a modelos violentos

Papel del castigo

Necesario en cierta medida para regular la conducta agresiva

Puede ser contraproducente si es excesivo; mejor usar refuerzos positivos

Pruebas y experimentos clave

Observación de animales y analogía con humanos

Experimento del muñeco Bobo (1961-1963), que demuestra aprendizaje social de la agresión

Críticas recibidas

Poca base experimental en humanos; visión biologicista

Menos atención a factores biológicos o temperamentales


Sí es seguro que la educación que impone muchas frustraciones fomenta la actitud agresiva en el hombre. Pero esta agresividad en el niño puede rebajarse mediante el ejercicio, cuando se le permite a un niño el libre desahogo de los impulsos agresivos o incluso se le recompensa por su desfogue. Berkowitz opina que la existencia de una pulsión agresiva innata descubre perspectivas espantosas: “Un instinto de agresión innato -dice- no puede hacerse desaparecer ni con reformas sociales ni evitando todas las frustraciones. Ni la total abnegación paterna ni el cumplimiento de todo deseo eliminarían por completo ese concepto, a consecuencia del conflicto interpersonal. Para la política social esto implicaría claramente que la civilización y el orden moral deben basarse en definitiva en la violencia y no en el amor ni en el bien”

Así tenemos dos tesis fundamentalmente opuestas: la pesimista de Berkowitz, según la cual la hipótesis del instinto de agresión sólo puede producir violencia y acabamiento de la civilización y del orden moral; y la de Freud que, por el contrario, ve en el amor el enemigo natural de la agresión. ¿Quién tiene razón de los dos? Lo que es cierto es que hoy día vemos que la agresión provoca venganza agresiva y no sometimiento. Igualmente sucede con el castigo. Según unos el capitalismo, o la sociedad de producción, fomenta la agresión. La jerarquía es una manera de controlar la agresión, pero ¿qué pasa si hay muchos aspirantes a jefe? Pues que la agresión se eternaliza. La formación de un orden jerárquico presupone dos disposicio­nes que no se observan entre los animales que viven solitarios. En primer lugar, los animales deben dar muestras de ambición, y en segundo lugar deben mostrarse dispuestos a subordinarse en el caso de no poder llegar al pináculo. Es corriente que se imite al más fuerte. El hecho de que hasta ahora no se haya podido hacer realidad en la práctica el modelo de una sociedad sin jerarquía (y la eliminación radical de las jerarquías establecidas no nos acercó nunca al ideal, porque al punto se formaron nuevos sistemas jerárquicos), demuestra que segura­mente se trata de una disposición innata que arrastramos como herencia de los primates. El orden jerárquico es un medio de ordenación social y por ende, de dominar la agresión. Mientras se basa en el carácter y el saber, es aceptable para la sociedad. Uno no tiene más remedio que reconocer la autoridad basada en el conocimiento técnico. Pero la jerarquía establecida por las armas, por el poder o la fuerza genera sometimiento de unos y rebeldía de otros. Si nuestro fin es el amor sin restricciones a la humanidad, es necesario superar la división de los hombres en clases. Pero esto se ve como una utopía, ya que los poderosos necesitan la jerarquía para imponerse al resto, y el resto necesita un pastor que los guíe. ¿Imaginan a un cuerpo de bomberos sin jefe intentando sofocar un incendio? Sí, es posible que faltasen mangueras. 

Aunque el bien y el mal son subjetivos, podríamos tachar de malo todo aquello que va en contra  de la conservación de la especie. Pero en la especie humana, como hemos dicho, la maldad es subjetiva. Por ejemplo, en la guerra matar a un enemigo no se considera malo (aunque va en contra de la conservación de la especie matar a otro humano). Con los desconocidos y los diferentes a nosotros somos menos tolerantes. A esto ha contribuido el avance armamentístico a lo largo de los siglos. Cuando dos personas se atacan con las manos desnudas, una de ellas puede al fin someterse e incitar la compasión de la otra. Pero la invención de las armas cambió de repente la situación. Las hachas y espadas dieron la oportunidad de matar más rápidamente, pero fue sobre todo la lanza y luego el arco y las flechas las armas que rebajaron una posible compasión hacia el vencido. Matar a distancia es más fácil que asesinar a alguien con nuestras propias manos. Esto se comprueba a menudo en asesinatos por arma de fuego que posteriormente esta arma es usada por el asesino para suicidarse por arrepentimiento. Es muy posible que una persona “normal” deje con vida a su enemigo si tiene que matarlo a puñetazos, algo más difícil si empuña una pistola. Es casi seguro que sin armas tan mortíferas menos gente moriría. Al apuntar desde lejos, el tirador por lo general no tiene conciencia de que se apresta a matar a un semejante. Se fija en una manchita oscura del paisaje y dobla un dedo. En la distancia no hay posibilidad de defensa, ni de alegatos, ni súplicas y por supuesto de perdón. Pero quizá más grave aún que la invención de las armas sea la aptitud que tiene el hombre de anatematizar a sus enemigos. Si empuñas un arma pero no odias ni temes a tu contrincante, el arma no será usada. Para solucionar el “problema” de la compasión desde altas instancias se promulgan severas leyes de no fraternización, que restringen el contacto con los enemigos aun después de sometidos (musulmanes contra infieles, arios contra judios, blancos contra negros, etc.). La tendencia a establecer un vínculo con el prójimo es en realidad tan fuerte que siempre hay el “peligro” de que dos grupos enemigos traben una amistad si se hallan mucho tiempo frente a frente a distancia relativamente pequeña. En la I Guerra Mundial, las trincheras del frente occidental estaban tan cerca unas de otras que los franceses y los alemanes, durante los meses de calma incluso intercambiaban cigarrillos. Ni qué decir tiene cuál era el inconveniente de esa situación, por lo tanto la solución era cambiar los regimientos a menudo para que no entablasen amistad con el enemigo. Está proximidad es una herramienta para la compasión y a su vez para la supervivencia de la especie. Las imploraciones y la facultad innata de compadecerse son en nosotros adaptaciones de origen filogenético. La gran importancia que se atribuye a la propaganda de guerra muestra cuán fuerte es en los hombres la tendencia al contacto pací­fico. Con propaganda de guerra nos referimos a inculcar en el grupo adjetivos al diferente como terroristas, infieles, impuros, homófobos, misóginos, racistas, fascistas… Esta facultad de suprimir la compasión es en definitiva la que convierte a un ser humano en un asesino impasible. En este sentido dice también Lorenz que el hombre puramente positivo, que no escucharía sus voces internas, con toda seguridad no sería un ángel, sino más bien todo lo contrario. Estás voces internas inculcadas desde el poder son éticamente reprochables, pero moralmente se nos ha inculcado también la obediencia a la autoridad. Esta era y es en diversas culturas también un valor ético. Las órdenes eclesiásticas todavía exigen el sometimiento ciego, y la disposición de Abraham a matar a su hijo sigue hoy en pie, como estremecedor símbolo, en nuestra cultura occidental. Eibesfeldt cree que la obediencia debe prestarse solamente por convencimiento, y debe terminar cuando se le pide al hombre que inflija un daño a su semejante. Con toda seguridad, la disposición obediente, la tendencia a disciplinarse y someterse, es un valor ético, pero puede hacer de los hombres instrumentos sin voluntad. Por suerte, como demostró Milgram en sus experimentos, la obediencia a la autoridad actúa como las armas, a mayor distancia menos obediencia. Y gracias a Dios nuestros políticos se alejan cada vez más de sus súbditos y las deserciones en países en guerra son cada vez más comunes. Según el Huffpost, los tribunales militares rusos han tramitado 15.902 expedientes por deserción. Una muy  buena noticia para la paz.

Si bien en la actualidad hay ritos bélicos por doquier (en la religión más ortodoxa, en el séptimo arte, en la política, etc.), también hay ritos pacíficos. Si se observa a los animales sociales se comprueba que la mayoría de sus ritos sirven para la conciliación, enteramente igual que nuestra sonrisa. Se sabe también que en las aves llegar al nido sin nada en el pico provoca el enojo de la pareja, así como si nuestra pareja llegase con las manos vacías el día de nuestro aniversario cuando has preparado una cena especial. El interés altruista es un rito pacificador. Los machos de golondrina marina cortejan a su hembra ofreciéndole un pez. El regalo funciona como pacificador tanto en el mundo animal como en el nuestro. Seguro que lo han comprobado alguna vez al dar o recibir rosas tras una discusión. Otra función conciliadora es la de los cuidados corporales, muy documentada en animales. También el comportamiento infantil inhibe las agresiones. La búsqueda de protección es uno de los principales motivos de la unión con los congéneres, y tal vez uno de los más antiguos. Los vertebrados superiores buscan ante todo refugio en su ma­dre; lo mismo las gallinas que los hombres. Los niños de los humanos se calman cuando se les da un chupete, y para dormirse abrazan gustosos o aprietan en la mano objetos blandos, como ositos de peluche o pelotas de lana. El semejante ofrece refugio y protección y así, en cierto modo, adquiere una valencia de hogar. Por eso es fácil reforzar la vinculación en un miembro del grupo mediante una motivación de temor. En este podemos tomar como ejemplo la creación del Estado de Israel. El temor a sufrir la enésima expulsión de un país o un nuevo holocausto inclinó al pueblo judío a solicitar tierras donde establecerse y fundar así un Estado judío donde sentirse protegidos. Konrad Lorenz opina que la amistad, la unión de dos o más individuos para formar una comunidad defensiva, sería el punto de partida para el desarrollo de las relaciones individualizadas. Y como el grupo puede considerarse una ampliación de la familia. La defensa del grupo, con sus fuertes emociones, bien puede derivarse de la defensa de la progenie y de la familia. La defensa en común de la progenie, o del grupo en su caso, unifica. Así pues, podría decirse que los nacidos en un mismo país forman una gran familia. Algo interesante de saber es que sólo los animales que cuidan de su prole forman agrupaciones exclusivas (entre ellos los humanos). Además del cuidado a sus descendientes, la pertenencia a un grupo ofrece otras ventajas:

  • Impide agresiones entre sus miembros (los hermanos no se pelean)

  • Se crean ritos de conciliación (las misas en la familia católica, por ejemplo).

  • Protege contra temores externos (cuánto más grande sea el grupo menos enemigos tiene)

  • Ofrece normas de convivencia usando la diplomacia entre sus miembros (por ejemplo, en la región de Hirschberg, el pretendiente a casarse con una joven llamaba a la puerta de los padres y pedía lumbre para su cigarro. Si le contestaban que no tenían quería decir que su petición no era aceptada. En las relaciones cotidianas la diplomacia se representa con frases como “lo sentimos mucho”, “no nos es posible”, o bien empleamos la fórmula “sentimos tener que comunicarle...” para conservar la paz dentro del grupo.

  • Ofrece a sus integrantes una cultura exclusiva para reconocerse entre ellos (vestimenta, saludo, idiomas, etc.). Un apunte: según Eibesfeldt el beso en la boca amoroso viene del hecho filogenético de dar comida de boca a  boca a las crías. El beso como saludo no es universal (véase el frotarse la nariz en distintas culturas por ejemplo). Dar de comer es un gesto amistoso universal (como por ejemplo cuando un niño ofrece comida a un adulto). El ofrecimiento de regalos comestibles cumple en el hombre sin ninguna duda una función vinculadora. al mismo tiempo que calma la agresión. En el lenguaje también pueden observarse fenómenos regresivos a la infancia que promueven el amor entre dos personas. Los enamorados hablan como niños y emplean muchos diminutivos. En presencia de los hombres, las muchachas se hacen pasar por seres inermes, y su comportamiento infantil desencadena el asistencial. La infantilidad provoca ternura y deseo de protección, por ello mismo un grupo fundacionalmente joven será más protegido que uno antiguo (movimiento feminista contra tradición patriarcal).

  • Comportamiento heterosexual para la supervivencia y agrandamiento del grupo. E incluso algunas culturas y religiones penalizan o prohíben directamente la procreación con miembros externos del grupo.  Para la supervivencia del grupo se asigna el rol de trabajo al hombre y el de cuidado de los niños a la mujer. Para que los roles perduren, y la posibilidad de que el niño se convierta en adulto y procree en beneficio del grupo se establece el ritual matrimonial. Para mantener el ritual matrimonial en el tiempo, la mujer, mediante una serie de particularidades fisiológicas, está en condiciones de satisfacer al hombre en sus deseos instintivos, lo mismo fuera que dentro de los días fértiles. Sí, lo sé, los tiempos cambian, hoy día la mujer es más independiente, etc. Por esto mismo, y por otras causas, los grupos son hoy día más difusos y menos vinculadores. Para aumentar esta disposición copulativa apareció el orgasmo. El hombre, no solamente tiene una continua disposición sexual, sino que la conserva hasta una edad muy avanzada. Y el buen sexo une mucho a una pareja. Las adaptaciones biológicas sirven precisamente para hacer que pueda producirse la unión tam­bién fuera de los períodos fértiles, cosa que ilustra la gran importancia que tiene la función vinculadora de la pareja en la sexualidad. En este sentido puede entenderse la importancia de las orgías en las sectas. Si en una familia han nacido varios niños, seguramente tiene sentido para la conservación de la especie que el hombre siga con la mujer y cuide de los niños mientras crecen, aun cuando hubiese desaparecido la capacidad reproductora de la mujer. Las relaciones pasajeras, cambiando continuamente de pareja, deben considerarse una fase transitoria de búsqueda y experimentación juvenil. Enamorarse es anudar un lazo con una persona exclusivamente. Y esto es una necesidad que forma parte de nuestra naturaleza. La poligamia es también frecuente en culturas y religiones. Se justifica la poligamia declarando que tenemos rela­ciones hondas y muy individualizadas con nuestros hijos, y que nues­tros sentimientos no se hacen más superficiales cuando hay más de un hijo. A casi nadie se le ocurriría la idea de propagar en serio la familia de un solo hijo para que la relación entre padres e hijo resultara más íntima. Aunque la monogamia es la opción más numerosa en el planeta, hay diferentes culturas no monógamas que han perdurado a través de los tiempos. Una de ellas es los Mosuo, en China, donde no existe matrimonio formal: los hombres visitan por la noche a las mujeres, y la descendencia pertenece al linaje materno. La convivencia de pareja estable no es obligatoria y la crianza pertenece a la familia de la mujer. Igual sucede con los Naxi, también en China. Los Masai o los Wodaabe africanos son polígamos, igual que los Yanomami, los Tupinambá, los Guaraníes y otros grupos amazónicos. Así mismo, la naturaleza ha inhibido el incesto innato o la cúpula entre parientes cercanos en los animales (no así entre los antiguos monarcas). A esto añade Eibesfeldt que el deseo sexual por parte de un hijo hacia su madre que proclamaba Freud es antinatural. Los etnólogos que interrogaron a diversas culturas a fin de descubrir por qué no se casan entre hermanos o entre padres e hijos, siempre tomaron nota de que los interrogados no comprendían en absoluto. Nunca se les había ocurrido aquella idea, y eso era todo. Otro tema es el de los géneros y el amor entre seres del mismo sexo. Aunque es lícito, no puede decirse que sea un comportamiento filogenético destinado a la supervivencia de la especie. En cambio, primero las adopciones y después la fecundación in vitro o el vientre de alquiler cubre esa carencia entre parejas del mismo sexo. 




  • La solidaridad en el combate es otro argumento a favor de la formación de grupos. Observamos que tan sólo en los animales que cuidan de su prole se forman comunidades de combate con ayuda mutua. Defender el territorio es también defender a la descendencia. Aunque la guerra es un comportamiento básicamente masculino, entre los macacos de la India también combaten las hembras cuando se producen encuentros entre grupos. Pero los machos son los más activos y están en condiciones de contraer un lazo de amistad con otro simio por la agresión, tratando de arrastrar al amigo potencial a una acción agresiva conjunta. Como primates viviendo en grupos cerrados, tenemos tendencia a juntarnos estrechamente ante el peligro. La defensa o la agresión en común crean un vínculo extraordinariamente fuerte. Así es en los pueblos primitivos, y no cabe duda que nosotros seguimos el mismo patrón. El ejemplo futbolístico nos da una idea de la unión emocional entre dos seguidores de un mismo equipo que no se conocen de nada. El problema es que para mantener esta unión combativa es necesario un enemigo común, algo que eterniza el conflicto, aunque un enemigo que une, y mucho, son las catástrofes naturales.

  • Otra vinculación grupal viene dada por el miedo. La vinculación por el miedo es ciertamente la más antigua entre los vertebrados. Un ejemplo claro en sociedades demócratas actuales es el miedo inducido desde la “izquierda política” al liberalismo económico o a la extrema derecha política. Los polí­ticos fomentan tanto el temor al enemigo como el temor al caos, por­ que el orden nos da una orientación y, con ella, seguridad (y a ellos les da más tiempo para robarnos). Pero este orden mal gestionado puede llevar al conformismo y a hacer buena la frase más vale malo conocido que bueno por conocer, como sucede en la España de Sánchez en la que se ha normalizado la corrupción por temor a que nos gobierne la extrema derecha o los nietos del dictador Franco. Este hecho hace que los españoles se sometan a los corruptos por miedo a posibles escenarios extremistas infundados desde la bancada corrupta, ya que al no haber gobernado nunca no podemos verificar si tales acusaciones son verdaderas o simplemente son una estratagema para eternizarse en el poder (como hizo Franco). La vinculación por el terror es finalmente una estrategia de la tira­nía, Así como el perro castigado se echa gimiendo a los pies de su amo y le lame la mano que empuña el látigo, los hombres se someten al cruel dominador y le obedecen.

Ritos vinculadores: 

  • El saludo. Aunque se saluda de muy diversas maneras en todo el planeta, el saludo, sea cual sea, es universal y propio de todas las culturas. Se añade al saludo también la despedida. Es evidente el significado pacificador del saludo en la vida cotidiana de los humanos. Si uno no saluda, desencadena agresiones incluso en el mismo seno de la familia. La devolución del saludo es una confirmación importante de la disposición al contacto, y hasta cierto punto contiene un compromiso. Por eso, el saludo correspondido suele ser garantía de seguridad. El saludo crea y confirma la alianza. En los Estados Unidos se ob­serva que los negros que no se conocen se saludan en las paradas del tranvía, y así documentan un sentimiento de solidaridad.

  • Reuniones. Las reuniones y las festividades tienen gran importancia para la convivencia de los humanos y por lo tanto para su supervivencia. La supervivencia de las comunida­des menores depende de que puedan aliarse con otras, que les presten ayuda y refugio en caso de necesidad. Esos pactos de amistad se concluyen en fiestas y con fiestas se corroboran. El gasto económico que hacemos al invitar a alguien refleja la estimación en que se tiene al invitado; en general es una muestra de consideración atribuir a éste una elevada categoría, y eso se demuestra mediante el despliegue de galas, un servicio esmerado o cosas por el estilo. A más dinero gastado, más importancia se le da al invitado. Los días festivos en los que se conmemora un acto importante histórico de la nación está destinado a la solidaridad y la cohesión de sus ciudadanos. En general, lo más importante de la ceremonia es el comer y beber en común, que aparece, por ejemplo, en la mayoría de los ritos de casamiento desde la antigüedad. Las fiestas navideñas sirven para confraternizar con el resto de la especie, y todo lo que tenga tal fin debe ser bienvenido más que nunca en estos días que vivimos.

La evolución humana, como la de cualquier organismo, se basa también en procesos de maduración, crecimiento y diferenciación, cuyo programa está ya trazado de antemano en el patrimonio o genoma de la especie. El niño está programado de modo tal que requiere el contacto con el mundo exterior, pero estos contactos deben ser facilitados por sus padres o gente de confianza. El niño desea socializar desde recién nacido y por ello sonríe y mira a los ojos de sus interlocutores. Ya a los siete meses de edad el bebé sabe reconocer a un conocido de un desconocido y muestra preferencia por un individuo frente a los demás conocidos, que normalmente suele ser la madre o el cuidador que más se dedique a él. Al madurar en el segundo semestre el temor a los desconocidos aumenta la fuerza de la vinculación a la persona preferida, y la posibilidad de tal vinculación es premisa del posterior desarrollo normal de la persona. El niño que no es debidamente cuidado o que no tiene una relación afectiva normal con un solo cuidador (por ejemplo, en un hospital más de una enfermera cuida del bebé, no sólo una, y por lo tanto el bebé no puede establecer una relación especial con nadie en especial), provoca un distanciamiento del mundo exterior y cae en un estado de apatía. En un hospicio, por ejemplo, los niños se retrasan en su desarrollo físico y mental, a pesar de tener mejores condiciones de higiene y mejor alimentación que en una casa pobre. Como las cuidadoras están cambiando continuamente, tienen que renunciar a tener contacto social con ellas. Por lo demás, las cuidadoras tienen mucho que hacer, y no les queda tiempo para jugar con los niños ni consolarlos. Según René Spitz, un tercio de estos niños mueren al final del segundo año de estancia en un centro de acogida. El cociente de desarrollo de los supervivientes llega más o menos al 45% de lo normal. Si sobreviven, tienen después temor a los contactos, y es fuerte en ellos la tendencia a una carrera criminal, y acarrean trastornos sociopáticos. Siguiendo el estudio de Spitz, los niños de hasta dos y tres años criados en instituciones todavía no sabían correr. Entre los niños de 18 meses a 2 años, solamente dos de los 26 supervivientes criados en el auspicio hablaban un par de palabras. Estos dos también corrían, y un tercero empezaba a hacerlo. Está comprobado que la ausencia de posibilidades de vinculación individualizada con otra persona en la más tierna infancia causa en el comportamiento social daños resis­tentes a la terapia. Las investigaciones de Harlow con macacos en la India  demostraron que si se crían hembras aisladas del grupo y sin ninguna referencia maternal, esas hembras resultan después ser malas madres. Maltratan a los pequeñuelos y se los dejan quitar sin oponer resistencia. En este caso también el comportamiento social posterior fue dolorosamente trastornado por la experiencia a temprana edad. La falta de una figura maternal competente hace que el niño no se vincule emocionalmente con ningún ser humano y en el futuro se hará egoísta y se interesará principalmente en las cosas materiales. Buena parte de nuestro desarrollo se basa seguramente en procesos de maduración. Ciertas actitudes fundamentales del hombre, como la afección, el temor y la agresión, maduran siempre en ese orden. Normalmente, el niño aprende en el diálogo con la madre que siempre hay alguien ahí, que está solícitamente cuidado y que sus necesidades sociales están tan cubiertas como las materiales. Aprende como actitud fundamental el enfoque positivo de que uno puede fiarse de sus semejantes, actitud primordial en el ser humano. Esta confianza original es el pilar principal de una personalidad sana. En muchas situaciones de la vida diaria comprobamos esta actitud básica, como cuando nos confiamos a un medio público de comu­nicación o pedimos a alguien un informe. Esperamos de nuestros semejantes fundamentalmente lo bueno, y nada perjudica tanto como la con­fianza decepcionada. Esta confianza original es la premisa de todo enfoque positivo de la sociedad, de toda capacidad de identificación con una colectividad, de todo compromiso social. La capacidad de amar a sus semejantes presupone la capacidad de contraer amistad y de confiar en un ser cercano. “Los niños que crecieron sin amor estarán de adultos llenos de odio”, dice R. Spitz. Y visto lo visto, hay muchos niños en el mundo que nacieron sin amor hacia el congénere y por ello coparon puestos de poder promoviendo guerras, siendo usureros y materialistas, deseando que la humanidad sufra lo que ellos sufrieron de pequeños. En el otro extremo, la educación demasiado tolerante en la primera infancia produciría también por lo demás frustraciones, ya que el niño trata de orientarse en el mundo. Algunas directivas culturales le dan seguridad. Toda educación extrema es en el fondo intolerante y por lo tanto represiva.

Durante su crecimiento, el niño va ampliando considerablemente el círculo de sus conocidos y anudando relaciones estrechas con sus hermanos, parientes y amigos. El grado de confianza es determinado por el grado de conocimiento, y se reduce a un mínimo con éste. Los desconocidos causan miedo al niño, que vive totalmente en un grupo individualizado. Los habitantes de una aldea, por ejemplo, se conocen todos unos a otros. Los desconocidos son rechazados, a menudo atacados, y en el mejor de los casos, tolerados con una reserva curiosa. Con el desarrollo de las civilizaciones, las agrupaciones individualizadas fueron transformándose en ciudades y las comunidades tribales en agrupaciones anónimas, y al final ya nadie se conocía en una ciudad. Por otra parte, tampoco era posible ya mantenerse aislado de los desconocidos, y hubo que aprender a convivir con ellos. Esto ocasionó, y ocasiona, una serie de problemas. La amistad provoca vinculación, al contrario, el extraño o el desconocido provoca agresión. Este sentimiento de solidaridad aumenta al aumentar las posibilidades de comunicación. Por radio y TV antes y hoy día internet,  nos enteramos diariamente de la existencia de otras personas y de sus preocupaciones, y nos interesamos en ellos por encima de las fronteras políticas. Ciertamente, los demagogos tratan ahora como antes de crear simulacros y espantajos hostiles y de hacer creer que los enemigos son monstruos inhumanos, para distraernos de nuestros propios problemas, utilizando los mismos medios que nos acercan como humanos, pero cada día es más difícil convertir en seres odiosos a los contrarios, ¿ o no? Eibesfeldt tiene la impresión de que los partidos beligerantes se exponen cada vez más a la crítica de la opinión pública, y que esta los frena de llevar a cabo más conflictos. Los medios técnicos de comunicación y los crecientes contactos personales entre gentes de distintas ideologías a través de las redes contribuyen a acabar con la desconfianza, ¿o no? Para una mayor vinculación de la especie debemos deshacernos del miedo a lo desconocido, a los extraños. La persona sin escrúpulos, agresiva, que consigue disimular bastante bien su insuficiencia so­cial tiene en la formación anónima ocasiones de llegar a la cumbre mucho mejores que en la sociedad individualizada. Los personajes situados en puestos superiores que no conocen personalmente a sus subordinados tienen además menos escrúpulos para servirse de ellos. El individualismo y la subjetivación también han promovido la desaparición de tradiciones culturales cohesionadoras. Ya no se aceptan las costumbres sin someterlas a crítica, y esto lleva a cierta relativización de los valores humanos. Las tradiciones crean orden y dan seguridad al portador de la cultura. La fase juvenil de búsqueda de valores se alarga, y el resultado es una estabilización tardía de la personalidad. Además, la aceptación de la injusticia lleva al individuo a actuar bajo sus propios valores, los cuales cambian según el momento y la condición. Otra consecuencia de la actitud crítica del hombre contemporáneo es su escasa disposición a reconocer autoridades, y las mismas autoridades tampoco están muy convencidas de su papel. Debido a la inmensa información que tiene la juventud de hoy día, no puede identificarse sin reserva con los antiguos valores y pone en duda la capacidad que los viejos tengan para dirigir. Han perdido el respeto a sus mayores, pérdida a la que los mayores han contribuido con esmero. ¿Cómo puede un joven respetar la ley si los que deben dar ejemplo tampoco la respetan? Agrava este hecho que la meritocracia brille por su ausencia y el joven compruebe que solo la experiencia o el enchufismo le pueda dar un buen sueldo. Cada vez son más los movimientos estudiantiles que reclaman derechos y cada vez más son ignorados.

Otro problema que tiene la especie humana para cohesionarse es la sobrepoblación. El estrés que provoca la masificación en espacios reducidos (centros comerciales, discotecas, estadios de fútbol, etc.) provoca que aumenten las posibilidades de agresiones. Esto puede ser visto también como un método de regulación poblacional y de selección natural, ya que hay una alta probabilidad de que el débil muera a manos del más fuerte.  Experimentos realizados con tupaias y una serie de roedores han dado por resultado que si se sobrepasa determinada densidad de población, estos animales se irritan tanto unos a otros que se producen variaciones hormonales, que acaban por matarlos. Solamente el control de la natalidad puede suavizar el factor de la aglomeración y satisfacer las necesidades biológicas de espacio y calma del indviduo, por no mencionar la mejora del medio ambiente. “Las condiciones de trabajo también podrían hacerse más agradables, Pero de todos modos siempre tendremos que vivir con la sociedad multitudinaria y esto requiere no solamente la suavización de las asperezas sino también el restablecimiento de la confianza que cada quien siente en la formación individualizada, para lo que en todas partes se buscan caminos”. Dice Eibesfeldt que la competencia crea discordia y que por eso, una sociedad pacífica sólo puede prosperar después de haberse deshecho de la propiedad privada. Pero no se puede acabar con la propiedad privada sin desaparecer también la meritocracia. La competencia en seres civilizados es una herramienta que nos hace mejorar como individuos, nos hace esforzarnos y superarnos día a día. Pero claro, estamos hablando de seres civilizados. Así que para ser civilizados debemos acabar con todo tipo de delito, y eso sólo es posible educando a nuestros hijos en el amor altruista y respeto al igual y al diferente. 

Las cosas se complican además con el hecho de que un carácter puede ser ventajoso para sus portadores en un círculo funcional y desventajoso en otro. Para los peces que se orientan con los ojos es una ventaja el poder reconocer rápidamente algunas características llamativas de sus rivales o su compañera desde grandes distancias. Pero una señal llamativa también la ve el enemigo devorador. Si se calcula el logro de una especie por el número de sus descendientes viables, la nuestra está sin duda adaptada a la vida en sociedad multitudinaria. Pero la adaptación no es completa, ni mucho menos. La agresión, junto con el avance tecnológico, puede llevarnos a la extinción, y no solo nuestra extinción, también a la del resto de especies. Si bien tenemos un instinto innato de agresión dado por la filogenética para nuestra supervivencia, también tenemos instintos innatos para la socialización y la cooperación entre los integrantes de nuestra especie.  Por la relación personal entre madre e hijo nace en noso­tros la confianza primordial, en la cual se funda posteriormente nuestra actitud social básica y con ella, en general, la facultad de comprometerse socialmente. A medida que vamos creciendo vamos siendo conocedores de la cultura, de los valores y de las normas sociales que nos ayudan como sociedad a saber convivir unos con otros. La educación con amor puede llevarnos a una convivencia pacífica a nivel planetario. Es cierto que hay mucho malvado y que copan éstos el poder, pero hay más gente bondadosa que unida puede echar al traste los perversos planes de estos seres educados en hogares sin amor y llevados únicamente por el egoísmo. Como he dicho ya en numerosas ocasiones a quien me quiere escuchar, el carné de padre o madre es conveniente ganarlo y no se debería dejar ser padre a un ser que demuestre desde pequeño ser un tirano debido a su inseguridad personal. El miedo al cambio es también algo que debemos superar, practicando el nuevo refrán “más vale bueno desconocido que malo conocido”. Así, si usted es alguien bondadoso, es padre y quiere un mundo mejor para él, eduque con amor a su hijo, confíe en la bondad humana y pierda el miedo al cambio, incluso a la muerte, porque sinceramente le digo que la muerte no existe. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario