miércoles, 12 de junio de 2024

Educar con sensibilidad de Katharine Kersey


Katharine C. Kersey es profesora de Educación Infantil y de Educación Especial en la Universidad de Virginia, donde ha enseñado desde 1969. Es autora de tres libros — The Art of Sensitive Parenting, Helping Your Child Handle Stress y Don’t Take It Out On Your Kid —, y co-autora de un cuarto libro, The First-Year Teacher , publicado por la National Education Association. Recibió el Premio a la Excelencia 2005 del Consejo Estatal de Educación Superior de Virginia y es la autora de The 101s: A Guide to Positive Discipline que ha recibido tres premios nacionales de estándares de excelencia.

La generación que ahora somos padres hemos vivido una educación muy distinta a la que damos en la actualidad a nuestros hijos. Nosotros nos criamos con el cinturón o la zapatilla, con castigos como sin comer y a la cama, con hora tope por las noches, etc. Hoy en día esa educación es impensable. Antes, si se pegaba a un niño era porque se lo merecía, ahora un cachete es un maltrato a un menor con pena de cárcel, aunque seas su padre. No había diálogo con nuestros padres y un ¿por qué no? se respondía con un ¡porque yo lo digo y punto! y lo tenías que aceptar.  Actualmente la tontería no se quita a ostias, sino dialogando, y nuestros hijos tienen derecho a que nuestras decisiones estén basadas en buenas razones, no vale el "no, porque yo lo digo". Esto es lo que Kersey pretende enseñarnos. "Educar con sensibilidad" intenta concienciar a la generación cinturón que también el cariño puede ser una manera eficaz de educar a un niño. 


Disciplina 

Los padres y los encargados de cuidar al niño son sus primeros espejos. Los niños copian la conducta que ven en los adultos que les rodean. Si uno de los padres es desorganizado y sucio, no debemos sorprendemos de que los niños también lo sean. ¿Y por qué no cogen el ejemplo del limpio?, se preguntarán. Fácil, es más cómodo dejar la cama sin hacer que hacerla. Si queremos que respeten la ley, sigan las indicaciones o presenten rasgos admirables, debemos cerciorarnos de que tienen en nosotros un modelo que imitar. Además, cuando los padres responden con atención, abrazos, sonrisas, cantando y hablando, el niño comienza a creer que es alguien valioso. Si, por el contrario, se le deja de lado, se le trata con indiferencia, se le da de comer distraídamente o se queda solo horas y horas, llega a tener una visión negativa de sí mismo. Eso mismo también pasa con los adolescentes. 

Un error común en los padres es forzar a sus hijos a comportarse como si fueran mayores de lo que son. Esto no quita que un padre discipline a su hijo. Los padres tienen que trabajar incansablemente por mantener una disciplina en todos los ámbitos. Sin disciplina, el niño se volverá exigente, inseguro, egoísta y egocéntrico. Disciplina significa enseñanza y adiestramiento, y, por tanto, una función esencial de los padres es enseñar y adiestrar. Para ello hace falta paciencia, destreza, confianza y determinación. 

Uno de los principios fundamentales de toda disciplina eficaz es enseñar a los niños que los privilegios y la libertad van asociados a la responsabilidad. Es esencial que los niños aprendan desde el principio que la vida no es una fiesta con los gastos pagados. 

Uno de los mayores errores que cometemos hoy muchos padres es ceder a las exigencias de nuestros hijos sin pedirles a cambio nada en especial. Los padres debemos exigir mayor responsabilidad a nuestros hijos y éstos deben aprender a valorar lo que tienen consiguiéndolo con esfuerzo. También debemos dar la imagen de ser personas resolutivas, que buscan la solución al problema sin quejarse. No hay nada más inútil para uno mismo ni más perjudicial que la queja sin acción. Si quejarnos sin buscar una solución es una pérdida de tiempo para nosotros, imaginen para un niño o un adolescente. Debemos enseñarles que quejarse no le solucionará el problema ni le solucionaremos nosotros su problema por mucho que nos llore. 

Pero nosotros, como padres, también cometemos errores y castigamos al niño aunque haga bien las cosas, y asumir la culpabilidad de un mal acto es hacer bien las cosas, y aun así lo castigamos. Si un niño asume su culpabilidad sobre algo que haya hecho mal, por ejemplo que haya roto algo, no hay que castigarlo severamente, ya que si es así la próxima vez se lo pensará dos veces antes de decir la verdad. Si le castigamos estamos castigando su sinceridad, y por lo tanto dejará de sernos sincero una próxima vez. En estos casos, ya que nuestro hijo nos ha sido sincero, podemos preguntarle qué castigo cree que se merece y hacérselo cumplir, advirtiéndole que la siguiente vez el castigo se lo impondremos nosotros si él ha sido demasiado magnánimo consigo mismo. 

Prometer un castigo o un premio y después no cumplirlo hace que el niño o adolescente vea a su padre como un mentiroso y le pierda el respeto. Cuando a los niños no se les imponen límites siendo pequeños, luego encuentran problemas para imponérselos a sí mismos. Por ello debemos imponerlos y ser consecuentes con nuestras palabras, además de con nuestros actos. No debemos prometer aquello que no queramos o no podamos cumplir. Somos el espejo donde nuestros hijos se miran. Si utilizamos la mentira con ellos, ellos la utilizarán con nosotros y con otros. 

Entre los dos y cinco años, la mayoría de los niños se muestran a veces rebeldes y testarudos. Son imprevisibles, y pueden pedir una cosa ahora y rechazarla al cabo de unos minutos. A esta edad, el niño se esfuerza por lograr cierta autonomía e independencia y se rebela si no la tiene. Aunque con ello puedan irritar y desconcertar a los adultos, hay que tener en cuenta que forma parte normal y necesaria del desarrollo del niño. Por eso, el menor necesita unos padres que sean firmes, razonables y coherentes. Los padres deben dedicar tiempo a ayudar a sus hijos a hacerse independientes, y para ello deben adiestrarlos y hacerles saber lo que se espera exactamente de ellos. De lo contrario, pueden aprender la conveniencia de no saber hacer nada y pasarse la vida dejando que los demás trabajen por ellos. Los niños que se desarrollan correctamente, manifiestan interés en hacer las cosas por sí mismos y disfrutan adquiriendo nuevas destrezas. Cuando hacemos por ellos lo que ellos mismos pueden hacer, les quitamos la satisfacción y el orgullo que pueden tener como consecuencia de su mayor independencia y autosuficiencia y les estamos transmitiendo el mensaje de que no es capaz de hacerlo él mismo. El niño necesita experiencia. 

Cuando los hijos toman la iniciativa de emprender una acción creativa, deberían recibir todo nuestro apoyo. Cuando intervenimos para corregir, juzgar y modificar sus esfuerzos, corremos el riesgo de sofocar los impulsos creativos, hasta el punto de hacerles adoptar actitudes conformistas y mediocres. Los niños deben acostumbrarse a tomar decisiones. Un impulso interno los lleva a ser independientes y a estimular el ingenio; cuando decidimos por ellos les privamos de la posibilidad de conseguir una cierta sensación de triunfo y de control. Además reforzamos su dependencia de nosotros. Si no dejamos a nuestros hijos cometer errores y pagar las consecuencias de los mismos, les estamos privando de experiencias muy valiosas. Si no les dejamos tomar decisiones, nunca aprenderán a tomarlas y cuando tengan que marcharse de casa, quizá no sepan usar o usen mal su libertad y tomen a la ligera decisiones irresponsables que podrían afectar a sus vidas de forma irreversible. 

También debemos no hacer caso a según qué conductas. El niño interpreta la tolerancia de los adultos como aprobación. Las investigaciones nos revelan que los niños se comportan mejor cuando no hay ningún adulto delante que cuando están delante de un adulto tolerante o distraído que no hace nada. El mejor momento para poner fin a una conducta inadecuada —cuando tiene importancia— es nada más empezar esta conducta. Si consideras que la conducta de tu hijo es peligrosa, destructiva, contraproducente o embarazosa para ti, córtala inmediatamente, con sencillez, pero con firmeza. Después, una vez superado el problema, explica al niño por qué no podías dejarle que siguiera con su conducta peligrosa, destructiva o contraproducente. Ayúdale a ver sus errores. Hazle ver que todos cometemos errores y que tú quieres ayudarle a aprender con los suyos, no que los repita. Si lo que hacen lo hacen por conseguir nuestra atención (por ejemplo pegar a otro niño), podemos centrar nuestra atención en la víctima para consolarle, así nuestro hijo verá que no consigue atención, sino todo lo contrario. Cuando el niño cae, puede lloriquear para que vayas a levantarlo, una queja para recibir atención sin su esfuerzo. Si cedes a su petición le transmites el mensaje de que te necesita para levantarse. Por el contrario, lo que él necesita es convencerse de que es capaz de levantarse solo. Cuando corremos a atender al niño siempre que se queja, le estamos transmitiendo el mensaje de que el mundo exterior es muy peligroso y él necesita ayuda para hacerle frente. Se trata de comunicarle el mensaje contrario: que él es perfectamente capaz de estar solo y de encontrar la forma de estar contento. En cambio, sí debemos prestarle atención cuando hace algo bien. De este modo le enseñamos que los buenos actos tienen buenas consecuencias y al revés. 

Otro tema de disciplina es el juego. Mediante el juego el niño aprende y es importante que los niños tengan materiales estimulantes como cajones de arena, arcilla, pinturas, etc., para que puedan ejercitar su curiosidad natural. Los niños aprenden jugando y sobretodo investigando: palpando, tocando, viendo, gustando y oliendo. Pero este hecho también nos obliga, en la medida de lo posible, a preparar nuestras casas y hacerlas a prueba de enanos curiosos, colocando los objetos de más valor en sitios elevados y declarando zonas prohibidas algunas habitaciones. El niño debe saber que hay objetos o estancias que son sólo para adultos. Los niños son más felices, más seguros y más manejables cuando saben con claridad lo que se espera de ellos y cuando se les obliga a respetar nuestros límites. Los niños que no tienen que respetar límite ninguno se vuelven personas nerviosas y muchos de ellos buscan una válvula de escape en el alcohol, las drogas, el sexo y hasta el suicidio cuando llegan a la adolescencia. 

El niño debe salir de esta etapa primera de enseñanza con un sano equilibrio entre autonomía, cooperación y estima personal, pero no con tanta fuerza que se haga la idea de que él es un rey y los demás sus súbditos.

Los hijos crecen y sus necesidades van cambiando. Quizá piense su hijo que teniendo ya determinada edad debe concederle mayor libertad, presionarlo menos con los deberes o respetar más su intimidad. Si esto sucede pueden entablarse negociaciones, llegando a ciertos acuerdos. «Si prometo no regañarte más, ¿te comprometes a hacer las siguientes cosas antes del sábado a mediodía?». «Cuando me enseñes el sábado la lista de cosas que has hecho, te dejaré el resto del día libre para que lo pases con tus amigos». Claro está que hay una parte tácita en este acuerdo: a saber, que si no se hacen las tareas indicadas, tampoco habrá permiso para salir a la calle. Porque aunque lo neguemos, los niños deben ayudar en las tareas de la casa, sin que haya que recordárselo. El vivir juntos, en familia, permite disfrutar de muchos privilegios, pero también impone responsabilidades. La mejor manera para afrontar el hijo las tareas de casa es que nosotros le expliquemos la noche anterior lo que deberá hacerse a lo largo del día siguiente, así le ponemos en sobreaviso de lo que le espera sin que se lleve ninguna sorpresa. Además, un niño ocupado causa menos problemas que un niño aburrido. 

De todas formas a los niños les va mejor cuando no tienen todo lo que desean, y no tener obligaciones para estar sentado en el sofá viendo la tele es lo que desean. Negarles privilegios e imponerles obligaciones les acostumbra a ser menos egoístas y acaparadores y a ser más agradecidos, cuidadosos y laboriosos si les enseñamos desde el principio a planificar y trabajar para conseguir los objetivos que son importantes para ellos. Si estamos dispuestos a cambiar nuestras reacciones ante el comportamiento de nuestros hijos, quizá nos llevemos la alegría de descubrir que se producen cambios muy llamativos en su conducta. 

Por último, deben evitarse los discursos a lo Fidel Castro. Los niños se aburren con nuestras palabras y pronto consiguen volverse inmunes a nuestros discursos. Un poco de paciencia y comprensión harán que la vida en familia sea gratificante y productiva para ambas partes. 


El castigo 

Muchos padres piensan que sin castigo  no se aprende nunca. Quizá tengamos miedo a perder nuestro poder o a que nuestros hijos no nos tomen en serio si no nos hacemos respetar, si no castigamos. Además, el castigo está socializado y asumido en la actualidad. Multas por velocidad, intereses por descubiertos bancarios, sanciones laborales, etc. Toda infracción conlleva un castigo. La sociedad educa con el castigo, ¿por qué va a ser diferente con nuestros hijos? Sea cual sea la razón, cada vez que les castigamos o les hacemos sentirse inferiores, poco importantes, ridículos o torpes, levantamos más el muro que nos separa de nuestros hijos. Al tratar a nuestros hijos con tan poca sensibilidad les estamos obligando a desquitarse con nosotros, como nosotros lo hacemos con la policía, los jueces, el árbitro o los políticos. Debemos recordar que los niños tienen los mismos sentimientos que los adultos. La diferencia es que ellos suelen estar indefensos y tienen que conformarse con lo que les echen.

Un error muy común es el castigo con mano dura. Los estudios efectuados indican que cuando se pega a los niños su primer impulso es huir. Si no les es posible huir, se vuelven agresivos se pelean y dan golpes, o destruyen las pertenencias ajenas. Si no disponen de ninguna de estas válvulas de escape, su último recurso consiste en dirigir su enfado hacia ellos mismos: se aíslan, se marginan y se vuelven tímidos. En opinión de Kersey, el castigo corporal es un método bastante inadecuado de hacer frente al mal comportamiento de los niños y, además, puede tener consecuencias secundarias peligrosas o negativas como fomentar la hostilidad y la cólera. A nadie le gusta que le peguen. 

Lejos de solucionar los problemas, el castigo corporal crea nuevos problemas. 

  • Introduce la cólera en el problema ya existente. 

  • Puede llevar a maltratar al niño. Evidentemente, si al niño no se le pega nunca, estaría prácticamente eliminado el problema de los malos tratos. 

  • Puede provocar conductas neuróticas. Algunos niños se preocupan tanto y se ponen tan nerviosos que utilizan mecanismos de defensa que les impiden funcionar con normalidad. 

  • Parece demostrar que la razón está en la fuerza. Los niños aprenden que la forma de resolver los problemas es recurrir a la violencia. 

  • Es una violación de los derechos del niño. Si se hiciera lo mismo a un adulto, el agresor podría ser acusado de lesiones. 

  • No consigue enseñar la conducta adecuada. Se insiste en lo que no se debe hacer, pero no enseña lo que sí se debe hacer. 

  • Interrumpe el proceso de aprendizaje. Para aprender, los niños deben estar en una actitud receptiva. El niño que acaba de recibir unos golpes, no está demasiado receptivo. 

  • Provoca miedo y rechazo. A veces, decimos a los niños: «Que no te vuelva a ver haciendo lo mismo». El niño se dice para sus adentros: «Muy bien, la próxima vez ya me encargaré yo de que no me veas». 

  • Hace que el niño desee también pegar o responder a los golpes. Es un instinto natural, un mecanismo de defensa que tenemos desde el nacimiento. 

  • Bloquea la comunicación. Nos interesa fomentar la comunicación con nuestros hijos, no destruirla. 

  • Al renunciar al castigo corporal nos vemos obligados a encontrar otras alternativas a esta forma de disciplina. Evitar el castigo corporal nos desafía a utilizar la mente para conseguir nuestro objetivo: ayudar al niño a comprender que la conducta es inadecuada e inaceptable. 

  • Cuando el niño se hace mayor, el castigo corporal tendrá que ser más fuerte para ser eficaz. Un niño de doce años se ríe si alguien le da un azote en el trasero. 

  • La persona que pega se convierte en modelo de agresión. El niño imitará esta conducta agresiva con su próxima víctima: el vecino, un niño, un hermano o un perro. 

  • El castigo corporal no se detiene en el momento en que se ha aprendido la lección. Se detiene cuando el que lo aplica se cansa. La interrupción del acto no tiene nada que ver con la decisión de cambiar por parte de la víctima. 

  • Si entra más de un niño en juego, es posible que se pegue al inocente. La mayoría de nosotros recordamos con amargura alguna ocasión en que, siendo niños, pagamos el pato por alguien que consiguió salir sano y salvo. Los hermanos se pelean para llamar la atención de sus padres. Si el padre en vez de regañarles deja que aclaren sus asuntos entre ellos las peleas irán a menos. Deben recompensar el entendimiento y no reñirles. Cuando se les deja que resuelvan sus propios problemas, aprenden a desarrollar la igualdad, la diplomacia, la justicia, la deportividad, la consideración y el respeto mutuo, cualidades todas ellas esenciales en la vida adulta. Es en nuestras familias donde aprendemos a negociar, a regatear, a discutir, a argumentar, a defender nuestros derechos, a dar la cara y a respetar la propiedad de los demás.

  • El niño puede optar por correr el riesgo de que le pillen si la única razón para portarse bien es librarse de un castigo corporal.

  • El castigo corporal no lleva al control interior. Los niños que necesitan controles externos para frenarse suelen ser luego personas indisciplinadas, solapadas, poco fiables y desafiantes.

El humillar a un hijo sale muy caro. Supone un desgaste del respeto que el niño pueda tener por sí mismo y hacia el adulto que se ocupa de él. Si se le ofrece este tratamiento como dieta habitual, el niño acabará siendo un muchacho irrespetuoso, agresivo, apático, hosco o insensible, rasgos preocupantes todos ellos que los padres deberíamos procurar evitar por todos los medios. Si a nosotros los adultos, como castigo, nos quitaran algo, un privilegio o una afición, cuando molestáramos a alguien, nos volveríamos resentidos y hostiles. Los niños tienen nuestros mismos sentimientos. Al hablar con ellos de lo que esperamos que hagan y de las posibles consecuencias, debemos tener en cuenta siempre sus sentimientos. 

Algunos de los acuerdos a los que podamos llegar con ellos para que se porten bien son difíciles de cumplir, por lo tanto debemos procurar que nuestros tratos sean sensatos y razonables. Nuestro objetivo, como padres y maestros, es animar a los niños a seguir intentándolo y a poner todo lo que esté de su parte, no a ponerles barreras. Si les decimos que no lo van a conseguir o les amenazamos con un castigo antes de que lo intenten, lo más probable es que acertemos y no lo consigan. Los padres podemos ayudar a nuestros hijos a comportarse de forma más responsable diciéndoles lo que esperamos de ellos y luego recompensándoles cuando consiguen realizar pequeñas tareas encaminadas al objetivo final. Mejor recompensar el buen acto que castigar el malo. 

También debemos escucharles y no preguntar si no queremos oír la respuesta. Cuando preguntamos a alguien si quiere hacer algo, damos a entender que está en libertad de decir que no. No sería correcto castigar a nuestro interlocutor si su opción no es la que nosotros deseamos. El niño debe ser independiente y nosotros comprensivos con sus gustos y aficiones. Castigar al niño por una respuesta que no nos convence provoca en él un sentimiento confuso y posiblemente la próxima vez que le preguntemos algo nos dirá lo que queremos oír, pero no lo que a él le gustaría. 

Por lo tanto, si llegas a la conclusión de que vas a dejar de pegar a tu hijo, habla con él de la situación. Dile por qué le has pegado —porque creías que era necesario— y por qué vas a intentar no hacerlo más —porque crees que hay sistemas más apropiados de enseñarle lo que debe aprender—. Si su edad lo permite, pregúntale lo que piensa de la disciplina. ¿Qué le ayuda a comportarse mejor? ¿Qué piensa cuando le pegan? Decide por adelantado lo que vas a hacer la próxima vez que se comporte mal. Ten preparado un plan de acción, un sustituto del castigo corporal. Que el niño sepa lo que puede ocurrir: aislamiento, pérdida de privilegios, cargar con las consecuencias, así como recompensas por la conducta adecuada. Es casi seguro que intentará probarte, de vez en cuando, para ver si hablas en serio. Ten paciencia contigo y no esperes que se produzcan cambios de la noche a la mañana. Cuando los padres manifiestan su decisión de buenas maneras, «iremos a comprar fresas cuando termines con tus obligaciones», deben procurar luego no perder los nervios y mantenerse amables, tranquilos y firmes. Una vez que la nueva conducta se convierte en un hábito, deja de ser necesaria la recompensa extrínseca. El niño ha perdido un mal hábito y ha adquirido otro nuevo. Cuando esto suceda debes recordarle que está comportándose adecuadamente. Recompénsale de forma no verbal. Acércate a él, hazle un guiño, dale palmaditas en la espalda o abrázalo.


Adolescencia 

La vida con los adolescentes es complicada y una constante batalla si cada problema se convierte en una lucha por el poder. En cambio, puede resultar enriquecedora y divertida si todos los interesados tienen la impresión de que pueden hacerse oír, y de que se toman en serio sus sentimientos y preocupaciones, y se negocian compromisos que satisfacen a todos. Claro está que una buena base minimizará los problemas futuros. Si hemos educado a nuestros hijos en ser razonables, responsables, respetuosos con las necesidades de sus padres y, por encima de todo, dignos de confianza, la convivencia con el adolescente será menos complicada. Es importante que ayudemos a nuestros hijos a hacerse responsables de sus propias decisiones. Debemos ayudarles a que aprendan a pensar por adelantado en las consecuencias de sus acciones —«¿qué pasará mañana si no he hecho mis deberes?»— y hagan elecciones sensatas pensando en el futuro. Eso significa que alguna vez cometerán errores, pero debemos ser comprensivos con ellos, ya que es una etapa difícil y decisiva en la que buscan su lugar en el mundo. Esto no quiere decir que les perdonemos todo. Los padres debemos llevar el timón mientras nuestros hijos dependan de nosotros, física, emocional o económicamente. 

El adolescente es rebelde por naturaleza y si le lanzamos ultimátums o le damos a escoger puede que a veces el tiro nos salga por la culata. A los dieciséis años, por ejemplo, los jóvenes necesitan comenzar a separarse de sus familias y a adquirir su propia identidad. En el esfuerzo por conseguirlo, muchas veces se ven atraídos hacia personas que tienen los rasgos que ellos admiran o les dan la sensación de importancia que necesitan. Los adolescentes necesitan ayuda, apoyo, cariño y comprensión. Si no cuentan con este apoyo en su casa, lo buscarán en otra parte y se fiarán del primero que se lo ofrezca. Kersey ha comprobado que cuando a los jóvenes se les hace experimentar su impotencia e incapacidad, muchas veces se vuelven resentidos, vengativos y tramposos, y en algunos casos adoptan actitudes desafiantes, despectivas y duras hacia los padres. Los jóvenes suelen tener bastante confusión mental y necesitan un lugar donde no tengan que esforzarse tanto por ser aceptados. Necesitan intimidad, espacio y tiempo para aclarar sus sentimientos. Aunque no debemos dejarles que adopten actitudes despectivas, los padres debemos hacer ciertas concesiones con sus cambios de humor, sus silencios y sus rabietas. 

Como no suelen tener muy buen concepto de sí mismos en este período de su vida, es natural que en ocasiones manifiesten ciertos rasgos que nos desagraden. No debemos dudar en manifestarle nuestros sentimientos, pero sin avergonzarlo ni humillarlo. Hay que recordar que la adolescencia es una etapa difícil, que cuando tenga mayor confianza y perspectiva, la situación cambiará. Y es que es inútil regañar a un adolescente por ejemplo por el desorden de su habitación. Ellos tienen ojos para ver cómo tienen su habitación o si han ensuciado el lavabo. Lo mejor para hacerles desistir de su inapropiada conducta sería comenzar manteniendo una conversación larga y sincera con el interesado, donde salieran a relucir los verdaderos problemas y en la que pudieran expresarse y oírse ambas partes. Los padres deben exponer con toda sinceridad sus sentimientos y esperanzas. Luego deben escuchar con espíritu abierto la versión de las cosas que ofrezca su hijo y darle la ocasión de expresar sus preocupaciones, quejas y deseos. Después hay que exigirles que cumplan su palabra. 

El papel más importante de los padres, en opinión de Kersey, es «estar ahí»: escuchar, reflejar sus sentimientos, ayudar, interesarse y demostrar su preocupación mientras los hijos aprenden a responsabilizarse de sus propias vidas.


Algunos consejos

  • No anular las órdenes del otro progenitor. Al anular las órdenes del otro progenitor lo convierte en una figura decorativa, sin demasiada autoridad. La mayoría de los cónyuges reciben mal este tipo de interferencias y con el tiempo acaban perdiendo su confianza o renunciando a intervenir activamente en la educación de su hijo.

  • No reprocharle que otro niño es mejor que él. Si nos preocupa demasiado que destaquen por encima de los demás, pueden tener miedo de defraudarnos y quizá se den por vencidos sin ni siquiera intentarlo.

  • No repetir hasta la saciedad "come" mientras está sentado en la mesa. Cuando llegue la hora de comer, pon delante del niño alimentos buenos y apetecibles y mira en otra dirección. No manifiestes ningún interés en si come o deja de comer. Cuando el resto de la familia termine de comer, llévate la comida que haya dejado. No digas nada. No le des nada hasta la siguiente comida. Cuando el niño tenga hambre comerá; pero debe aprender que se come para calmar el hambre, no para satisfacer a los padres.

  • Hazle ver que ser el mayor tiene sus ventajas. Los padres y maestros deben ser muy sensibles a los niños mayores cuando aparece en escena un nuevo hijo. Creo que es un error alejarlo, mandándolo fuera de casa o dejándolo solo en otra parte de la vivienda. Uno de sus mayores temores es el de verse sustituido y tenemos que hacer todo lo que esté en nuestra mano para hacerle ver que no ocurre tal cosa. También es bueno hacerle comprender que el hermano menor se fijará en él más adelante y copiará las cosas que le vea hacer. Este papel de maestro es especialmente importante para los hermanos mayores y les beneficia en muchos sentidos. Sin darnos cuenta fomentamos la rivalidad y los celos entre hermanos cuando prestamos excesiva atención a un niño y nos olvidamos de alabar la buena conducta y los esfuerzos del otro.

  • Cuando los hijos tengan necesidades o deseos especiales —una nueva linterna, un monedero, un cinturón o unas zapatillas de tenis, de marca—, puede ser el momento adecuado para animarles a hacer tareas extra en casa y en el barrio. 

  • Ayudamos a que nuestros hijos sean más competentes cuando:

    • Estimulamos sus esfuerzos. 

    • Apoyamos sus intereses. 

    • Les brindamos amplios contactos y numerosas opciones. 

    • Les damos oportunidades para que adquieran nuevas destrezas. 

  • No deberíamos hacer el trabajo que les corresponde hacer a ellos, ni disculparles, ni presionarlos, compararlos, criticarlos o humillarlos. Tampoco socavar sus esfuerzos o mostrar desencanto si no les gustan las mismas cosas que nos gustan a nosotros.

  • No le inculques miedo. No hay que ser impacientes ni obligarle a hacer frente a las cosas que teme. Deberíamos animar al niño a hablar con toda libertad sobre sus miedos, brindarle ocasiones de recrear sus sentimientos y experiencias aterradoras mediante representaciones dramáticas o gráficas (de esta manera podrá identificarlas y dominarlas), intentar determinar el origen del miedo para eliminarlo o al menos hacerle frente, ofrecerle toda la información posible para que pueda estar preparado antes de que ocurran los hechos, explicarle lo que va a ocurrir, evitarle sorpresas, darle ocasiones para que se acostumbre a resolver problemas y a utilizar conductas alternativas preguntándole por ejemplo ¿qué harías si te perdieras… si estuvieras herido… si te tuvieran que poner una inyección?,  darle la oportunidad de acostumbrarse a situaciones que puedan provocar miedo y hacerlo siempre poco a poco  (con formas más pequeñas y menos terroríficas como imágenes de perros, piscinas pequeñas, maletines de médico), comprobar que no se refuerzan las expresiones de temor del niño y brindarle el calor que necesita en otras ocasiones para que no tenga que expresar miedo para recibir atención.

  • Procura ser... 

    • Magnánimo, como para decir que lo sientes cuando te precipitas en tus conclusiones o echas la culpa a alguien cuando el culpable eres tú. 

    • Valiente, como para decir que no cuando lo más fácil sería decir que sí, sobre todo cuando sepas que tú no te vas a hacer impopular y va a molestar al hijo. 

    • Valeroso, como para mirarte atentamente en el espejo y evaluar sinceramente lo que veas en él. 

    • Fuerte, como para realizar el esfuerzo de convertirte en la persona que sueñas ser. 

    • Autodisciplinado, como para trabajar firmemente para conseguir los objetivos que te parezcan importantes. 

    • Seguro, como para buscar y afirmar el bien que ves en las demás personas. 

    • Paciente, como para dejar que tus hijos aprendan con sus propios errores. 

    • Cariñoso, como para dejar que sufran las consecuencias de sus acciones. 

    • Sincero, como para decir la verdad cuando un hijo te haga una pregunta. 

    • Sensible, como para estar ahí cuando te necesite. 

    • Relajado, como para comprender la importancia de pasar algún rato del día a solas con tu hijo. 

    • Inteligente, como para comprender que tiene mucho que enseñarte, siempre que estés dispuesto a escuchar. 

    • Sereno, como para detenerte en medio de los momentos difíciles y agitados a observar el amanecer, a escuchar al océano, a oler la lluvia de primavera y a sentir la suavidad de la arena debajo de tus pies, para enseñar a tu hijo a experimentar la belleza del planeta. 

    • Respetuoso, como para darte cuenta de que tu hijo es una persona independiente, con necesidades, cualidades, virtudes y defectos distintos de los tuyos. 

    • Capaz, como para hacer frente a los obstáculos de cada día, para intentar solucionar los problemas y no sólo quejarte de ellos.

    • Reflexivo, como para demostrar respeto a tus propios padres y a los ancianos dedicándoles tu tiempo y energías. 

    • Sensato, como para descansar cuando el cuerpo esté cansado, ejercitarlo cuando esté entumecido, comer cuando esté hambriento y dejar de hacerlo cuando esté lleno. 

    • Amable, como para preocuparse de las necesidades de los demás. … 

    • Y sabio como para recordar que si quieres que tu hijo llegue a poseer estos nobles rasgos, deberá antes verlos en ti.


Conclusiones 

Es difícil educar a un hijo, ningún padre lo duda. Los niños tienen mucha energía y extienden sus tentáculos en todas las direcciones. Son rebeldes, obstinados y procuran llevarte siempre al límite para saber hasta dónde llega la paciencia del padre. Por suerte nosotros, los padres, tenemos más conocimiento que ellos y podemos reconducirles para que nos hagan caso. Y esto, según Kersey, puede solucionarse con diálogo, comprensión y empatía. Cuando un padre acepta los sentimientos de su hijo, éste suele recibir con ello nuevas fuerzas para hacer frente a la situación y así aceptar una buena conducta. Pero todos nuestros esfuerzos no servirán de nada si no aplicamos el último, y más importante, principio para que los hijos sean felices, equilibrados y sanos, que es disfrutar con ellos. Reíd con ellos todos los días. Que sepan sin ninguna duda que son la fuente de vuestra felicidad, que os producen placer y que enriquecen vuestra vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario