viernes, 7 de junio de 2024

Psicología de la incompetencia política, de Gonzalo Adán Micó

 

Sería ventajoso que los gobernantes se escogieran en cada caso teniendo en cuenta su vida y su conducta. Aristóteles


Este es un resumen del libro Psicología de la incompetencia política, de Gonzalo Adán Micó. Un libro muy interesante y con muchos ejemplos, que por no extenderme no he puesto en este artículo. El entrecomillado es texto literal extraído del libro. Merece la pena leerlo entero.

Parte I.

El enorme problema de la incompetencia política: contexto e hipótesis general

Afortunadamente, la incompetencia política puede medirse por indicadores como el malestar del pueblo, el rechazo a algún político, el desprestigio o el número de votos conseguidos en las últimas elecciones, además de las imputaciones judiciales por corrupción o malversación de fondos. Una evidencia de la ineficacia política proviene de la mala percepción que tenemos los españoles sobre el sistema institucional. Según datos del CIS de marzo de 2024, el mal comportamiento de los políticos es el tercer problema que preocupa a los españoles, tras la crisis económica y el paro (solución que depende de los políticos). El cuarto problema es el Gobierno y el sexto la corrupción. Para que se hagan una idea, en marzo de 2024, antes de que se destapara el caso de la mujer del presidente Sánchez, el 46% de los encuestados no tenía ninguna confianza en Sánchez, y el 23, 5 poca confianza. Es decir, 7 de cada 10 españoles no confiaban en su presidente. Pocas veces se oyen los calificativos de competente, brillante, hábil o eficaz para calificar a un político (pocas veces dice el calvorota, dime una) y, sin embargo, abundan sin recato alguno otros como ineficaz, inútil, inepto, parásito, vago, sinvergüenza, inmoral, aprovechado, estúpido, antipático, mentiroso, insolvente, cuando no corrupto o ladrón, Iñaki Etxarri reprodujo hasta 100 adjetivos con que los españoles suelen calificar a los políticos usando la lengua castellana11, como abrazafarolas, brasas, calamidad, chupóptero o soplagaitas (a mí me gustan bebecharcos, metesillas y culiparlante). Es más, los políticos también se insultan unos a otros con mucho cariño. Boris Johnson llamó pajero follacabras al presidente turco Erdogan (¿el mismo Boris Johnson que organizaba juergas en plena pandemia?), o elfo doméstico a Merkel. Hagamos una prueba para ver qué opinan ustedes de los políticos. Yo diré una palabra y ustedes deben decir el primer adjetivo que les venga a la cabeza.

Empecemos:

     Mar 

     Sol 

     Dinero 

     Políticos 

     Sánchez 

Hoy en día ya no hay reparo en reconocer que muchos de nuestros dirigentes sufren, o han sufrido, trastornos psicológicos severos, tal y como defienden por ejemplo el neurólogo David Owen bajo el llamado “síndrome de Hybris” (persona que sistemáticamente transgrede las normas generales admitida por la comunidad) , o el psiquiatra y sociólogo Andrzej Lobaczewski bajo el llamado “modelo patocrático” (en el que se estudia cómo los psicópatas influyen en el avance de la injusticia social y consiguiendo acceder al poder). La hipótesis principal de Adán es que (cito textualmente) “existen personas con ciertos tipos de personalidad, a veces clínica, de fuerte componente neuropsicológico, que encuentran en la política un sistema de refuerzos y recompensas muy potente, relacionados con el uso del poder y los privilegios que ello comporta (relaciones, contactos, afiliación, dinero, fama, influencia, red de favores, puertas giratorias, placeres materiales...), que les hacen quedar atrapados como si de una droga se tratara” (es decir, humanos con muchas carencias: como afecto, cariño paternal, amistad, seguridad en sí mismos, moral, educación, etc, …,que de no ser políticos habrían sido yonkis, atracadores o periodistas de la prensa rosa).

 

Parte II. Breve crónica de la incompetencia a lo largo de la historia

Pero la inmoralidad, inutilidad, ignorancia, crueldad, negligencia, abuso de poder, despotismo, injusticia, corrupción, mentira o el chantaje político, tienen miles de años de vigencia y apenas ha evolucionado, con consecuencias desastrosas en todas las épocas y en todos los países y culturas. En las sociedades tribales antiguas, un error del jefe de la tribu lo condenaba como poco al exilio. Como dice Marvin Harris, en su escrito sobre la antropología del poder, el líder “debía demostrar justicia, equidad, sabiduría, experiencia, resistencia física y habilidades de consenso, manteniendo altos niveles de igualdad, reciprocidad, seguridad, estabilidad y resolución rápida de conflictos” (Adán, 2023). Los numerosos peligros a los que se enfrentaban las pequeñas sociedades cazadoras-recolectoras les obligaba a deshacerse de un jefe incompetente (si no moría antes cazando o batallando). La primera prueba de incompetencia la hallamos ya en los primeros cargos vitalicios heredados, hace 7000 años, en las primeras ciudades-estado, creándose así el nepotismo (uso de un cargo para asignar empleos determinados u otros tipos de favores a familiares o amigos independientemente del mérito, que suele ser poco o nulo). Por ejemplo “Los reyes asirios, por ejemplo, que acumularon más poder que los acadios, sumerios y babilonios, hicieron uso de una crueldad sin límites, dejando relatos de guerra repletos de destrucciones de ciudades, matanzas masivas, violaciones y mutilaciones gratuitas. Estaban convencidos —o eso hacían creer— de que su misión era someter al mundo a su dios, Assur, y de que para ello había que aplicar crueles castigos a los derrotados”. Esta crueldad provocó que algunos reyes promulgaran códigos éticos de conducta para sus pueblos y duras penas por su incumplimiento. El más conocido y antiguo es el código de Hamurabi, “que se propuso defender ciertos derechos ciudadanos ante las incompetencias y corruptelas de las autoridades de entonces (sacerdotes, funcionarios, administradores, médicos, arquitectos y jueces), pues eran los encargados de préstamos, salarios, deudas, herencias, alquileres, divorcios, compras o ventas, y por lo tanto tentados a la mentira, la extorsión, el soborno, el chantaje, el abuso y la injusticia”. Ya en el antiguo Egipto se escribe sobre actos corruptos, como el del funcionario Pese, a las órdenes del faraón Ramsés IX, que denunció en un documento los negocios sucios de otro funcionario que se había asociado con una banda de profanadores de tumbas. (Y a partir de ahí ya todo fue cuesta abajo y sin frenos). El antiguo testamento, el nuevo, los griegos, los romanos, el catolicismo, las monarquías europeas… Todos intentaron acabar con los delincuentes poderosos con distintas leyes, (y todos fracasaron). También la llegada de la democracia griega intentó acabar con la tiranía y el absolutismo. Para ello dejaron que fuera el pueblo el que eligiera a sus gobernantes (pero como los ciudadanos eran, y son, más tontos que sus líderes políticos, la democracia no sirvió de mucho). Hecha la ley, hecha la trampa. Apareció también la compra de votos (que ha llegado hasta la Ceuta de nuestros días). También en la antigua Grecia se creó el sofismo. Los sofistas enseñaban oratoria a aquellos que podían presentarse a cargos públicos (vamos, que enseñaron a futuros políticos a mentir para convencer). Incluso los había, como Demóstenes, que compraba su silencio a aquellos a los que insultaba. Tanto Sócrates como Platón lucharon contra las enseñanzas de los sofistas, declarándolos demagogos, ya que sólo enseñaban a los políticos a decir lo que el pueblo quería escuchar. “El buen político, para Platón, debía poseer competencias especiales, y demostrar superioridad moral y ética, mientras que dar el gobierno al pueblo era garantía de incompetencia porque no está en disposición de hacer prevalecer la parte racional del alma sobre la irracional, poniendo como ejemplo a Cimón, Milcíades, Temístocles, incluso a Pericles”. Aristóteles (discípulo de Platón) defendió la eficacia de la política reduciendo el tamaño de las ciudades-Estado, ya que, a mayor tamaño, mayor corrupción e ineptitud. Ya Aristóteles advertía del riesgo de dejar que personas sin ética gobernasen, porque “movidos por las pasiones más bajas (...) e incitados por el placer, y al no ser capaces de dominar sus impulsos los gobernantes, obran mal”. Para Aristóteles, un buen político debe ser cordial, amistoso, autoritario, capaz, comprometido, fuerte, generoso, honrado, humilde, justo, leal, magnánimo, moderado, paciente, prudente, respetuoso, sabio, sincero, sobrio, templado, valeroso y franco. Y aquellos políticos que practicasen la ambición, la arrogancia, la ira, la adulación, la indiferencia, la cobardía, la envidia, la malevolencia, la vulgaridad, el desenfreno, la insensibilidad, la jactancia, la pereza, y sobre todo, la mentira, la injusticia y el enriquecimiento impropio, debían ser despreciado. Y todo esto se conseguía con la educación (una educación que hace ya años que los padres no dan a sus hijos, futuros políticos, delincuentes o ambas cosas). “En términos teóricos, se asumía que los políticos que accedían a sus cargos sin la mínima sabiduría no tenían frenos sobre sus actos y pasiones, y quedaban abocados a los excesos, la mejor garantía de la corrupción y la incompetencia”. El castigo más usado para los malos políticos era el ostracismo (destierro político, imposibilidad tener cargo público alguno y votado en Asamblea a mano alzada conociendo los hechos, pero no el infractor), aunque algunos políticos fueron condenados a muerte.

El Imperio Romano tampoco se salvó de la “ineptitud, inmoralidad, crueldad y corrupción” de senadores y posteriormente emperadores. El problema fue que los cargos políticos eran vitalicios y eran escogidos “mediante presiones, nepotismos, asesinatos y endogamias”, provocando que los corruptos lo fuesen de por vida. Sobornos, chantajes y mentiras reinaron entre los romanos durante siglos, siendo la aristocracia (los que tenían dinero) los únicos beneficiados. Aún y así, el político Romano sabía que “la clemencia, agradecimiento, generosidad, autoridad moral, indulgencia, sobriedad, moderación, sencillez, honestidad, honra, honor, reputación o contención” eran valores que debían simular tener para ser apoyados por el pueblo. La hipocresía fue heredada de los griegos. El censor Catón escribió: “Los ladrones de robos privados pasan la vida en la cárcel y con cadenas; los ladrones de lo público, entre el oro y la púrpura”. Para intentar remediar esto se decretó la lex Calpurnia, que castigaba el homicidio, el envenenamiento, el abuso de poder, la malversación o la traición, con sanciones que llegaban a la pena de muerte (pena que tardó en aplicarse 25 años).  Solo 5 emperadores de 86 que tuvo el Imperio durante su existencia se salvaron del escarnio público: Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio. Del resto, 35 fueron asesinados, “y al menos 5 no llegaron a serlo porque terminaron en suicidio, cayendo en manos de sus propios soldados unos, del Senado otros, y de conspiraciones el resto, por indeseables, ineptos, crueles, déspotas, corruptos, o directamente trastornados”. Pero a pesar de las numerosas leyes romanas promulgadas para evitar la corrupción, ésta no desapareció. Calígula le dijo una vez a su abuela: “Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas” (esa es una de las razones que mantengo para conocer los motivos para hacer lo que hacen, porque pueden). El tribuno Casio Quera, harto de las burlas de Calígula sobre su voz afeminada, se puso al frente de una conspiración que en enero del año 41 le dio muerte a él, a su mujer y a su hija. Las relaciones incestuosas se cree también que era causa de la enfermedad de estos tiranos (como sucedió con la monarquía europea medieval y moderna, e incluso actual). Nerón, además de quemar Roma, asesinar a San Pedro y San Pablo, también es conocido por las orgías sexuales con niños, que eran atados a postes para ser abusados, vestidos de animal. Nerón llegó a casarse con un niño esclavo, castrándolo, solo porque se parecía a su segunda mujer, a la que había asesinado en un ataque de ira con una patada cuando estaba embarazada. También había asesinado a su primera mujer al no poder tener descendencia. Nerón murió suicidado a manos de su secretario. Según Suetonio, su última frase fue: “Que artista muere conmigo”. El azote de la corrupción romana, Cicerón, dijo: “No hay vicio más repugnante que la avaricia, sobre todo en la gente principal y en los que gobiernan la República. Desempeñar un cargo público para enriquecerse no es solamente vergonzoso, sino también impío contra la patria”. Salustio escribió: “Primero fue en aumento la pasión por el dinero, después por el poder: ambas origen de casi todos los males”. “Pero para aquellos que acumularon suficientes desvergüenzas, Julio César instauró un mecanismo deliberativo denominado Damnatio Memoriae al que eran sometidos los gobernantes manifiestamente impopulares, ineptos, o lesivos para los intereses de Roma, mediante la desaparición de sus imágenes, el borrado de su nombre, la destrucción de sus obras públicas, el arresto o incluso la muerte de sus familiares y partidarios”. Por ello, el asesinato del impopular emperador Galba fue reconocido por hasta 120 legionarios para ver si recibían recompensa alguna. “Que no hubiera conocimientos suficientes para matizar la enfermedad mental no significa que no existieran sospechas o intuiciones”. Suetonio y Séneca mencionan de Calígula ataques de epilepsia, pesadillas e insomnio, y Filón de Alejandría dijo de él que sufrió una grave enfermedad nerviosa al poco de ser proclamado emperador por los numerosos vicios y excesos que destruía su alma, cuerpo y “su mutua cohesión”. Ya Areteo de Capadocia (S.II d.C.), en su obra De causis et signis morborum menciona que había personas que podían sufrir enfermedades mentales que causaba irritabilidad, violencia, depresión o estupidez. Pero a pesar de los numerosos ejemplos, y el estudio de algunos pocos, el trastorno psicológico, la desviación del comportamiento o la propia enfermedad mental continuó siendo durante muchos siglos un tema tabú.

También en Oriente se vislumbró la enfermedad mental de emperadores. Yang Guang, el general An Lushan o el archivo óxido Gengis Kan fueron supuestamente víctimas de enfermedades mentales (o eso parece, por sus actos). 40 millones de personas (el 11% de la población mundial por aquel entonces) murieron bajo su mandato y por su harén de 1000 mujeres se dice que hoy en día una de cada 200 personas en todo el mundo tiene sus genes.

Con la legalización del Cristianismo no cambió gran cosa. Dinero, soborno, chantaje, intrigas y asesinatos seguirían siendo la tónica entre los políticos, a los que se les uniría ahora muchos religiosos, “inaugurando un continuo contagio y tolerancia bidireccional con las élites políticas que hicieron aumentar la doble moral, la ineptitud, la ineficacia y la corrupción”. Una de las prácticas más habituales fueron la compra-venta de cargos religiosos y la simonía, consistente en la compra del perdón divino. Los Papas tampoco se libraron de la corrupción eclesiástica, siendo numerosos los ejemplos que no citaremos ahora por no hacer interminable este artículo. “Personas con una obsesión por las riquezas y privilegios, junto a impulsos sexuales casi enfermizos, habían encontrado en la jerarquía eclesiástica un nuevo campo de juego”. También la endogamia tuvo aquí su parte de culpa, ya que fueron numerosos los hijos que eclesiásticos tuvieron con hermanas, primas y demás familiares. Pero los endogámicos por naturaleza fue la realeza, cuyos defectos genéticos sufrieron sus súbditos europeos. La obsesión por mantener pura la sangre real causó a los integrantes de las distintas casas reales muchas mutaciones genéticas, y no precisamente beneficiosas. Carlos VI de Francia pasó sus últimos años como rey vagando “por sus palacios aullando como un lobo, hasta que olvidó que era rey, creyendo en su delirio estar hecho de cristal, y negándose a ser tocado por si se rompía”.

A pesar del resurgimiento filosófico en la Edad Moderna, la ética y la decencia política y religiosa brilló por su ausencia. La aparición del protestantismo hizo que la Iglesia reconociese los excesos cometidos por sus integrantes en la llamada contrarreforma a mediados del siglo XVI. “En el Concilio de Trento (1545-1563), entre otras muchísimas cosas, se acordó nombrar cardenales y obispos de gran integridad moral, la creación de seminarios, el fortalecimiento de una jerarquía de supervisión de la ortodoxia, la revitalización de la meditación y la oración como mecanismos de “controlar las pasiones”, mayores ayudas a necesitados, y castigos a los que incumplieran la doctrina cristiana”. Todo ello cayó en saco roto. En esa misma época, Maquiavelo escribió El Príncipe, publicado 5 años después de su muerte y prohibido por la Iglesia tras su publicación. El Príncipe explica “esencialmente que para imponerse en política se requería una conducta que muchas veces iría contra la fe, la moral y la religión, y que implicaba una retórica de disimulo y engaño”. Maquiavelo justifica en su libro la inmoralidad política con numerosos ejemplos de gobernantes cuyo único deseo era mantenerse en el poder. “Por cierto, la famosa frase “El fin justifica los medios” en realidad no es de Maquiavelo, sino que proviene de una anotación que hizo Napoleón en su ejemplar de El príncipe”. De la resignación maquiavélica se pasó a la filosofía crítica del ser humano. En 1572, el filósofo francés Étienne de la Boétie, escribió: “El pueblo sufre el saqueo, el desenfreno, la crueldad no de un Hércules o de un Sansón, sino de un hombrecito. A menudo este mismo hombrecito es el más cobarde de la nación, desconoce el ardor de la batalla, vacila ante la arena del torneo y carece de energía para dirigir a los hombres mediante la fuerza”. Un siglo más tarde, Luis XIV escribiría: “Hijo mío, no os engañéis jamás en esto: los hombres no son ángeles sino criaturas a quienes el poder excesivo termina casi siempre por darles alguna tentación de usarlo”. Los filósofos de la época como Hobbes, Locke o Rosseau concluyeron que el poder debía recaer en la colectividad y el absolutismo debía utilizarse sólo en épocas conflictivas. Pero los reyes seguían haciendo de las suyas. Un ejemplo de ello fue el primer Zar de Rusia, Iván IV, apodado “el terrible”. A raíz de la muerte de una de sus siete esposas, “asesinó sin piedad a amigos y enemigos hasta el punto de matar a su hijo predilecto con un bastón, en medio de uno de sus habituales arrebatos de ira. Cuando la situación se volvió insostenible, se convocó una reunión de nobles que le instó a cambiar su actitud, y tras prometerles que abdicaría, una serie de engaños en cadena hicieron que se asentara aún más en el gobierno y que los nobles acabaran pidiéndole perdón. En su espiral de bestialismo mató a los arquitectos de San Basilio para que no construyeran nada más bello. Violó sin control y arrasó la ciudad de Nóvgorod, creyendo que se iba a sublevar contra él, torturando, decapitando y empalando a muchos de los habitantes. Tras cincuenta años de desastroso e inhumano reinado, murió a consecuencia una sífilis”.

La Revolución francesa y su esperanzador lema abrió lo que conocemos como Edad Contemporánea, que abarca los siglos XIX, XX y lo que llevamos del XXI. Estos siglos están caracterizados por la creación de Estados Unidos y su posterior influencia mundial. A pesar de ser un país corrupto y elitista, hay que reconocer que sus mandatarios no han sido tan crueles como la monarquía europea, pero han tenido lo suyo. Andrew Johnson fue conocido por su racismo y negligencia; James Buchanan fue acusado de falta de valor y determinación para evitar que el estado de Carolina del Sur declarara su separación de la Unión; John Tyler fue criticado de antipatriota por defender solo los intereses del sur del país. Nada parecido al absolutismo europeo, es cierto. Y eso es porque en dicho país, la separación de poderes funciona. “El régimen de partidos americanos y los mecanismos públicos de selección de candidaturas aseguraron desde el principio una selección negativa previa que en el resto del mundo ni podían soñar”. A pesar de seguir el ejemplo democrático estadounidense en la elección de gobernantes europeos, la vieja Europa sigue siendo despiadada con su pueblo. Ya lo dijo el obispo de Londres, Lord Acton, en 1887: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Las dos Guerras mundiales y las distintas guerras civiles que aún hoy día se suceden en el viejo continente nos demuestran que en nuestros gobernantes la experiencia no da, sino que quita grados. A partir de la Ilustración, los trastornos mentales se habían hecho más populares desde el punto de vista científico, y aunque muchos de ellos eran inevitables por el azar de que tocaran a unos gobernantes y no a otros, había enfermedades hereditarias que comenzaban a ser más y mejor conocidas. Por ello, a partir de ese momento, médicos especializados empezaron a tratar enfermedades mentales a gobernantes. “Uno de los primeros psiquiatras que se pudieron llamar como tal, Francis Willis, trató al rey inglés Jorge III por porfiria, una dolencia hereditaria que degeneró en completa irracionalidad”. No es difícil imaginar el trastorno de personalidad de figuras tan relevantes como Hitler y Stalin. Seguro que algunos de ustedes han conocido por algún amigo o familiar o vivido en sus propias carnes el terror que siente un niño cuando debe decirle a un padre o madre autoritario que se le ha caído el vaso de leche. Por supuesto que, si puede mentir para ahorrarse la enorme bronca de su psicópata progenitor por el inocente acto, lo hará. Y nosotros pensaremos que ese progenitor no está bien de la cabeza, ¿verdad? Pues imaginen que ese progenitor gobierna un país. Pues Hitler perdió la guerra porque sus temerosos generales le mentían sobre los retrocesos en el frente. Y lo que no se sabe no se puede solucionar. La irracional ira de sujetos como Hitler o Stalin ha sido su perdición, y la de los que les rodean. Después se analizará más profundamente a estos sujetos, pero en mi humilde opinión está claro que en la mala política hay un problema de inseguridad y sentimiento de inferioridad. Se sabe que Hitler consumía cocaína y que según médicos rusos sólo tenía un testículo. “Su doctor, Theodor Morell, fue el primero que le diagnosticó episodios de angustia y fuerte depresión, y parece ser que le inyectaba a diario un compuesto de su invención formado por cafeína, estricnina, glucosa, morfina, vitaminas y fermentos lácteos”. Por no mencionar sus traumas infantiles provocados por su abuelo. El psiquiatra americano Walter Langer le describió en 1943 como “...una persona narcisista y sádica que tiende a hablar en largos monólogos más que a mantener conversaciones y que tiene dificultades para establecer relaciones cercanas con otros (...) un psicópata neurótico con la terrible necesidad de expresar su masculinidad a la madre y que como punto final de su conflicto acabará por suicidarse”, lo que finalmente hizo. “Años después, los psicólogos de la CIA actualizaban el perfil: “histeria, paranoia, esquizofrenia, tendencias edípicas, autodegradación y sifilofobia, un miedo a la contaminación de la sangre”. Stalin no se queda atrás. Su trauma infantil fue la muerte de su hermano Sasha en la horca por intentar asesinar al zar Alejandro III, un suceso que obligó a la familia a huir en busca de anonimato. La falta de escrúpulos le hizo “trepar con rapidez hasta el cargo de secretario general del Partido Comunista, desde donde usurpó el poder a Lenin mientras estaba en coma bajo secreto de Estado”. Fanático marxista, odiaba todo lo que se etiquetara como fascista o capitalista. Su falta de moral y ética llevó al país a una gran hambruna (se estima que entre 6 y 8 millones de soviéticos murieron de inanición) y a la muerte de unos 20 millones de personas bajo su mandato por llevarle la contraria o porque él así lo creía. Los psicólogos que han estudiado a Stalin coinciden en que sufría un trastorno paranoide, con constantes ideas de persecución y obsesión por eliminar a sus adversario. Como ejemplo podemos decir que hizo fusilar a uno de sus guardias personales al enterarse de que éste había arreglado sus botas para que no le crujieran al andar. “¿Cómo enterarme de si se me acerca por detrás para matarme?”, se excusó el dictador por tan absurda decisión. Pero lo peor de todos estos ejemplos es que hoy día los que gobiernan son igual o peor que hace miles de años (peor diría yo, ya que no sólo son malos, sino también cínicos). Putin, Kim Jong Un, los involucrados en el caso Epstein, las farmacéuticas, etc… Siglos de historia, ¿para qué?

Nuestro país, España, también ha tenido sus locos y seguidores de locos. Isabelistas, carlistas, felipistas, comunistas, franquistas, aznaristas, sanchistas, etc. Todos ellos y muchos más han dado y dan alas a gobernantes histriónicos, traumatizados desde la infancia, inseguros, narcisistas y con aires de grandeza. E incluso institucionalizaron barbaridades como el derecho de “adscripción” (el campesino no podía abandonar la tierra de su señor), la “mañería” (que permitía al señor apropiarse de parte de los bienes de un siervo que hubiese muerto sin descendencia), el “privilegio de corral” (que le permitía al señor llevarse poco menos que lo que quisiera, sin permiso previo), la “cugucia” (el señor se quedaba con la dote de una mujer cuando esta fuera acusada de adulterio), o los más conocidos, como el “derecho de pernada” (por el que el señor podía abusar sexualmente de las doncellas de su feudo el día de su boda) o las “malfetrías” (que extendía el abuso sexual a cualquier sierva, a capricho). Cierto es que ahora estos derechos no existen, pero existen otros como el indulto, la amnistía o estar aforado, que otorgan a los políticos si cabe mayor libertad de movimiento que antiguamente. Esto y que la cobardía impide revueltas del pueblo (algo tan español como la tortilla de patata) que pongan a algunos en el lugar que se merecen. Hoy día se echa en falta rebelión es como las de Bagaudas, los sucesos de Castilblanco, el conflicto de As En obras, la Sublevación de Loja, el motín del hambre de Córdoba, la rebelión campesina extremeña, el 2 de Mayo madrileño, los sucesos de Jerez, etc, etc. (qué tiempos aquellos). Pues sí, nuestros antepasados tenían poco que perder y mucho a ganar en su rebeldía (lo contrario de hoy día, o eso nos han hecho creer los que mandan). Como también nos han hecho creer que la II República fue la mejor época para los españoles. Pero lo que no dicen es que los republicanos se autoproclamaron ganadores en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 sin llegar a contar todos los votos (hoy día eso sería un golpe de Estado en toda regla). “El movimiento revolucionario hizo creer que la República había ganado y en pocas horas se presionó al rey para que partiera al exilio mucho antes de que se conociera el escrutinio definitivo”. (Y aun así, ser republicano hoy día se lleva con orgullo). Los indigno vencedores no se portaron del todo bien e incendiaron cientos de Iglesias y allí donde habían ganado los monárquicos les impidieron tomar posesión del cargo (hoy día estas prácticas serían propias de fascistas).

 

Parte III. La incompetencia cotidiana en la España actual. 18 formas de llevarla a cabo.

Alexis de Tocqueville sostenía en 1835 que “en los gobiernos aristocráticos, los hombres que acceden a los asuntos públicos son ricos y solo anhelan el poder; mientras que en las democracias los hombres de Estado son pobres y tienen que hacer su fortuna”. ( Y no le falta razón). “El origen de la inoperancia en muchos políticos actuales hay que buscarlo en el propio sistema de partidos, y si nos retrotraemos en el tiempo, en la autoselección de los mismos a través del amaño de elecciones”. Un ejemplo de ello son las 59 elecciones que hubo en España entre 1810 y 1931 y que salvo una, todas fueron ganadas por el partido que las convocó (qué casualidad). El método más usado para amañar elecciones, sobre todo en contextos rurales o de muy baja educación, era el siguiente: se guardaban previamente papeletas de votación (por ejemplo, en pucheros), y se intercambiaban a placer con las papeletas de las urnas tras las votaciones, para obtener el recuento deseado. De ahí viene lo de pucherazo. Votos de personas fallecidas, pagos por votar a según quién o urnas colocadas en sitios de difícil acceso fueron (y son) otros métodos usados por nuestros honrados políticos. Eso sí, no pasa nada cuando las trampas las hacemos nosotros, pero pobre del que nos haga trampas, eso sí es inmoral. Un doble rasero que se resume en la frase, haz lo que yo diga pero no lo que yo haga. Pero empecemos por el principio, la elección de nuestros políticos. Aunque hay votaciones internas en los partidos políticos para escoger a sus representantes, estad tampoco están exentas de ser totalmente democráticas. Tres motivos:

     “La parcialidad y consiguiente desacuerdo de las bases en que salga nombrado un candidato concreto, elegido previamente por los dirigentes más estrechos del momento”.

     “La propia incompetencia de los encargados de la organización, insensibles a las fracturas internas y al deterioro de la imagen del partido con tal de cumplir las órdenes de la cúpula de turno”.

     “La falta de normas internas, su subjetividad o la impunidad de su incumplimiento, que surgen, desaparecen o se cambian según la necesidad de la fuerza dominante”.

El PSOE se lleva la palma en este asunto. “Las primeras primarias del PSOE en 1998 entre Borrell y Almunia se saldaron con la victoria inesperada de Borrell y los problemas de una bicefalia con el candidato a la presidencia, que seguía siendo Almunia, y que dieron lugar a la dimisión del primero a través de juego sucio desde dentro del partido”. Otros casos fueron los de Nicolás Redondo Terreros (hoy expulsado del partido por ser crítico con Sánchez) y Rosa Díez en el País Vasco, el de Fernando Morán contra Joaquín Leguina por la candidatura al Ayuntamiento de Madrid, el del exministro Asunción, que denunció por fraude a sus compañeros organizadores de las primarias, “ocurriendo lo mismo unos meses después en La Rioja”, o Eliana Camps contra Celestino Corbacho, al que denunció por fraude electoral en las primarias a las elecciones europeas de 2014. (Curioso que aquellos que se autoproclaman los representantes de la auténtica democracia sean más franquistas que Franco). En el Congreso llamado Vistalegre-II, la pugna entre Errejón e Iglesias, de Podemos (ultra demócratas), se saldó con varias denuncias sobre el recuento de votos. “Vistalegre-III fue también llevada a tribunales por considerar que la candidatura de Pablo Iglesias incumplía el reglamento interno del partido sobre la limitación de cargos”. Ciudadanos también se vio envuelto en escándalos electorales internos y VOX eliminó las primarias de los estatutos del partido. La falta de normas y la amoralidad de los dirigentes políticos son la causa de todos los problemas internos de los partidos políticos. (Eso y el enorme premio que se lleva el ganador de puesto gubernamental). “Una vez elegido, el vencedor hace y deshace sin tener que dar cuenta a nadie porque lo primero que lleva a cabo es designar una ejecutiva de adictos, que le deben a él sus cargos, relevar a quienes no son de toda confianza y gobernar el partido sin control interno alguno (...) si a todo ello acumula estar en el Gobierno —con los instrumentos que este le proporciona y los cargos que puede repartir para ganar adeptos— su poder aún es mayor”, dice el catedrático de Derecho Constitucional Francesc de Carreras.

Y seguimos con las campañas electorales, que inauguró el primer ministro británico Gladstone en 1876, según Wikipedia. Y como en las campañas militares o en el amor, en política también todo vale. En estas campañas se da la paradoja de la prohibición de publicar encuestas de intención de voto los últimos días para no influir en los electores, pero sí se puede mentir al prometer cosas que jamás van a cumplir. Posiblemente sea en campaña electoral cuando los políticos mienten más. Mienten para conseguir votos o impedir que sus contrincantes consigan votos. Un ejemplo a favor de la captación de votos es prometer subir salarios o bajar impuestos (y tontos de vosotros lo creéis). Un ejemplo contrario es decir que votando a la extrema derecha el rol de la mujer volverá a tiempos de la Inquisición (ningún hombre o mujer con dos dedos de frente creería eso, por varias razones:

     Las mujeres también votan, incluso a la extrema derecha

     La economía se iría a pique, ya que la venta y publicidad de la mayoría de los productos están enfocados al sexo femenino, que es quien normalmente consume más.

     La sociedad se rebelaría contra quien llevase a cabo dichas medidas

     Los políticos serán lo que serán, pero de tontos no tienen un pelo y saben que prometer y llevar a cabo la propuesta sería cavar su propia tumba, y si algo no quieren es dejar vivir del cuento

En el amor y en la guerra todo vale, sobre todo mentir y atemorizar. “Un buen ejemplo de ello es el resumen que hizo el diario The Huffingtonpost con ocasión de las elecciones de diciembre de 2015 titulado “Las 81 veces que PP y PSOE incumplieron su programa estando en el poder””. “Y ello lleva a la reflexión, común a otros apartados de este ensayo, sobre el hecho de que la incompetencia política que conlleva la mentira muchas veces es consentida por los propios ciudadanos como inevitable, incluso calificada de inteligente por los votantes y simpatizantes del propio político mentiroso”. Ellos mienten y nosotros somos tan tontos que les creemos, e incluso les reímos las gracias. En España, en el corto período de 2016 a 2017, el Consejo General del Poder Judicial señaló que había 1378 casos de corrupción con más de 500 políticos imputados. En el momento que se escribe esto, el PSOE se enfrenta a escándalos corruptos que señalan a consejeros, asesores, políticos, ministros e incluso a la mujer del presidente Sánchez. El movimiento 15M surgió como protesta por la indignación del pueblo ante los cientos de casos de corrupción política, pero pronto pudimos ver como sus cabecillas aprovechaban el tirón para meterse en política y así poder enriquecerse tanto o más que aquellos a los que criticaban. El poder corrompe. Y aún así los seguimos votando. ¿Por qué?

Lo primero es mencionar el “efecto halo”, mencionado por el psicólogo Edward L. Thorndike. Thorndike “encontró que los jefes militares que observaban en sus soldados un buen físico, tendían a creer que también eran inteligentes, líderes, o con personalidad marcada y atrayente”. Pero no sólo el físico es importante para captar nuestro voto (si fuera por esto no se explicaría como Zapatero llegó a presidente. Otro argumento, mencionado antes, es la inducción de miedo en los votantes. Como hizo ya Felipe González en 1996, actualmente el PSOE nos recuerda por activa y por pasiva que votar a PP y VOX es querer que vuelva a España la dictadura franquistas (algo que los vagos y maleantes de este país no soportarían). “Más concretamente, el miedo a retroceder en derechos sociales suele agitarse desde la izquierda, y el miedo a perder logros económicos, seguridad o la unidad de la nación se agita desde la derecha”. Inducir miedo en la población no es ético y es jugar sucio. Incluso “el derecho romano fijó en el 79 a. C. la actio quod metus causa126, que permitía anular contratos o actos llevados bajo la influencia del miedo”. También el derecho penal español exime de responsabilidad a aquel “que obre impulsado por miedo insuperable (...) real o imaginario”. Según “la teoría de los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman en 1977, se prefiere no perder lo que se tiene, a ganar lo que no se tiene. Más recientemente la “teoría de la inteligencia afectiva”, de los investigadores Marcus, Nauman & Mackuen defiende que tomamos decisiones basándonos en un doble sistema cognitivo:

     De disposición (actuación automática en situaciones que nos resultan familiares)

     De vigilancia (actuación que depende del sistema límbico y “que se activa cuando nos encontramos en una situación amenazante, a la que no estamos habituados”.

El miedo corresponde a este último estado, cuyo papel principal lo protagoniza los medios de comunicación afines a los distintos partidos políticos. Y el miedo se acentúa en sociedades crédulas e incultas (como la española). Los griegos llamaron a esto ad hominem, “que consiste en dar por sentada la falsedad de una afirmación tomando como argumento quién es el emisor de esta, desacreditándolo previamente”. Esta es actualmente la estrategia de Pedro Sánchez para defender los actos presuntamente corruptos de su mujer tachando de mentirosos (fango) a los medios de comunicación que investigan el caso (como pueden ver, está todo inventado).

Otra estratagema electoral es la manipulación de encuestas. En una investigación estadounidense, se comprobó que votar por el candidato perdedor aumentaba los niveles de cortisol (la hormona del estrés), en relación a los votantes que elegían al candidato presumiblemente ganador.” El conocido efecto “band wagon” o voto de arrastre se basa precisamente en inculcar emociones positivas, como el entusiasmo, la ilusión y la esperanza, desde el convencimiento de que aumenta la satisfacción al votar a un ganador, disminuyendo a la vez el estrés de votar al perdedor”. Pero esto tampoco es nuevo. “En la retórica clásica, se llamaba argumentum ex populo a la falacia de hacer creer que una opinión es mayoritaria para conseguir adeptos a la misma”. Por contra, está el concepto de “influencia minoritaria” o “underdog”, que invita a votar al perdedor por lástima (ahora entiendo lo de Zapatero), pero este concepto es minoritario. Y hay un último tipo de votante, más racional, que vota a partidos menores por el hecho de castigar a los partidos mayoritarios. Y este hecho lo intentan evitar los candidatos de partidos mayoritarios animando a los votantes a hacer uso del voto útil, como lo llaman ellos (más bien inútil, diría yo).

Otra forma de manipulación, y también de incompetencia, son los discursos políticos que no dicen nada (cuyo maestro fue Hugo Chávez, que podía hablar horas y horas para no dejar nada claro al oyente, todo un arte). Acabar con el paro puede estar bien, pero si no dicen cómo pretenden hacerlo, no sirve de nada. A esto se le llama demagogia (demos-pueblo, ago-dirigir). El ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels decía sobre el que denominó “Principio de la vulgarización”: “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar” (esa es la imagen que tienen los políticos de sus votantes). Goebbels también fue quien dijo que decir una mentira mil veces, la convierte en verdad o “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. Kayla N. Jordan dice: “Los líderes políticos tienen que dirigirse a un grupo mayor de votantes cada vez y esto no lleva a una mejora de la calidad de su comunicación, sino a una mayor simplicidad y emocionalidad. Y esto no tiene nada que ver con sus habilidades comunicativas, sino con su necesidad de conseguir votos”. Inés Olza, profesora de lingüística cognitiva de la Universidad de Navarra, concluyó en un estudio que el lenguaje de Rajoy era tan simple que lo podía entender un niño de 12 años y el de Pedro Sánchez, uno de 13. Existe en psicología cognitiva un conocido efecto denominado “Dunning-Kruger”, en honor a sus dos descubridores, que en 1999 demostraron la paradoja de que la ignorancia proporciona en los sujetos más confianza que el conocimiento. El tonto es tan tonto que se presenta como sabio porque no quiere reconocer que es tonto. En cambio, el listo siempre reconocerá su desconocimiento, porque sabe que la verdad absoluta (ni el conocimiento absoluto) no existe. Y el sabio, al reconocer que no sabe nada, queda como tonto para los tontos que se creen que lo saben todo. “La pobreza de lenguaje, la ausencia de argumentos o la manipulación de emociones [por parte de los políticos] no son más que formas de engañar al elector aprovechándose de su falta de conocimientos y sentido crítico”. Un presidente de un país es seguramente el más tonto del pueblo al que un amigo poderoso le debe un favor (o sabe un secreto oscuro de alguien que puede darle poder). Todo político tiene un muerto en el armario, de lo contrario serían personas honrada y éstas no se hacen políticos. “En diciembre de 2015, Miriam Muro, en Libertad Digital, enumeraba los calificativos que Pablo Iglesias, líder de Podemos, había enviado a sus adversarios políticos: A Manuel Carmona, tonto y subnormal. A Mariano Rajoy, golfo e inútil. A Esperanza Aguirre, ladrona y gentuza. Y a Artur Más, tonto”. ¿Creen que una persona inteligente hablaría así o criticaría a sus oponentes tan vulgarmente? (esto demuestra que los políticos están más cerca del Sálvame Deluxe que de Redes). El error de querer mostrarse como otro ciudadano más, como alguien “normal”, les lleva a ser tan tontos como consideran a sus votantes (en un país de tontos, ellos no podían ser menos). Yo pertenezco al pueblo, y como el pueblo es gilipollas, yo más (no iban a quedar por debajo de “sus iguales”). Esto es lo que opinaba Pablo Fernández-Berrocal, catedrático de Psicología y director del Laboratorio de las Emociones de la Universidad de Málaga, sobre la inteligencia emocional de los candidatos a las elecciones generales de diciembre de 2015: “El político medio español es un analfabeto emocional que refleja narcisismo e ignorancia. Le falta percibir las emociones del ciudadano y empatizar con él. Está tan alejado de la realidad que el sufrimiento le es ajeno, como un entrenador que no conecta con su equipo”. Este afán por ser un ciudadano más nos han dejado escenas tan ridículas como verlos bailar, oírlos hablar inglés o vestir “a la moda”. “Pero si de incompetentes es aparentar lo que no se es, mayor inutilidad es que los errores jamás se reconozcan”. Nuestros políticos (y la mayoría de los seres humanos, cuyo coeficiente intelectual roza el 60) ven como un síntoma de debilidad reconocer que se han equivocado, haciendo la bola más grande obcecándose en el iluso acierto. Los asesores políticos Euprepio Padula, Luis Arrollo y Guitierrez-Rubí, expresan como causas del error de no reconocer que se han equivocado al menos cinco.

     Reconocer un error muestra debilidad, y eso no es compatible con el concepto de liderazgo.

     Se da a los rivales argumentos para los ataques.

     Miedo al titular y al consiguiente enfado dentro del partido.

     La credibilidad es tan baja, que reconocer un error tampoco es creíble.

     Y, en quinto lugar, porque si asumes un error, hay que asumir responsabilidades, y quedas tocado dentro del partido.

Y por si esto fuera poco, no solo no asumen sus errores sino que los convierten en logros. Por ejemplo, ¿se han dado cuenta que en las elecciones todos los partidos ganan? Por no hablar de dimisión es (en España no dimite ni el que mató a Manolete). Existen dos enfoques plausibles a esta obsesión patológica de negar el error.

     El primero es el llamado “síndrome de hybris”, por el cual muchos líderes, de tanto ostentar poder, se despegan de la realidad, comportándose con arrogancia, como si fueran invulnerables, despreciando riesgos o fracasos. Vamos, que Dios debe besarles los pies.

     El segundo son “los llamados sesgos cognitivos, o mecanismos de defensa —que nos hacen percibir la realidad y tomar decisiones de forma inconsciente—, que actúan muy especialmente en políticos con estatus, influencia y poder sin tener preparación para ello; por ejemplo, lo que se ha dado en llamar en psicoanálisis el “mecanismo de defensa de negación” (no reconocer eventos negativos, negando la acción previa, incluso cualquier razonamiento en contra), o el “sesgo de atribución defensiva” (atribuir las causas de un percance a otros, o a causas externas, de tal manera que se minimicen las probabilidades de ser el causante o aumentando las de ser víctima)”, como por ejemplo negar la corrupción y echar la culpa de ser un corrupto al que lo ha investigado (yo no sería corrupto si no me hubiesen pillado, pero los que me han pillado mienten, aunque haya fotos mías cargando sacos de dinero al entrar en la empresa de mi cuñado).

“Junto a rasgos de carácter seguramente altos de psicoticismo, obsesionados con el poder y el cargo, y a la vez escasa empatía y sentido de culpa, suelen coexistir unas formas de pensamiento rápido, intuitivo y convergente, aparentemente eficiente, pero que, en el fondo, denota una falta de reflexibilidad, y de inteligencia emocional”. Uno de los sesgos más comunes es el denominado “sesgo de probabilidad” o “heurística de disponibilidad”, que consiste en sacar grandes conclusiones o tomar grandes decisiones, en base no a un gran número de fuentes de información, sino al suceso más sobresaliente, más cercano, más evidente, o emocionalmente más intenso (por ejemplo reconocer el Estado palestino porque Israel intenta acabar con los terroristas de Hamás, -los que por cierto han dado las gracias por ello a P. Sánchez-, sin tener en cuenta que la mayoría de los grandes fondos de inversión, bancos y multinacionales están en manos de judíos).

Existe también el concepto de “prejuicio de retrospectiva”, que nos muestra cómo los políticos modifican relatos pasados, en función de acontecimientos presentes, para que tengan una relación lógica. Por ejemplo, una caída del paro es una buena noticia y por tanto su éxito se lo atribuye a ellos por el trabajo “bien hecho” (algo que todos sabemos que es mentira porque no influyen en el mercado laboral). En cambio, si el paro sube, la culpa es de la oposición, de las empresas, del capitalismo o de los delfines que nadan cerca de la costa. Este hecho puede llevar a lo que se llama “sesgo del falso recuerdo colectivo” si se repite muchas veces. En este caso de subida del paro lo asimilamos a la derecha neoliberal, ya que el otro bando nos ha insistido por activa y por pasiva que la derecha va de la mano con la patronal, bajando sueldos, eliminando derechos laborales, etc (cuando la verdad es que históricamente el paro ha bajado con la derecha en el poder). “Dicho en otras palabras, cuando un político inepto piensa sobre sí mismo, atribuye su éxito a una cualidad personal interna (inteligencia, bondad, fuerza, carácter) y sus fracasos a circunstancias externas (mala suerte, desventaja, complots, campañas de descalificación, manías), pero cuando piensa en otros, atribuye sus aciertos a circunstancias externas (tuvo suerte, tuvo ventaja, los medios están a su favor) y los fallos a debilidades internas (es malo, inútil, corrupto, etc.)”. Esta sociopatía relacionada con lo que se llama locus externo (negar la responsabilidad propia en fracasos) provoca que los errores se repitan una y otra vez (y la bola de mierda aplaste el planeta). Esto suele suceder a drogadictos, ludópatas, alcohólicos, etc., los cuales culpan de su adicción al estrés, a los problemas personales, o a los delfines para seguir drogándose, bebiendo o jugando (como dicen, el primer paso para curarse es reconocer la sociopatía, algo que un político no hará jamás).

Pero el sesgo más importante en los políticos es el de “confirmación”. Esto es “la tendencia a creerse, favorecer, buscar, interpretar y recordar la información que confirma las propias creencias o hipótesis, eliminando cualquier otra que las rechace”. Un ejemplo de ello es la bochornos a actuación del actual Presidente de España al comunicar por carta su deseo de seguir como presidente tras cinco días de reflexión y después seguir en el cargo justificando su decisión diciendo que los españoles así lo han querido tras una manifestación en su apoyo a la que acudieron entre 7000 y 10.000 españoles (aproximadamente el 0,015% - 0,021% de la población). Si esto es el apoyo de todos los españoles, que baje Dios y lo vea. Las razones para interpretar que un 0,02% de españoles representan la opinión de 46 millones estiba en la pereza mental, ya que supone mucho trabajo, tiempo y honradez movilizar a las masas en favor de un presidente que gobierna gracias al apoyo de cinco partidos más. Pero esto no se da sólo en políticos, usted y yo también lo hacemos al leer la prensa o ver el telenoticias en televisión. Si usted es del PSOE pondrá las noticias de La 1 para que éstas le confirmen su opinión, evitando ver las de Antena 3, ya que eso le supondría un esfuerzo extra en cotejar las informaciones que se dan en una y otra leyendo o viendo opiniones de expertos independientes. Es decir, es más fácil creer lo que queremos creer que buscar argumentos que nos demuestren nuestra equivocación y el trauma de reconocer que no sabemos lo que creíamos saber.

Existen otros sesgos como “el “sesgo de empatía” cuando se cree que lo que es bueno para uno, es bueno para todos, como llenar la ciudad de carriles bici. O el “sesgo del mundo justo”, cuando se piensa que existe una especie de justicia natural, y que lo malo que ocurre, sobre todo cuando es violento, o mayoritario, es merecido”. O el “sesgo de ilusión de serie”, cuando creemos que si un hombre mata a otro es porque tendrá sus razones. O el “sesgo de etiquetado” cuando por pereza o desconocimiento asumimos que todos los gitanos son vagos o todos los políticos mentirosos e incultos. Bueno, en esto último no les falta razón. “En 2018, un 11% de los diputados no tenían estudios universitarios, y un 38% nunca había trabajado en el sector privado”. A esto se le añade tesis universitarias cutres o copiadas, títulos de máster comprados o currículums falseados. Pero, aunque se les pilla, no dimite y nosotros, para nuestra vergüenza, les seguimos votando. Está claro que a nadie le gusta que lo tachen de idiota, pero simular ser lo que no se es es de idiotas, y en España esto es deporte nacional. Incluso el exministro Gabilondo dijo: “En general, tenemos que combatir la arrogancia, que es una forma de ignorancia (...) La arrogancia ciega la decisión (...) no doy lecciones, [pero] en la sociedad del espectáculo tenemos que tener cuidado de creer que somos seres superiores a los demás”. Manda huevos, como diría aquel. Incluso una de las primeras discípulas de Freud, Karen Horney, apuntó como trastornos la arrogancia y la vanidad. Psiquiatras como David Owen y Jonathan David son, tachan la soberbia, arrogancia y pérdida de realidad como un efecto enfermizo de ostentar poder. Seguimos con más sesgos. “Fueron los psicólogos Dale Miller y Michael Ross los que, en 1975, sugirieron una explicación llamada “sesgo del punto ciego”, por el cual muchas personas se creen excepcionales, a pesar de multitud de pruebas en contra; o “la falacia de razón”, por la cual, una vez se ha creado esta excepcionalidad, intentan continuamente demostrarla a sí mismos o a los demás con argumentos falaces pero muy elaborados”.

Se sabe, gracias al psicólogo Walter Mischel que primar la recompensa material (dinero o poder) inmediata sobre la recompensa futura no material como prestigio o satisfacción por el deber cumplido, “es propia de personas inestables en términos psicológicos, y con escasa capacidad de autocontrol”. El autor nos da nombres de “personas con una tendencia impulsiva, casi enfermiza, a la gratificación instantánea, y que estando en política, difícilmente pueden autocontrolarse ante la enorme oferta de privilegios que proporciona el poder”. Esto se achaca a trastornos psicopatológicos de control de impulsos, algo común en niños y adolescentes cuya corteza prefrontal (asociada con el razonamiento y el pensamiento racional) está poco desarrollada.

“No hace falta mucha literatura para argumentar que el engaño, el disimulo, el cinismo, la seducción, la hipocresía, la ocultación, la manipulación o cualquier otra forma de mentira es consustancial al ser humano”. Si es común mentir en una persona “normal” imaginen la mentira en una persona cuyo trabajo es influenciar en la población para conseguir su voto y mantenerse así en el poder. John Maynard Smith, genetista y evolucionista, denominó “estrategia evolutivamente estable” al hecho de hacer todo lo posible para favorecer la continuidad de la especie y de sus genes. Mentir para sobrevivir. A pesar de estar condenada la mentira por las ciencias sociales, jurídicamente mentir no es ilegal, y a esto se acogen nuestros políticos poco éticos (si se pudieran denunciar las falsas promesas, otro gallo nos cantaría). “La realidad es que el engaño basado en la exageración, en la verdad a medias, el populismo o las promesas incumplidas, hoy en día se resigna, se tolera, se admite, se perdona, y se olvida rápido bajo el principio de que, a veces, no hay más remedio que mentir. Los políticos lo saben, y los más ineptos se aprovechan de ello mediante cualquiera de las técnicas persuasivas tradicionales, o directamente con la mentira más escandalosa o estrafalaria sabiendo que el tiempo, o una rectificación justificada, salvará la situación” (como ha puesto de moda el presidente Sánchez, los políticos no mienten, simplemente cambian de opinión).

 

Parte IV. Las 5 explicaciones psicológicas a la incompetencia: de la falta de ética a las neurociencias

“Hay cierto acuerdo en definir la moral como el conjunto de conductas, normas y costumbres, que regulan bajo los conceptos del bien y el mal la conducta individual y social del hombre, con relación a una mayoría, mientras que la ética política sería su adaptación al uso del poder, tanto de forma individual como colectiva”. Los valores morales no deberían ser distintos dentro y fuera de la política. De hecho, a los políticos se les presupone personas inteligentes, educadas, competentes, amables, empáticas, altruista, respetuosas, etc. Nada más lejos de la realidad. Nuestros representantes sólo se representan a ellos mismos, renunciando “de forma voluntaria y consciente a esta ética del bien común” para enriquecerse y mantenerse en el poder a costa de la moralidad humana. Saben perfectamente distinguir entre el bien y el mal, pero les da igual mientras sean ellos los beneficiados de sus actos. Y únicamente se acuerdan del populacho cuando se acercan elecciones. Plutarco dejó escrito: “El hombre es la más cruel de todas las fieras, cuando a las pasiones se une el poder”. Es decir, cuando no razona. Cicerón dijo: “No hay vicio más repugnante que la avaricia, sobre todo en la gente principal y en los que gobiernan la República. Desempeñar un cargo público para enriquecerse no es solamente vergonzoso, sino también impío contra la patria”. El problema hoy día es que Trump es más conocido que Cicerón, Platón, Sócrates o Plutarco. El problema es la falta de educación, el extremo consentimiento y la imagen del todo vale para conseguir tus objetivos. El Papa Gregorio Magno dio a conocer al mundo los siete pecados capitales: lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza y gula. Para el código Bushido, norma moral para los samuráis desde el S. XII, los principios sagrados eran igualmente siete: justicia y honradez, heroísmo, benevolencia, cortesía, honorabilidad, sinceridad y lealtad, y su transgresión debía ser purgada con el suicidio (lo que conocemos comúnmente como hacerse el harakiri). Hoy día el pecado capital es ser vulgar (trabajar 8 horas fuera de casa, vivir en un piso de 70 metros cuadrados, cocinar, limpiar, etc.) y el principio sagrado es el egoísmo. Maquiavelo escribió: “Si una persona desea fundar un estado y crear sus leyes, debe comenzar por asumir que todos los hombres son perversos y que están preparados para mostrar su naturaleza, siempre y cuando encuentren la ocasión para ello”. Es decir, Maquiavelo defendió el mal en el político para imponer sus ideas. Solemos criticar el mal con el hecho de ser libres de hacer o no hacer lo que hacemos (libre albedrío). San Agustín dijo: “El impulso de la libre voluntad hacia el mal no se origina en Dios, sino en el libre albedrío”. Pero algunos psicólogos ponen esto en duda basándose en la genética o en traumas infantiles provocados por padres autoritarios, alcohólicos o madres sobre protectoras. En su obra Las pasiones del alma, Descartes escribe sobre la conducta humana: “Que uno se siente débil o poco resuelto y que, como si uno no tuviera el entero uso de su libre albedrío, no puede impedirse hacer cosas de las que sabe que se arrepentirá después; y además que uno cree no poder subsistir por sí mismo”. La sociobiología defiende que la conducta humana “está determinada genéticamente y tiene como última razón de ser la propia supervivencia de la especie”. Y posiblemente haya personas trastornadas desde su nacimiento que no puedan decidir qué deben hacer moralmente. “Mantenemos que muchos políticos tienen comportamientos vergonzosos porque su neurobiología les inclina a ello, pero que la sociedad está obligada a detectarlo, cuanto antes […]”. Y para ello es necesario tener cultura, ser objetivo, pensar con la cabeza y respetar a todo aquel que no opine como nosotros. “Ante la desvalorización del honor, el prestigio o la dignidad, los políticos han persuadido a sus súbditos de que sus conductas podían no ser tan despreciables como podría pensarse, utilizando para ello la comunicación política”. Ese es el problema, que hagan lo que hagan los políticos siempre hay gilipollas que les votan, ya sea por mantener sus privilegios, por el qué dirán, porque es el menos malo o porque lleva toda la vida votando al mismo partido y no va a cambiar ahora. Hagan lo que hagan, siempre tienen aduladores. Hay quien opina que los políticos roban, mienten, abusan del poder porque pueden. Es cierto, pero lo siguen haciendo porque nosotros los dejamos, porque los seguimos votando. Un niño malcriado seguirá comportándose mal mientras no se le regañe. Los políticos son niños malcriados que no han sido castigados jamás, y si no cambiamos lo seguirán siendo. Y también es cierto que la costumbre es ley. En un país corrupto como España, la corrupción tiene diferente significado del que podría tener en países como Dinamarca o Suiza. El diario Financial Times publicó un artículo firmado por Miriam González Durántez, abogada internacional y mujer de Nick Clegg, viceprimer ministro británico entre mayo de 2010 y mayo de 2015, en el que decía: "Si hubiera hecho lo de Begoña Gómez me habrían quemado en Trafalgar Square”. Pues en España hay quien defiende a la mujer del presidente Sánchez. Como se puede ver, un caso tan grave como conseguir ayudas públicas a empresas privadas siendo la mujer del Presidente, en este país no se le da importancia. Supongo que en Siria o Somalia (dos de los países más corruptos del mundo) se reirían del asunto, pero nuestros vecinos europeos no pueden creerlo. Imagino que si la corrupta fuese la mujer de Netanyahu, Pedro Sánchez encabezaría la procesión que la llevara delante del verdugo. Lo de otros es corrupción, lo mio son cartas de recomendación. Increíble que los españoles perdonemos semejante desfachatez. Y luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando la ultraderecha sube en intención de voto. Lo que me extraña es que no hayamos tenido ya un golpe de Estado. Pero claro, como vamos a censurar la corrupción española si nosotros fuéramos los primeros corruptos si estuviésemos en su lugar. Y no se mientan a sí mismos, lo harían. Puto dinero. Sólo en el Ayuntamiento de Manilva (Málaga) durante los mandatos de Izquierda Unida hasta 2022, la Guardia Civil documentó 602 casos de enchufismo. ¿Se atreven a decir que ustedes no lo harían? Pues cada sociedad tiene lo que se merece, y la española se merece corrupción, enchufismo e incultura, porque el pueblo es corrupto, vago e inculto. Y pónganse como se pongan, esto es así.

Los políticos no son inmunes a enfermedades, y por supuesto tampoco lo son a trastornos psicológicos. Algunos estudiosos han tachado a gobernantes como Abraham Lincoln o Winston Churchill de sufrir un trastorno bipolar, alternando estados de euforia con severas depresiones. Pero si hay un trastorno de personalidad exclusivo de los políticos es el psicópatico. La psicopatía es “un síndrome desviado del comportamiento social, multidimensional” asociado a la conducta antisocial. “En lenguaje coloquial, podríamos decir que se trata de una forma de locura, pero sin síntomas físicos”. A principios del s. XX, E. Kraepelin sugirió seis tipos de psicopatía: excitables, inestables, excéntricos, mentirosos, estafadores y pendencieros. “Henderson (1939) amplió el concepto de psicópata a los agresivos violentos, de tendencias suicidas, hipocondríacos, de tendencia al abuso de sustancias, mentirosos patológicos y esquizoides”. A mitad de siglo, el psiquiatra alemán K. Schneider, popularizó el diagnóstico como mero trastorno de personalidad, “con varias tipologías, como los hipertímicos, depresivos, inseguros, fanáticos, necesitados de estimación, lábiles de ánimo, explosivos, desalmados, abúlicos y asténicos”. Pero la clasificación del psiquiatra estadounidense Millon, la más reciente, cataloga a los psicópatas como personas carentes de principios, solapados, tomadores de riesgos, codiciosos, débiles, explosivos, ásperos, malévolos y tiránicos. Lo cierto es que estos síntomas se pueden solapar con trastornos como el antisocial, el sociópata, o el disocial. El psicólogo Robert Haré dice de estos trastornos: “La política es un medio fantástico para que se desarrollen, el mejor ambiente, el ideal. Igual que los negocios, que cambian con mucha rapidez. Ahí los psicópatas se desenvuelven como pez en el agua (...) Docenas de políticos de alto nivel deberían claramente estar en la cárcel (...) Es prácticamente imposible para la sociedad defenderse de eso. Porque son ellos los que, además, hacen las reglas, dictan los principios y gastan millones para explicar al mundo que lo que hacen es fantástico. No sé lo que podríamos hacer. Para esto las elecciones no sirven”. Para el psiquiatra Hugo Marietán, una característica básica del político psicópata es la mentira, además de aferrarse al poder y la manipulación. Las investigaciones del psicólogo español Iñaki Piñuel apuntan a que entre el 8 y el 13% de la población mundial es psicópata. “Y estos sujetos corresponden a tres perfiles: trepas, narcisistas y maquiavélicos [... ] manipulan, fascinan, mienten y se perpetúan en el poder gracias a su carisma. Está demostrado que estas personas, cuanto más suben en la escala social, más paranoicos se vuelven”.

La psicopatía puede ser dada por los genes (alteración en el gen AVRP1, asociado a la secreción de la hormona responsable de generar placer tras la creación de vínculos sociales y afectivos), o por haber tenido una infancia con muertes trágicas de seres queridos, violencia o abusos, pero habitualmente se atribuye a una malformación del lóbulo frontal o daño en el lóbulo frontal inferior del cerebro (donde se inhiben los impulsos agresivos creados en las amígdalas). Los psicópatas “tienen menos actividad en zonas del lóbulo frontal, asociado a la moral, la empatía y el autocontrol”, además de padecer una disfunción en la glándula que regula el miedo, la rabia, el historial emocional y el deseo sexual (como Bill Clinton, ¿recuerdan?). Por todo ello, el psicópata sabe que está haciendo mal, pero la falta de emociones (como la empatía o el dolor anímico) provoca que lo sigan haciendo, ya que no sienten. Por ello, “los vínculos sociales con allegados o súbditos son fríos o inexistentes, faltos de culpa, solidaridad, compasión o empatía, lo que explica las conductas contrarias” (por mucho que se empeñe en mostrar lo contrario). Poseen también frecuencias cardíacas bajas, lo que provoca que busquen cometer actos delictivos o “anormales” para aumentar su ritmo cardíaco y aumentar la adrenalina. Así, la política es la profesión ideal para el psicópata (después de asesino en serie), ya que en ella pueden mostrarse como son realmente. Si lo piensan bien, ¿qué se le pide a un buen político? Frialdad, objetividad, racionalidad, ambición, que sea convincente, manipulador y que no tenga escrúpulos (pues eso, que sea un psicópata). El problema es que en su búsqueda de felicidad, el psicópata (carente de emociones), al no encontrarla, siempre va un paso más allá. Aunque son buenos actores, los políticos psicópatas no son felices porque siempre desean más. El alcalde desea ser diputado, el diputado ministro, el ministro presidente de su país, el presidente de un país desea influir sobre sus homólogos del continente, después del resto de continentes, y por último conquistar el espacio. La conformidad no está en su genética. Siempre desean más. Más poder, más dinero, más influencia, más respeto, más adulación, más placer. En el mundo empresarial se acepta el concepto “conducta reforzada” que “defiende que las personas actúan en una satisfacción de necesidades creciente, en la que en primer lugar se sitúan las fisiológicas y de supervivencia; luego, las de seguridad; después, las de afiliación y reconocimiento; y, por último, de las de autorrealización”. ¿Qué profesión puede otorgar un baño de masas coreando su nombre a una persona insegura y necesitada de cariño? Correcto, la política. El psicólogo McClelland “agrupó en 3 las necesidades sociales básicas: de logro (progreso), de poder (influir, dominar y tener prestigio) y de afiliación (pertenecer a un grupo, ser querido, estar acompañado), por lo que, desde este enfoque, el político incompetente tendría un sistema de necesidades descompensado y acentuado”. Se preguntarán ustedes si el político no sufre de disonancia cognitiva (recuerden, actos contra valores). Pues no. Para el político, el fin (ser Presidente) justifica los medios (mentir para conseguir votos). Amolda sus valores para evitar la disonancia cognitiva. El político se dice a sí mismo que para mejorar el país (o enchufar a su cuñado para que cobre un pastón y deje de gorrearle los fines de semana) hay que mentir, así que mentir está bien si con ello conseguimos algo bueno. ¿Mentirían ustedes para acabar con la guerra de Ucrania? Pues eso. Por ejemplo, Sánchez no miente, lava su conciencia cambiando de opinión. O su mujer no otorgaba ayudas públicas a empresas privadas por la cara o para cobrarse favores, sino que recomendaba otorgar dichas ayudas para que otros las concedieran en nombre de la mujer del Presidente. Óscar Puente no llamó drogadicto al Presidente de Argentina Milei en público, sólo fue un pensamiento en voz alta delante de colegas y con cámaras delante. (Y por supuesto Hitler no mató a miles de judíos, éstos se cayeron por las escaleras de los campos de concentración). Siempre hay una excusa para el psicópata. David Berkowitz (asesino en serie conocido por el nombre “El hijo de Sam”) obedecía a un demonio que se manifestará a través del perro del vecino; Richard Ramírez (“El acosador nocturno”) afirmaba estar bajo influencia de fuerzas malignas: Ed Gein quería crear un traje de mujer para convertirse en su madre fallecida: Henry Lee Lucas era controlado por una sexta satánica: Herbert Mullin asesina a personas para evitar un terremoto catastrófico y salvar así la humanidad; Peter Sutcliffe dijo que Dios le había ordenado limpiar el mundo asesinando prostitutas. Como pueden ver, los psicópatas nunca se hacen responsables de sus actos. El miedo es otra excusa potente en política. Muchos políticos deciden amenazar con “tirar de la manta” para salir impunes de sus actos. Y como buenos narcisistas, cuando las excusas y las amenazas no hacen su efecto, se ponen a insultar, sacando así la rabia de haber sido “pillados”.

Otra táctica para conseguir votos (y poder) es estereotipar al enemigo. Así, los votantes de PP y VOX son fascistas, ya que desde el PSOE se asimila a estos partidos a la ultraderecha, y por ende a sus votantes. En cambio, los votantes del PSOE, según los socialistas, es gente progresista, honrada, tolerante y demás cosas buenas. Vamos, gente majísima, porque ellos (políticos del PSOE) son igual o más majos aún. En sociología se sabe que la pertenencia a un grupo es indispensable para el individuo para vivir en sociedad, e igualmente indispensable criticar al grupo contrario a la vez que se ensalza los puntos positivos del propio grupo. En este sentido, se puede concluir que o estás conmigo o contra mí. “Elaborar y transmitir prejuicios y estereotipos con fines perversos ha sido puesto en relación con tipos de personalidad autoritaria, dictatorial o dogmática, pues una vez instalados en el subconsciente colectivo de la población, suele enquistarse durante años o siglos a través, de una retroalimentación del discurso público, controlado con eficacia con estos tipos de gobierno”. Si para Sánchez los que no le votan a él son fascistas, igualmente para Pablo Iglesias los políticos sonn “casta”, para Irene Montero todos los hombres son machistas, para Hitler los judíos eran meras cucarachas y para Stalin todo aquel que le llevaba la contraria era un cadáver andante.

“Para Freud, el poder (el instinto de controlar y dominar a los demás) se origina en nuestros primeros años de vida bajo el deseo inconsciente de controlar a nuestros padres para asegurarnos de que nuestras necesidades se satisfagan. Este deseo de control se convierte en algo natural durante toda nuestra vida, pero en personas con una infancia difícil o rota, este instinto se vuelve enfermizo y deriva en una enorme tensión que solo se compensa mediante la agresión, dominación o destrucción”. En una investigación del psicólogo Adorno tras la II Guerra Mundial para hallar la respuesta al porqué del autoritarismo, concluyó que las personas con carácter autoritario tienen “rasgos clínicamente neuróticos, con complejos e inseguridades, miedos y fobias, y cuya tensión psíquica solo puede equilibrarse proyectando la ira sobre grupos marginales, débiles o minoritarios”. El típico abusón que se hace amigo tuyo si le plantas cara. Y lógicamente, muchos seguidores tendrán las mismas características psicológicas que su líder, pero con miedo a dar la cara. Puestos a ser sumiso, es preferible que tu amo sea el más fuerte. El psicólogo Gustav Bychowski dice: “La obediencia y la sumisión ciegas a una autoridad autodesignada son posibles únicamente cuando el pueblo se siente debilitado por su propio yo y renuncia a la crítica y a la independencia conquistadas previamente. Ese debilitamiento puede manifestarse bajo el influjo de la ansiedad, el temor y la inseguridad. En tales circunstancias, el yo colectivo, jaqueado por su sentimiento de impotencia, regresa a una etapa más infantil y busca ansiosamente ayuda, apoyo y salvación. [... ] Para ellos el dictador es como la encarnación de sus propios ideales y deseos, la realización de su propio resentimiento y su propia grandeza”.  Estudios posteriores afirmaron que el uso de la autoridad no es exclusivo de la derecha política, sino de personas con rasgos autoritarios, indistintamente de su ideología política. La psicóloga Fátima Servián describe los rasgos del autoritario. Estos son:

     No les importa herir a los demás y justifican su daño exaltando su sinceridad y honestidad.

     No tienen tiempo para las personas ya que están mucho más interesadas en sus resultados.

     Castigan con dureza los errores que cometen otros, considerándose víctimas de una ofensa si no se hace su voluntad.

     El autoengaño y la autojustificación son características principales

     Es un déspota, da órdenes y espera que estas se cumplan inmediatamente.

     Da por sentado que su sistema no solo es el mejor, sino que es el único coherente.

     A diferencia de la personalidad psicopática, en que prevalece la manipulación, o las impulsivas, en que prevalece la rápida satisfacción de necesidades, el autoritario es esencialmente controlador, competitivo, y a la vez necesita los cumplidos y la charla banal, sobre todo si trata sobre él y sus cualidades.

     Es agresivo y mordaz cuando se le lleva la contraria, y siempre trata de intimidar psicológicamente a los demás.

     Mostrar su poder es una forma de control y de advertencia.

     Exigen explicaciones sin cesar y demandan disculpas.

     Necesitan tener culpables para que sus emociones de frustración, rabia o ira tengan sentido.

     No saben empatizar con otras personas, ya que hacer un esfuerzo por intentar comprender a los demás o ponerse en el lugar del otro les resulta muy difícil.

     Suelen centrarse en ellas mismas y en sus necesidades.

     Suelen tener expectativas muy rígidas de los demás y exigen unos principios y unas normas inflexibles que a menudo dan lugar a críticas destructivas.

Lo cierto es que, si bien se conoce su psicología, se desconoce por qué viene dada ésta (rasgo genético o aprendido, personalidad o actitud) y por lo tanto es difícil predecir quién puede ser un dictador y quién no.

La agresividad está relacionada con el autoritarismo. “Hoy en día, se asume que la agresividad individual es adaptativa dentro de unos límites, y que fuera de ellos, los mecanismos son de tipo biopsicosocial, es decir, se conjugan procesos psicológicos internos con aprendizaje social y con una neurobiología que hace aumentar la tendencia a dichos comportamientos, haciéndolos consistentes”. En sistemas totalitarios es habitual ver al dictador con una personalidad agresiva, puede que sutil, para provocar miedo en sus súbditos e impedir así rebeliones. Una de las causas de la agresividad es la frustración por estrés o “anomia” (término que introdujo Emile Durkheim y que se refiere a la incapacidad de la estructura social (principalmente gobiernos) de proveer a la sociedad de lo necesario para lograr sus metas. El proceso agresivo sería:

     La imposibilidad de lograr objetivos, privación de gratificaciones, ser sometido a injusticias, sentir amenazada su integridad física o material o estar sometido a situaciones aversivos producen en el individuo tensión.

     Esta tensión genera sentimientos negativos (indignación, ira o desprecio).

     La no eliminación de estos sentimientos negativos genera conductas delictivas, de venganza y/o restitución del daño, (robo, chantaje, acoso, abuso de autoridad, y daño físico, contra cosas o personas.

     Los actos delictivos alivian la tensión y se aprende para la siguiente situación de estrés.

El siguiente paso para un gobernante o líder sería organizar actos violentos colectivos o institucionales como genocidio, violación de derechos, esclavitud, xenofobia, guerras, violencia policial y/o paramilitar, hambre, insurgencias, asesinatos políticos, terrorismo, tortura, migraciones o desplazamientos forzados de personas que no están de acuerdo con él, etc..

Heysenk desarrolló en su teoría de la personalidad “que los individuos nacen con un tipo de sistema nervioso que afecta su comportamiento de por vida”. Esta teoría se basa en que “todos podemos definir nuestra personalidad bajo solo tres factores, y que estos son estables y medibles: extroversión, neuroticismo y psicoticismo, siendo los tres bipolares”. En la extroversión, rasgo típico en políticos simpáticos, sociables pero manipuladores. En neurobiología, el extrovertido dispone de una corteza cerebral muy poco activada, por lo que necesita de estimulación permanente para mantener el necesario equilibrio neurológico. Y la política le da esa excitación que tanto necesita. “No todos los extrovertidos buscarán la excitación en la inmoralidad, claro, pero casualmente, los políticos más populistas tienen este factor muy desarrollado, y la mayoría de los comportamientos ilegales, corruptos o inmorales tienen como autores a personalidades expansivas, sociables, simpáticas, atractivas y/o impulsivas”. El neuroticismo puede ser estable o inestable, teniendo nueve factores subordinados:

     Ansiedad

     Depresión

     Sentimiento de culpa

     Baja autoestima

     Tensión

     Irracionalidad

     Timidez

     Tristeza

     Emotividad

En política, el neurótico no soportaría la presión que conlleva el cargo, pero si a esto se le suma una alta extroversión, el individuo experimenta lo que Eysenck denominó impulsividad. Las personas altamente impulsivas prefieren la obtención de recompensas antes que evitar castigos por un mal acto (y esto sí es muy político). En contextos de poder, esta impulsividad se ve reforzada por el uso de drogas, sexo, dinero, o conductas delictivas en general.

Eysenck, años después, introdujo un tercer rasgo de personalidad: el psicoticismo. Según Eysenck, “los individuos con un alto rasgo de psicoticismo tenderán a comportarse de forma agresiva, egocéntrica, impulsiva y a no desarrollar empatía (...) con conductas poco gobernadas por las normas sociales”. A ello añadió su factores como frialdad, egocentrismo, impulsividad, antisocialidad, sin empatía, creatividad y rígidez. Si en la impulsividad, el componente biológico era la excesiva dopamina, la causa del psicoticismo sería la dificultad de metabolizar serotonina, altos niveles de testosterona y bajos de según qué tipo de enzimas. Esto provocaría falta de adaptación a las normas sociales que solemos aprender a través de recompensa/castigo.

Otro rasgo que apareció en los años 80 fue el de “búsqueda de novedad” y “búsqueda de sensaciones” (promulgado por Cloninger), ambas también con un fuerte componente biológico (liberación masiva de dopamina en situaciones nuevas). Según Cloninger, esto conllevaría impulsividad en las decisiones, escaso control en el logro de recompensas, e intento de evitar a toda costa frustraciones y fracasos. El rasgo “búsqueda de sensaciones” fue creación de Marvin Zuckerman y conlleva “asumir riesgos físicos, sociales, legales y financieros por el bien de tales experiencias”. El componente biológico de ello es la escasa información sensorial (alta dopamina y baja serotonina y noradrenalina) que provoca en las personas que se aburra o encuentre desagradables las experiencias vividas (vamos, que se cansan pronto de todo).

Además del componente biológico, tenemos también el psíquico para comprender cómo funciona el podrido cerebro de un político. El vigente DSM clasifica en 10 los trastornos de personalidad, divididos en tres grupos:

     El “grupo A” se caracteriza por presentar trastornos de pensamientos o comportamientos excéntricos o extraños (paranoide, esquizoide, y esquizotípico).

     El “grupo B” se caracteriza por presentar trastornos de pensamientos o comportamientos dramáticos, excesivamente emotivos o impredecibles (antisocial, límite, histriónico y narcisista).

     Y el “grupo C” se caracteriza por presentar trastornos de pensamientos o comportamientos de ansiedad o temor (evitación, dependiente y obsesivo-compulsivo).

No explicaremos aquí los distintos trastornos, ya explicados en otro de mis artículos y en mi Podcast. Sí diremos que para el psiquiatra y profesor Flores Colombino, Mussolini, Hitler, Tiberio, Calígula, Nerón, Pedro I de Castilla, Cronwell, Marat o Robespierre eran unos auténticos paranoico por su exagerada desconfianza y recelo (aquí no hay diagnóstico, ya que también desconfiarán del médico que les diga que son enfermos mentales). El jefe de la Policía secreta de la Unión Soviética, L.P. Beria, supo sacar provecho en su trato con Stalin alimentando su paranoia de que ciertos rivales políticos buscaban su destitución, provocando que Stalin ordenase matarlos. Para el profesor Luigi Zoja, eran o son paranoicos Stalin, Bush, Maduro, Berlusconi o, Sadam Husein, aunque éste suele ser etiquetado también como psicópata. Es mi opinión que Pedro Sánchez puede sufrir este trastorno si realmente piensa que los medios de comunicación y jueces no afines a él confabulan para destronarle “inventando” la corrupción de su mujer. Y digo “si realmente lo piensa” porque creo que es más una estratagema para hacerse el víctima y prohibir la publicación de noticias que puedan perjudicarle, convirtiéndose así en dictador. “El político con rasgos paranoides percibe que casi todos los que le rodean le son infieles, desleales y que intentan dañarle o engañarle. Escritos, reuniones, fiestas, visitas, recepciones, informes..., todo es reinterpretado como una conjura para quitarle el puesto o desbancarle del poder”.

El político histriónico es más actor que persona, exagera sus acciones en demasía, habla por los codos sin decir nada, buscan ser el centro de atención (mostrando ansiedad cuando no lo son), mienten para captar la atención y manipulan constantemente a los que le rodean. También son seductores, lo que les da una imagen de competentes, tienen buena presencia, educación, simpatía, empatía, generosidad, compasión, etc. Y por supuesto, culpan a los demás de sus propios fracasos. La psicóloga Isabel Serrano coloca en este trastorno a Puigdemont.

Sin duda el trastorno más frecuente en los políticos es el de narcisista. Arrogancia, altanería, egocentrismo, búsqueda incansable de atención y admiración, sentido desmesurado de su propia importancia, necesidad excesiva y profunda de atención, carencia de empatía por los demás, delirios de grandeza, excesivamente atentos a las debilidades ajenas para quedar por encima, nunca se equivocan, nunca tienen la culpa, no sienten miedo o vergüenza, si se les descubre sienten rabia y surge la ira. “El peso de la conciencia cuando se realizan actos ineptos, inmorales o corruptos es, por supuesto, nulo”. Buscan liderazgo para sustentar sus aires de grandeza y evitar mostrarse realmente como son (inseguros, cobardes). Entre los contemporáneos, suelen ser etiquetados de megalómanos el presidente filipino Rodrigo Duterte, el presidente egipcio Abdel Fattah Al-Sisi, el príncipe heredero de Arabia Saudí Mohammad Bin Salman, Donald Trump y Vladimir Putin. Lo fueron también Hugo Chávez, Fidel Castro, Jalifa bin Salman, Chiang Kai-shek, Kin II-sun,, Teodoro Obiang, Muamar el Gadafi, Alí Jameni, Omar Bongo o Paul Binya.

El político antisocial es el más cercano al psicópata en términos clínicos. “Implica deshonestidad, mentira recurrente, impulsividad, irritabilidad, agresividad e incapacidad para planificar el futuro. Conlleva además despreocupación imprudente por su seguridad o la de los demás, y, sobre todo, una patológica falta de remordimientos, como lo indica la indiferencia o la justificación del haber dañado, maltratado o robado a otros” (aquí entran muchos de nuestros políticos).

Actualmente, son muchos los teóricos que intentan unificar los criterios de rasgo y conducta de los políticos para predecir los malos políticos. Una de estas teorías presenta el síndrome de Hybris. Este síndrome se puede resumir en que el enfermo se cree invulnerable, mesiánico, pierde el contacto con la realidad y tiene un exceso desmedido de seguridad en sí mismo por el hecho de tener poder, fama o riqueza. Esto conlleva a rechazar consejos, dificultad para evaluar las consecuencias, toma de decisiones impetuosas, extravagantes, egoístas, ilegales y en muchos casos, dañinas para la comunidad. El psiquiatra Manuel Franco describe el proceso de Hybris en la política de esta forma: “Una persona más o menos normal se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo importante. Internamente tiene un principio de duda sobre su capacidad, pero pronto surge la legión de incondicionales que le facilitan y reconocen su valía. Poco a poco se transforma y empieza a pensar que está ahí por mérito propio. Todo el mundo quiere saludarlo, hablar con él, recibe halagos de todo tipo. Esta es la primera fase, y pronto da un paso más y entra en la ‘ideación megalomaníaca’, cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse insustituible. Entonces comienza a realizar planes estratégicos para veinte años, obras faraónicas, o dar conferencias sobre temas que desconoce. Tras un tiempo en el poder, el afectado por este mal padece un ‘desarrollo paranoide’. Todo el que se opone a él o a sus ideas es un enemigo personal, sospecha de todo el mundo, aunque le haga una mínima crítica, y progresivamente se va aislando de la sociedad. Llega un momento en que deja de escuchar, se vuelve imprudente, toma decisiones por su cuenta, sin consultar, porque cree que sus ideas son correctas. Aunque finalmente se descubra que son erróneas, nunca reconocerá la equivocación. Se siente llamado por el destino a las grandes hazañas, y todo esto se da hasta que cesa en sus funciones o pierde las elecciones, entonces viene el ‘batacazo’ y se desarrolla un cuadro depresivo ante una situación que no puede comprender”. ¿Les suena?

Otra teoría unificadora se conoce por “personalidad maquiavélica”, y fue desarrollada en los años 70 del siglo pasado por los psicólogos Richard Christie y Florence Geis. Los síntomas son cinismo, carencia de principios, laxos en la moral, manipulación, desapego emocional, encanto, amabilidad, tendencia a ocultar las verdaderas intenciones y proporcionar una base para la negación plausible si les detectan. “Para los “maquiavélicos”, el fin justifica los medios, independientemente de las consecuencias que se puedan derivar. Su frialdad emocional (psicoticismo) destruye cualquier tipo de conexión genuina con los demás. Aunque suelen tener rasgos en común con los narcisistas, como su egoísmo y la utilización de los demás, hay un rasgo que los diferencia: son realistas en las percepciones y estimaciones que hacen de sus habilidades, además de las relaciones que mantienen. No tratan de impresionar a nadie, al contrario. Se muestran tal y como son y prefieren ver las cosas con claridad porque de esa forma pueden manipular mejor. De hecho, se focalizan en las emociones de las personas que quieren manipular para conseguir así lo que se proponen. Si se anticipan a sus sentimientos, será más fácil elegir la mejor estrategia a poner en marcha”.

El síndrome “la tríada oscura” aglutina el narcisismo, el maquiavelismo y la psicopatía. Como pueden ver, este síndrome es muy nocivo. Son “personalidades oscuras por sus tendencias insensibles, egoístas y malévolas en sus relaciones con los demás”. Relacionado con la tríada está el “factor D” (dark), propuesto por el psiquiatra forense Michael Stone. Este factor oscuro tiene 9 dimensiones de maldad:

     Egoísmo

     Maquiavelismo (frialdad emoción, mentalidad estratégica en busca de intereses propios, actitud manipuladora e insensible y creencia de que los fines justifican los medios).

     Desconexión moral (comportarse sin ética, sin sentir angustia).

     Narcisismo

     Derecho psicológico (creerse con más derechos y concesiones que el resto, y creencia recurrente de que uno es mejor que los demás y merece un mejor trato).

     Psicopatía

     Sadismo (tendencia a infligir dolor a los demás mediante cualquier tipo de agresión, y obtención en ello de placer y sensación de dominio).

     Interés social y material (búsqueda constante de ganancias, ya sean refuerzos sociales, objetos materiales, reconocimiento o éxito, y deseo de promover y resaltar el propio estado social y financiero).

     Malevolencia o rencor (preferencia por hacer el mal, ya sea mediante la agresión, el abuso, el robo o la humillación, y disposición para causar daño o destruir a otros, incluso si uno mismo se daña en el proceso).

La ponerología de Lobaczewski se pregunta cómo es posible que personas con trastornos psicológicos escalen tan fácilmente y tan rápidamente en las jerarquías de poder y acaben haciéndose cargo de los gobiernos mientras personas normales y competentes no logran jamás tener éxito. La catedrática de comunicación M. Martín Llaguno resume el proceso así: “los psicópatas se infiltran con facilidad en el interior de los grupos, especialmente en contextos de falta de valores y con debilidades de razonamiento o pensamiento crítico. Una vez dentro, se van rodeando de un círculo “ponerológico” (individuos con patologías de carácter innatas o adquiridas por emulación). Este grupo suprime el individualismo, la tolerancia hacia el diferente y se caracteriza por el desprecio a quienes dicen representar [...] A partir del control de los medios de comunicación, el adoctrinamiento, el uso del doble discurso y la propaganda, lo que parecía “desviado” o “aberrante” acaba por asumirse como “normal””. En esta situación, la sociedad se bloquea cada vez más, sobre todo la sociedad con sentido común, que no entienden el funcionamiento de unas instituciones disfuncionales y corruptas, ni a los funcionarios que trabajan en ellas. Cierto es que suelen ser etapas y que nada es eterno, pero visto lo visto lo mejor que le puede pasar a un país es tener a un gobernante menos malo que el anterior. Las críticas sociales pueden llevar al gobernante de turno a querer mejorar para no perder su poderoso privilegio.

 

Parte V. Si la incompetencia es indeseable, ¿por qué se mantiene? Cuatro hipótesis.

Hipótesis 1. Persuasión

Dado que se da por hecho de que un político honesto necesita razones y argumentos lógicos para convencer a la sociedad (algo costoso), el incompetente sólo tiene que mentir. Así, bajar los impuestos supondría al honesto horas de estudio y un discurso entendible para la mayoría de cómo se supone que bajará los impuestos, cómo afectará esto a la economía del país, a quién se le va a recortar el presupuesto y por qué, etc. El político “normal” se ahorra todas las de estudio y el largo discurso prometiendo (aquí está la mentira) bajar los impuestos para conseguir el poder mediante los votos de los crédulos, y después ya se inventará alguna excusa para no cumplir (la excusa de Rajoy en 2011 fue que Zapatero había dejado muy poco dinero en las arcas. algo que se supone que ya debería saber, ya que había sido ministro de Aznar y jefe de la oposición), ya que el cerebro humano asimila mejor los atajos que las largas caminatas. Por esto, el coste de persuasión del honrado es infinitamente superior al del mentiroso. El honrado muestra con sus actos sus palabras, el mentiroso convence (manipula) con sus palabras sin tener que demostrar nada. “La psicología que acompaña a la manipulación es muy variada, y hay que subrayar que su eficacia radica en la dificultad de los ciudadanos para detectarla” (porque el mentiroso desculturiza al pueblo con pan y circo y el pueblo haciendo cola para comprar las entradas).

 

Hipótesis 2. Inmoralidad

Se justifica la inmoralidad si a cambio se obtiene algún tipo de ventaja. Órdenes impopulares o no morales (como por ejemplo el encarcelamiento de los terroristas sin ser juzgados) pueden excusarse por el tiempo que puede pasar en la calle mientras llega el juicio (prisión preventiva). “En nuestro país, el Informe sobre la democracia en España (2012) de la Fundación Alternativas reflejaba que los ciudadanos premian a los políticos que se corrompen, si de alguna manera perciben que esa ilegalidad favorece al conjunto de la comunidad”. Es decir, derrochar dinero público en beneficio de la comunidad es perdonable, en beneficio propio no. Un ejemplo de ello fue Jesús Gil, que fue “acusado, condenado y encarcelado al menos cinco veces en doce años, en los cuales obtuvo tres veces mayoría absoluta en al Ayuntamiento de Marbella debido a que siempre fue considerado eficaz para hacer de Marbella uno de los municipios más ricos, famosos y prestigiosos de España”. Otra justificación para votar a políticos corruptos es el desconocimiento o la incredulidad sobre aquello de lo que se le acusa (o la fatal frase de “todos lo hacen” a lo que añado yo que lo hacen porque les dejamos). Inmoralidad vs eficacia, ese es el dilema.

 

Hipótesis 3. Sumisión

Aquí entra la frase, mal de muchos consuelo de tontos. “Le Bon, uno de los sociólogos pioneros, concluyó que en situaciones de crisis colectiva los individuos diluyen en la masa sus sentimientos de frustración, comportándose de forma totalmente diferente a como lo harían de forma individual”. Ejemplo de esto es el contagio de aplaudir (no vaya a ser que todo el mundo me señale por no hacerlo). Ser el único que alza la voz le convierte a uno en el foco de las represalias, y el ser humano desea vivir tranquilo, ser uno más de su grupo y dejarse de historias (lo que se llama tener “consciencia colectiva”). Freud dijo que la sumisión a un líder se “debe a la necesidad de desarrollar nuestro “yo ideal”, personalizado en liderazgos fuertes”. La debilidad mental en momentos de crisis origina que proyectemos nuestro “yo ideal” en la figura de nuestro líder y perdonarle así cualquier mal acto, creando (sin saberlo) un dictador. Los experimentos de obediencia ciega a la autoridad demostraron que renunciamos a nuestra identidad individual si consideramos a nuestro superior más capaz que nosotros. “En 1921, el psicólogo Moore ya advertía que la obediencia es la conducta más reforzada desde la infancia, y la desobediencia es la más castigada”. Igualmente, los experimentos de conformidad del grupo también demostraron que asumimos las decisiones del grupo en el que estamos (aunque estemos en desacuerdo) para seguir perteneciendo a él. Es decir, reconocer que el partido político al que votamos es corrupto crea en nosotros disonancia cognitiva y siendo coherentes con nuestros valores deberíamos dejar de votarles. Pero dejar de votar al partido que hemos votado siempre significa dejar de ser de izquierdas, derechas, ecologista, etc, y por tanto significa vivir sin grupo, algo a lo que el ser humano primitivo no está preparado. Para sentirnos realizados necesitamos pertenecer a un grupo (ya sea ideológico, deportivo o político). Ser obediente como individuo y como parte del grupo es ser una buena persona (y nadie quiere ser la oveja negra, el paria, el solitario). Pero hay una esperanza, que el grupo tenga tanta hambre que se rebele.

 

Hipótesis 4. Obediencia intragrupal

Estar afiliado a un partido político significa acatar las órdenes del presidente del partido. Además de lo dicho anteriormente sobre la pertenencia al grupo, ser fiel al mandamás puede significar que en un futuro podamos ser nosotros los que obtengamos poder y nos enriquezcamos con la corrupción. Llevarle la contraria puede significar que nos aseguremos seguir siendo pobres, y la esperanza es lo último que se pierde. Pero hay que tener claro a qué líder seguir, y eso lo dice la mayoría. Si la mayoría va vestida de rojo, pues seguiremos al líder rojo. Cuando el líder rojo pierda adeptos y éstos se pasen al líder azul, nosotros con el azul. Eso o nos hundiremos con el de rojo. La mayoría siempre lleva la razón, aunque no la tenga. Esto mismo le pasó a Kennedy en la operación de Bahía Cochinos. Todos los asesores y gente próxima al presidente, incluido él mismo, pensaban que invadir Cuba sería fácil. Ninguno se opuso a la idea general. El problema vino cuando su exceso de confianza y superioridad militar evitó que estudiaran el terreno y planificarse mejor el desembarco, convirtiendo a Fidel Castro en un héroe Salvador de la patria y posteriormente en un dictador. Pero a ver quién era el guapo que delante de asesores, militares y políticos decía que podían perder si iban a ciegas. “Estas decisiones suelen ser más extremas cuando se intenta a toda costa mantener la unanimidad, cuando existe liderazgo muy autoritario, una amenaza externa o una situación de baja autoestima colectiva debida, por ejemplo, a fracasos anteriores”. Esto mismo le está pasando al PSOE de Pedro Sánchez, cuyo extremismo y cohesión grupal aumenta a medida que aumentan los casos de corrupción que les incriminan. “Otros efectos colaterales son la creencia incuestionable de la moralidad del grupo, una visión estereotipada del oponente, presión para la conformidad, autocensura de los desacuerdos individuales, ilusión de unanimidad y autopercepción de invulnerabilidad”.

 “Estas teorías anteriores explican a la perfección que ciertos superliderazgos, aunque sean destructivos, se mantengan e incluso consigan consensuar una opinión favorable a sus acciones, y han dado lugar a otras que también usan los políticos para conseguir sus objetivos, bien aprovechándose de la naturalidad de estos efectos, o bien manipulándolos a su antojo”. “Otra de las grandes teorías de amplísima influencia en los partidos políticos y que explican los cambios de opinión o actitud de las personas dentro de ellos es la de Identidad Social (Tajfel, 1971). La teoría defiende que la intensidad en la pertenencia a un grupo aumenta cuando este adquiere identidad (líderes, señales, objetivos, slogans, etc.), y que esta aumenta en el momento en que se percibe una amenaza, normalmente de otro grupo”. Y para cohesión ar al grupo, nada mejor que una guerra. Ya lo dijo Reagan, el planeta se unirá cuando la amenaza venga del espacio. El problema está en quién dirigirá al planeta ante catastrófica amenaza.

 

 

 

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