Este artículo nos introduce en el mundo de la psicología conductual de la mano del psicólogo Ramón Nogueras y su libro Por qué pollas haces eso. El libro trata de una manera informal y con ejemplos las distintas temáticas de la conducta desde su perspectiva psicológica para que comprendamos por qué actuamos como actuamos y cómo cambiar nuestra conducta si ésta nos lleva por el mal camino. Un libro muy interesante que les recomiendo. El entrecomillado son frases extraídas del libro.
¿Qué es esto de la psicología conductual?
La psicología conductual, también conocida como conductismo, es una corriente de la psicología que se centra en el estudio del comportamiento observable y su relación con el entorno. A diferencia de otras corrientes que se enfocan en los procesos mentales internos, el conductismo se basa en la idea de que la conducta puede ser aprendida y modificada a través de la interacción con el ambiente. El conductismo busca aplicar métodos científicos y objetivos al estudio del comportamiento y su ámbito de aplicación va desde la educación a la actitud nuestra en el día a día. Tiene dos conceptos centrales que son el condicionamiento clásico y el condicionamiento operante:
Condicionamiento clásico: Desarrollado por Iván Pavlov, este tipo de aprendizaje se basa en la asociación entre dos estímulos. Un estímulo neutro se presenta junto con un estímulo incondicionado que provoca una respuesta automática. Con el tiempo, el estímulo neutro se convierte en un estímulo condicionado que también provoca la respuesta, aunque ya no esté presente el estímulo incondicionado. Un ejemplo clásico es el experimento de Pavlov con los perros, donde asoció el sonido de una campana (estímulo neutro) con la comida (estímulo incondicionado) que provocaba la salivación (respuesta automática). Con el tiempo, los perros comenzaron a salivar (respuesta condicionada) al escuchar la campana (estímulo condicionado) incluso sin la presencia de la comida.
Condicionamiento operante: Propuesto por B.F. Skinner, este tipo de aprendizaje se basa en las consecuencias de la conducta. Las conductas que son seguidas por consecuencias positivas (reforzamiento) tienden a repetirse, mientras que las conductas seguidas por consecuencias negativas (castigo) tienden a disminuir. Por ejemplo, si un niño recibe una recompensa por hacer sus tareas, es más probable que las haga en el futuro. Por otro lado, si un niño es regañado por portarse mal, es menos probable que repita esa conducta.
Experimentos de Wilson
Para empezar a introducirnos en el conductismo y para qué sirve presentamos los experimentos realizados por el psicólogo Timothy Wilson y su equipo en la Universidad de Virginia y Harvard. Estos experimentos exploraron la dificultad que tienen las personas para estar a solas con sus pensamientos, llegando a hacer cosas estúpidas para matar el aburrimiento. En uno de los experimentos, se pidió a un grupo de estudiantes universitarios que permanecieran solos en una habitación sin distracciones durante 15 minutos. Se les dijo que solo podían sentarse y pensar. Los resultados revelaron que la mayoría de los participantes encontraron la experiencia desagradable y difícil. Muchos informaron que sus mentes divagaban y que les resultaba difícil concentrarse en algo específico. En otro experimento, se les dio a los participantes la opción de autoadministrarse una descarga eléctrica leve en lugar de estar a solas con sus pensamientos. Sorprendentemente, un número significativo de participantes, especialmente hombres, prefirió darse la descarga eléctrica antes que seguir pensando, incluso algunos llegaron a autosuministrarse descargas máximas para comprobar su tolerancia a la electricidad. Isaac Asimov decía: «El aspecto más triste de la vida en la actualidad es que la ciencia acumula conocimiento más rápido de lo que la sociedad acumula sabiduría». Y desgraciadamente esto es así. A pesar de las críticas a la metodología utilizada, los experimentos de Wilson han puesto de manifiesto la importancia de comprender cómo las personas se relacionan con sus propios pensamientos y cómo buscan evitar el aburrimiento y la soledad. La psicología conductual nos ayuda a comprender por qué hacemos lo que hacemos, incluso cuando no tiene sentido. Nos explica que nuestro comportamiento está influenciado por una serie de factores, tanto conscientes como inconscientes, como nuestras emociones, nuestros hábitos y nuestro entorno. Entender la conducta propia y ajena es esencial para nuestra supervivencia y para poder relacionarnos con los demás. Hay psicólogos que lo denominan tener una teoría de la mente, es decir, la capacidad de reconocer que otras personas tienen pensamientos, emociones, intenciones y deseos que son diferentes de los propios. Digamos, por tanto, que la ciencia ha demostrado que la conducta de las personas es previsible, con un razonable margen de acierto, aunque nosotros, los desgraciados ignorantes de a pie nos negamos a aprender y escogemos fútbol y cotilleo. Y así nos va.
Los hallazgos de William Ickes
William Ickes es un psicólogo conocido por sus investigaciones sobre la empatía y la percepción interpersonal. Su trabajo más influyente se centra en el concepto de empatía espontánea de la mente, es decir, nuestra capacidad para entender los pensamientos y sentimientos de los demás sin que nos los digan explícitamente. Ickes realizó experimentos en los que las personas interactuaban en parejas y luego se les pedía que adivinaran lo que el otro había estado pensando durante la conversación. Comparó sus respuestas con lo que la otra persona realmente había reportado que pensaba y, ¿qué encontró? Pues que la gente no es tan buena como cree leyendo la mente de los demás. Algunas personas tienen mayor precisión empática que otras, pero no siempre es por intuición, sino por prestar más atención a señales no verbales y al contexto, algo que muy pocos hacen. Ickes también estudió qué factores afectan nuestra capacidad de entender los pensamientos y emociones ajenas. Sus hallazgos clave fueron:
Las emociones intensas facilitan la lectura mental: Cuando alguien siente miedo, alegría o enojo, sus expresiones son más evidentes y más fáciles de interpretar.
La familiaridad mejora la empatía: Podemos leer mejor a amigos o parejas porque conocemos su lenguaje no verbal.
El estrés y la distracción reducen la empatía: Si estamos ansiosos o concentrados en otra cosa, nuestra capacidad de captar señales sutiles disminuye.
Ickes ayudó a desmitificar la idea de que la gente con alta inteligencia emocional "lee mentes" de forma mágica. En realidad, se basa en observar pistas sutiles y hacer inferencias basadas en el contexto. Pero nos es más fácil etiquetar que conocer. Etiquetamos a las personas porque nuestro cerebro necesita simplificar y organizar la información sobre el mundo que nos rodea. Dado que enfrentamos una cantidad abrumadora de estímulos cada día, creamos categorías mentales para procesar la información de manera más rápida y eficiente. Nuestro cerebro usa atajos mentales (heurísticas) para tomar decisiones rápidas sin tener que analizar cada detalle y esto nos permite predecir cómo puede comportarse alguien basándonos en experiencias previas, aunque sean personas distintas (siendo del mismo país o de la misma raza). Por ejemplo, para algunos, Trump incluido, todos los inmigrantes son delincuentes, mientras que para otros todos se merecen ayudas sociales. Las etiquetas nos dan una sensación de certeza y estabilidad en un mundo complejo y nos ayudan a reducir la incertidumbre sobre las intenciones o personalidad de los demás. Además, como cada uno de nosotros nos identificamos con un cierto grupo, esto nos vale para marcar diferencias con otros grupos (caucásico vs afroamericano, pobre vs rico, etc.).
Teoría de la identidad social de Tajfel y el etiquetado
Según la teoría de la identidad social de Tajfel, categorizamos a las personas en "nosotros" y "ellos", lo que puede generar prejuicios. Usamos etiquetas para describir personas de forma rápida y entendible por ejemplo, "es extrovertido" o "es conservador" y poder así dedicar más tiempo a Netflix. Pero este etiquetado también causa problemas. Etiquetar refuerza los estereotipos (que pueden llevarnos a juicios erróneos), dificulta el cambio (un expresidiario siempre será un expresidiario haga lo que haga) y esto puede llevar a la profecía autocumplida (nadie me da trabajo porque soy expresidiario, pues robo). Otro ejemplo muy frecuente de la inutilidad de las etiquetas es el que tenemos cuando en las noticias nos informan de algún crimen horrible. Por ejemplo, cuando una persona asesina a su pareja y a sus hijos, o un terrorista se vuela a sí mismo en pedazos en un mercado lleno de gente, es frecuente recurrir a estas explicaciones internalistas de era un psicópata o un loco extremista, sin ahondar en más motivos (algo que podría prevenir más muertes). ¿Cómo evitar etiquetar en exceso? Primero hay que cuestionar nuestras primeras impresiones; después tratar a las personas como individuos, no como categorías; y por último ser conscientes de nuestros sesgos y estereotipos.
Sesgos
Nogueras nos habla sobre los sesgos cognitivos, que son atajos mentales que utilizamos para simplificar la realidad, pero que pueden llevarnos a errores de juicio. Nos explica algunos de los sesgos más comunes, como el sesgo de confirmación (buscar información que confirme nuestras creencias) o el efecto anclaje (dejarnos influir por la primera información que recibimos). Es importante ser conscientes de nuestros sesgos cognitivos y aprender a utilizar el sistema racional de forma más efectiva. Un ejemplo de cómo la pasión domina la razón es la alegoría del carro alado de Platón. La alegoría del carro alado es una metáfora que explica la naturaleza del alma humana y su lucha entre la razón y las pasiones. Imagina un carro tirado por dos caballos y guiado por un auriga (conductor). El auriga (la razón), representa la parte racional del alma, la que busca la verdad y el conocimiento. Su tarea es controlar a los caballos y dirigirlos hacia el mundo de las Ideas. El caballo blanco (el alma noble con deseo de aprendizaje), representa los impulsos positivos como el honor, la virtud y el deseo de hacer el bien. Es dócil y fácil de guiar. El caballo negro (el alma irracional o apetitiva), simboliza los deseos más básicos y las pasiones (lujuria, gula, ambición). Es rebelde y difícil de controlar. Platón nos dice que el alma humana está en constante lucha. La razón (el auriga) intenta guiar los impulsos hacia el conocimiento y la verdad, pero las pasiones pueden desviarnos del camino.
Si el auriga logra equilibrar los caballos, el alma asciende al mundo de las Ideas (la verdad y el conocimiento).
Si pierde el control, el alma se deja arrastrar por los deseos y queda atrapada en el mundo material.
Esta alegoría se puede conectar con el modelo del cerebro triuno o con el conflicto entre el sistema racional y el emocional en la toma de decisiones.
También encaja con la idea de autocontrol y formación de hábitos: si dejamos que el "caballo negro" nos domine, caemos en impulsos destructivos; si lo controlamos, podemos alcanzar nuestras metas. Pues bien, según esta alegoría la mayoría de seres humanos se mantiene en el mundo material, donde reina el egoísmo. Para escapar del mundo material es básico aprender. Nogueras nos habla sobre la importancia del aprendizaje en nuestro comportamiento. Aprendemos a través de la experiencia, y nuestras acciones son moldeadas por las consecuencias que tienen (base del conductismo). Si una acción nos produce placer o recompensa, es más probable que la repitamos en el futuro. Los seres humanos no somos seres perfectos y racionales, pero tampoco somos (o deberíamos ser) esclavos de nuestros impulsos. Tenemos la capacidad de aprender, adaptarnos y tomar decisiones conscientes que nos permitan vivir una vida más plena y satisfactoria. Otra cosa es que queramos. El aprendizaje es el proceso por el que nuestra conducta se adapta al medio y nuestra conducta está influenciada por estímulos. Un estímulo es cualquier evento que provoca una reacción en un organismo. La suma de todos los estímulos a los que un organismo está expuesto es lo que llamamos contexto estimular o contexto a secas (por ejemplo, un estímulo puede ser tener hambre). Este estímulo produce una respuesta, que es cualquier reacción que podemos discernir (comer). La contingencia se define como una relación entre dos acontecimientos tal que, si uno se produce, es más probable que el otro también suceda (engordar si comemos mucho), y nos enseña a parar cuando comemos demasiado.
Para entender nuestras conductas debemos también prestar atención a las reglas verbales. Una regla verbal es, simplemente, una descripción de una relación de contingencia en el mundo. Puede describir algo como formularse de distintas maneras: «cuando pasa esto, a continuación viene esto otro» o «si hago esto, pasará esto otro». Una regla verbal podría ser algo así: «Si alguien me clava un cuchillo o me lo clavo yo, sufriré un enorme dolor y una herida muy peligrosa». Así pues, una conducta es una relación entre los estímulos, las respuestas del organismo y las condiciones del ambiente en el que actúa. Por ejemplo, si estamos en el desierto, por mucha hambre que tengamos no comeremos nada. En cambio, si estamos en un centro comercial y tenemos dinero podemos comer mil hamburguesas para saciar el hambre, aunque luego engordaremos y posiblemente nos reprochemos mediante una regla verbal el haber comido tanto. Como en la conducta también entran pensamientos que conllevan una reacción, las conductas pueden ser visibles o no. Por todo ello, Nogueras nos dice que los adjetivos deben sustituirse por adverbios. “No «tienes» inteligencia; te comportas inteligentemente; no «posees» memoria; recuerdas; no tienes emociones; te emocionas, y así sucesivamente”. Y todo eso es conducta.
Llegados a este punto cabe preguntarse, ¿cómo aprendemos? Los humanos no nacemos con un conjunto de habilidades y conocimientos predefinidos, sino que los adquirimos a través de la experiencia y la interacción con el entorno. El autor nos habla sobre los diferentes tipos de aprendizaje, como el condicionamiento clásico y el condicionamiento operante. Nos explica cómo estos procesos de aprendizaje influyen en nuestras acciones y en nuestras decisiones y puede ser utilizado para modificar nuestro comportamiento. Nunca dejamos de aprender, y el aprendizaje continuo es fundamental para adaptarnos a los cambios y para vivir una vida plena y satisfactoria.
Condicionamiento clásico
El condicionamiento clásico es un tipo de aprendizaje asociativo en el que un estímulo neutro se asocia repetidamente con un estímulo incondicionado, lo que eventualmente provoca que el estímulo neutro por sí solo genere una respuesta condicionada. En palabras más sencillas: Imagina que tienes un perro. Normalmente, le das comida (estímulo incondicionado) y el perro saliva (respuesta incondicionada). Ahora, cada vez que le das la comida, haces sonar una campana (estímulo neutro). Después de repetidas veces, el perro empezará a salivar (respuesta condicionada) solo con escuchar la campana (estímulo condicionado), incluso sin ver la comida. Este es el experimento clásico de Iván Pavlov, un fisiólogo ruso que descubrió este tipo de aprendizaje a principios del siglo XX. Pavlov observó que los perros salivaban al ver la comida, pero también aprendieron a asociar el sonido de una campana con la comida y comenzaron a salivar al escuchar la campana, incluso antes de ver la comida. El condicionamiento clásico es un proceso fundamental en el aprendizaje y se aplica en muchas áreas de la vida cotidiana. Por ejemplo, se utiliza en terapia para tratar fobias y ansiedades, en publicidad para asociar productos con emociones positivas, y en educación para crear asociaciones entre conceptos y emociones. Por ejemplo, el estímulo incondicionado (araña) provoca una respuesta incondicionada (respuesta automática e innata) que es un grito de terror. Para condicionar la respuesta de terror agregamos un estímulo neutro que puede ser la fotografía de un jacuzzi, que asociado a la visión de una araña pasa a ser un estímulo condicionado y cuya respuesta condicionada es relajarse al ver la foto del jacuzzi. Esto hecho repetidas veces provoca que el individuo asocie la araña al jacuzzi y por tanto se relaje. El condicionamiento clásico puede también usarse en adicciones dañinas para nosotros, asociando por ejemplo una fotografía de Donald Trump recién levantado en gallumbos a la caña de cerveza, así cada vez que veamos una caña en un bar nos vendrá a la mente Trump despeinado y en calzoncillos que nos quitará las ganas de beber. Pero también se puede usar en sentido contrario. Los experimentos de Watson demostraron que un ruido fuerte asociado a una visión de algo neutral puede hacer que ese neutral nos parezca horroroso. Watson hizo que un bebé cogiera pánico a la aparición de un ratón haciendo sonar una barra metálica tras el bebé cada vez que aparecía la ratita, animal que en un principio le hacía gracia. El bebé no sólo mostró repulsión al ratón blanco sino que el ruido lo asoció a todo aquello que tuviese pelaje blanco, incluso a Papá Noel.
El condicionamiento clásico es muy útil para nuestra supervivencia, haciendo que nos resulten repulsivos alimentos que con anterioridad nos han sentado mal. También se aplica en respuestas emocionales condicionadas como cuando si escuchas una canción que te recuerda a una persona especial, es probable que experimentes emociones asociadas a esa persona (respuesta condicionada). El condicionamiento clásico es un proceso de aprendizaje poderoso que influye en nuestro comportamiento de muchas maneras. Comprender cómo funciona puede ayudarnos a entender nuestras propias reacciones emocionales y a modificar comportamientos no deseados.
Condicionamiento operante
Otro aprendizaje es el condicionamiento operante. El condicionamiento operante, también conocido como condicionamiento instrumental, es un tipo de aprendizaje asociativo en el que la probabilidad de que se repita una conducta depende de sus consecuencias. En otras palabras, aprendemos a asociar nuestras acciones con resultados positivos (recompensas) o negativos (castigos), lo que influye en la frecuencia con la que realizamos esas acciones en el futuro. Imagina que estás entrenando a un perro. Si el perro se sienta cuando se lo ordenas (conducta), le das una golosina (recompensa). Es probable que el perro repita la conducta de sentarse en el futuro para obtener más golosinas. Por otro lado, si el perro ladra excesivamente (conducta) y lo ignoras (castigo), es probable que el perro deje de ladrar tanto en el futuro. Este es el principio básico del condicionamiento operante, estudiado por el psicólogo B.F. Skinner. Skinner demostró cómo las consecuencias de una conducta pueden moldear el comportamiento de animales y personas. En este condicionamiento los refuerzos (recompensas) por un acto pueden ser positivos (dar algo agradable después de una conducta), o negativos (quitar algo desagradable después de una conducta, por ejemplo, quitar un ruido molesto al cerrar la ventana). El castigo también puede ser positivo (dar algo desagradable después de una conducta, por ejemplo, regañar a un niño por portarse mal), o negativo (quitar algo agradable después de una conducta, por ejemplo, quitar el teléfono a un adolescente por no hacer la tarea). El condicionamiento operante es una herramienta poderosa que se utiliza en muchas áreas, como la educación, la terapia, el entrenamiento de animales y la publicidad. Comprender cómo funciona puede ayudarnos a modificar nuestra propia conducta y la de los demás. Por ejemplo, si estudias (conducta) y sacas una buena nota (recompensa), es probable que vuelvas a estudiar para futuros exámenes. Si tomas una ruta alternativa (conducta) y evitas un embotellamiento (recompensa negativa), es probable que vuelvas a tomar esa ruta en el futuro. O si cada vez que te sientas en el sofá te dan una descarga de 1000 voltios, no te vuelves a sentar en la vida. Por eso odiamos los lunes o nos ponemos de buen humor cuando oímos la palabra vacaciones.
Los estímulos también pueden ser excitatorios o inhibitorios, en función de si el estímulo condicionado predice que va a aparecer el estímulo incondicionado o no. Imagina que estás entrenando a un perro para que traiga el periódico. La orden verbal: "¡Trae el periódico!" se convierte en un estímulo excitatorio porque predice una consecuencia positiva (recompensa). Es decir, el perro ha aprendido que cuando escucha esta orden y realiza la acción de traer el periódico, recibirá una golosina y elogios. En cambio, si hay un ruido fuerte como por ejemplo, un trueno, este ruido se convierte en un estímulo inhibidor ya que el perro ha aprendido que este ruido predice lluvia y por tanto la ausencia de la recompensa. El ruido inhibe la conducta de búsqueda del periódico. En la vida cotidiana, por ejemplo, un niño puede aprender que portarse bien (estímulo excitatorio) en casa de sus abuelos le reportará un premio, pero si su hermano se porta mal (estímulo inhibidor), el premio no estará disponible para nadie. Por último existe la extinción pavloviana. La extinción pavloviana ocurre cuando el estímulo condicionado (EC), en este caso el sonido de la campana, se presenta repetidamente sin el estímulo incondicionado (EI), la comida. Si se hace sonar la campana repetidamente sin presentar la comida, el perro gradualmente dejará de asociar la campana con la comida. La respuesta condicionada (RC), la salivación ante la campana, disminuirá gradualmente y desaparecerá. Imagina que una persona ha tenido una experiencia traumática con un perro (por ejemplo, fue mordida). El perro se convierte en un estímulo condicionado que provoca miedo (respuesta condicionada). Si esta persona se expone repetidamente a perros en situaciones seguras y sin consecuencias negativas, el miedo (RC) disminuirá gradualmente, produciéndose la extinción de la respuesta condicionada. La extinción no significa que el aprendizaje original se haya borrado por completo. La respuesta condicionada puede reaparecer en el futuro si se vuelve a presentar el estímulo incondicionado (esto se conoce como "recuperación espontánea"), por ejemplo, el miedo a los perros volverá si es mordido nuevamente.
Extinción
Además de castigos y refuerzos para modificar conductas, existe también la extinción. Esta extinción de conducta puede ser operante o condicionada. En el condicionamiento operante, aprendemos a asociar nuestras acciones con consecuencias específicas. Si una acción va seguida de una consecuencia agradable (refuerzo), es más probable que la repitamos en el futuro. Si, por el contrario, la acción va seguida de una consecuencia desagradable (castigo), es menos probable que la volvamos a realizar. Pues bien, la extinción operante ocurre cuando una conducta que previamente era reforzada deja de serlo. En este caso, la asociación entre la conducta y la recompensa se debilita gradualmente, lo que lleva a una disminución en la frecuencia de la conducta y, eventualmente, a su desaparición. Ejemplo: Imagina que tienes un perro al que le has enseñado a dar la pata a cambio de una golosina. Cada vez que el perro levanta la pata, le das una golosina (refuerzo). El perro aprende rápidamente a asociar la acción de dar la pata con la recompensa y repite la conducta con frecuencia. Ahora, supongamos que dejas de darle la golosina al perro cada vez que levanta la pata. Al principio, el perro seguirá levantando la pata con la misma frecuencia, esperando la recompensa. Sin embargo, al no recibir la golosina, la asociación entre la conducta y la recompensa se debilitará gradualmente. Con el tiempo, el perro dejará de levantar la pata, ya que ya no espera obtener nada a cambio.
Este es un ejemplo de extinción operante. La conducta de levantar la pata se extingue porque ya no va seguida del refuerzo (la golosina). Tener en cuenta que:
Cuanto más tiempo haya sido reforzada una conducta, más tiempo tardará en extinguirse.
Cuanto más valioso sea el reforzador, más resistente será la conducta a la extinción.
Si la conducta ha sido reforzada de manera intermitente (solo algunas veces), será más resistente a la extinción que si ha sido reforzada de manera continua (siempre).
La extinción se utiliza en ámbitos como la Educación, para eliminar conductas no deseadas en niños, como llorar para llamar la atención; terapia, para tratar fobias y ansiedades, exponiendo al paciente al estímulo temido sin que se produzca la consecuencia negativa; y como hemos visto en entrenamiento de animales, para eliminar conductas no deseadas en mascotas, como ladrar excesivamente. Es importante recordar que la extinción operante puede ser un proceso gradual y que la conducta puede reaparecer ocasionalmente (recuperación espontánea). Sin embargo, con paciencia y consistencia, la extinción operante puede ser una herramienta efectiva para modificar la conducta.
La extinción condicionada ocurre cuando el estímulo condicionado se presenta repetidamente sin el estímulo incondicionado. En este caso, la asociación entre ambos estímulos se debilita gradualmente, lo que lleva a una disminución en la intensidad o frecuencia de la respuesta condicionada y, eventualmente, a su desaparición. Ejemplo. Recordemos el famoso experimento de Pavlov con el perro. Pavlov asoció repetidamente el sonido de una campana (estímulo neutro) con la presentación de comida (estímulo incondicionado), lo que provocaba que el perro salivara (respuesta incondicionada) ante la comida. Con el tiempo, el perro aprendió a asociar la campana con la comida, y el sonido de la campana por sí solo (estímulo condicionado) comenzó a provocar la salivación del perro (respuesta condicionada). La extinción en este experimento se daría si Pavlov comenzará a sonar la campana repetidamente sin presentar la comida, por lo que el perro gradualmente dejaría de asociar la campana con la comida. La respuesta de salivación ante el sonido de la campana disminuiría gradualmente hasta desaparecer por completo. Los factores que influyen en la extinción condicionada:
Cuanto más se presente el estímulo condicionado (campana) sin el estímulo incondicionado (comida), más rápida será la extinción.
Cuanto más intenso sea el estímulo condicionado (ruido campana), más resistente será la respuesta condicionada (salivación) a la extinción.
Si el intervalo entre ambos estímulos durante el condicionamiento fue corto, la extinción será más rápida.
La extinción condicionada se aplica en ámbitos como la Terapia de exposición (se utiliza para tratar fobias y ansiedades, exponiendo al paciente al estímulo temido sin que se produzca la consecuencia negativa, lo que vulgarmente se llama terapia de choque); o desaprendizaje de asociaciones no deseadas (se puede utilizar para debilitar asociaciones entre estímulos y respuestas no deseadas, como en el caso de adicciones o aversiones alimentarias.
Es importante recordar que la extinción condicionada no significa que el aprendizaje original se haya borrado por completo. La respuesta condicionada puede reaparecer en el futuro si se vuelve a presentar el estímulo incondicionado (esto se conoce como "recuperación espontánea"). Para extinguir bien debemos:
Elegir y definir claramente la conducta a extinguir
Tener paciencia
Recordar el pico de extinción (intensificación de la conducta a extinguir antes de iniciar la extinción)
Registrar la frecuencia de la conducta a extinguir antes de empezar a extinguirla
Controlar los reforzadores y evitar que otros los utilicen (por ejemplo abuelos, tíos, amigos, etc.)
Identificar conducta alternativa a la que estás extinguiendo para poder reforzarla
Explicar lo que vas a hacer (regla verbal)
Ser consistente
Si no funciona comprueba lo siguiente:
El reforzador que estás retirando es realmente el reforzador de la conducta
La conducta que te propones extinguir no estaba reforzada intermitentemente (eso aumenta la resistencia)
Considera que posiblemente no has reforzado suficiente la conducta alternativa
Prepárate para posibles recuperaciones de la conducta extinguida
Imaginemos que un trol nos acosa en internet. Para extinguir su conducta lo más lógico es no prestar atención a sus comentarios, pero en ocasiones son otros trols los que alimentan su conducta. Bloquearlo puede ser también contraproducente, ya que el trol tendrá la sensación de que ha ganado y no extinguirás su conducta.
Extinción o castigo
La extinción es sugerida por Nogueras como la mejor opción ante una mala acción, evitando así el castigo. Por ejemplo, encarcelar a un malhechor no sólo no lo convierte en una buena persona sino que en la cárcel puede aprender tácticas para no ser pillado, convirtiéndose la cárcel en un refuerzo negativo. La extinción, en el contexto del condicionamiento operante, se refiere a la disminución gradual de una respuesta aprendida debido a la ausencia de refuerzo. En lugar de castigar una conducta no deseada, la extinción se enfoca en eliminar la recompensa que la mantiene. ¿Por qué es mejor la extinción que el castigo? Por lo siguiente:
Efectos secundarios negativos: El castigo puede generar miedo, resentimiento y ansiedad, lo que puede llevar a problemas de conducta a largo plazo y dañar la relación entre el individuo que castiga y el que es castigado. La extinción, por otro lado, no tiene estos efectos secundarios negativos.
No enseña conductas alternativas: El castigo sólo suprime una conducta no deseada, pero no enseña una conducta alternativa más apropiada. La extinción, combinada con el refuerzo de conductas positivas, puede ayudar a la persona a aprender y adoptar comportamientos más adecuados.
Puede reforzar la conducta no deseada: En algunos casos, el castigo puede reforzar la conducta no deseada si la persona lo percibe como una forma de atención. La extinción, al eliminar la atención o la recompensa, evita este problema.
Es más ético: El castigo, especialmente el castigo físico, puede ser considerado cruel e inhumano. La extinción, al ser un proceso más gradual y no aversivo, es generalmente más ético.
Imaginemos que en una cárcel, los presos tienen acceso a ciertos privilegios (como tiempo de recreo adicional o acceso a la biblioteca) si cumplen con ciertas normas de conducta (como mantener limpia su celda o participar en actividades educativas). Si un preso no cumple con las normas, podría ser castigado con la pérdida de privilegios, el aislamiento o incluso sanciones disciplinarias más severas. Pero en la extinción si un preso no cumple con las normas, simplemente se le retiran los privilegios que antes recibía por cumplirlas. No se le impone ningún castigo adicional, pero tampoco se le recompensa por su comportamiento no deseado. En este ejemplo, la extinción sería una estrategia más efectiva a largo plazo. El castigo podría generar resentimiento y frustración en el preso, lo que podría llevar a más problemas de conducta. La extinción, al eliminar la recompensa por la conducta no deseada, incentivaría al preso a cumplir con las normas para poder recuperar sus privilegios. Es importante destacar que la extinción no es una solución mágica para todos los problemas de conducta. En algunos casos, puede ser necesario combinar la extinción con otras estrategias, como el refuerzo de conductas positivas y la modificación del entorno. Sin embargo, en general, la extinción es una herramienta más efectiva y ética que el castigo para modificar el comportamiento.
Habituación y castigo
Otro problema con el que nos podemos encontrar es la habituación a la pérdida de privilegios o castigos. Hoy día muchos padres se quejan de la falta de interés de sus hijos en sus deberes y la indiferencia con la que acogen los castigos que se les impone. La habituación es una forma simple de aprendizaje en la que un organismo disminuye o elimina su respuesta a un estímulo repetido que no conlleva consecuencias positivas ni negativas. En otras palabras, nos acostumbramos a un estímulo que se presenta de forma repetida y dejamos de reaccionar ante él. Las características principales de la habituación son:
Disminución de la respuesta: La principal característica de la habituación es la disminución gradual de la respuesta a un estímulo repetido. Cuanto más se repite el estímulo, menor es la respuesta del organismo.
Estímulo inocuo: La habituación se produce ante estímulos que no son dañinos ni peligrosos para el organismo. Si el estímulo es aversivo o doloroso, no se produce habituación, sino sensibilización (un aumento de la respuesta).
Especificidad del estímulo: La habituación es específica del estímulo que se repite. Si se presenta un estímulo diferente, la respuesta puede volver a aparecer (deshabituación).
Proceso automático: La habituación es un proceso automático e involuntario que no requiere de la atención consciente del organismo.
Ejemplos de habituación en la vida cotidiana tenemos muchos, como los ruidos en tu calle a todas horas, los olores, o el contacto de un reloj o un anillo con tu piel. La habituación es un proceso fundamental para la adaptación de los organismos a su entorno. Nos permite ignorar estímulos irrelevantes y centrar nuestra atención en estímulos nuevos o importantes. Sin la habituación, estaríamos constantemente abrumados por la gran cantidad de estímulos que nos rodean. Es importante distinguir la habituación de la fatiga. La habituación es un proceso de aprendizaje que implica un cambio en la respuesta del organismo al estímulo. La fatiga, por otro lado, es una disminución de la capacidad de respuesta debido al agotamiento físico o mental. Usted no se ha desenamorado de su mujer, simplemente se ha habituado a ella. La habituación en el contexto de castigos a niños se refiere a la disminución gradual de la efectividad de un castigo repetido. Esto ocurre cuando un niño se expone repetidamente al mismo castigo sin que haya un cambio en su comportamiento no deseado. Imagina que un niño tiene la costumbre de interrumpir constantemente a sus padres mientras están hablando. Al principio, los padres responden regañándolo o enviándolo a su habitación durante un tiempo determinado. Este castigo puede ser efectivo al principio, y el niño deja de interrumpir durante un tiempo. Sin embargo, si los padres continúan utilizando el mismo castigo repetidamente sin abordar la causa subyacente del comportamiento del niño (por ejemplo, la necesidad de atención o la falta de habilidades de comunicación), el castigo puede perder su efectividad con el tiempo. El niño se habitúa al castigo y deja de responder a él. En este caso la habituación ocurre porque el niño se acostumbra al castigo y deja de percibirlo como una amenaza o una consecuencia negativa. Esto puede suceder por varias razones:
Repetición: La exposición repetida al mismo castigo puede hacer que el niño se vuelva menos sensible a él.
Previsibilidad: Si el castigo es predecible y ocurre siempre después de la misma conducta, el niño puede anticiparse y prepararse para él, lo que disminuye su impacto emocional.
Falta de alternativas: Si el niño no aprende conductas alternativas para satisfacer sus necesidades (por ejemplo, llamar la atención de sus padres de manera apropiada y educada), puede seguir recurriendo a la conducta no deseada a pesar del castigo.
Si un castigo deja de ser efectivo debido a la habituación, es importante cambiar de estrategia y probar alternativas que aborden la causa subyacente del comportamiento del niño. Algunas opciones pueden ser:
Reforzar conductas positivas: En lugar de centrarse solo en castigar la conducta no deseada, es importante reforzar y premiar las conductas positivas que el niño realiza.
Enseñar habilidades alternativas: Ayudar al niño a aprender habilidades de comunicación, resolución de problemas o manejo de emociones puede reducir la necesidad de recurrir a conductas no deseadas.
Establecer límites claros: Es importante que los niños tengan límites claros y expectativas sobre su comportamiento. Estos límites deben ser comunicados de manera clara y consistente.
Buscar ayuda profesional: Si los problemas de conducta persisten a pesar de los esfuerzos de los padres, puede ser útil buscar la ayuda de un profesional de la salud mental o un terapeuta infantil.
El problema del castigo es que la habituación de él puede hacer que se busque un castigo más duro, por lo que se puede crear un círculo vicioso de desastrosos efectos. También es la asociación del castigador con el castigo (por ejemplo cuando en casa solo castiga el padre y no la madre, típica frase de “ya verás cuando vuelva tu padre del trabajo”), encontrar la magnitud adecuada, reforzar y castigar al mismo tiempo (con frases como el trabajo está bien pero tiene faltas de ortografía), respuestas agresivas, emociones adversas como lloro o miedo, escape o evitación de la conducta solo en presencia del castigador, ausencia de aprendizaje de algo nuevo, imitación de la conducta castigadora frente a otros seres (niños que castigan a otros niños porque lo ven en sus padres) y uso continuado de la conducta por rebeldía.
Cómo castigar bien y como último recurso:
Elegir bien la conducta a castigar. A menudo es mejor optar por algo concreto -saltar en el brazo del sofá- que general -tratar mal los muebles-.
Detectar bien las causas y antecedentes de esa conducta, así como los reforzadores que la están manteniendo. Si se puede, esto permitirá extinguir la conducta en vez de castigarla: se trata de minimizar o eliminar en lo posible los estímulos que discriminan el comportamiento indeseable y los reforzadores (minimizar la atención al niño cada vez que llora).
Escoger una conducta alternativa, que se pueda reforzar, y estímulos discriminativos (señales) que indiquen con claridad cuándo y cómo poner en marcha el comportamiento deseable.
Elegir adecuadamente el castigo. Para que sea eficaz, debe ser algo que se pueda administrar con inmediatez a la conducta indeseable, y quien lo inflige no puede estar emparejado con el refuerzo de ese comportamiento que intentamos eliminar.
Explicar el procedimiento con claridad -cómo son las reglas- y proporcionar avisos: «Recuerda que tienes que ponerte con los deberes nada más llegar a casa».
Imponer el castigo de la forma adecuada. Además de hacerlo inmediatamente después de la conducta indeseada, ha de ser de manera tranquila y desapasionada, tratando siempre de no emparejarlo con el reforzador de la conducta que estás castigando.
Tipos de castigo son:
Incondicional. Éticamente reprochable. Un ejemplo es dar a un alcohólico Disulfiram, fármaco al que si le sigue la ingesta de alcohol produce vómitos, náuseas, dolor de pecho, palpitaciones, etc. El experimento de Sajwaj, Libet y Agras (1974) es un estudio clásico en el campo de la modificación de conducta mediante el castigo incondicional. Sandra era una bebé de seis meses que no ganaba peso debido a la regurgitación continua de alimentos. Esta condición ponía en peligro su vida debido a la desnutrición. Los investigadores observaron que Sandra regurgitaba poco después de comer y continuaba haciéndolo durante un período prolongado, lo que le impedía retener los nutrientes necesarios para su desarrollo. El objetivo del experimento era reducir la regurgitación de Sandra y, en consecuencia, mejorar su salud y desarrollo. Cada vez que Sandra regurgitaba, los investigadores le administraban una pequeña cantidad de zumo de limón en la boca. El zumo de limón, debido a su sabor ácido, actuaba como un estímulo aversivo. La administración del zumo de limón después de la regurgitación tenía como objetivo disminuir la probabilidad de que Sandra volviera a regurgitar en el futuro. El experimento fue exitoso. La aplicación del castigo positivo incondicionado (zumo de limón) cada vez que Sandra regurgitaba resultó en una disminución significativa de la frecuencia de la regurgitación. Como resultado, Sandra comenzó a retener los alimentos, ganó peso y su salud mejoró considerablemente. El caso de Sandra demuestra cómo los principios del aprendizaje, en este caso el castigo positivo, pueden utilizarse para modificar conductas y mejorar la salud y el bienestar de las personas. Es importante señalar que el uso de castigos, incluso en casos como el de Sandra, plantea cuestiones éticas importantes. Los investigadores deben asegurarse de que el castigo sea lo suficientemente aversivo como para ser efectivo, pero no tan severo como para causar daño o sufrimiento innecesario.
Castigo condicionado. El de toda la vida. Si pegas a tu hermano te desparramo los sesos por la pared.
Tiempo fuera. Este es el que se conoce como el rincón de pensar. El problema de este castigo es la habituación del niño al castigo y la exclusión del niño del tiempo de aprendizaje, ya que mientras sus compañeros siguen en clase aprendiendo, él está excluido de este aprendizaje.
Coste de la respuesta. Las típicas multas.
Indefensión aprendida
Si queremos cambiar una conducta en el otro, en muchas ocasiones será necesario que cambiemos la nuestra. Recordar a una persona cada dos minutos que es un vago por no buscar trabajo puede crear lo que se llama indefensión aprendida. La indefensión aprendida es un estado psicológico en el que una persona o animal, tras experimentar repetidas situaciones aversivas e incontrolables, aprende a comportarse de manera pasiva y a creer que no tiene control sobre su destino, incluso cuando sí existen oportunidades para cambiar la situación. Esta creencia se generaliza a otras áreas de su vida, incluso cuando sí tiene la posibilidad de influir en los resultados. Características de la indefensión aprendida son:
Pasividad: La persona o animal se muestra apático, sin iniciativa y sin motivación para actuar.
Pérdida de control: Se percibe una falta de control sobre la situación y se cree que no se puede hacer nada para cambiarla.
Generalización: La creencia de indefensión se extiende a otras áreas de la vida, incluso cuando sí existe la posibilidad de ejercer control.
Síntomas emocionales: Pueden aparecer sentimientos de tristeza, desesperanza, ansiedad y baja autoestima.
Imagina a un estudiante que suspende repetidamente los exámenes de una materia, a pesar de haber estudiado. Tras varios fracasos, el estudiante puede llegar a la conclusión de que es incapaz de aprobar esa materia y dejar de intentarlo, incluso cuando cambian las circunstancias (por ejemplo, un nuevo profesor o un método de estudio diferente). ¿Cómo superar la indefensión aprendida?
Identificar las creencias limitantes: Es importante reconocer y cuestionar las creencias negativas sobre la falta de control.
Buscar experiencias de éxito: Comenzar con tareas pequeñas y alcanzables puede ayudar a recuperar la confianza en la capacidad de influir en los resultados.
Aprender nuevas habilidades: Desarrollar habilidades de afrontamiento y resolución de problemas puede aumentar la sensación de control.
Buscar apoyo social: Hablar con amigos, familiares o un profesional de la salud mental puede brindar apoyo emocional y perspectivas diferentes.
La indefensión aprendida es un estado psicológico que puede tener un impacto negativo en la vida de las personas. Sin embargo, es importante recordar que la indefensión es "aprendida" y, por lo tanto, puede ser "desaprendida". Con esfuerzo y las estrategias adecuadas, es posible recuperar la sensación de control y superar la pasividad. La indefensión aprendida es una causa que explica la depresión. Si pensamos que da igual cómo actuemos porque no vamos a conseguir nada, o nos van a castigar hagamos las cosas bien o mal, el incentivo para actuar adecuadamente desaparece por completo. Aquí entran nuestras variables disposicionales. Las variables disposicionales son características internas y relativamente estables de un individuo que influyen en su comportamiento a lo largo del tiempo y en diversas situaciones. Estas variables representan predisposiciones o tendencias a actuar de cierta manera. Sus características principales son:
Internas: Son propias del individuo y no dependen directamente de factores externos o situacionales.
Estables: Se mantienen relativamente constantes a lo largo del tiempo, aunque pueden modificarse a través de la experiencia y el aprendizaje.
Generales: Influyen en un amplio rango de conductas y situaciones, no solo en una específica.
Existen diversas clasificaciones de variables disposicionales, pero algunas de las más comunes son:
Rasgos de personalidad como la extroversión, la introversión, la amabilidad, la responsabilidad, la neuroticismo, etc.
Motivaciones como el logro, el poder, la afiliación, etc.
Evaluaciones o juicios favorables o desfavorables hacia personas, objetos o ideas.
Valores.
Las variables disposicionales son importantes porque nos ayudan a entender y predecir el comportamiento de las personas. Si conocemos los rasgos de personalidad, motivos, actitudes y valores de alguien, podemos tener una idea de cómo va a actuar en determinadas situaciones. Por ejemplo, una persona extrovertida (rasgo de personalidad) tiende a ser sociable, comunicativa y a buscar la compañía de otras personas, o una persona con una alta necesidad de logro (motivo) se esfuerza por alcanzar metas difíciles y superar obstáculos. Por estas disposiciones sabremos que una persona con una actitud positiva hacia el medio ambiente tiende a reciclar y a tomar medidas para reducir su impacto ecológico. Es importante distinguir las variables disposicionales de las variables situacionales. Las variables disposicionales son internas y estables, mientras que las variables situacionales son externas y pueden cambiar rápidamente, como el tiempo. El comportamiento de una persona está influido tanto por sus variables disposicionales como por las variables situacionales. Las variables disposicionales aumentan o disminuyen el valor discriminatorio y reforzante de ciertos estímulos, y aumenta o disminuye la probabilidad de un tipo de respuesta. Al finalizar la pandemia, por ejemplo, se vio multitud de gente haciendo deporte por la calle porque la variable situacional de estar encerrados en casa, nuestra motivación a mover los músculos o salir de casa y el refuerzo positivo de hacer deporte nos invitaron a correr como si no hubiera un mañana.
Análisis funcional de la conducta
Visto esto, abordamos ahora el análisis de todo lo mencionado. El análisis funcional de la conducta es una herramienta fundamental en psicología que nos permite entender por qué las personas hacen lo que hacen. Se basa en la idea de que la conducta está influenciada por sus consecuencias, y se centra en identificar y analizar las relaciones entre la conducta y su entorno.
El análisis funcional de la conducta se centra en tres componentes principales:
Antecedente: Es el estímulo o situación que precede a la conducta. Puede ser cualquier cosa que esté presente en el entorno antes de que ocurra la conducta (hambre).
Conducta: Es lo que la persona hace, dice o piensa (comer habas).
Consecuencia: Es el evento o resultado que sigue a la conducta. Puede ser algo positivo (reforzamiento, quedar saciado porque te han gustado) que aumenta la probabilidad de que la conducta se repita, o algo negativo (castigo, vomitar porque te han sentado mal) que disminuye la probabilidad de que la conducta se repita.
El análisis funcional busca identificar las relaciones entre estos tres componentes para entender por qué se produce una conducta específica. Imaginen a un niño que llora y hace berrinches en el supermercado cada vez que quiere un dulce y sus padres no se lo compran. Analicemos esta situación utilizando el análisis funcional:
Antecedente: El niño ve los dulces en el supermercado y pide a sus padres que le compren uno. Los padres le dicen que no.
Conducta: El niño empieza a llorar, gritar y tirarse al suelo.
Consecuencia: Los padres, avergonzados por la escena, terminan comprándole el dulce al niño para que se calme.
En este caso, la consecuencia (obtener el dulce) refuerza la conducta del niño (llorar y hacer berrinches). El niño aprende que al llorar y hacer berrinches, consigue lo que quiere. Por lo tanto, es probable que repita esta conducta en el futuro cuando quiera algo que sus padres no le quieren comprar. Para modificar la conducta, como hemos visto, reforzaremos o castigaremos dependiendo de si queremos que se repita la acción o no. Por ejemplo, en el caso del niño del supermercado, en lugar de ceder ante los berrinches, los padres podrían ignorar la conducta y reforzar positivamente (elogiar y premiar) cuando el niño se comporta de manera adecuada en el supermercado. De esta manera, el niño aprendería que la conducta de llorar y hacer berrinches no le lleva a obtener lo que quiere, y que comportarse bien sí lo hace.
Un ejemplo destacado del análisis funcional fue la investigación del psicólogo Iwata y su equipo centrándose en el comportamiento de autolesión (CSH) en personas con discapacidades del desarrollo. Estas conductas autolesivas pueden ser muy difíciles de manejar y pueden tener graves consecuencias para la salud y el bienestar de la persona. Iwata y su equipo utilizaron la metodología del análisis funcional para identificar las relaciones entre el CSH y su entorno. En estos estudios, los investigadores observaban y registraban la frecuencia y las características del CSH en diferentes condiciones ambientales. Estas condiciones incluían:
Atención social: Se prestaba atención a la persona cuando se autolesionaba.
Escape de demandas: Se retiraban las demandas o tareas que se le exigían a la persona después de autolesionarse.
Acceso a reforzadores sensoriales: Se permitía a la persona acceder a estímulos sensoriales (como balancearse o frotarse) después de autolesionarse.
Condiciones de control: No se manipulaba ninguna variable ambiental.
Los resultados de estos estudios revelaron que el CSH podía estar mantenido por diferentes funciones en diferentes personas. Algunas de las funciones identificadas fueron:
Llamar la atención
Evitar tareas
Proporcionar placer o calmar.
Al identificar la función específica que mantenía el CSH en cada persona, se podían diseñar intervenciones individualizadas que se dirigieran a esa función. Por ejemplo, si el CSH estaba mantenido por la atención social, se podía implementar un programa de reforzamiento diferencial en el que se prestara atención a la persona cuando realizaba conductas alternativas más apropiadas y se ignorara el CSH. Es decir, se reforzaba la atención cuando la persona no se autolesionaba. Los factores que influyen en la eficacia de los reforzamientos son:
Identificar exactamente la conducta a reforzar
Elegir el reformador adecuado
Uso de operaciones de establecimiento para aumentar la eficacia de los reforzadores.
Adecuación de la magnitud del reforzador
Explicar a la persona qué pasará al realizar la conducta
Inmediatez de refuerzo, no deben pasar más de 30 segundos entre acción y refuerzo
Cambio a reforzadores naturales cuando la conducta sea aprendida
Reforzadores
En realidad nos interesa más reforzar una buena conducta que castigar una mala. Hay que tener en cuenta también que una conducta puede ser al mismo tiempo apetitiva y aversiva. Un niño que hace el tonto en clase puede ser castigado por el profesor, pero animado por sus compañeros a seguir haciendo el tonto. Pero hay distintos modos de refuerzos (positivos y negativos). El refuerzo positivo es el que se premia una conducta, mientras que el negativo sería tomarse un ibuprofeno en un día de resaca. Los reforzadores son más eficientes según aumentan de intensidad (a más sueldo, menos escaqueo -hasta que te habitúas al aumento de sueldo, claro-), por ello debemos reforzar con una magnitud adecuada para que si hay habituación se pueda incrementar el refuerzo. Si bien es cierto que el castigo es rápido y tiene efectos inmediatos, a largo plazo no extingue la mala conducta, con lo que es mejor reforzar la conducta para que perdure en el tiempo. En este sentido, muchas marcas, Apple por ejemplo, utilizan la escasez para incrementar el precio de sus productos y obtener así más ganancias. Si creemos que subir el precio de un producto escaso es un castigo para el consumidor, Apple nos ha enseñado que todo lo contrario, es un reforzador para que la gente gaste más dinero porque creen que pasan a formar parte de una clase privilegiada. ¿Cómo cambiar el precio de los iPhone y que no cuesten un ojo de la cara? Simple, cambiando nuestra conducta, no comprando iPhones.
Principio de Premack
Para elegir bien el reforzador se utiliza el Principio de Premack, que dice que si hay una actividad que a un individuo le gusta hacer mucho (alta probabilidad), se puede utilizar como recompensa para motivarlo a realizar una actividad que le gusta menos (baja probabilidad). Imagina que a un niño le encanta jugar videojuegos, pero no le gusta hacer deberes. Según el Principio de Premack, podrías decirle: "Si terminas los deberes, podrás jugar videojuegos durante una hora". De esta manera, la actividad de alta probabilidad (jugar videojuegos) se utiliza como reforzador para la actividad de baja probabilidad (hacer deberes). Para aplicar el Principio de Premack de manera efectiva, es importante elegir reforzadores que sean realmente atractivos para el individuo.
Observa y conoce al individuo: Identifica qué actividades o cosas le gustan más. Pregunta, observa sus comportamientos y presta atención a sus preferencias.
Considera la probabilidad de las conductas: Elige actividades de alta probabilidad que el individuo realice con frecuencia y de forma voluntaria.
Varía los reforzadores: Para evitar la habituación (que el reforzador pierda su efectividad con el tiempo), es importante variar los reforzadores y ofrecer diferentes opciones.
Sé específico y claro: Deja claro qué conducta se espera y cuál será la recompensa.
Sé inmediato: Es más efectivo ofrecer el reforzador inmediatamente después de que se realiza la conducta deseada.
Por ejemplo, en niños los reforzadores más evidentes son jugar videojuegos, ver la televisión, jugar con amigos, comer su comida favorita, ir al parque, recibir elogios, etc. En adolescentes, salir con amigos, escuchar música, usar el teléfono móvil, ir al cine, etc. En adultos, disfrutar de un hobby, ir al gimnasio, ver una película, cenar en un restaurante, etc. El Principio de Premack es una herramienta poderosa para modificar la conducta y motivar a las personas a realizar actividades que no les resultan tan atractivas. Al utilizar reforzadores adecuados y aplicar el principio de manera efectiva, se pueden lograr cambios positivos en el comportamiento. Cuando utilizamos el Principio de Premack -o cualquier programa de reforzamiento-, es bueno que las personas elijan qué reforzadores prefieren, en la medida de lo posible. Recordar que lo ideal es que un reforzador llegue inmediatamente con la emisión de la conducta, pero si no puede ser así, deben darse instrucciones que permitan entender su demora. Y también que el reforzador dependa de nosotros mismos antes de que nos lo suministre otra persona o entidad, ya que puede que llegue el momento que el reforzador, por múltiples motivos, no se nos dé aunque lo merezcamos.
Supersticiones
Las supersticiones son también un tipo de reforzadores que funcionan, pero funcionan porque al usarse siempre tienen una alta posibilidad de funcionar. Por ejemplo, la danza de la lluvia funciona porque no paran de bailar hasta que llueve. En este sentido, adulteramos los reforzadores, pero si nos funcionan los seguimos aplicando. A esto se le llama relación de contingencia. La relación de contingencia es la probabilidad de que una consecuencia específica ocurra después de una conducta específica. Una alta contingencia significa que la consecuencia es muy probable que ocurra después de la conducta, mientras que una baja contingencia significa que la consecuencia es poco probable. En el caso de la danza de la lluvia, cuánto más tiempo estemos haciendo el tonto en el jardín más aumenta la contingencia. Un ejemplo de esto fueron los experimentos de B.F. Skinner sobre supersticiones en animales, principalmente palomas. Skinner colocó a palomas hambrientas en cajas individuales y les proporcionó comida a intervalos regulares, independientemente de lo que hicieran. Observó que las palomas desarrollaron una serie de comportamientos repetitivos y rituales, como girar en círculos, inclinar la cabeza o aletear, como si estos comportamientos fueran necesarios para obtener la comida, ya que posiblemente tras uno de estos gestos la comida habría caído por casualidad. Skinner concluyó que las palomas habían desarrollado comportamientos supersticiosos debido a una falsa relación de contingencia. Como la comida aparecía después de uno de sus comportamientos, las palomas asociaron erróneamente ese comportamiento con la obtención de comida, aunque en realidad no había ninguna relación causal. Los experimentos de Skinner sobre supersticiones demostraron que:
Los organismos aprenden a asociar conductas con consecuencias, pero esta asociación puede ser errónea si la relación de contingencia es falsa.
Si una consecuencia positiva (como la comida) ocurre después de una conducta, aunque sea por casualidad, es probable que esa conducta se repita.
No solo los animales, sino también los humanos pueden desarrollar comportamientos supersticiosos debido a falsas relaciones de contingencia.
Los experimentos de Skinner sobre supersticiones son un ejemplo clásico de cómo el análisis de la conducta puede ayudarnos a entender fenómenos psicológicos complejos. Varios futbolistas a lo largo de la historia han tenido ropa interior de la suerte, desde calzoncillos hasta camisetas interiores. Uno de los casos más conocidos es el del portero del Manchester City, Ederson Moraes. El brasileño tiene la superstición de usar los mismos calzoncillos en todos los partidos. Según algunas fuentes, el portero ha confesado que lleva usando los mismos calzoncillos desde que era un niño y que no piensa cambiarlos. Como vemos, las supersticiones pueden ser una forma de reforzar la confianza en uno mismo. Si un jugador cree que su amuleto de la suerte le ha ayudado a ganar partidos en el pasado, puede sentir que este objeto le da un extra de confianza en el presente.
Reforzadores negativos
Pero los reforzadores pueden ser también contraproducentes. Si nuestro hijo nos pide la cena a gritos después de pedirla cinco veces sin gritar (sin obtener nuestra respuesta), y corremos a hacérsela para que se calle, nuestro hijo asociará gritos a comida y a partir de ese momento pedirá la cena a gritos siempre. En este caso, los padres están reforzando una mala conducta (gritos), y han castigado una buena (no responder a cuando se le ha pedido con educación). Esopo ya tuvo conciencia de este hecho y escribió la fábula del águila de alas cortadas. La fábula narra cómo somos buenos con aquellos que nos tratan mal esperando así que se porten mejor con nosotros. El problema es que el ser humano que es malo no se volverá bueno porque le tratemos bien, es más, muy posiblemente verá nuestro buen acto como cobardía y seguirá abusando de nuestra buena fé. Si agachas la cabeza te pegan otra colleja, y más fuerte si cabe, ahondando así en tu indefensión aprendida. Pero nuestra rebeldía puede incitarlos a quedar por encima nuestro para no ser ellos los cobardes e iniciar así una espiral de violencia que no lleva a ninguna parte. Lo mejor en este caso es apartarse del tóxico si se puede, y si no se puede, hacerle frente hasta que uno de los dos se canse. En la guerra sólo uno puede ser el vencedor.
Motivación
En los reforzadores influye mucho nuestra motivación. La motivación es lo que nos impulsa a actuar. Puede surgir de necesidades básicas como el hambre o la sed, de deseos como el éxito o el reconocimiento, o de metas que queremos alcanzar. Los reforzadores actúan como incentivos que nos motivan a realizar ciertas conductas. Al anticipar la recompensa que obtendremos al realizar una acción, nos sentimos más motivados a llevarla a cabo. La motivación puede ser intrínseca, es decir, surgir del propio placer o satisfacción que nos produce la actividad en sí, o extrínseca, es decir, estar motivada por recompensas externas como dinero, reconocimiento o premios. Los reforzadores suelen estar asociados a la motivación extrínseca, aunque también pueden reforzar conductas intrínsecamente motivadas. La falta de motivación provocada por la indefensión aprendida provoca depresión. Así, si no quiere sufrir de depresión, póngase metas en su vida y busque motivarse para actuar. Les pongo un ejemplo personal. Como hombre que soy, sigo jugando a la consola a pesar de mi edad. Hay un juego en el que me he estancado y cuando subo de nivel, pierdo y vuelvo a bajar de nivel. Cuando bajo de nivel gano y subo de nivel, y así indefinidamente. Este hecho podría haber provocado que dejase de jugar a ese juego y buscarme otro, pero soy consciente de que eso me volverá a pasar en el nuevo juego que escoja. Como soy un cabezón, en mis ratos libres intento aprender de tutoriales o de otros jugadores analizando su juego para poder mantenerme en el nivel superior. Mi motivación es mantenerme en el nivel superior y el refuerzo positivo son la cantidad de monedas que consigo manteniéndome en ese nivel. No tiro la toalla, y ustedes tampoco deben hacerlo. Esta recompensa en forma de monedas es lo que llamamos economía de fichas y es usada por miles de empresas en forma de cheques regalo, puntos canjeables por productos, etc. En la educación infantil, tanto escuelas como padres usan también este tipo de refuerzo para que los niños estudien o colaboren en las faenas del hogar. Como pueden ver, si pensaron que esto del conductismo no iba con ustedes, estaban muy equivocados.
Refuerzo intermitente
Para reforzar una conducta eternamente se utiliza el refuerzo intermitente. El refuerzo intermitente es un patrón de reforzamiento en el que una respuesta no se refuerza cada vez que ocurre, sino solo algunas veces. Esto crea una situación en la que la recompensa o el refuerzo no es predecible, lo que puede tener efectos interesantes en el comportamiento. Recuerden las palomas de Skinner, que se pasaban el día haciendo el tonto en busca de comida. Existen diferentes tipos de programas de refuerzo intermitente, que varían en función de cómo se administran los refuerzos:
Programa de razón fija: El refuerzo se administra después de un número fijo de respuestas. Por ejemplo, un programa de razón fija 3 (RF3) significa que el refuerzo se da después de cada tres respuestas.
Programa de razón variable: El refuerzo se administra después de un número variable de respuestas. Por ejemplo, en un programa de razón variable 3 (RV3), el refuerzo se puede dar después de 2 respuestas, luego después de 4, luego después de 3, etc. El número de respuestas varía, pero el promedio es 3.
Programa de intervalo fijo: El refuerzo se administra después de un período de tiempo fijo, siempre y cuando se haya dado la respuesta deseada al final del intervalo. Por ejemplo, en un programa de intervalo fijo 5 minutos (IF5), el refuerzo se da si se da la respuesta deseada después de 5 minutos.
Programa de intervalo variable: El refuerzo se administra después de un período de tiempo variable, siempre y cuando se haya dado la respuesta deseada al final del intervalo. Por ejemplo, en un programa de intervalo variable 5 minutos (IV5), el refuerzo se puede dar después de 3 minutos, luego después de 7, luego después de 5, etc. El tiempo varía, pero el promedio es de 5 minutos.
¿Cómo usamos el refuerzo intermitente? Imagina que estás entrenando a un perro para que se siente. Al principio, cada vez que el perro se sienta, le das un premio (refuerzo continuo). Una vez que el perro ha aprendido a sentarse, puedes pasar a un refuerzo intermitente. Por ejemplo, puedes empezar a darle un premio solo cada dos veces que se sienta (razón fija 2), o cada cierto tiempo variable (intervalo variable). Los programas de razón variable pueden generar tasas de respuesta muy altas, ya que el individuo no sabe cuándo va a recibir el refuerzo y, por lo tanto, se esfuerza por responder con frecuencia. El refuerzo intermitente está presente en la creación y extinción de muchas adicciones de la vida cotidiana. Por ejemplo:
Juegos de azar, como las máquinas tragaperras, utilizan un programa de razón variable para mantener a los jugadores enganchados.
Las redes sociales utilizan los "me gusta" y los comentarios como refuerzo intermitente que puede generar una gran dependencia.
Las relaciones en las que se alternan momentos de cariño y atención con momentos de indiferencia pueden ser un ejemplo de refuerzo intermitente que genera dependencia emocional.
En resumen, el refuerzo intermitente es un patrón de reforzamiento en el que una respuesta no se refuerza cada vez que ocurre. Esto puede generar una mayor resistencia a la extinción, pero la conducta extinguida tarda más en aparecer nuevamente. Para extinguir una conducta con refuerzo intermitente con intervalo intermitente, pondremos el cronómetro a cero cada vez que se inicie la conducta. Imaginemos que queremos que un alumno sabiondo no levante la mano a cada pregunta que se haga en clase. Le invitaremos a levantar la mano cada 15 minutos, si tarda menos, por ejemplo 7 minutos, a partir de ahí empieza a contabilizarse nuevamente 15 minutos. Otro refuerzo que se suele utilizar para eliminar conductas no deseadas es el reforzamiento diferencial de tasa cero (DRO). El DRO se basa en el principio del reforzamiento diferencial, que consiste en reforzar una conducta deseada mientras se extingue una conducta no deseada. ¿Cómo funciona?
Se identifica claramente la conducta que se desea reducir o eliminar.
Se determina un período de tiempo durante el cual la conducta no deseada no debe ocurrir para que se administre el reforzamiento. Este intervalo debe ser lo suficientemente largo como para que sea significativo, pero no tan largo como para que sea inalcanzable.
Si la conducta no deseada no ocurre durante el intervalo de tiempo establecido, se administra el reforzamiento. Este reforzamiento puede ser cualquier cosa que sea agradable o deseable para el individuo, como un premio, un elogio, una actividad favorita, etc.
El proceso se repite varias veces hasta que la conducta no deseada disminuye su frecuencia o desaparece por completo.
Ejemplo: Imagina que un niño tiene la costumbre de levantarse de la mesa durante la comida. Para aplicar un programa de DRO, los padres podrían establecer un intervalo de tiempo de 10 minutos. Si el niño permanece sentado en la mesa durante esos 10 minutos, se le dará un premio (por ejemplo, un postre especial o la posibilidad de jugar un rato con su juguete favorito). Si el niño se levanta de la mesa antes de que transcurran los 10 minutos, no se le dará el premio y se reiniciará el intervalo de tiempo.
Programa de razón
Otro programa de reforzamiento es el programa de razón. En el campo del condicionamiento operante, un programa de razón es un tipo de programa de reforzamiento en el que el refuerzo se administra después de un número específico de respuestas. A diferencia de los programas de intervalo, donde el tiempo es el factor determinante, aquí la cantidad de respuestas es lo que importa. Por ejemplo, dar una golosina a un perro al cada cinco sentadas. Piensa en un trabajador que recibe un pago por cada 10 enciclopedias vendidas. Este es un ejemplo de un programa de razón fija. El trabajador sabe que después de hacer 10 ventas, recibirá su pago (el refuerzo). En el programa de razón variable, el refuerzo (sueldo) se recibe a las cinco ventas primero, luego a las siete, a las 10, etc. En los programas de razón variable, la tasa de respuesta tiende a ser más constante que en el de razón fija, y por tanto la conducta tarda más en desaparecer. Generalmente, los programas de razón producen tasas de respuesta más altas que los programas de intervalo. Esto se debe a que el sujeto sabe que cuantas más respuestas emita, más refuerzos obtendrá.
Adquisición de hábitos
Un error que comete el ser humano a menudo, yo incluido, es no premiar las buenas acciones porque son de obligado cumplimiento. No premiar a un niño, por ejemplo, que recoge su habitación porque es su obligación es ignorarlo. En cambio sí castigamos las malas acciones. Si castigamos debemos premiar, esa es nuestra obligación si queremos que la conducta perdure en el tiempo. Recordar también que la creación de un hábito es un proceso que varía significativamente de persona a persona y depende de la complejidad del hábito. Aunque no existe un número mágico de días aplicable a la adquisición de un hábito, un estudio ampliamente citado en el European Journal of Social Psychology sugiere que, en promedio, se tardan 66 días de media para que un nuevo comportamiento se integre con éxito en la rutina y se vuelva automático. El estudio mencionado reveló que el tiempo necesario para adquirir un hábito puede oscilar entre 18 y 254 días. Esto subraya la importancia de la paciencia y la persistencia. Los hábitos más sencillos, como beber un vaso de agua al despertar, pueden establecerse más rápidamente que los hábitos complejos, como ir al gimnasio tres veces por semana. La motivación, la fuerza de voluntad, el entorno social y la salud mental influyen en el proceso de creación de hábitos. Para adquirir un hábito se recomienda empezar con pequeños pasos, poco a poco y con acciones que puedas cumplir fácilmente; repetición constante; creación de un entorno favorable; paciencia y recompensa en los avances. Si queremos habituarnos al ejercicio podemos empezar por ir un día a la semana el primer mes, dos el segundo y tres el tercero, por ejemplo. Después debemos perseverar, tener paciencia y como premio podemos acudir a la pizzería del barrio al finalizar el mes si hemos cumplido nuestro objetivo. Como vemos, lo ideal es extinguir la conducta no deseable reforzando la sí deseable.
Ingeniería del comportamiento
Otra rama interesante de la psicología conductual es la ingeniería del comportamiento. Esta es un campo interdisciplinario que aplica los principios de la psicología y la ciencia del comportamiento para diseñar y mejorar productos, servicios y entornos que influyen en las decisiones y acciones de las personas. Su objetivo principal es comprender cómo los factores psicológicos, sociales y contextuales afectan el comportamiento humano, y luego utilizar ese conocimiento para crear intervenciones que fomenten comportamientos deseables o desalienten los no deseados. Un ejemplo muy claro de ello es el sistema de flechas en el suelo que nos indican el camino correcto en el Ikea. En este campo, Nathan Azrin fue su pionero y su trabajo se centró en aplicar los principios del análisis de la conducta para resolver problemas sociales y mejorar la calidad de vida de las personas. Además de desarrollar la economía de fichas, investigó y desarrolló programas de entrenamiento en habilidades sociales para personas con dificultades en la interacción social, como personas con esquizofrenia o autismo (centrados en enseñar habilidades específicas, como iniciar conversaciones, hacer preguntas o expresar emociones), trató las adicciones como el alcoholismo o la drogadicción (desarrollando intervenciones que combinaban el reforzamiento de conductas alternativas saludables con la extinción de conductas adictivas), y trabajó en el desarrollo de intervenciones a nivel comunitario para abordar problemas sociales como la delincuencia o la falta de empleo (que se basan en la modificación del entorno y la promoción de conductas prosociales). Algunas investigaciones de Azrin fueron:
Proyecto de empleo: Azrin desarrolló un programa de empleo asistido para personas con enfermedades mentales graves. Este programa incluía entrenamiento en habilidades laborales, búsqueda de empleo y apoyo continuo en el trabajo. Los resultados mostraron que este programa era mucho más efectivo que los métodos tradicionales de rehabilitación laboral.
Tratamiento del tartamudeo: Azrin desarrolló una técnica de "práctica masiva" para el tratamiento del tartamudeo. Esta técnica implica practicar el habla de forma repetida y prolongada, lo que ayuda a reducir la ansiedad y mejorar la fluidez.
Intervención en el aula: Azrin diseñó intervenciones para mejorar el comportamiento de niños con problemas de conducta en el aula. Estas intervenciones incluían el uso de reforzadores positivos, como elogios y recompensas, para fomentar conductas deseadas.
La ingeniería del comportamiento se basa en una serie de principios clave, que incluyen:
Comprensión del comportamiento (esto puede incluir factores cognitivos, emocionales, sociales y contextuales).
Diseño de intervenciones para modificar conductas como cambios en el diseño de productos, servicios o entornos, o la implementación de programas de incentivos o educación.
Evaluación para determinar la efectividad del tratamiento y su continua mejora.
La ingeniería del comportamiento ha provocado que nuestro día a día sea más llevadero. Algunos ejemplos concretos de cómo la ingeniería del comportamiento se aplica en la vida real son:
Aplicación de móvil que rastrea la actividad física del usuario y le ofrece recompensas virtuales (insignias, puntos) por alcanzar metas de ejercicio.
Pastillero inteligente que recuerda al paciente cuándo debe tomar su medicamento y registra si lo ha hecho correctamente.
Campañas de comunicación que utilizan mensajes impactantes y testimonios de personas reales para crear conciencia sobre los riesgos del consumo de drogas.
Programa de tutorías personalizadas que se adapta al ritmo de aprendizaje de cada estudiante y le ofrece retroalimentación inmediata sobre sus errores.
Sistema de puntos en el aula donde los estudiantes ganan puntos por buen comportamiento y pueden canjearlos por privilegios o recompensas.
Actividades grupales que fomentan la colaboración y el respeto entre estudiantes de diferentes orígenes y habilidades.
Sistema de recompensas que reconoce y premia a los empleados por alcanzar objetivos de desempeño.
Programas de capacitación que utilizan simulaciones y juegos de rol para enseñar a los trabajadores a identificar y evitar riesgos laborales.
Encuestas de clima laboral y sesiones de retroalimentación para identificar áreas de mejora y promover la comunicación entre empleados y directivos.
Programas de reciclaje que ofrecen incentivos (descuentos, sorteos) a los ciudadanos por separar sus residuos.
Campañas de sensibilización que muestran la belleza de la fauna y las consecuencias negativas de su extinción.
Sistemas de tarificación que cobran más por el consumo de agua o energía en horarios de mayor demanda.
Anuncios que muestran personas atractivas o exitosas utilizando un producto, creando una asociación positiva en la mente del consumidor.
Programas de puntos que ofrecen recompensas y beneficios exclusivos a los clientes más leales.
Diseño de tiendas y sitios web que faciliten la navegación y la compra, creando una experiencia agradable y satisfactoria para el cliente.
Estos son solo algunos ejemplos de cómo la ingeniería del comportamiento se aplica en diversos ámbitos de la vida real. Su enfoque en comprender y modificar el comportamiento humano la convierte en una herramienta poderosa para abordar una amplia gama de desafíos y mejorar la calidad de vida de las personas.
Incompetencia
Una estrategia que suele funcionar, sobretodo en niños, es la de ser inútil para evitar conductas no deseables. Por ejemplo, el niño que recoge su habitación enrollando la ropa en el cajón una y otra vez, posiblemente se ahorre recoger la habitación otro día porque la madre o el padre acaba antes haciéndolo él o ella que estar continuamente supervisando la conducta de su hijo. Esta estrategia se da también mucho en el entorno laboral, donde al competente se le sobrecarga de trabajo mientras el inútil se pasa el día jugando al solitario. Sin darse cuenta, padres y jefes están premiando una mala actitud y castigando una buena. También existe el escape verbal, donde un “lo siento mucho, no lo volveré a hacer” puede evitar un castigo inmediato, pero sin castigo a la mala conducta es posible que ésta se vuelva a repetir, ya que el perdón por el simple hecho de reconocer el error enseña al sujeto la eficacia del escape verbal. Este condicionamiento operante nos explica por qué personas muy capaces y con talento abandonan el deporte, los estudios, etc. “Los deportistas o estudiantes que sufren a preparadores y maestros cabrones y aun así consiguen llegar a la excelencia lo hacen a pesar de estas figuras, no gracias a ellas. Cada vez que alguien dice «tuve que ser muy duro para que llegaras donde estás>>, te está dando una excusa de mierda”, dice Nogueras.
Teoría de los dos factores.
Por último, para hablar de las emociones debemos remitirnos al experimento de Stanley Schachter y Jerome Singer, que marcó un cambio en la comprensión de las emociones. Su investigación se centró en cómo las personas interpretan y etiquetan sus emociones, y cómo el contexto social y cognitivo influye en esta interpretación. Este experimento, publicado en 1962, es el más conocido de su trabajo y sentó las bases para su teoría de la emoción de los dos factores. El objetivo era investigar cómo la información que recibe una persona sobre su estado fisiológico y el contexto social influyen en la experiencia emocional. El experimento consistió en reclutar estudiantes universitarios y decirles que participarían en un estudio sobre los efectos de una vitamina en la visión. Acto seguido se les inyectó una sustancia que en realidad era adrenalina (epinefrina), que causa síntomas fisiológicos como aumento del ritmo cardíaco, temblores y sudoración. Los participantes se dividieron en tres grupos:
Grupo informado: Se les dijo a los participantes los efectos secundarios reales de la inyección.
Grupo no informado: No se les dijo nada sobre los posibles efectos secundarios.
Grupo mal informado: Se les dijo que la inyección les causaría entumecimiento y picazón en los pies, efectos que no están relacionados con la adrenalina.
Después de la inyección, los participantes fueron asignados aleatoriamente a una de dos situaciones:
Situación de euforia: Un cómplice del experimentador (que actuaba como otro participante) se comportaba de manera eufórica y juguetona.
Situación de ira: El cómplice se comportaba de manera enojada e irritada.
Se observó el comportamiento de los participantes y se les pidió que evaluaran su propio estado emocional. Los resultados de los distintos grupos fueron:
Grupo no informado: Los participantes en este grupo tendieron a experimentar emociones congruentes con la situación en la que se encontraban. Si estaban en la situación de euforia, se sentían más alegres, y si estaban en la situación de ira, se sentían más enojados.
Grupo informado: Los participantes en este grupo no mostraron emociones tan intensas como el grupo no informado. Atribuyeron sus síntomas fisiológicos a la inyección y no a la situación social.
Grupo mal informado: Este grupo también mostró emociones congruentes con la situación, similar al grupo no informado.
Las conclusiones del estudio llevaron a promulgar la Teoría de los dos factores. Schachter y Singer propusieron que la emoción es el resultado de dos factores:
Activación fisiológica: La inyección de adrenalina causó activación fisiológica en todos los participantes.
Interpretación cognitiva: Los participantes interpretaron esta activación fisiológica en función de la información disponible en el entorno social.
El contexto social proporcionó información a los participantes sobre cómo debían interpretar su activación fisiológica. Este experimento fue innovador porque desafió la visión tradicional de las emociones como respuestas automáticas a estímulos. Mostró que las emociones son más complejas y que la cognición juega un papel fundamental en su interpretación. Es decir, que nuestras emociones se ven influenciadas por nuestro entorno. “Presentarnos reforzadores nos hace felices. La retirada de reforzadores nos enfada o nos entristece. La muestra de estímulos aversivos a menudo nos produce ansiedad. Y la retirada de estimulación aversiva nos genera alivio”. Por ejemplo, si reforzamos la visión positiva que tiene nuestra mujer sobre el vestido que lleva puesto diciéndole que está guapísima con ese vestido, la noche será feliz. En cambio si la criticamos será una noche para olvidar. Si le decimos que el vestido la hace parecer gorda es posible que se deprima o se obsesione con adelgazar. Puede ser que nuestra mujer no crea nuestras críticas y salga feliz de casa, pero dos comentarios negativos de dos personas distintas le afectarán seguro. Para evitar dichos comentarios se recurre a la sensibilización encubierta.
La sensibilización encubierta.
La sensibilización encubierta es una técnica utilizada en terapia psicológica para modificar conductas no deseadas, como adicciones o hábitos perjudiciales. Fue desarrollada por el psicólogo Joseph R. Cautela en la década de 1960 y se basa en los principios del condicionamiento clásico. Se busca crear una asociación negativa entre la conducta no deseada y una experiencia desagradable. Primero se define claramente la conducta que se desea modificar (por ejemplo, fumar, beber alcohol en exceso, comer compulsivamente, criticar a tu esposa…). Después se construye una imagen mental detallada de la conducta no deseada, pero se le añade un elemento aversivo o desagradable. Por ejemplo, si se busca dejar de fumar, la imagen podría ser de uno mismo fumando un cigarrillo y sintiéndose mal, con náuseas y mareos. O a tu mujer cepillándose a Benicio Del Toro. Se repite la imagen aversiva varias veces, asociando la conducta no deseada con la sensación desagradable. Después de la imagen aversiva, se introduce una imagen de relajación para contrarrestar la ansiedad y el malestar.
La sensibilización encubierta se ha utilizado para tratar una variedad de problemas, incluyendo:
Adicciones: Tabaquismo, alcoholismo, drogadicción.
Trastornos de la alimentación: Anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, obesidad.
Problemas de control de impulsos: Juego patológico, cleptomanía.
Parafilias: Atracción sexual hacia objetos o situaciones no convencionales.
La efectividad de la sensibilización encubierta varía según la persona y el problema a tratar. Algunas personas encuentran que es útil para reducir o eliminar la conducta no deseada, mientras que otras no experimentan beneficios significativos. Las ventajas son que no requiere exposición real (no hace falta pagar a Benicio, basta con imaginárselo) y que puede ser utilizada en privado y en cualquier lugar sin la necesidad de la presencia de un terapeuta. Las desventajas son que se requiere tener imaginación vívida y detallada y que puede generar ansiedad y malestar si nuestra imaginación es muy realista. Es importante destacar que la sensibilización encubierta debe ser utilizada bajo la supervisión de un profesional de la salud mental cualificado.
Moldeamiento
Otra forma de modificar nuestra conducta es usando el moldeamiento, también conocido como moldeamiento por aproximaciones sucesivas. Se basa en el principio de reforzamiento selectivo para enseñar nuevas conductas o modificar las existentes. En esencia, el moldeamiento consiste en reforzar sistemáticamente las aproximaciones sucesivas a la conducta deseada, ignorando o extinguiendo otras respuestas. Se comienza reforzando una conducta simple que el individuo ya realiza y que se asemeja, aunque sea mínimamente, a la conducta final que se quiere lograr. Una vez que esta conducta se ha establecido, se deja de reforzar y se refuerza una nueva conducta que se acerque un poco más a la meta final. Este proceso se repite paso a paso, refinando gradualmente la conducta hasta que se alcanza la forma deseada. Por ejemplo, si queremos enseñar a un niño a hablar, se refuerzan los balbuceos iniciales, luego las sílabas, luego las palabras sencillas y así sucesivamente hasta que el niño es capaz de formar frases completas. Las ventajas del moldeamiento son que permite enseñar conductas complejas, es un proceso gradual y un método positivo. Las desventajas son el tiempo requerido y la necesidad de supervisión continua. Otro problema que conlleva el moldeamiento es la radicalización. Por ejemplo, imaginemos que no te gusta un tipo de gente (pongamos de nariz azul) y utilizando el sesgo de confirmación buscas en Tik Tok personas que los critiquen. Como te parecen graciosos esos tipos y te sientes identificado con ellos, poco a poco vas aumentando las visualizaciones y la búsqueda de contenido más aversivo. Esto puede llevarte a acudir a manifestaciones contra las personas de nariz azul, e incluso llegar a agredir a alguno de ellos. Así, un chaval que ha sido atracado por un MENA puede convertirse en un neonazi que por las noches sale de caza en busca de víctimas a las que odia buscando aliviar su rabia contenida. Y por supuesto, tu excusa por haber agredido a otro ser humano será del tipo “se lo merecen”, “ellos se lo han buscado”, etc. Está regla verbal busca tranquilizar tu conciencia, ya que sabes perfectamente que lo que has hecho está mal. Ojalá esto sucediera con los políticos. Otro gallo nos cantaría. Así pues, el radical no nace, se moldea, como dice Nogueras.
Autocontrol
Pero no todos los jóvenes que han sufrido una agresión de algún inmigrante ilegal se vuelven neonazis, ¿por qué? Pues por el autocontrol. Desde la perspectiva conductista, el autocontrol no se considera una fuerza de voluntad interna o una característica de la personalidad, como podríamos pensar, sino que se entiende como un conjunto de estrategias y habilidades aprendidas que las personas utilizan para modificar su propia conducta en ausencia de estímulos externos inmediatos. En otras palabras, el autocontrol es la capacidad de influir en nuestras propias acciones incluso cuando no hay recompensas o castigos evidentes presentes. El autocontrol depende de varios factores como:
nuestras experiencias pasadas con recompensas y castigos, por ejemplo, si hemos aprendido que aplazar la gratificación conduce a mejores resultados a largo plazo, es más probable que tengamos autocontrol. Lo contrario sería caer en la trampa de reforzamiento, es decir, preferir la recompensa inmediata a pesar de ser nociva para nosotros en un futuro.
fijar metas claras y específicas, que nos ayuda a mantener el enfoque y resistir las tentaciones.
prestar atención a nuestra propia conducta, ya que nos permite identificar patrones y áreas donde necesitamos mejorar nuestro autocontrol.
evitar o modificar situaciones que desencadenan conductas no deseadas
recompensarnos a nosotros mismos por lograr metas y mantener el autocontrol, ya que refuerza estas conductas y las hace más probables en el futuro.
Para llevar a cabo el autocontrol, la psicología conductista ofrece varias técnicas:
Llevar un registro de las conductas que deseas cambiar, incluyendo cuándo ocurren, qué las desencadena y cuáles son las consecuencias. Esto te ayudará a identificar patrones y áreas problemáticas.
Identificar los estímulos (personas, lugares, situaciones) que desencadenan la conducta no deseada y evítarlos o modificarlos. Por ejemplo, si sueles comer en exceso mientras ves la televisión, evita comer mientras ves la televisión.
Sustituir la conducta no deseada por una conducta alternativa más saludable o apropiada. Por ejemplo, si sueles fumar cuando estás estresado, prueba hacer ejercicio o practicar técnicas de relajación en su lugar.
Establecer metas realistas y recompensarte a ti mismo por lograrlas. Las recompensas pueden ser pequeñas (un baño relajante, leer un libro) o más grandes (un viaje, un regalo), dependiendo de la dificultad de la meta.
Castigar (con precaución) puede ser útil para reducir la frecuencia de una conducta no deseada. Sin embargo, es importante utilizar el castigo de manera cuidadosa y ética, y siempre combinarlo con el reforzamiento de conductas alternativas positivas.
Practicar técnicas de relajación, como la respiración profunda o la meditación, puede ayudarte a manejar el estrés y la ansiedad, que a menudo son desencadenantes de conductas no deseadas.
Según Nogueras, pedir ayuda a terceros para extinguir nuestras malas conductas también es una forma de autocontrol. “Para que se dé autocontrol basta con que haya conductas destinadas a conseguir resultados seleccionados por el propio individuo”.
Hoy día una adicción problemática es la del móvil. Si queremos hacer otras cosas y dejar de ser dependientes del móvil en todo momento podemos establecer lo que Newport llamó “la regla del recibidor”. Está regla consiste en designar un lugar incómodo de nuestra casa u oficina para dejar el móvil allí y consultarlo cuando queramos pero sin moverlo del lugar designado. Un ejemplo drástico sería dejar el móvil en el balcón durante el invierno. El rato que pasaremos mirando el móvil mientras estamos de pie pasando frío será mucho menor al tiempo que lo miraríamos si lo tuviéramos en la mesilla junto al sofá. Para eliminar las compras compulsivas podemos decirnos que sólo compraremos cosas el 25 de cada mes, por ejemplo. El hecho es que para extinguir conductas no deseadas el coste de la consecuencia de la conducta debe ser muy superior al beneficio (un catarro, por ejemplo, en el primer caso).
Intenciones de implementación
Otra técnica es las intenciones de implementación de Peter Gollwitzer. Estas implementaciones son un tipo de estrategia que nos ayuda a comprometernos con el cumplimiento de una meta. Imagina que tu objetivo es ir al gimnasio tres veces por semana. Una intención de implementación para este objetivo podría ser: "Si son las 7 a.m. de un lunes, miércoles o viernes, entonces iré al gimnasio". Las intenciones de implementación funcionan porque nos ayudan a crear una asociación fuerte entre una situación específica (las 7 a.m. de un lunes, miércoles o viernes) y una conducta determinada (ir al gimnasio). Esta asociación hace que sea más probable que realicemos la conducta cuando nos encontramos con la situación desencadenante. Además, las intenciones de implementación nos ayudan a reducir la necesidad de tomar decisiones en el momento, ya que, como hemos visto, el beneficio inmediato de quedarse en la cama es superior al beneficio de salud en el futuro. Al haber planificado de antemano cuándo, dónde y cómo vamos a actuar, no tenemos que pensar en ello cuando surge la oportunidad. Esto nos libera de la necesidad de usar fuerza de voluntad en ese momento, lo que a menudo falla. Así pues:
Primero identifica tu objetivo (ir al gimnasio lunes, miércoles y viernes)
Después describe la acción concreta que te ayudará a alcanzar tu objetivo (levantarse a las 7 a.m.)
Crear la fórmula (si el despertador suena el lunes a las 7 a.m. me levantaré para ir al gimnasio)
Las investigaciones han demostrado que las intenciones de implementación son efectivas para una amplia gama de objetivos, desde mejorar la salud y el bienestar hasta aumentar la productividad y el rendimiento académico. Un meta-análisis de 94 estudios encontró que las intenciones de implementación aumentaron la probabilidad de lograr un objetivo en un 67%. Pero claro está, está regla funciona si tú quieres que funcione y tus posibilidades lo permiten. Por mucho que quieras, si vives en el desierto te va a ser muy difícil ir al gimnasio.
Inversión del hábito
Otra técnica es la inversión del hábito. Se trata de dejar de hacer cosas perjudiciales para nosotros, como por ejemplo morderse las uñas. Imaginemos a Ana, una joven que se muerde las uñas de forma habitual desde la infancia. Este hábito le causa vergüenza y le gustaría dejar de hacerlo. Lo primero es prestar atención a cuándo y cómo se muerde las uñas Ana y registrar las veces que se muerde las uñas al día y las situaciones en las que es más probable que lo haga (por ejemplo, cuando está nerviosa, aburrida o concentrada). Después, Ana debe identificar los desencadenantes de su hábito, como el estrés, la ansiedad o simplemente la costumbre. Una vez hecho esto, Ana elige una respuesta competitiva que sea incompatible con morderse las uñas y que sea fácil de llevar a cabo en cualquier lugar (como apretar los puños durante unos segundos o jugar con una pequeña pelota antiestrés). Y esto lo pone en práctica. Entonces Ana añade un refuerzo positivo como una golosina tras la cena si ha cumplido su promesa (el refuerzo nos puede ser dado por una tercera persona para que evitemos hacer trampas, a esto Kanfer lo llamó autocontrol decisional). Con el tiempo y la práctica, la respuesta competitiva se convierte en una conducta automática que sustituye al hábito de morderse las uñas y Ana aumenta su autoestima al comprobar que es capaz de controlar su hábito.
TCC
La técnica central en la terapia cognitivo-conductual (TCC) es la propuesta por Aaron Beck y Albert Ellis, y busca modificar patrones de pensamiento disfuncionales o negativos que contribuyen a problemas emocionales y de conducta. La idea principal es que no son los eventos en sí mismos los que nos afectan, sino la interpretación que hacemos de ellos. Si tenemos pensamientos negativos o distorsionados sobre una situación, es probable que experimentemos emociones negativas y actuemos de manera poco adaptativa. La reestructuración cognitiva implica los siguientes pasos:
Aprender a reconocer los pensamientos automáticos negativos que surgen de forma espontánea ante una situación determinada.
Cuestionar si estos pensamientos son realmente lógicos y se basan en evidencia real, o si son exagerados, distorsionados o irreales.
Buscar explicaciones más realistas y positivas para la situación, que tengan en cuenta todos los aspectos y no solo los negativos.
Experimentar con nuevas formas de pensar y actuar, para comprobar si los pensamientos alternativos son más útiles y se ajustan mejor a la realidad.
Ejemplo: Imagina que Laura es invitada a una fiesta, pero se siente insegura y piensa: "Seguro que nadie querrá hablar conmigo, me voy a quedar sola toda la noche. No iré a la fiesta”.
Pensamiento negativo: "Nadie querrá hablar conmigo".
Evaluación: ¿Es realmente cierto que nadie querrá hablar con ella? ¿Tiene pruebas de ello? ¿No es posible que algunas personas se acerquen a saludarla?
Pensamiento alternativo: "Es probable que algunas personas no me conozcan, pero también habrá gente abierta a conocer a gente nueva. Puedo intentar acercarme y presentarme".
Puesta a prueba: Laura decide ir a la fiesta y se propone hablar con al menos tres personas. Descubre que algunas personas son muy amables y entabla conversaciones interesantes.
La reestructuración cognitiva es una herramienta poderosa para cambiar la forma en que pensamos y sentimos, lo que a su vez puede mejorar nuestra calidad de vida. Al aprender a identificar y modificar nuestros pensamientos negativos, podemos reducir el estrés, la ansiedad, la depresión y otros problemas emocionales. Estás personas sufren de ansiedad, depresión o lo que sea que padecen porque han aprendido a pensar mal sobre las cosas; a lo largo de su existencia, se han ido desarrollando unos esquemas de pensamiento distorsionados como el catastrofismo injustificado, que a su vez elicitan emociones negativas y afectan a su comportamiento. Según la terapia cognitiva, las personas deben reestructurar sus pensamientos, para lo cual, primero sobre papel y luego en vivo, ensayarán el ejercicio de dirigirse a sí mismas mensajes más racionales adaptados al contexto. “Así que, en líneas generales, parece que lo mejor con los pensamientos que nos molestan es tratarlos como cualquier otra cosa, como nada especial, no hacerles mucho caso y centrar nuestra conducta en aquello que nos hace más felices. Es muy tentador concederles un estatus especial, por motivos históricos”. “Descartes formulaba aquella célebre frase de <<Pienso, luego existo>> para indicar que cabía dudar de todo salvo de la propia existencia, precisamente por el hecho de estar pensando. Todo puede ser una ilusión, quizá la realidad no tiene nada que ver con lo que percibo e imagino”. Pensar negativamente es una excusa para no enfrentarte a tus miedos, pero lo más lógico y razonable es actuar para acallar los pensamientos negativos y convertirlos en positivos. “Es más fácil que tu conducta cambie en una dirección positiva para ti si te dedicas a hacer aquello que es bueno -por ejemplo, ir a bailar- a pesar de tu miedo a no hacerlo bien: acepta que tienes miedo y hazlo igual”. Una vez que asumimos los pensamientos irracionales y las emociones desagradables “porque «no son gran cosa», se puede «seguir con la vida» más fácilmente, sin sufrir”.
Terapias de tercera generación
Actualmente las terapias cognitivo-conductuales han evolucionado a las llamadas terapias de tercera generación. Estas terapias buscan modificar la relación que tenemos con los pensamientos negativos promoviendo la aceptación, la atención plena (mindfulness) y el compromiso con valores personales como herramientas para vivir una vida más plena y significativa, incluso en presencia de dificultades psicológicas. No luchan contra los pensamientos negativos y tampoco los juzgan, ayudando al paciente a vivir con ellos, centrándose en la adaptación y cambio de perspectivas situacionales. Al paciente se le enseña que sus pensamientos no son verdades absolutas y se trabaja para que esos pensamientos sean solo frases sin significado en su cabeza. Se le enseña después a prestar atención al momento presente, a sus sensaciones físicas y emociones, sin dejarse arrastrar por los pensamientos sobre el futuro o el pasado. Esto le ayuda a ser más consciente de su experiencia y a no identificarse tanto con sus pensamientos negativos. Por último, se le ayuda a identificar qué es lo que realmente le importa en la vida, cuáles son sus valores (por ejemplo, conectar con otros, aprender cosas nuevas, divertirse) y luego, se le anima a tomar acciones concretas que lo acerquen a esos valores, a pesar de la ansiedad que pueda sentir. Si un pensamiento no se convierte en conducta pierde su valor y tampoco nos define.
Estas terapias pueden ser útiles para una amplia gama de problemas psicológicos, incluyendo:
Trastornos de ansiedad y depresión.
Trastorno obsesivo-compulsivo (TOC).
Trastorno de estrés postraumático (TEPT).
Trastornos de la alimentación.
Dolor crónico.
Problemas de relación.
Las terapias de tercera generación representan un avance en la psicoterapia al ofrecer un enfoque más holístico y centrado en la persona. Al promover la aceptación, la atención plena y el compromiso con valores, estas terapias buscan ayudar a las personas a vivir una vida más plena y significativa, incluso en presencia de dificultades.
Los Horcones
Todo esto de la psicología conductista se aplica en una sociedad experimental llamada Los Horcones, en México. Los Horcones es una comunidad intencional ubicada en el estado de Sonora, México que fue fundada en 1973 por un grupo de personas, en su mayoría psicólogos, que buscaban crear un entorno de vida alternativo basado en principios de igualdad, cooperación y desarrollo humano. Sus características principales son ofrecer un estilo de vida alternativo promoviendo el desarrollo personal y social de sus miembros; se basa en principios de igualdad, cooperación, respeto mutuo y responsabilidad compartida; su economía es diversificada, incluyendo actividades agrícolas, ganaderas, artesanales y de servicios; cuenta con un sistema educativo propio que busca el desarrollo integral de las personas, desde la infancia hasta la edad adulta; toda la comunidad es una familia y los niños pueden ser criados por unos o por otros indistintamente; no hay propiedad privada, todos comen lo mismo y juntos en la zona comunal; la comunidad busca un equilibrio entre el desarrollo humano y el cuidado del medio ambiente, promoviendo prácticas sostenibles en sus actividades económicas y productivas. La vida en Los Horcones es comunitaria y participativa. Los miembros comparten responsabilidades y toman decisiones en conjunto a través de asambleas y otros mecanismos de participación. La comunidad ofrece un ambiente de apoyo y colaboración donde las personas pueden desarrollar su potencial y contribuir al bienestar colectivo. Los Horcones es un ejemplo de cómo es posible crear comunidades alternativas basadas en principios de cooperación, igualdad y desarrollo humano dejando de lado todo aquello que nos inculca el capitalismo, el materialismo y el consumismo. Su enfoque en la experimentación social y su compromiso con la sostenibilidad la convierten en un referente para aquellos que buscan nuevas formas de vivir y construir sociedad. Si Platón levantara la cabeza… Para saber más sobre Los Horcones puedes visitar su página web oficial: https://en.wikipedia.org/wiki/Los_Horcones
Conclusiones
Como puedes ver, la psicología conductual, con su enfoque en el estudio del comportamiento observable y su relación con el entorno, ha demostrado ser una herramienta poderosa con aplicaciones prácticas en diversos aspectos de nuestra vida cotidiana, como pueden ser el aprendizaje y modificación de la conducta, la educación, la salud, trabajo, relaciones sociales, deporte, etc. Alguien dijo una vez que si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiar tú, a lo que yo añado que si quieres cambiar empieza por leer psicología conductista. Y no sólo leerla, sino enseñarla y aplicarla. El primer paso para cambiar es reconocer que hay un problema, después conocerte a ti mismo y después actuar. Nadie adelgaza desde el sofá de su casa viendo el fútbol. En esta sociedad podrida hay que reconocer que el “pobrecito de mí” funciona, no hay más que ver la de personas que piden en el metro. ¿Por qué funciona? Fácil, somos una sociedad insegura y con una muy baja autoestima. Muchas personas se creen buenas personas dando un euro al que berrea de vagón en vagón molestando a aquellos que buscan un momento de silencio yendo al trabajo. Puedo pegarle a mi mujer todos los días, pero eh, le he dado un euro a un mendigo. Salvado. Nada más lejos de la realidad. Si actúas así eres un desgraciado que intenta calmar su disonancia cognitiva creando un vago más en el mundo. Los padres que no imponen normas a sus hijos porque creen que eso es de fascistas tienen un problema psicológico y le están creando otro problema psicológico a su hijo, porque cuando tenga que acatar normas de tráfico, laborales, etc y no quiera hacerlo puede que su vida y la de los que le rodean se puede convertir en un infierno. Y todo por querer parecer buena gente a ojos de los demás. Lo mismo sucede con un jefe que premia al incompetente no dándole trabajo y abusando del que hace las cosas. Está enviando su empresa a la quiebra y a él y a su familia al inframundo. Con su cobarde conducta, unos y otros están provocando más mal que bien a una sociedad ya de por sí enferma. Hacer cosas por el qué dirán está mal, pero cambiar es posible. Quejarte de tu mala suerte o excusar tu incompetencia está mal, pero se puede cambiar. No hacerlo es entrar en un bucle depresivo que te llevará a ti y a los que te rodean a una abismal tristeza. Si no quieres cambiar, no lo hagas, pero cambia por los demás. Adelgaza para que tu padre o tu hijo puedan hacer algo más con su vida que ayudarte a levantarte del sofá y oír tus continuas quejas de la mala suerte que tienes. Tu actitud pasiva y quejica enferma a tus allegados por tu toxicidad. No cambiar es ser egoísta y por tanto mala persona. Una mala persona que ha aprendido a vivir del pobrecito de mí para no dar un palo al agua. Pero si te crees una persona valiente y decides cambiar, muchos de los que te rodean te felicitarán y tu vida y su vida mejorará notablemente. No lo dudes, lee o busca ayuda profesional, no te arrepentirás. Querer es poder, no querer es morir matando a los que te rodean. Si Dios o el destino te ha puesto en esa situación es para que aprendas y la superes, no para que puedas quejarte eternamente. Y si crees en la reencarnación del alma, piensa que si en esta vida suspendes, en la siguiente te toca repetir curso. Tú mismo. Buenos días, tardes o noches.
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