Sería ventajoso que los
gobernantes se escogieran en cada caso teniendo en cuenta su vida y su
conducta. Aristóteles
Este es un resumen del libro Psicología de la incompetencia política, de Gonzalo Adán Micó. Un libro muy interesante y con muchos ejemplos, que por no extenderme no he puesto en este artículo. El entrecomillado es texto literal extraído del libro. Merece la pena leerlo entero.
Parte I.
El enorme problema de la
incompetencia política: contexto e hipótesis general
Afortunadamente, la incompetencia política puede medirse por indicadores como el malestar del pueblo, el rechazo a algún político, el desprestigio o el número de votos conseguidos en las últimas elecciones, además de las imputaciones judiciales por corrupción o malversación de fondos. Una evidencia de la ineficacia política proviene de la mala percepción que tenemos los españoles sobre el sistema institucional. Según datos del CIS de marzo de 2024, el mal comportamiento de los políticos es el tercer problema que preocupa a los españoles, tras la crisis económica y el paro (solución que depende de los políticos). El cuarto problema es el Gobierno y el sexto la corrupción. Para que se hagan una idea, en marzo de 2024, antes de que se destapara el caso de la mujer del presidente Sánchez, el 46% de los encuestados no tenía ninguna confianza en Sánchez, y el 23, 5 poca confianza. Es decir, 7 de cada 10 españoles no confiaban en su presidente. Pocas veces se oyen los calificativos de competente, brillante, hábil o eficaz para calificar a un político (pocas veces dice el calvorota, dime una) y, sin embargo, abundan sin recato alguno otros como ineficaz, inútil, inepto, parásito, vago, sinvergüenza, inmoral, aprovechado, estúpido, antipático, mentiroso, insolvente, cuando no corrupto o ladrón, Iñaki Etxarri reprodujo hasta 100 adjetivos con que los españoles suelen calificar a los políticos usando la lengua castellana11, como abrazafarolas, brasas, calamidad, chupóptero o soplagaitas (a mí me gustan bebecharcos, metesillas y culiparlante). Es más, los políticos también se insultan unos a otros con mucho cariño. Boris Johnson llamó pajero follacabras al presidente turco Erdogan (¿el mismo Boris Johnson que organizaba juergas en plena pandemia?), o elfo doméstico a Merkel. Hagamos una prueba para ver qué opinan ustedes de los políticos. Yo diré una palabra y ustedes deben decir el primer adjetivo que les venga a la cabeza.
Empecemos:
● Mar
● Sol
● Dinero
● Políticos
● Sánchez
Hoy en día ya no hay reparo en
reconocer que muchos de nuestros dirigentes sufren, o han sufrido, trastornos
psicológicos severos, tal y como defienden por ejemplo el neurólogo David Owen
bajo el llamado “síndrome de Hybris” (persona que sistemáticamente transgrede
las normas generales admitida por la comunidad) , o el psiquiatra y sociólogo
Andrzej Lobaczewski bajo el llamado “modelo patocrático” (en el que se estudia
cómo los psicópatas influyen en el avance de la injusticia social y
consiguiendo acceder al poder). La hipótesis principal de Adán es que (cito
textualmente) “existen personas con ciertos tipos de personalidad, a veces
clínica, de fuerte componente neuropsicológico, que encuentran en la política
un sistema de refuerzos y recompensas muy potente, relacionados con el uso del
poder y los privilegios que ello comporta (relaciones, contactos, afiliación,
dinero, fama, influencia, red de favores, puertas giratorias, placeres
materiales...), que les hacen quedar atrapados como si de una droga se tratara”
(es decir, humanos con muchas carencias: como afecto, cariño paternal, amistad,
seguridad en sí mismos, moral, educación, etc, …,que de no ser políticos habrían
sido yonkis, atracadores o periodistas de la prensa rosa).
Parte II. Breve crónica de la
incompetencia a lo largo de la historia
Pero la inmoralidad, inutilidad,
ignorancia, crueldad, negligencia, abuso de poder, despotismo, injusticia,
corrupción, mentira o el chantaje político, tienen miles de años de vigencia y
apenas ha evolucionado, con consecuencias desastrosas en todas las épocas y en
todos los países y culturas. En las sociedades tribales antiguas, un error del
jefe de la tribu lo condenaba como poco al exilio. Como dice Marvin Harris, en
su escrito sobre la antropología del poder, el líder “debía demostrar justicia,
equidad, sabiduría, experiencia, resistencia física y habilidades de consenso,
manteniendo altos niveles de igualdad, reciprocidad, seguridad, estabilidad y
resolución rápida de conflictos” (Adán, 2023). Los numerosos peligros a los que
se enfrentaban las pequeñas sociedades cazadoras-recolectoras les obligaba a
deshacerse de un jefe incompetente (si no moría antes cazando o batallando). La
primera prueba de incompetencia la hallamos ya en los primeros cargos
vitalicios heredados, hace 7000 años, en las primeras ciudades-estado,
creándose así el nepotismo (uso de un cargo para asignar empleos determinados u
otros tipos de favores a familiares o amigos independientemente del mérito, que
suele ser poco o nulo). Por ejemplo “Los reyes asirios, por ejemplo, que acumularon
más poder que los acadios, sumerios y babilonios, hicieron uso de una crueldad
sin límites, dejando relatos de guerra repletos de destrucciones de ciudades,
matanzas masivas, violaciones y mutilaciones gratuitas. Estaban convencidos —o
eso hacían creer— de que su misión era someter al mundo a su dios, Assur, y de
que para ello había que aplicar crueles castigos a los derrotados”. Esta
crueldad provocó que algunos reyes promulgaran códigos éticos de conducta para
sus pueblos y duras penas por su incumplimiento. El más conocido y antiguo es
el código de Hamurabi, “que se propuso defender ciertos derechos ciudadanos
ante las incompetencias y corruptelas de las autoridades de entonces
(sacerdotes, funcionarios, administradores, médicos, arquitectos y jueces),
pues eran los encargados de préstamos, salarios, deudas, herencias, alquileres,
divorcios, compras o ventas, y por lo tanto tentados a la mentira, la
extorsión, el soborno, el chantaje, el abuso y la injusticia”. Ya en el antiguo
Egipto se escribe sobre actos corruptos, como el del funcionario Pese, a las
órdenes del faraón Ramsés IX, que denunció en un documento los negocios sucios
de otro funcionario que se había asociado con una banda de profanadores de
tumbas. (Y a partir de ahí ya todo fue cuesta abajo y sin frenos). El antiguo
testamento, el nuevo, los griegos, los romanos, el catolicismo, las monarquías
europeas… Todos intentaron acabar con los delincuentes poderosos con distintas
leyes, (y todos fracasaron). También la llegada de la democracia griega intentó
acabar con la tiranía y el absolutismo. Para ello dejaron que fuera el pueblo
el que eligiera a sus gobernantes (pero como los ciudadanos eran, y son, más
tontos que sus líderes políticos, la democracia no sirvió de mucho). Hecha la
ley, hecha la trampa. Apareció también la compra de votos (que ha llegado hasta
la Ceuta de nuestros días). También en la antigua Grecia se creó el sofismo.
Los sofistas enseñaban oratoria a aquellos que podían presentarse a cargos
públicos (vamos, que enseñaron a futuros políticos a mentir para convencer).
Incluso los había, como Demóstenes, que compraba su silencio a aquellos a los
que insultaba. Tanto Sócrates como Platón lucharon contra las enseñanzas de los
sofistas, declarándolos demagogos, ya que sólo enseñaban a los políticos a
decir lo que el pueblo quería escuchar. “El buen político, para Platón, debía
poseer competencias especiales, y demostrar superioridad moral y ética,
mientras que dar el gobierno al pueblo era garantía de incompetencia porque no
está en disposición de hacer prevalecer la parte racional del alma sobre la
irracional, poniendo como ejemplo a Cimón, Milcíades, Temístocles, incluso a
Pericles”. Aristóteles (discípulo de Platón) defendió la eficacia de la
política reduciendo el tamaño de las ciudades-Estado, ya que, a mayor tamaño,
mayor corrupción e ineptitud. Ya Aristóteles advertía del riesgo de dejar que
personas sin ética gobernasen, porque “movidos por las pasiones más bajas (...)
e incitados por el placer, y al no ser capaces de dominar sus impulsos los gobernantes,
obran mal”. Para Aristóteles, un buen político debe ser cordial, amistoso,
autoritario, capaz, comprometido, fuerte, generoso, honrado, humilde, justo,
leal, magnánimo, moderado, paciente, prudente, respetuoso, sabio, sincero,
sobrio, templado, valeroso y franco. Y aquellos políticos que practicasen la
ambición, la arrogancia, la ira, la adulación, la indiferencia, la cobardía, la
envidia, la malevolencia, la vulgaridad, el desenfreno, la insensibilidad, la
jactancia, la pereza, y sobre todo, la mentira, la injusticia y el
enriquecimiento impropio, debían ser despreciado. Y todo esto se conseguía con
la educación (una educación que hace ya años que los padres no dan a sus hijos,
futuros políticos, delincuentes o ambas cosas). “En términos teóricos, se
asumía que los políticos que accedían a sus cargos sin la mínima sabiduría no
tenían frenos sobre sus actos y pasiones, y quedaban abocados a los excesos, la
mejor garantía de la corrupción y la incompetencia”. El castigo más usado para
los malos políticos era el ostracismo (destierro político, imposibilidad tener
cargo público alguno y votado en Asamblea a mano alzada conociendo los hechos,
pero no el infractor), aunque algunos políticos fueron condenados a muerte.
El Imperio Romano tampoco se
salvó de la “ineptitud, inmoralidad, crueldad y corrupción” de senadores y
posteriormente emperadores. El problema fue que los cargos políticos eran
vitalicios y eran escogidos “mediante presiones, nepotismos, asesinatos y endogamias”,
provocando que los corruptos lo fuesen de por vida. Sobornos, chantajes y
mentiras reinaron entre los romanos durante siglos, siendo la aristocracia (los
que tenían dinero) los únicos beneficiados. Aún y así, el político Romano sabía
que “la clemencia, agradecimiento, generosidad, autoridad moral, indulgencia,
sobriedad, moderación, sencillez, honestidad, honra, honor, reputación o
contención” eran valores que debían simular tener para ser apoyados por el
pueblo. La hipocresía fue heredada de los griegos. El censor Catón escribió:
“Los ladrones de robos privados pasan la vida en la cárcel y con cadenas; los
ladrones de lo público, entre el oro y la púrpura”. Para intentar remediar esto
se decretó la lex Calpurnia, que castigaba el homicidio, el envenenamiento, el
abuso de poder, la malversación o la traición, con sanciones que llegaban a la
pena de muerte (pena que tardó en aplicarse 25 años). Solo 5 emperadores de 86 que tuvo el Imperio
durante su existencia se salvaron del escarnio público: Nerva, Trajano,
Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio. Del resto, 35 fueron asesinados, “y al
menos 5 no llegaron a serlo porque terminaron en suicidio, cayendo en manos de
sus propios soldados unos, del Senado otros, y de conspiraciones el resto, por
indeseables, ineptos, crueles, déspotas, corruptos, o directamente
trastornados”. Pero a pesar de las numerosas leyes romanas promulgadas para
evitar la corrupción, ésta no desapareció. Calígula le dijo una vez a su
abuela: “Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas” (esa es
una de las razones que mantengo para conocer los motivos para hacer lo que
hacen, porque pueden). El tribuno Casio Quera, harto de las burlas de Calígula
sobre su voz afeminada, se puso al frente de una conspiración que en enero del
año 41 le dio muerte a él, a su mujer y a su hija. Las relaciones incestuosas
se cree también que era causa de la enfermedad de estos tiranos (como sucedió
con la monarquía europea medieval y moderna, e incluso actual). Nerón, además
de quemar Roma, asesinar a San Pedro y San Pablo, también es conocido por las
orgías sexuales con niños, que eran atados a postes para ser abusados, vestidos
de animal. Nerón llegó a casarse con un niño esclavo, castrándolo, solo porque
se parecía a su segunda mujer, a la que había asesinado en un ataque de ira con
una patada cuando estaba embarazada. También había asesinado a su primera mujer
al no poder tener descendencia. Nerón murió suicidado a manos de su secretario.
Según Suetonio, su última frase fue: “Que artista muere conmigo”. El azote de
la corrupción romana, Cicerón, dijo: “No hay vicio más repugnante que la
avaricia, sobre todo en la gente principal y en los que gobiernan la República.
Desempeñar un cargo público para enriquecerse no es solamente vergonzoso, sino
también impío contra la patria”. Salustio escribió: “Primero fue en aumento la
pasión por el dinero, después por el poder: ambas origen de casi todos los
males”. “Pero para aquellos que acumularon suficientes desvergüenzas, Julio
César instauró un mecanismo deliberativo denominado Damnatio Memoriae al que
eran sometidos los gobernantes manifiestamente impopulares, ineptos, o lesivos
para los intereses de Roma, mediante la desaparición de sus imágenes, el
borrado de su nombre, la destrucción de sus obras públicas, el arresto o
incluso la muerte de sus familiares y partidarios”. Por ello, el asesinato del
impopular emperador Galba fue reconocido por hasta 120 legionarios para ver si
recibían recompensa alguna. “Que no hubiera conocimientos suficientes para
matizar la enfermedad mental no significa que no existieran sospechas o
intuiciones”. Suetonio y Séneca mencionan de Calígula ataques de epilepsia,
pesadillas e insomnio, y Filón de Alejandría dijo de él que sufrió una grave
enfermedad nerviosa al poco de ser proclamado emperador por los numerosos
vicios y excesos que destruía su alma, cuerpo y “su mutua cohesión”. Ya Areteo
de Capadocia (S.II d.C.), en su obra De causis et signis morborum menciona que
había personas que podían sufrir enfermedades mentales que causaba
irritabilidad, violencia, depresión o estupidez. Pero a pesar de los numerosos
ejemplos, y el estudio de algunos pocos, el trastorno psicológico, la
desviación del comportamiento o la propia enfermedad mental continuó siendo
durante muchos siglos un tema tabú.
También en Oriente se vislumbró
la enfermedad mental de emperadores. Yang Guang, el general An Lushan o el
archivo óxido Gengis Kan fueron supuestamente víctimas de enfermedades mentales
(o eso parece, por sus actos). 40 millones de personas (el 11% de la población
mundial por aquel entonces) murieron bajo su mandato y por su harén de 1000
mujeres se dice que hoy en día una de cada 200 personas en todo el mundo tiene
sus genes.
Con la legalización del
Cristianismo no cambió gran cosa. Dinero, soborno, chantaje, intrigas y
asesinatos seguirían siendo la tónica entre los políticos, a los que se les
uniría ahora muchos religiosos, “inaugurando un continuo contagio y tolerancia
bidireccional con las élites políticas que hicieron aumentar la doble moral, la
ineptitud, la ineficacia y la corrupción”. Una de las prácticas más habituales
fueron la compra-venta de cargos religiosos y la simonía, consistente en la
compra del perdón divino. Los Papas tampoco se libraron de la corrupción
eclesiástica, siendo numerosos los ejemplos que no citaremos ahora por no hacer
interminable este artículo. “Personas con una obsesión por las riquezas y
privilegios, junto a impulsos sexuales casi enfermizos, habían encontrado en la
jerarquía eclesiástica un nuevo campo de juego”. También la endogamia tuvo aquí
su parte de culpa, ya que fueron numerosos los hijos que eclesiásticos tuvieron
con hermanas, primas y demás familiares. Pero los endogámicos por naturaleza
fue la realeza, cuyos defectos genéticos sufrieron sus súbditos europeos. La
obsesión por mantener pura la sangre real causó a los integrantes de las
distintas casas reales muchas mutaciones genéticas, y no precisamente
beneficiosas. Carlos VI de Francia pasó sus últimos años como rey vagando “por
sus palacios aullando como un lobo, hasta que olvidó que era rey, creyendo en
su delirio estar hecho de cristal, y negándose a ser tocado por si se rompía”.
A pesar del resurgimiento
filosófico en la Edad Moderna, la ética y la decencia política y religiosa
brilló por su ausencia. La aparición del protestantismo hizo que la Iglesia reconociese
los excesos cometidos por sus integrantes en la llamada contrarreforma a
mediados del siglo XVI. “En el Concilio de Trento (1545-1563), entre otras
muchísimas cosas, se acordó nombrar cardenales y obispos de gran integridad
moral, la creación de seminarios, el fortalecimiento de una jerarquía de
supervisión de la ortodoxia, la revitalización de la meditación y la oración
como mecanismos de “controlar las pasiones”, mayores ayudas a necesitados, y
castigos a los que incumplieran la doctrina cristiana”. Todo ello cayó en saco
roto. En esa misma época, Maquiavelo escribió El Príncipe, publicado 5 años
después de su muerte y prohibido por la Iglesia tras su publicación. El
Príncipe explica “esencialmente que para imponerse en política se requería una
conducta que muchas veces iría contra la fe, la moral y la religión, y que
implicaba una retórica de disimulo y engaño”. Maquiavelo justifica en su libro
la inmoralidad política con numerosos ejemplos de gobernantes cuyo único deseo
era mantenerse en el poder. “Por cierto, la famosa frase “El fin justifica los
medios” en realidad no es de Maquiavelo, sino que proviene de una anotación que
hizo Napoleón en su ejemplar de El príncipe”. De la resignación maquiavélica se
pasó a la filosofía crítica del ser humano. En 1572, el filósofo francés
Étienne de la Boétie, escribió: “El pueblo sufre el saqueo, el desenfreno, la
crueldad no de un Hércules o de un Sansón, sino de un hombrecito. A menudo este
mismo hombrecito es el más cobarde de la nación, desconoce el ardor de la
batalla, vacila ante la arena del torneo y carece de energía para dirigir a los
hombres mediante la fuerza”. Un siglo más tarde, Luis XIV escribiría: “Hijo
mío, no os engañéis jamás en esto: los hombres no son ángeles sino criaturas a
quienes el poder excesivo termina casi siempre por darles alguna tentación de
usarlo”. Los filósofos de la época como Hobbes, Locke o Rosseau concluyeron que
el poder debía recaer en la colectividad y el absolutismo debía utilizarse sólo
en épocas conflictivas. Pero los reyes seguían haciendo de las suyas. Un
ejemplo de ello fue el primer Zar de Rusia, Iván IV, apodado “el terrible”. A
raíz de la muerte de una de sus siete esposas, “asesinó sin piedad a amigos y
enemigos hasta el punto de matar a su hijo predilecto con un bastón, en medio
de uno de sus habituales arrebatos de ira. Cuando la situación se volvió
insostenible, se convocó una reunión de nobles que le instó a cambiar su
actitud, y tras prometerles que abdicaría, una serie de engaños en cadena
hicieron que se asentara aún más en el gobierno y que los nobles acabaran
pidiéndole perdón. En su espiral de bestialismo mató a los arquitectos de San
Basilio para que no construyeran nada más bello. Violó sin control y arrasó la
ciudad de Nóvgorod, creyendo que se iba a sublevar contra él, torturando,
decapitando y empalando a muchos de los habitantes. Tras cincuenta años de
desastroso e inhumano reinado, murió a consecuencia una sífilis”.
La Revolución francesa y su
esperanzador lema abrió lo que conocemos como Edad Contemporánea, que abarca
los siglos XIX, XX y lo que llevamos del XXI. Estos siglos están caracterizados
por la creación de Estados Unidos y su posterior influencia mundial. A pesar de
ser un país corrupto y elitista, hay que reconocer que sus mandatarios no han
sido tan crueles como la monarquía europea, pero han tenido lo suyo. Andrew
Johnson fue conocido por su racismo y negligencia; James Buchanan fue acusado
de falta de valor y determinación para evitar que el estado de Carolina del Sur
declarara su separación de la Unión; John Tyler fue criticado de antipatriota
por defender solo los intereses del sur del país. Nada parecido al absolutismo
europeo, es cierto. Y eso es porque en dicho país, la separación de poderes
funciona. “El régimen de partidos americanos y los mecanismos públicos de
selección de candidaturas aseguraron desde el principio una selección negativa
previa que en el resto del mundo ni podían soñar”. A pesar de seguir el ejemplo
democrático estadounidense en la elección de gobernantes europeos, la vieja
Europa sigue siendo despiadada con su pueblo. Ya lo dijo el obispo de Londres,
Lord Acton, en 1887: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe
absolutamente”. Las dos Guerras mundiales y las distintas guerras civiles que
aún hoy día se suceden en el viejo continente nos demuestran que en nuestros
gobernantes la experiencia no da, sino que quita grados. A partir de la
Ilustración, los trastornos mentales se habían hecho más populares desde el
punto de vista científico, y aunque muchos de ellos eran inevitables por el
azar de que tocaran a unos gobernantes y no a otros, había enfermedades
hereditarias que comenzaban a ser más y mejor conocidas. Por ello, a partir de
ese momento, médicos especializados empezaron a tratar enfermedades mentales a
gobernantes. “Uno de los primeros psiquiatras que se pudieron llamar como tal,
Francis Willis, trató al rey inglés Jorge III por porfiria, una dolencia hereditaria
que degeneró en completa irracionalidad”. No es difícil imaginar el trastorno
de personalidad de figuras tan relevantes como Hitler y Stalin. Seguro que algunos
de ustedes han conocido por algún amigo o familiar o vivido en sus propias
carnes el terror que siente un niño cuando debe decirle a un padre o madre
autoritario que se le ha caído el vaso de leche. Por supuesto que, si puede
mentir para ahorrarse la enorme bronca de su psicópata progenitor por el
inocente acto, lo hará. Y nosotros pensaremos que ese progenitor no está bien
de la cabeza, ¿verdad? Pues imaginen que ese progenitor gobierna un país. Pues
Hitler perdió la guerra porque sus temerosos generales le mentían sobre los
retrocesos en el frente. Y lo que no se sabe no se puede solucionar. La
irracional ira de sujetos como Hitler o Stalin ha sido su perdición, y la de
los que les rodean. Después se analizará más profundamente a estos sujetos,
pero en mi humilde opinión está claro que en la mala política hay un problema
de inseguridad y sentimiento de inferioridad. Se sabe que Hitler consumía
cocaína y que según médicos rusos sólo tenía un testículo. “Su doctor, Theodor
Morell, fue el primero que le diagnosticó episodios de angustia y fuerte
depresión, y parece ser que le inyectaba a diario un compuesto de su invención
formado por cafeína, estricnina, glucosa, morfina, vitaminas y fermentos
lácteos”. Por no mencionar sus traumas infantiles provocados por su abuelo. El
psiquiatra americano Walter Langer le describió en 1943 como “...una persona
narcisista y sádica que tiende a hablar en largos monólogos más que a mantener
conversaciones y que tiene dificultades para establecer relaciones cercanas con
otros (...) un psicópata neurótico con la terrible necesidad de expresar su
masculinidad a la madre y que como punto final de su conflicto acabará por
suicidarse”, lo que finalmente hizo. “Años después, los psicólogos de la CIA
actualizaban el perfil: “histeria, paranoia, esquizofrenia, tendencias
edípicas, autodegradación y sifilofobia, un miedo a la contaminación de la
sangre”. Stalin no se queda atrás. Su trauma infantil fue la muerte de su
hermano Sasha en la horca por intentar asesinar al zar Alejandro III, un suceso
que obligó a la familia a huir en busca de anonimato. La falta de escrúpulos le
hizo “trepar con rapidez hasta el cargo de secretario general del Partido
Comunista, desde donde usurpó el poder a Lenin mientras estaba en coma bajo
secreto de Estado”. Fanático marxista, odiaba todo lo que se etiquetara como
fascista o capitalista. Su falta de moral y ética llevó al país a una gran
hambruna (se estima que entre 6 y 8 millones de soviéticos murieron de
inanición) y a la muerte de unos 20 millones de personas bajo su mandato por
llevarle la contraria o porque él así lo creía. Los psicólogos que han
estudiado a Stalin coinciden en que sufría un trastorno paranoide, con
constantes ideas de persecución y obsesión por eliminar a sus adversario. Como
ejemplo podemos decir que hizo fusilar a uno de sus guardias personales al
enterarse de que éste había arreglado sus botas para que no le crujieran al
andar. “¿Cómo enterarme de si se me acerca por detrás para matarme?”, se excusó
el dictador por tan absurda decisión. Pero lo peor de todos estos ejemplos es
que hoy día los que gobiernan son igual o peor que hace miles de años (peor
diría yo, ya que no sólo son malos, sino también cínicos). Putin, Kim Jong Un,
los involucrados en el caso Epstein, las farmacéuticas, etc… Siglos de
historia, ¿para qué?
Nuestro país, España, también ha
tenido sus locos y seguidores de locos. Isabelistas, carlistas, felipistas,
comunistas, franquistas, aznaristas, sanchistas, etc. Todos ellos y muchos más
han dado y dan alas a gobernantes histriónicos, traumatizados desde la
infancia, inseguros, narcisistas y con aires de grandeza. E incluso
institucionalizaron barbaridades como el derecho de “adscripción” (el campesino
no podía abandonar la tierra de su señor), la “mañería” (que permitía al señor
apropiarse de parte de los bienes de un siervo que hubiese muerto sin
descendencia), el “privilegio de corral” (que le permitía al señor llevarse
poco menos que lo que quisiera, sin permiso previo), la “cugucia” (el señor se
quedaba con la dote de una mujer cuando esta fuera acusada de adulterio), o los
más conocidos, como el “derecho de pernada” (por el que el señor podía abusar
sexualmente de las doncellas de su feudo el día de su boda) o las “malfetrías”
(que extendía el abuso sexual a cualquier sierva, a capricho). Cierto es que
ahora estos derechos no existen, pero existen otros como el indulto, la
amnistía o estar aforado, que otorgan a los políticos si cabe mayor libertad de
movimiento que antiguamente. Esto y que la cobardía impide revueltas del pueblo
(algo tan español como la tortilla de patata) que pongan a algunos en el lugar
que se merecen. Hoy día se echa en falta rebelión es como las de Bagaudas, los
sucesos de Castilblanco, el conflicto de As En obras, la Sublevación de Loja,
el motín del hambre de Córdoba, la rebelión campesina extremeña, el 2 de Mayo
madrileño, los sucesos de Jerez, etc, etc. (qué tiempos aquellos). Pues sí,
nuestros antepasados tenían poco que perder y mucho a ganar en su rebeldía (lo
contrario de hoy día, o eso nos han hecho creer los que mandan). Como también
nos han hecho creer que la II República fue la mejor época para los españoles.
Pero lo que no dicen es que los republicanos se autoproclamaron ganadores en
las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 sin llegar a contar todos
los votos (hoy día eso sería un golpe de Estado en toda regla). “El movimiento
revolucionario hizo creer que la República había ganado y en pocas horas se
presionó al rey para que partiera al exilio mucho antes de que se conociera el
escrutinio definitivo”. (Y aun así, ser republicano hoy día se lleva con
orgullo). Los indigno vencedores no se portaron del todo bien e incendiaron
cientos de Iglesias y allí donde habían ganado los monárquicos les impidieron
tomar posesión del cargo (hoy día estas prácticas serían propias de fascistas).
Parte III. La incompetencia
cotidiana en la España actual. 18 formas de llevarla a cabo.
Alexis de Tocqueville sostenía en
1835 que “en los gobiernos aristocráticos, los hombres que acceden a los
asuntos públicos son ricos y solo anhelan el poder; mientras que en las
democracias los hombres de Estado son pobres y tienen que hacer su fortuna”. ( Y
no le falta razón). “El origen de la inoperancia en muchos políticos actuales
hay que buscarlo en el propio sistema de partidos, y si nos retrotraemos en el
tiempo, en la autoselección de los mismos a través del amaño de elecciones”. Un
ejemplo de ello son las 59 elecciones que hubo en España entre 1810 y 1931 y
que salvo una, todas fueron ganadas por el partido que las convocó (qué
casualidad). El método más usado para amañar elecciones, sobre todo en
contextos rurales o de muy baja educación, era el siguiente: se guardaban
previamente papeletas de votación (por ejemplo, en pucheros), y se
intercambiaban a placer con las papeletas de las urnas tras las votaciones,
para obtener el recuento deseado. De ahí viene lo de pucherazo. Votos de
personas fallecidas, pagos por votar a según quién o urnas colocadas en sitios
de difícil acceso fueron (y son) otros métodos usados por nuestros honrados
políticos. Eso sí, no pasa nada cuando las trampas las hacemos nosotros, pero
pobre del que nos haga trampas, eso sí es inmoral. Un doble rasero que se
resume en la frase, haz lo que yo diga pero no lo que yo haga. Pero empecemos
por el principio, la elección de nuestros políticos. Aunque hay votaciones
internas en los partidos políticos para escoger a sus representantes, estad
tampoco están exentas de ser totalmente democráticas. Tres motivos:
● “La
parcialidad y consiguiente desacuerdo de las bases en que salga nombrado un
candidato concreto, elegido previamente por los dirigentes más estrechos del
momento”.
● “La
propia incompetencia de los encargados de la organización, insensibles a las
fracturas internas y al deterioro de la imagen del partido con tal de cumplir
las órdenes de la cúpula de turno”.
● “La
falta de normas internas, su subjetividad o la impunidad de su incumplimiento,
que surgen, desaparecen o se cambian según la necesidad de la fuerza
dominante”.
El PSOE se lleva la palma en este
asunto. “Las primeras primarias del PSOE en 1998 entre Borrell y Almunia se
saldaron con la victoria inesperada de Borrell y los problemas de una bicefalia
con el candidato a la presidencia, que seguía siendo Almunia, y que dieron
lugar a la dimisión del primero a través de juego sucio desde dentro del
partido”. Otros casos fueron los de Nicolás Redondo Terreros (hoy expulsado del
partido por ser crítico con Sánchez) y Rosa Díez en el País Vasco, el de
Fernando Morán contra Joaquín Leguina por la candidatura al Ayuntamiento de
Madrid, el del exministro Asunción, que denunció por fraude a sus compañeros
organizadores de las primarias, “ocurriendo lo mismo unos meses después en La
Rioja”, o Eliana Camps contra Celestino Corbacho, al que denunció por fraude
electoral en las primarias a las elecciones europeas de 2014. (Curioso que
aquellos que se autoproclaman los representantes de la auténtica democracia
sean más franquistas que Franco). En el Congreso llamado Vistalegre-II, la
pugna entre Errejón e Iglesias, de Podemos (ultra demócratas), se saldó con
varias denuncias sobre el recuento de votos. “Vistalegre-III fue también
llevada a tribunales por considerar que la candidatura de Pablo Iglesias
incumplía el reglamento interno del partido sobre la limitación de cargos”.
Ciudadanos también se vio envuelto en escándalos electorales internos y VOX
eliminó las primarias de los estatutos del partido. La falta de normas y la
amoralidad de los dirigentes políticos son la causa de todos los problemas
internos de los partidos políticos. (Eso y el enorme premio que se lleva el
ganador de puesto gubernamental). “Una vez elegido, el vencedor hace y deshace
sin tener que dar cuenta a nadie porque lo primero que lleva a cabo es designar
una ejecutiva de adictos, que le deben a él sus cargos, relevar a quienes no
son de toda confianza y gobernar el partido sin control interno alguno (...) si
a todo ello acumula estar en el Gobierno —con los instrumentos que este le
proporciona y los cargos que puede repartir para ganar adeptos— su poder aún es
mayor”, dice el catedrático de Derecho Constitucional Francesc de Carreras.
Y seguimos con las campañas
electorales, que inauguró el primer ministro británico Gladstone en 1876, según
Wikipedia. Y como en las campañas militares o en el amor, en política también
todo vale. En estas campañas se da la paradoja de la prohibición de publicar
encuestas de intención de voto los últimos días para no influir en los
electores, pero sí se puede mentir al prometer cosas que jamás van a cumplir.
Posiblemente sea en campaña electoral cuando los políticos mienten más. Mienten
para conseguir votos o impedir que sus contrincantes consigan votos. Un ejemplo
a favor de la captación de votos es prometer subir salarios o bajar impuestos
(y tontos de vosotros lo creéis). Un ejemplo contrario es decir que votando a
la extrema derecha el rol de la mujer volverá a tiempos de la Inquisición
(ningún hombre o mujer con dos dedos de frente creería eso, por varias razones:
● Las
mujeres también votan, incluso a la extrema derecha
● La
economía se iría a pique, ya que la venta y publicidad de la mayoría de los
productos están enfocados al sexo femenino, que es quien normalmente consume
más.
● La
sociedad se rebelaría contra quien llevase a cabo dichas medidas
● Los
políticos serán lo que serán, pero de tontos no tienen un pelo y saben que
prometer y llevar a cabo la propuesta sería cavar su propia tumba, y si algo no
quieren es dejar vivir del cuento
En el amor y en la guerra todo
vale, sobre todo mentir y atemorizar. “Un buen ejemplo de ello es el resumen
que hizo el diario The Huffingtonpost con ocasión de las elecciones de
diciembre de 2015 titulado “Las 81 veces que PP y PSOE incumplieron su programa
estando en el poder””. “Y ello lleva a la reflexión, común a otros apartados de
este ensayo, sobre el hecho de que la incompetencia política que conlleva la
mentira muchas veces es consentida por los propios ciudadanos como inevitable,
incluso calificada de inteligente por los votantes y simpatizantes del propio
político mentiroso”. Ellos mienten y nosotros somos tan tontos que les creemos,
e incluso les reímos las gracias. En España, en el corto período de 2016 a
2017, el Consejo General del Poder Judicial señaló que había 1378 casos de
corrupción con más de 500 políticos imputados. En el momento que se escribe
esto, el PSOE se enfrenta a escándalos corruptos que señalan a consejeros,
asesores, políticos, ministros e incluso a la mujer del presidente Sánchez. El
movimiento 15M surgió como protesta por la indignación del pueblo ante los
cientos de casos de corrupción política, pero pronto pudimos ver como sus
cabecillas aprovechaban el tirón para meterse en política y así poder enriquecerse
tanto o más que aquellos a los que criticaban. El poder corrompe. Y aún así los
seguimos votando. ¿Por qué?
Lo primero es mencionar el
“efecto halo”, mencionado por el psicólogo Edward L. Thorndike. Thorndike
“encontró que los jefes militares que observaban en sus soldados un buen
físico, tendían a creer que también eran inteligentes, líderes, o con
personalidad marcada y atrayente”. Pero no sólo el físico es importante para
captar nuestro voto (si fuera por esto no se explicaría como Zapatero llegó a
presidente. Otro argumento, mencionado antes, es la inducción de miedo en los
votantes. Como hizo ya Felipe González en 1996, actualmente el PSOE nos
recuerda por activa y por pasiva que votar a PP y VOX es querer que vuelva a
España la dictadura franquistas (algo que los vagos y maleantes de este país no
soportarían). “Más concretamente, el miedo a retroceder en derechos sociales
suele agitarse desde la izquierda, y el miedo a perder logros económicos,
seguridad o la unidad de la nación se agita desde la derecha”. Inducir miedo en
la población no es ético y es jugar sucio. Incluso “el derecho romano fijó en
el 79 a. C. la actio quod metus causa126,
que permitía anular contratos o actos llevados bajo la influencia del miedo”.
También el derecho penal español exime de responsabilidad a aquel “que obre
impulsado por miedo insuperable (...) real o imaginario”. Según “la teoría de
los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman en 1977, se prefiere no perder lo
que se tiene, a ganar lo que no se tiene. Más recientemente la “teoría de la
inteligencia afectiva”, de los investigadores Marcus, Nauman & Mackuen
defiende que tomamos decisiones basándonos en un doble sistema cognitivo:
● De
disposición (actuación automática en situaciones que nos resultan familiares)
● De
vigilancia (actuación que depende del sistema límbico y “que se activa cuando
nos encontramos en una situación amenazante, a la que no estamos habituados”.
El miedo corresponde a este
último estado, cuyo papel principal lo protagoniza los medios de comunicación
afines a los distintos partidos políticos. Y el miedo se acentúa en sociedades
crédulas e incultas (como la española). Los griegos llamaron a esto ad hominem, “que consiste en dar por
sentada la falsedad de una afirmación tomando como argumento quién es el emisor
de esta, desacreditándolo previamente”. Esta es actualmente la estrategia de
Pedro Sánchez para defender los actos presuntamente corruptos de su mujer
tachando de mentirosos (fango) a los medios de comunicación que investigan el
caso (como pueden ver, está todo inventado).
Otra estratagema electoral es la
manipulación de encuestas. En una investigación estadounidense, se comprobó que
votar por el candidato perdedor aumentaba los niveles de cortisol (la hormona
del estrés), en relación a los votantes que elegían al candidato
presumiblemente ganador.” El conocido efecto “band wagon” o voto de arrastre se
basa precisamente en inculcar emociones positivas, como el entusiasmo, la
ilusión y la esperanza, desde el convencimiento de que aumenta la satisfacción
al votar a un ganador, disminuyendo a la vez el estrés de votar al perdedor”.
Pero esto tampoco es nuevo. “En la retórica clásica, se llamaba argumentum ex populo a la falacia de
hacer creer que una opinión es mayoritaria para conseguir adeptos a la misma”.
Por contra, está el concepto de “influencia minoritaria” o “underdog”, que
invita a votar al perdedor por lástima (ahora entiendo lo de Zapatero), pero
este concepto es minoritario. Y hay un último tipo de votante, más racional,
que vota a partidos menores por el hecho de castigar a los partidos mayoritarios.
Y este hecho lo intentan evitar los candidatos de partidos mayoritarios
animando a los votantes a hacer uso del voto útil, como lo llaman ellos (más
bien inútil, diría yo).
Otra forma de manipulación, y
también de incompetencia, son los discursos políticos que no dicen nada (cuyo
maestro fue Hugo Chávez, que podía hablar horas y horas para no dejar nada
claro al oyente, todo un arte). Acabar con el paro puede estar bien, pero si no
dicen cómo pretenden hacerlo, no sirve de nada. A esto se le llama demagogia
(demos-pueblo, ago-dirigir). El ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels
decía sobre el que denominó “Principio de la vulgarización”: “Toda propaganda
debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a
los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha
de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es
limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”
(esa es la imagen que tienen los políticos de sus votantes). Goebbels también
fue quien dijo que decir una mentira mil veces, la convierte en verdad o “Si no
puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. Kayla N.
Jordan dice: “Los líderes políticos tienen que dirigirse a un grupo mayor de
votantes cada vez y esto no lleva a una mejora de la calidad de su
comunicación, sino a una mayor simplicidad y emocionalidad. Y esto no tiene
nada que ver con sus habilidades comunicativas, sino con su necesidad de
conseguir votos”. Inés Olza, profesora de lingüística cognitiva de la
Universidad de Navarra, concluyó en un estudio que el lenguaje de Rajoy era tan
simple que lo podía entender un niño de 12 años y el de Pedro Sánchez, uno de
13. Existe en psicología cognitiva un conocido efecto denominado
“Dunning-Kruger”, en honor a sus dos descubridores, que en 1999 demostraron la
paradoja de que la ignorancia proporciona en los sujetos más confianza que el
conocimiento. El tonto es tan tonto que se presenta como sabio porque no quiere
reconocer que es tonto. En cambio, el listo siempre reconocerá su
desconocimiento, porque sabe que la verdad absoluta (ni el conocimiento
absoluto) no existe. Y el sabio, al reconocer que no sabe nada, queda como
tonto para los tontos que se creen que lo saben todo. “La pobreza de lenguaje,
la ausencia de argumentos o la manipulación de emociones [por parte de los
políticos] no son más que formas de engañar al elector aprovechándose de su
falta de conocimientos y sentido crítico”. Un presidente de un país es
seguramente el más tonto del pueblo al que un amigo poderoso le debe un favor
(o sabe un secreto oscuro de alguien que puede darle poder). Todo político
tiene un muerto en el armario, de lo contrario serían personas honrada y éstas
no se hacen políticos. “En diciembre de 2015, Miriam Muro, en Libertad Digital,
enumeraba los calificativos que Pablo Iglesias, líder de Podemos, había enviado
a sus adversarios políticos: A Manuel Carmona, tonto y subnormal. A Mariano
Rajoy, golfo e inútil. A Esperanza Aguirre, ladrona y gentuza. Y a Artur Más,
tonto”. ¿Creen que una persona inteligente hablaría así o criticaría a sus
oponentes tan vulgarmente? (esto demuestra que los políticos están más cerca
del Sálvame Deluxe que de Redes). El error de querer mostrarse como otro
ciudadano más, como alguien “normal”, les lleva a ser tan tontos como
consideran a sus votantes (en un país de tontos, ellos no podían ser menos). Yo
pertenezco al pueblo, y como el pueblo es gilipollas, yo más (no iban a quedar
por debajo de “sus iguales”). Esto es lo que opinaba Pablo Fernández-Berrocal,
catedrático de Psicología y director del Laboratorio de las Emociones de la
Universidad de Málaga, sobre la inteligencia emocional de los candidatos a las
elecciones generales de diciembre de 2015: “El político medio español es un
analfabeto emocional que refleja narcisismo e ignorancia. Le falta percibir las
emociones del ciudadano y empatizar con él. Está tan alejado de la realidad que
el sufrimiento le es ajeno, como un entrenador que no conecta con su equipo”.
Este afán por ser un ciudadano más nos han dejado escenas tan ridículas como
verlos bailar, oírlos hablar inglés o vestir “a la moda”. “Pero si de
incompetentes es aparentar lo que no se es, mayor inutilidad es que los errores
jamás se reconozcan”. Nuestros políticos (y la mayoría de los seres humanos,
cuyo coeficiente intelectual roza el 60) ven como un síntoma de debilidad
reconocer que se han equivocado, haciendo la bola más grande obcecándose en el
iluso acierto. Los asesores políticos Euprepio Padula, Luis Arrollo y
Guitierrez-Rubí, expresan como causas del error de no reconocer que se han
equivocado al menos cinco.
● Reconocer
un error muestra debilidad, y eso no es compatible con el concepto de
liderazgo.
● Se
da a los rivales argumentos para los ataques.
● Miedo
al titular y al consiguiente enfado dentro del partido.
● La
credibilidad es tan baja, que reconocer un error tampoco es creíble.
● Y,
en quinto lugar, porque si asumes un error, hay que asumir responsabilidades, y
quedas tocado dentro del partido.
Y por si esto fuera poco, no solo
no asumen sus errores sino que los convierten en logros. Por ejemplo, ¿se han
dado cuenta que en las elecciones todos los partidos ganan? Por no hablar de
dimisión es (en España no dimite ni el que mató a Manolete). Existen dos
enfoques plausibles a esta obsesión patológica de negar el error.
● El
primero es el llamado “síndrome de hybris”, por el cual muchos líderes, de
tanto ostentar poder, se despegan de la realidad, comportándose con arrogancia,
como si fueran invulnerables, despreciando riesgos o fracasos. Vamos, que Dios
debe besarles los pies.
● El
segundo son “los llamados sesgos cognitivos, o mecanismos de defensa —que nos
hacen percibir la realidad y tomar decisiones de forma inconsciente—, que
actúan muy especialmente en políticos con estatus, influencia y poder sin tener
preparación para ello; por ejemplo, lo que se ha dado en llamar en
psicoanálisis el “mecanismo de defensa de negación” (no reconocer eventos
negativos, negando la acción previa, incluso cualquier razonamiento en contra),
o el “sesgo de atribución defensiva” (atribuir las causas de un percance a
otros, o a causas externas, de tal manera que se minimicen las probabilidades
de ser el causante o aumentando las de ser víctima)”, como por ejemplo negar la
corrupción y echar la culpa de ser un corrupto al que lo ha investigado (yo no
sería corrupto si no me hubiesen pillado, pero los que me han pillado mienten,
aunque haya fotos mías cargando sacos de dinero al entrar en la empresa de mi
cuñado).
“Junto a rasgos de carácter
seguramente altos de psicoticismo, obsesionados con el poder y el cargo, y a la
vez escasa empatía y sentido de culpa, suelen coexistir unas formas de
pensamiento rápido, intuitivo y convergente, aparentemente eficiente, pero que,
en el fondo, denota una falta de reflexibilidad, y de inteligencia emocional”.
Uno de los sesgos más comunes es el denominado “sesgo de probabilidad” o “heurística
de disponibilidad”, que consiste en sacar grandes conclusiones o tomar grandes
decisiones, en base no a un gran número de fuentes de información, sino al
suceso más sobresaliente, más cercano, más evidente, o emocionalmente más
intenso (por ejemplo reconocer el Estado palestino porque Israel intenta acabar
con los terroristas de Hamás, -los que por cierto han dado las gracias por ello
a P. Sánchez-, sin tener en cuenta que la mayoría de los grandes fondos de
inversión, bancos y multinacionales están en manos de judíos).
Existe también el concepto de
“prejuicio de retrospectiva”, que nos muestra cómo los políticos modifican
relatos pasados, en función de acontecimientos presentes, para que tengan una
relación lógica. Por ejemplo, una caída del paro es una buena noticia y por
tanto su éxito se lo atribuye a ellos por el trabajo “bien hecho” (algo que
todos sabemos que es mentira porque no influyen en el mercado laboral). En
cambio, si el paro sube, la culpa es de la oposición, de las empresas, del
capitalismo o de los delfines que nadan cerca de la costa. Este hecho puede
llevar a lo que se llama “sesgo del falso recuerdo colectivo” si se repite
muchas veces. En este caso de subida del paro lo asimilamos a la derecha
neoliberal, ya que el otro bando nos ha insistido por activa y por pasiva que
la derecha va de la mano con la patronal, bajando sueldos, eliminando derechos
laborales, etc (cuando la verdad es que históricamente el paro ha bajado con la
derecha en el poder). “Dicho en otras palabras, cuando un político inepto
piensa sobre sí mismo, atribuye su éxito a una cualidad personal interna
(inteligencia, bondad, fuerza, carácter) y sus fracasos a circunstancias
externas (mala suerte, desventaja, complots, campañas de descalificación,
manías), pero cuando piensa en otros, atribuye sus aciertos a circunstancias
externas (tuvo suerte, tuvo ventaja, los medios están a su favor) y los fallos
a debilidades internas (es malo, inútil, corrupto, etc.)”. Esta sociopatía
relacionada con lo que se llama locus externo (negar la responsabilidad propia
en fracasos) provoca que los errores se repitan una y otra vez (y la bola de
mierda aplaste el planeta). Esto suele suceder a drogadictos, ludópatas,
alcohólicos, etc., los cuales culpan de su adicción al estrés, a los problemas
personales, o a los delfines para seguir drogándose, bebiendo o jugando (como
dicen, el primer paso para curarse es reconocer la sociopatía, algo que un
político no hará jamás).
Pero el sesgo más importante en
los políticos es el de “confirmación”. Esto es “la tendencia a creerse,
favorecer, buscar, interpretar y recordar la información que confirma las
propias creencias o hipótesis, eliminando cualquier otra que las rechace”. Un
ejemplo de ello es la bochornos a actuación del actual Presidente de España al
comunicar por carta su deseo de seguir como presidente tras cinco días de
reflexión y después seguir en el cargo justificando su decisión diciendo que
los españoles así lo han querido tras una manifestación en su apoyo a la que
acudieron entre 7000 y 10.000 españoles (aproximadamente el 0,015% - 0,021% de
la población). Si esto es el apoyo de todos los españoles, que baje Dios y lo
vea. Las razones para interpretar que un 0,02% de españoles representan la
opinión de 46 millones estiba en la pereza mental, ya que supone mucho trabajo,
tiempo y honradez movilizar a las masas en favor de un presidente que gobierna
gracias al apoyo de cinco partidos más. Pero esto no se da sólo en políticos,
usted y yo también lo hacemos al leer la prensa o ver el telenoticias en
televisión. Si usted es del PSOE pondrá las noticias de La 1 para que éstas le
confirmen su opinión, evitando ver las de Antena 3, ya que eso le supondría un
esfuerzo extra en cotejar las informaciones que se dan en una y otra leyendo o
viendo opiniones de expertos independientes. Es decir, es más fácil creer lo
que queremos creer que buscar argumentos que nos demuestren nuestra
equivocación y el trauma de reconocer que no sabemos lo que creíamos saber.
Existen otros sesgos como “el
“sesgo de empatía” cuando se cree que lo que es bueno para uno, es bueno para
todos, como llenar la ciudad de carriles bici. O el “sesgo del mundo justo”,
cuando se piensa que existe una especie de justicia natural, y que lo malo que
ocurre, sobre todo cuando es violento, o mayoritario, es merecido”. O el “sesgo
de ilusión de serie”, cuando creemos que si un hombre mata a otro es porque
tendrá sus razones. O el “sesgo de etiquetado” cuando por pereza o
desconocimiento asumimos que todos los gitanos son vagos o todos los políticos
mentirosos e incultos. Bueno, en esto último no les falta razón. “En 2018, un
11% de los diputados no tenían estudios universitarios, y un 38% nunca había
trabajado en el sector privado”. A esto se le añade tesis universitarias cutres
o copiadas, títulos de máster comprados o currículums falseados. Pero, aunque
se les pilla, no dimite y nosotros, para nuestra vergüenza, les seguimos
votando. Está claro que a nadie le gusta que lo tachen de idiota, pero simular
ser lo que no se es es de idiotas, y en España esto es deporte nacional.
Incluso el exministro Gabilondo dijo: “En general, tenemos que combatir la
arrogancia, que es una forma de ignorancia (...) La arrogancia ciega la
decisión (...) no doy lecciones, [pero] en la sociedad del espectáculo tenemos
que tener cuidado de creer que somos seres superiores a los demás”. Manda
huevos, como diría aquel. Incluso una de las primeras discípulas de Freud,
Karen Horney, apuntó como trastornos la arrogancia y la vanidad. Psiquiatras
como David Owen y Jonathan David son, tachan la soberbia, arrogancia y pérdida
de realidad como un efecto enfermizo de ostentar poder. Seguimos con más
sesgos. “Fueron los psicólogos Dale Miller y Michael Ross los que, en 1975,
sugirieron una explicación llamada “sesgo del punto ciego”, por el cual muchas
personas se creen excepcionales, a pesar de multitud de pruebas en contra; o
“la falacia de razón”, por la cual, una vez se ha creado esta excepcionalidad,
intentan continuamente demostrarla a sí mismos o a los demás con argumentos
falaces pero muy elaborados”.
Se sabe, gracias al psicólogo
Walter Mischel que primar la recompensa material (dinero o poder) inmediata
sobre la recompensa futura no material como prestigio o satisfacción por el
deber cumplido, “es propia de personas inestables en términos psicológicos, y
con escasa capacidad de autocontrol”. El autor nos da nombres de “personas con
una tendencia impulsiva, casi enfermiza, a la gratificación instantánea, y que
estando en política, difícilmente pueden autocontrolarse ante la enorme oferta
de privilegios que proporciona el poder”. Esto se achaca a trastornos
psicopatológicos de control de impulsos, algo común en niños y adolescentes
cuya corteza prefrontal (asociada con el razonamiento y el pensamiento
racional) está poco desarrollada.
“No hace falta mucha literatura
para argumentar que el engaño, el disimulo, el cinismo, la seducción, la
hipocresía, la ocultación, la manipulación o cualquier otra forma de mentira es
consustancial al ser humano”. Si es común mentir en una persona “normal”
imaginen la mentira en una persona cuyo trabajo es influenciar en la población
para conseguir su voto y mantenerse así en el poder. John Maynard Smith,
genetista y evolucionista, denominó “estrategia evolutivamente estable” al
hecho de hacer todo lo posible para favorecer la continuidad de la especie y de
sus genes. Mentir para sobrevivir. A pesar de estar condenada la mentira por
las ciencias sociales, jurídicamente mentir no es ilegal, y a esto se acogen
nuestros políticos poco éticos (si se pudieran denunciar las falsas promesas,
otro gallo nos cantaría). “La realidad es que el engaño basado en la
exageración, en la verdad a medias, el populismo o las promesas incumplidas,
hoy en día se resigna, se tolera, se admite, se perdona, y se olvida rápido bajo
el principio de que, a veces, no hay más remedio que mentir. Los políticos lo
saben, y los más ineptos se aprovechan de ello mediante cualquiera de las
técnicas persuasivas tradicionales, o directamente con la mentira más
escandalosa o estrafalaria sabiendo que el tiempo, o una rectificación
justificada, salvará la situación” (como ha puesto de moda el presidente
Sánchez, los políticos no mienten, simplemente cambian de opinión).
Parte IV. Las 5 explicaciones
psicológicas a la incompetencia: de la falta de ética a las neurociencias
“Hay cierto acuerdo en definir la
moral como el conjunto de conductas, normas y costumbres, que regulan bajo los
conceptos del bien y el mal la conducta individual y social del hombre, con
relación a una mayoría, mientras que la ética política sería su adaptación al
uso del poder, tanto de forma individual como colectiva”. Los valores morales
no deberían ser distintos dentro y fuera de la política. De hecho, a los
políticos se les presupone personas inteligentes, educadas, competentes,
amables, empáticas, altruista, respetuosas, etc. Nada más lejos de la realidad.
Nuestros representantes sólo se representan a ellos mismos, renunciando “de
forma voluntaria y consciente a esta ética del bien común” para enriquecerse y
mantenerse en el poder a costa de la moralidad humana. Saben perfectamente
distinguir entre el bien y el mal, pero les da igual mientras sean ellos los
beneficiados de sus actos. Y únicamente se acuerdan del populacho cuando se
acercan elecciones. Plutarco dejó escrito: “El hombre es la más cruel de todas
las fieras, cuando a las pasiones se une el poder”. Es decir, cuando no razona.
Cicerón dijo: “No hay vicio más repugnante que la avaricia, sobre todo en la
gente principal y en los que gobiernan la República. Desempeñar un cargo
público para enriquecerse no es solamente vergonzoso, sino también impío contra
la patria”. El problema hoy día es que Trump es más conocido que Cicerón,
Platón, Sócrates o Plutarco. El problema es la falta de educación, el extremo
consentimiento y la imagen del todo vale para conseguir tus objetivos. El Papa
Gregorio Magno dio a conocer al mundo los siete pecados capitales: lujuria,
ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza y gula. Para el código Bushido, norma
moral para los samuráis desde el S. XII, los principios sagrados eran
igualmente siete: justicia y honradez, heroísmo, benevolencia, cortesía,
honorabilidad, sinceridad y lealtad, y su transgresión debía ser purgada con el
suicidio (lo que conocemos comúnmente como hacerse el harakiri). Hoy día el
pecado capital es ser vulgar (trabajar 8 horas fuera de casa, vivir en un piso
de 70 metros cuadrados, cocinar, limpiar, etc.) y el principio sagrado es el
egoísmo. Maquiavelo escribió: “Si una persona desea fundar un estado y crear
sus leyes, debe comenzar por asumir que todos los hombres son perversos y que
están preparados para mostrar su naturaleza, siempre y cuando encuentren la
ocasión para ello”. Es decir, Maquiavelo defendió el mal en el político para
imponer sus ideas. Solemos criticar el mal con el hecho de ser libres de hacer
o no hacer lo que hacemos (libre albedrío). San Agustín dijo: “El impulso de la
libre voluntad hacia el mal no se origina en Dios, sino en el libre albedrío”.
Pero algunos psicólogos ponen esto en duda basándose en la genética o en
traumas infantiles provocados por padres autoritarios, alcohólicos o madres
sobre protectoras. En su obra Las pasiones del alma, Descartes escribe sobre la
conducta humana: “Que uno se siente débil o poco resuelto y que, como si uno no
tuviera el entero uso de su libre albedrío, no puede impedirse hacer cosas de
las que sabe que se arrepentirá después; y además que uno cree no poder
subsistir por sí mismo”. La sociobiología defiende que la conducta humana “está
determinada genéticamente y tiene como última razón de ser la propia
supervivencia de la especie”. Y posiblemente haya personas trastornadas desde
su nacimiento que no puedan decidir qué deben hacer moralmente. “Mantenemos que
muchos políticos tienen comportamientos vergonzosos porque su neurobiología les
inclina a ello, pero que la sociedad está obligada a detectarlo, cuanto antes
[…]”. Y para ello es necesario tener cultura, ser objetivo, pensar con la
cabeza y respetar a todo aquel que no opine como nosotros. “Ante la
desvalorización del honor, el prestigio o la dignidad, los políticos han
persuadido a sus súbditos de que sus conductas podían no ser tan despreciables
como podría pensarse, utilizando para ello la comunicación política”. Ese es el
problema, que hagan lo que hagan los políticos siempre hay gilipollas que les
votan, ya sea por mantener sus privilegios, por el qué dirán, porque es el
menos malo o porque lleva toda la vida votando al mismo partido y no va a
cambiar ahora. Hagan lo que hagan, siempre tienen aduladores. Hay quien opina
que los políticos roban, mienten, abusan del poder porque pueden. Es cierto,
pero lo siguen haciendo porque nosotros los dejamos, porque los seguimos
votando. Un niño malcriado seguirá comportándose mal mientras no se le regañe.
Los políticos son niños malcriados que no han sido castigados jamás, y si no
cambiamos lo seguirán siendo. Y también es cierto que la costumbre es ley. En
un país corrupto como España, la corrupción tiene diferente significado del que
podría tener en países como Dinamarca o Suiza. El diario Financial Times
publicó un artículo firmado por Miriam González Durántez, abogada internacional
y mujer de Nick Clegg, viceprimer ministro británico entre mayo de 2010 y mayo
de 2015, en el que decía: "Si hubiera hecho lo de Begoña Gómez me habrían
quemado en Trafalgar Square”. Pues en España hay quien defiende a la mujer del
presidente Sánchez. Como se puede ver, un caso tan grave como conseguir ayudas
públicas a empresas privadas siendo la mujer del Presidente, en este país no se
le da importancia. Supongo que en Siria o Somalia (dos de los países más
corruptos del mundo) se reirían del asunto, pero nuestros vecinos europeos no
pueden creerlo. Imagino que si la corrupta fuese la mujer de Netanyahu, Pedro
Sánchez encabezaría la procesión que la llevara delante del verdugo. Lo de
otros es corrupción, lo mio son cartas de recomendación. Increíble que los
españoles perdonemos semejante desfachatez. Y luego nos llevamos las manos a la
cabeza cuando la ultraderecha sube en intención de voto. Lo que me extraña es
que no hayamos tenido ya un golpe de Estado. Pero claro, como vamos a censurar
la corrupción española si nosotros fuéramos los primeros corruptos si
estuviésemos en su lugar. Y no se mientan a sí mismos, lo harían. Puto dinero.
Sólo en el Ayuntamiento de Manilva (Málaga) durante los mandatos de Izquierda
Unida hasta 2022, la Guardia Civil documentó 602 casos de enchufismo. ¿Se
atreven a decir que ustedes no lo harían? Pues cada sociedad tiene lo que se
merece, y la española se merece corrupción, enchufismo e incultura, porque el
pueblo es corrupto, vago e inculto. Y pónganse como se pongan, esto es así.
Los políticos no son inmunes a
enfermedades, y por supuesto tampoco lo son a trastornos psicológicos. Algunos
estudiosos han tachado a gobernantes como Abraham Lincoln o Winston Churchill
de sufrir un trastorno bipolar, alternando estados de euforia con severas
depresiones. Pero si hay un trastorno de personalidad exclusivo de los
políticos es el psicópatico. La psicopatía es “un síndrome desviado del
comportamiento social, multidimensional” asociado a la conducta antisocial. “En
lenguaje coloquial, podríamos decir que se trata de una forma de locura, pero
sin síntomas físicos”. A principios del s. XX, E. Kraepelin sugirió seis tipos
de psicopatía: excitables, inestables, excéntricos, mentirosos, estafadores y
pendencieros. “Henderson (1939) amplió el concepto de psicópata a los agresivos
violentos, de tendencias suicidas, hipocondríacos, de tendencia al abuso de
sustancias, mentirosos patológicos y esquizoides”. A mitad de siglo, el
psiquiatra alemán K. Schneider, popularizó el diagnóstico como mero trastorno
de personalidad, “con varias tipologías, como los hipertímicos, depresivos,
inseguros, fanáticos, necesitados de estimación, lábiles de ánimo, explosivos,
desalmados, abúlicos y asténicos”. Pero la clasificación del psiquiatra
estadounidense Millon, la más reciente, cataloga a los psicópatas como personas
carentes de principios, solapados, tomadores de riesgos, codiciosos, débiles,
explosivos, ásperos, malévolos y tiránicos. Lo cierto es que estos síntomas se
pueden solapar con trastornos como el antisocial, el sociópata, o el disocial.
El psicólogo Robert Haré dice de estos trastornos: “La política es un medio
fantástico para que se desarrollen, el mejor ambiente, el ideal. Igual que los
negocios, que cambian con mucha rapidez. Ahí los psicópatas se desenvuelven
como pez en el agua (...) Docenas de políticos de alto nivel deberían
claramente estar en la cárcel (...) Es prácticamente imposible para la sociedad
defenderse de eso. Porque son ellos los que, además, hacen las reglas, dictan
los principios y gastan millones para explicar al mundo que lo que hacen es
fantástico. No sé lo que podríamos hacer. Para esto las elecciones no sirven”.
Para el psiquiatra Hugo Marietán, una característica básica del político
psicópata es la mentira, además de aferrarse al poder y la manipulación. Las
investigaciones del psicólogo español Iñaki Piñuel apuntan a que entre el 8 y
el 13% de la población mundial es psicópata. “Y estos sujetos corresponden a
tres perfiles: trepas, narcisistas y maquiavélicos [... ] manipulan, fascinan,
mienten y se perpetúan en el poder gracias a su carisma. Está demostrado que
estas personas, cuanto más suben en la escala social, más paranoicos se
vuelven”.
La psicopatía puede ser dada por
los genes (alteración en el gen AVRP1, asociado a la secreción de la hormona
responsable de generar placer tras la creación de vínculos sociales y
afectivos), o por haber tenido una infancia con muertes trágicas de seres queridos,
violencia o abusos, pero habitualmente se atribuye a una malformación del
lóbulo frontal o daño en el lóbulo frontal inferior del cerebro (donde se
inhiben los impulsos agresivos creados en las amígdalas). Los psicópatas
“tienen menos actividad en zonas del lóbulo frontal, asociado a la moral, la
empatía y el autocontrol”, además de padecer una disfunción en la glándula que
regula el miedo, la rabia, el historial emocional y el deseo sexual (como Bill
Clinton, ¿recuerdan?). Por todo ello, el psicópata sabe que está haciendo mal,
pero la falta de emociones (como la empatía o el dolor anímico) provoca que lo
sigan haciendo, ya que no sienten. Por ello, “los vínculos sociales con
allegados o súbditos son fríos o inexistentes, faltos de culpa, solidaridad,
compasión o empatía, lo que explica las conductas contrarias” (por mucho que se
empeñe en mostrar lo contrario). Poseen también frecuencias cardíacas bajas, lo
que provoca que busquen cometer actos delictivos o “anormales” para aumentar su
ritmo cardíaco y aumentar la adrenalina. Así, la política es la profesión ideal
para el psicópata (después de asesino en serie), ya que en ella pueden
mostrarse como son realmente. Si lo piensan bien, ¿qué se le pide a un buen
político? Frialdad, objetividad, racionalidad, ambición, que sea convincente,
manipulador y que no tenga escrúpulos (pues eso, que sea un psicópata). El
problema es que en su búsqueda de felicidad, el psicópata (carente de
emociones), al no encontrarla, siempre va un paso más allá. Aunque son buenos
actores, los políticos psicópatas no son felices porque siempre desean más. El
alcalde desea ser diputado, el diputado ministro, el ministro presidente de su
país, el presidente de un país desea influir sobre sus homólogos del
continente, después del resto de continentes, y por último conquistar el
espacio. La conformidad no está en su genética. Siempre desean más. Más poder,
más dinero, más influencia, más respeto, más adulación, más placer. En el mundo
empresarial se acepta el concepto “conducta reforzada” que “defiende que las
personas actúan en una satisfacción de necesidades creciente, en la que en
primer lugar se sitúan las fisiológicas y de supervivencia; luego, las de
seguridad; después, las de afiliación y reconocimiento; y, por último, de las
de autorrealización”. ¿Qué profesión puede otorgar un baño de masas coreando su
nombre a una persona insegura y necesitada de cariño? Correcto, la política. El
psicólogo McClelland “agrupó en 3 las necesidades sociales básicas: de logro
(progreso), de poder (influir, dominar y tener prestigio) y de afiliación
(pertenecer a un grupo, ser querido, estar acompañado), por lo que, desde este
enfoque, el político incompetente tendría un sistema de necesidades
descompensado y acentuado”. Se preguntarán ustedes si el político no sufre de
disonancia cognitiva (recuerden, actos contra valores). Pues no. Para el
político, el fin (ser Presidente) justifica los medios (mentir para conseguir
votos). Amolda sus valores para evitar la disonancia cognitiva. El político se
dice a sí mismo que para mejorar el país (o enchufar a su cuñado para que cobre
un pastón y deje de gorrearle los fines de semana) hay que mentir, así que
mentir está bien si con ello conseguimos algo bueno. ¿Mentirían ustedes para
acabar con la guerra de Ucrania? Pues eso. Por ejemplo, Sánchez no miente, lava
su conciencia cambiando de opinión. O su mujer no otorgaba ayudas públicas a
empresas privadas por la cara o para cobrarse favores, sino que recomendaba
otorgar dichas ayudas para que otros las concedieran en nombre de la mujer del
Presidente. Óscar Puente no llamó drogadicto al Presidente de Argentina Milei
en público, sólo fue un pensamiento en voz alta delante de colegas y con
cámaras delante. (Y por supuesto Hitler no mató a miles de judíos, éstos se
cayeron por las escaleras de los campos de concentración). Siempre hay una
excusa para el psicópata. David Berkowitz (asesino en serie conocido por el
nombre “El hijo de Sam”) obedecía a un demonio que se manifestará a través del
perro del vecino; Richard Ramírez (“El acosador nocturno”) afirmaba estar bajo
influencia de fuerzas malignas: Ed Gein quería crear un traje de mujer para
convertirse en su madre fallecida: Henry Lee Lucas era controlado por una sexta
satánica: Herbert Mullin asesina a personas para evitar un terremoto
catastrófico y salvar así la humanidad; Peter Sutcliffe dijo que Dios le había
ordenado limpiar el mundo asesinando prostitutas. Como pueden ver, los
psicópatas nunca se hacen responsables de sus actos. El miedo es otra excusa
potente en política. Muchos políticos deciden amenazar con “tirar de la manta”
para salir impunes de sus actos. Y como buenos narcisistas, cuando las excusas
y las amenazas no hacen su efecto, se ponen a insultar, sacando así la rabia de
haber sido “pillados”.
Otra táctica para conseguir votos
(y poder) es estereotipar al enemigo. Así, los votantes de PP y VOX son
fascistas, ya que desde el PSOE se asimila a estos partidos a la ultraderecha,
y por ende a sus votantes. En cambio, los votantes del PSOE, según los
socialistas, es gente progresista, honrada, tolerante y demás cosas buenas.
Vamos, gente majísima, porque ellos (políticos del PSOE) son igual o más majos
aún. En sociología se sabe que la pertenencia a un grupo es indispensable para
el individuo para vivir en sociedad, e igualmente indispensable criticar al
grupo contrario a la vez que se ensalza los puntos positivos del propio grupo.
En este sentido, se puede concluir que o estás conmigo o contra mí. “Elaborar y
transmitir prejuicios y estereotipos con fines perversos ha sido puesto en
relación con tipos de personalidad autoritaria, dictatorial o dogmática, pues
una vez instalados en el subconsciente colectivo de la población, suele
enquistarse durante años o siglos a través, de una retroalimentación del discurso
público, controlado con eficacia con estos tipos de gobierno”. Si para Sánchez
los que no le votan a él son fascistas, igualmente para Pablo Iglesias los
políticos sonn “casta”, para Irene Montero todos los hombres son machistas,
para Hitler los judíos eran meras cucarachas y para Stalin todo aquel que le
llevaba la contraria era un cadáver andante.
“Para Freud, el poder (el
instinto de controlar y dominar a los demás) se origina en nuestros primeros
años de vida bajo el deseo inconsciente de controlar a nuestros padres para
asegurarnos de que nuestras necesidades se satisfagan. Este deseo de control se
convierte en algo natural durante toda nuestra vida, pero en personas con una
infancia difícil o rota, este instinto se vuelve enfermizo y deriva en una
enorme tensión que solo se compensa mediante la agresión, dominación o
destrucción”. En una investigación del psicólogo Adorno tras la II Guerra
Mundial para hallar la respuesta al porqué del autoritarismo, concluyó que las
personas con carácter autoritario tienen “rasgos clínicamente neuróticos, con
complejos e inseguridades, miedos y fobias, y cuya tensión psíquica solo puede
equilibrarse proyectando la ira sobre grupos marginales, débiles o
minoritarios”. El típico abusón que se hace amigo tuyo si le plantas cara. Y
lógicamente, muchos seguidores tendrán las mismas características psicológicas
que su líder, pero con miedo a dar la cara. Puestos a ser sumiso, es preferible
que tu amo sea el más fuerte. El psicólogo Gustav Bychowski dice: “La
obediencia y la sumisión ciegas a una autoridad autodesignada son posibles
únicamente cuando el pueblo se siente debilitado por su propio yo y renuncia a
la crítica y a la independencia conquistadas previamente. Ese debilitamiento
puede manifestarse bajo el influjo de la ansiedad, el temor y la inseguridad.
En tales circunstancias, el yo colectivo, jaqueado por su sentimiento de
impotencia, regresa a una etapa más infantil y busca ansiosamente ayuda, apoyo
y salvación. [... ] Para ellos el dictador es como la encarnación de sus
propios ideales y deseos, la realización de su propio resentimiento y su propia
grandeza”. Estudios posteriores
afirmaron que el uso de la autoridad no es exclusivo de la derecha política,
sino de personas con rasgos autoritarios, indistintamente de su ideología
política. La psicóloga Fátima Servián describe los rasgos del autoritario.
Estos son:
● No
les importa herir a los demás y justifican su daño exaltando su sinceridad y
honestidad.
● No
tienen tiempo para las personas ya que están mucho más interesadas en sus
resultados.
● Castigan
con dureza los errores que cometen otros, considerándose víctimas de una ofensa
si no se hace su voluntad.
● El
autoengaño y la autojustificación son características principales
● Es
un déspota, da órdenes y espera que estas se cumplan inmediatamente.
● Da
por sentado que su sistema no solo es el mejor, sino que es el único coherente.
● A
diferencia de la personalidad psicopática, en que prevalece la manipulación, o
las impulsivas, en que prevalece la rápida satisfacción de necesidades, el
autoritario es esencialmente controlador, competitivo, y a la vez necesita los
cumplidos y la charla banal, sobre todo si trata sobre él y sus cualidades.
● Es
agresivo y mordaz cuando se le lleva la contraria, y siempre trata de intimidar
psicológicamente a los demás.
● Mostrar
su poder es una forma de control y de advertencia.
● Exigen
explicaciones sin cesar y demandan disculpas.
● Necesitan
tener culpables para que sus emociones de frustración, rabia o ira tengan
sentido.
● No
saben empatizar con otras personas, ya que hacer un esfuerzo por intentar
comprender a los demás o ponerse en el lugar del otro les resulta muy difícil.
● Suelen
centrarse en ellas mismas y en sus necesidades.
● Suelen
tener expectativas muy rígidas de los demás y exigen unos principios y unas
normas inflexibles que a menudo dan lugar a críticas destructivas.
Lo cierto es que, si bien se
conoce su psicología, se desconoce por qué viene dada ésta (rasgo genético o
aprendido, personalidad o actitud) y por lo tanto es difícil predecir quién
puede ser un dictador y quién no.
La agresividad está relacionada
con el autoritarismo. “Hoy en día, se asume que la agresividad individual es
adaptativa dentro de unos límites, y que fuera de ellos, los mecanismos son de
tipo biopsicosocial, es decir, se conjugan procesos psicológicos internos con
aprendizaje social y con una neurobiología que hace aumentar la tendencia a
dichos comportamientos, haciéndolos consistentes”. En sistemas totalitarios es
habitual ver al dictador con una personalidad agresiva, puede que sutil, para
provocar miedo en sus súbditos e impedir así rebeliones. Una de las causas de
la agresividad es la frustración por estrés o “anomia” (término que introdujo
Emile Durkheim y que se refiere a la incapacidad de la estructura social
(principalmente gobiernos) de proveer a la sociedad de lo necesario para lograr
sus metas. El proceso agresivo sería:
● La
imposibilidad de lograr objetivos, privación de gratificaciones, ser sometido a
injusticias, sentir amenazada su integridad física o material o estar sometido
a situaciones aversivos producen en el individuo tensión.
● Esta
tensión genera sentimientos negativos (indignación, ira o desprecio).
● La
no eliminación de estos sentimientos negativos genera conductas delictivas, de
venganza y/o restitución del daño, (robo, chantaje, acoso, abuso de autoridad,
y daño físico, contra cosas o personas.
● Los
actos delictivos alivian la tensión y se aprende para la siguiente situación de
estrés.
El siguiente paso para un
gobernante o líder sería organizar actos violentos colectivos o institucionales
como genocidio, violación de derechos, esclavitud, xenofobia, guerras,
violencia policial y/o paramilitar, hambre, insurgencias, asesinatos políticos,
terrorismo, tortura, migraciones o desplazamientos forzados de personas que no
están de acuerdo con él, etc..
Heysenk desarrolló en su teoría
de la personalidad “que los individuos nacen con un tipo de sistema nervioso
que afecta su comportamiento de por vida”. Esta teoría se basa en que “todos
podemos definir nuestra personalidad bajo solo tres factores, y que estos son
estables y medibles: extroversión, neuroticismo y psicoticismo, siendo los tres
bipolares”. En la extroversión, rasgo típico en políticos simpáticos, sociables
pero manipuladores. En neurobiología, el extrovertido dispone de una corteza
cerebral muy poco activada, por lo que necesita de estimulación permanente para
mantener el necesario equilibrio neurológico. Y la política le da esa
excitación que tanto necesita. “No todos los extrovertidos buscarán la
excitación en la inmoralidad, claro, pero casualmente, los políticos más
populistas tienen este factor muy desarrollado, y la mayoría de los
comportamientos ilegales, corruptos o inmorales tienen como autores a
personalidades expansivas, sociables, simpáticas, atractivas y/o impulsivas”.
El neuroticismo puede ser estable o inestable, teniendo nueve factores
subordinados:
● Ansiedad
● Depresión
● Sentimiento
de culpa
● Baja
autoestima
● Tensión
● Irracionalidad
● Timidez
● Tristeza
● Emotividad
En política, el neurótico no
soportaría la presión que conlleva el cargo, pero si a esto se le suma una alta
extroversión, el individuo experimenta lo que Eysenck denominó impulsividad.
Las personas altamente impulsivas prefieren la obtención de recompensas antes
que evitar castigos por un mal acto (y esto sí es muy político). En contextos
de poder, esta impulsividad se ve reforzada por el uso de drogas, sexo, dinero,
o conductas delictivas en general.
Eysenck, años después, introdujo
un tercer rasgo de personalidad: el psicoticismo. Según Eysenck, “los
individuos con un alto rasgo de psicoticismo tenderán a comportarse de forma
agresiva, egocéntrica, impulsiva y a no desarrollar empatía (...) con conductas
poco gobernadas por las normas sociales”. A ello añadió su factores como frialdad,
egocentrismo, impulsividad, antisocialidad, sin empatía, creatividad y rígidez.
Si en la impulsividad, el componente biológico era la excesiva dopamina, la
causa del psicoticismo sería la dificultad de metabolizar serotonina, altos
niveles de testosterona y bajos de según qué tipo de enzimas. Esto provocaría
falta de adaptación a las normas sociales que solemos aprender a través de
recompensa/castigo.
Otro rasgo que apareció en los
años 80 fue el de “búsqueda de novedad” y “búsqueda de sensaciones” (promulgado
por Cloninger), ambas también con un fuerte componente biológico (liberación
masiva de dopamina en situaciones nuevas). Según Cloninger, esto conllevaría
impulsividad en las decisiones, escaso control en el logro de recompensas, e
intento de evitar a toda costa frustraciones y fracasos. El rasgo “búsqueda de
sensaciones” fue creación de Marvin Zuckerman y conlleva “asumir riesgos
físicos, sociales, legales y financieros por el bien de tales experiencias”. El
componente biológico de ello es la escasa información sensorial (alta dopamina
y baja serotonina y noradrenalina) que provoca en las personas que se aburra o
encuentre desagradables las experiencias vividas (vamos, que se cansan pronto
de todo).
Además del componente biológico,
tenemos también el psíquico para comprender cómo funciona el podrido cerebro de
un político. El vigente DSM clasifica en 10 los trastornos de personalidad,
divididos en tres grupos:
● El
“grupo A” se caracteriza por presentar trastornos de pensamientos o
comportamientos excéntricos o extraños (paranoide, esquizoide, y
esquizotípico).
● El
“grupo B” se caracteriza por presentar trastornos de pensamientos o
comportamientos dramáticos, excesivamente emotivos o impredecibles (antisocial,
límite, histriónico y narcisista).
● Y
el “grupo C” se caracteriza por presentar trastornos de pensamientos o
comportamientos de ansiedad o temor (evitación, dependiente y
obsesivo-compulsivo).
No explicaremos aquí los
distintos trastornos, ya explicados en otro de mis artículos y en mi Podcast.
Sí diremos que para el psiquiatra y profesor Flores Colombino, Mussolini,
Hitler, Tiberio, Calígula, Nerón, Pedro I de Castilla, Cronwell, Marat o Robespierre
eran unos auténticos paranoico por su exagerada desconfianza y recelo (aquí no
hay diagnóstico, ya que también desconfiarán del médico que les diga que son
enfermos mentales). El jefe de la Policía secreta de la Unión Soviética, L.P.
Beria, supo sacar provecho en su trato con Stalin alimentando su paranoia de
que ciertos rivales políticos buscaban su destitución, provocando que Stalin
ordenase matarlos. Para el profesor Luigi Zoja, eran o son paranoicos Stalin,
Bush, Maduro, Berlusconi o, Sadam Husein, aunque éste suele ser etiquetado
también como psicópata. Es mi opinión que Pedro Sánchez puede sufrir este
trastorno si realmente piensa que los medios de comunicación y jueces no afines
a él confabulan para destronarle “inventando” la corrupción de su mujer. Y digo
“si realmente lo piensa” porque creo que es más una estratagema para hacerse el
víctima y prohibir la publicación de noticias que puedan perjudicarle,
convirtiéndose así en dictador. “El político con rasgos paranoides percibe que
casi todos los que le rodean le son infieles, desleales y que intentan dañarle
o engañarle. Escritos, reuniones, fiestas, visitas, recepciones, informes...,
todo es reinterpretado como una conjura para quitarle el puesto o desbancarle
del poder”.
El político histriónico es más
actor que persona, exagera sus acciones en demasía, habla por los codos sin
decir nada, buscan ser el centro de atención (mostrando ansiedad cuando no lo
son), mienten para captar la atención y manipulan constantemente a los que le
rodean. También son seductores, lo que les da una imagen de competentes, tienen
buena presencia, educación, simpatía, empatía, generosidad, compasión, etc. Y
por supuesto, culpan a los demás de sus propios fracasos. La psicóloga Isabel
Serrano coloca en este trastorno a Puigdemont.
Sin duda el trastorno más
frecuente en los políticos es el de narcisista. Arrogancia, altanería,
egocentrismo, búsqueda incansable de atención y admiración, sentido desmesurado
de su propia importancia, necesidad excesiva y profunda de atención, carencia
de empatía por los demás, delirios de grandeza, excesivamente atentos a las
debilidades ajenas para quedar por encima, nunca se equivocan, nunca tienen la
culpa, no sienten miedo o vergüenza, si se les descubre sienten rabia y surge
la ira. “El peso de la conciencia cuando se realizan actos ineptos, inmorales o
corruptos es, por supuesto, nulo”. Buscan liderazgo para sustentar sus aires de
grandeza y evitar mostrarse realmente como son (inseguros, cobardes). Entre los
contemporáneos, suelen ser etiquetados de megalómanos el presidente filipino
Rodrigo Duterte, el presidente egipcio Abdel Fattah Al-Sisi, el príncipe
heredero de Arabia Saudí Mohammad Bin Salman, Donald Trump y Vladimir Putin. Lo
fueron también Hugo Chávez, Fidel Castro, Jalifa bin Salman, Chiang Kai-shek,
Kin II-sun,, Teodoro Obiang, Muamar el Gadafi, Alí Jameni, Omar Bongo o Paul
Binya.
El político antisocial es el más
cercano al psicópata en términos clínicos. “Implica deshonestidad, mentira
recurrente, impulsividad, irritabilidad, agresividad e incapacidad para
planificar el futuro. Conlleva además despreocupación imprudente por su seguridad
o la de los demás, y, sobre todo, una patológica falta de remordimientos, como
lo indica la indiferencia o la justificación del haber dañado, maltratado o
robado a otros” (aquí entran muchos de nuestros políticos).
Actualmente, son muchos los
teóricos que intentan unificar los criterios de rasgo y conducta de los
políticos para predecir los malos políticos. Una de estas teorías presenta el
síndrome de Hybris. Este síndrome se puede resumir en que el enfermo se cree
invulnerable, mesiánico, pierde el contacto con la realidad y tiene un exceso
desmedido de seguridad en sí mismo por el hecho de tener poder, fama o riqueza.
Esto conlleva a rechazar consejos, dificultad para evaluar las consecuencias,
toma de decisiones impetuosas, extravagantes, egoístas, ilegales y en muchos
casos, dañinas para la comunidad. El psiquiatra Manuel Franco describe el
proceso de Hybris en la política de esta forma: “Una persona más o menos normal
se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo importante.
Internamente tiene un principio de duda sobre su capacidad, pero pronto surge
la legión de incondicionales que le facilitan y reconocen su valía. Poco a poco
se transforma y empieza a pensar que está ahí por mérito propio. Todo el mundo
quiere saludarlo, hablar con él, recibe halagos de todo tipo. Esta es la
primera fase, y pronto da un paso más y entra en la ‘ideación megalomaníaca’,
cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse insustituible. Entonces
comienza a realizar planes estratégicos para veinte años, obras faraónicas, o
dar conferencias sobre temas que desconoce. Tras un tiempo en el poder, el
afectado por este mal padece un ‘desarrollo paranoide’. Todo el que se opone a
él o a sus ideas es un enemigo personal, sospecha de todo el mundo, aunque le
haga una mínima crítica, y progresivamente se va aislando de la sociedad. Llega
un momento en que deja de escuchar, se vuelve imprudente, toma decisiones por
su cuenta, sin consultar, porque cree que sus ideas son correctas. Aunque
finalmente se descubra que son erróneas, nunca reconocerá la equivocación. Se
siente llamado por el destino a las grandes hazañas, y todo esto se da hasta
que cesa en sus funciones o pierde las elecciones, entonces viene el ‘batacazo’
y se desarrolla un cuadro depresivo ante una situación que no puede
comprender”. ¿Les suena?
Otra teoría unificadora se conoce
por “personalidad maquiavélica”, y fue desarrollada en los años 70 del siglo
pasado por los psicólogos Richard Christie y Florence Geis. Los síntomas son
cinismo, carencia de principios, laxos en la moral, manipulación, desapego
emocional, encanto, amabilidad, tendencia a ocultar las verdaderas intenciones
y proporcionar una base para la negación plausible si les detectan. “Para los
“maquiavélicos”, el fin justifica los medios, independientemente de las
consecuencias que se puedan derivar. Su frialdad emocional (psicoticismo)
destruye cualquier tipo de conexión genuina con los demás. Aunque suelen tener
rasgos en común con los narcisistas, como su egoísmo y la utilización de los
demás, hay un rasgo que los diferencia: son realistas en las percepciones y
estimaciones que hacen de sus habilidades, además de las relaciones que
mantienen. No tratan de impresionar a nadie, al contrario. Se muestran tal y
como son y prefieren ver las cosas con claridad porque de esa forma pueden manipular
mejor. De hecho, se focalizan en las emociones de las personas que quieren
manipular para conseguir así lo que se proponen. Si se anticipan a sus
sentimientos, será más fácil elegir la mejor estrategia a poner en marcha”.
El síndrome “la tríada oscura”
aglutina el narcisismo, el maquiavelismo y la psicopatía. Como pueden ver, este
síndrome es muy nocivo. Son “personalidades oscuras por sus tendencias
insensibles, egoístas y malévolas en sus relaciones con los demás”. Relacionado
con la tríada está el “factor D” (dark), propuesto por el psiquiatra forense
Michael Stone. Este factor oscuro tiene 9 dimensiones de maldad:
● Egoísmo
● Maquiavelismo
(frialdad emoción, mentalidad estratégica en busca de intereses propios,
actitud manipuladora e insensible y creencia de que los fines justifican los
medios).
● Desconexión
moral (comportarse sin ética, sin sentir angustia).
● Narcisismo
● Derecho
psicológico (creerse con más derechos y concesiones que el resto, y creencia
recurrente de que uno es mejor que los demás y merece un mejor trato).
● Psicopatía
● Sadismo
(tendencia a infligir dolor a los demás mediante cualquier tipo de agresión, y
obtención en ello de placer y sensación de dominio).
● Interés
social y material (búsqueda constante de ganancias, ya sean refuerzos sociales,
objetos materiales, reconocimiento o éxito, y deseo de promover y resaltar el
propio estado social y financiero).
● Malevolencia
o rencor (preferencia por hacer el mal, ya sea mediante la agresión, el abuso,
el robo o la humillación, y disposición para causar daño o destruir a otros,
incluso si uno mismo se daña en el proceso).
La ponerología de Lobaczewski se
pregunta cómo es posible que personas con trastornos psicológicos escalen tan
fácilmente y tan rápidamente en las jerarquías de poder y acaben haciéndose
cargo de los gobiernos mientras personas normales y competentes no logran jamás
tener éxito. La catedrática de comunicación M. Martín Llaguno resume el proceso
así: “los psicópatas se infiltran con facilidad en el interior de los grupos,
especialmente en contextos de falta de valores y con debilidades de
razonamiento o pensamiento crítico. Una vez dentro, se van rodeando de un
círculo “ponerológico” (individuos con patologías de carácter innatas o
adquiridas por emulación). Este grupo suprime el individualismo, la tolerancia
hacia el diferente y se caracteriza por el desprecio a quienes dicen
representar [...] A partir del control de los medios de comunicación, el
adoctrinamiento, el uso del doble discurso y la propaganda, lo que parecía
“desviado” o “aberrante” acaba por asumirse como “normal””. En esta situación,
la sociedad se bloquea cada vez más, sobre todo la sociedad con sentido común,
que no entienden el funcionamiento de unas instituciones disfuncionales y
corruptas, ni a los funcionarios que trabajan en ellas. Cierto es que suelen
ser etapas y que nada es eterno, pero visto lo visto lo mejor que le puede
pasar a un país es tener a un gobernante menos malo que el anterior. Las
críticas sociales pueden llevar al gobernante de turno a querer mejorar para no
perder su poderoso privilegio.
Parte V. Si la incompetencia es indeseable, ¿por qué se mantiene? Cuatro hipótesis.
Hipótesis 1. Persuasión
Dado que se da por hecho de que
un político honesto necesita razones y argumentos lógicos para convencer a la
sociedad (algo costoso), el incompetente sólo tiene que mentir. Así, bajar los
impuestos supondría al honesto horas de estudio y un discurso entendible para
la mayoría de cómo se supone que bajará los impuestos, cómo afectará esto a la
economía del país, a quién se le va a recortar el presupuesto y por qué, etc.
El político “normal” se ahorra todas las de estudio y el largo discurso
prometiendo (aquí está la mentira) bajar los impuestos para conseguir el poder
mediante los votos de los crédulos, y después ya se inventará alguna excusa
para no cumplir (la excusa de Rajoy en 2011 fue que Zapatero había dejado muy
poco dinero en las arcas. algo que se supone que ya debería saber, ya que había
sido ministro de Aznar y jefe de la oposición), ya que el cerebro humano
asimila mejor los atajos que las largas caminatas. Por esto, el coste de
persuasión del honrado es infinitamente superior al del mentiroso. El honrado
muestra con sus actos sus palabras, el mentiroso convence (manipula) con sus
palabras sin tener que demostrar nada. “La psicología que acompaña a la
manipulación es muy variada, y hay que subrayar que su eficacia radica en la
dificultad de los ciudadanos para detectarla” (porque el mentiroso desculturiza
al pueblo con pan y circo y el pueblo haciendo cola para comprar las entradas).
Hipótesis 2. Inmoralidad
Se justifica la inmoralidad si a
cambio se obtiene algún tipo de ventaja. Órdenes impopulares o no morales (como
por ejemplo el encarcelamiento de los terroristas sin ser juzgados) pueden
excusarse por el tiempo que puede pasar en la calle mientras llega el juicio
(prisión preventiva). “En nuestro país, el Informe sobre la democracia en
España (2012) de la Fundación Alternativas reflejaba que los ciudadanos premian
a los políticos que se corrompen, si de alguna manera perciben que esa
ilegalidad favorece al conjunto de la comunidad”. Es decir, derrochar dinero
público en beneficio de la comunidad es perdonable, en beneficio propio no. Un
ejemplo de ello fue Jesús Gil, que fue “acusado, condenado y encarcelado al
menos cinco veces en doce años, en los cuales obtuvo tres veces mayoría
absoluta en al Ayuntamiento de Marbella debido a que siempre fue considerado
eficaz para hacer de Marbella uno de los municipios más ricos, famosos y
prestigiosos de España”. Otra justificación para votar a políticos corruptos es
el desconocimiento o la incredulidad sobre aquello de lo que se le acusa (o la
fatal frase de “todos lo hacen” a lo que añado yo que lo hacen porque les
dejamos). Inmoralidad vs eficacia, ese es el dilema.
Hipótesis 3. Sumisión
Aquí entra la frase, mal de
muchos consuelo de tontos. “Le Bon, uno de los sociólogos pioneros, concluyó
que en situaciones de crisis colectiva los individuos diluyen en la masa sus
sentimientos de frustración, comportándose de forma totalmente diferente a como
lo harían de forma individual”. Ejemplo de esto es el contagio de aplaudir (no
vaya a ser que todo el mundo me señale por no hacerlo). Ser el único que alza
la voz le convierte a uno en el foco de las represalias, y el ser humano desea
vivir tranquilo, ser uno más de su grupo y dejarse de historias (lo que se
llama tener “consciencia colectiva”). Freud dijo que la sumisión a un líder se
“debe a la necesidad de desarrollar nuestro “yo ideal”, personalizado en
liderazgos fuertes”. La debilidad mental en momentos de crisis origina que
proyectemos nuestro “yo ideal” en la figura de nuestro líder y perdonarle así
cualquier mal acto, creando (sin saberlo) un dictador. Los experimentos de
obediencia ciega a la autoridad demostraron que renunciamos a nuestra identidad
individual si consideramos a nuestro superior más capaz que nosotros. “En 1921,
el psicólogo Moore ya advertía que la obediencia es la conducta más reforzada
desde la infancia, y la desobediencia es la más castigada”. Igualmente, los
experimentos de conformidad del grupo también demostraron que asumimos las
decisiones del grupo en el que estamos (aunque estemos en desacuerdo) para
seguir perteneciendo a él. Es decir, reconocer que el partido político al que
votamos es corrupto crea en nosotros disonancia cognitiva y siendo coherentes
con nuestros valores deberíamos dejar de votarles. Pero dejar de votar al
partido que hemos votado siempre significa dejar de ser de izquierdas,
derechas, ecologista, etc, y por tanto significa vivir sin grupo, algo a lo que
el ser humano primitivo no está preparado. Para sentirnos realizados
necesitamos pertenecer a un grupo (ya sea ideológico, deportivo o político).
Ser obediente como individuo y como parte del grupo es ser una buena persona (y
nadie quiere ser la oveja negra, el paria, el solitario). Pero hay una
esperanza, que el grupo tenga tanta hambre que se rebele.
Hipótesis 4. Obediencia
intragrupal
Estar afiliado a un partido
político significa acatar las órdenes del presidente del partido. Además de lo
dicho anteriormente sobre la pertenencia al grupo, ser fiel al mandamás puede
significar que en un futuro podamos ser nosotros los que obtengamos poder y nos
enriquezcamos con la corrupción. Llevarle la contraria puede significar que nos
aseguremos seguir siendo pobres, y la esperanza es lo último que se pierde.
Pero hay que tener claro a qué líder seguir, y eso lo dice la mayoría. Si la
mayoría va vestida de rojo, pues seguiremos al líder rojo. Cuando el líder rojo
pierda adeptos y éstos se pasen al líder azul, nosotros con el azul. Eso o nos
hundiremos con el de rojo. La mayoría siempre lleva la razón, aunque no la
tenga. Esto mismo le pasó a Kennedy en la operación de Bahía Cochinos. Todos
los asesores y gente próxima al presidente, incluido él mismo, pensaban que
invadir Cuba sería fácil. Ninguno se opuso a la idea general. El problema vino
cuando su exceso de confianza y superioridad militar evitó que estudiaran el
terreno y planificarse mejor el desembarco, convirtiendo a Fidel Castro en un
héroe Salvador de la patria y posteriormente en un dictador. Pero a ver quién
era el guapo que delante de asesores, militares y políticos decía que podían
perder si iban a ciegas. “Estas decisiones suelen ser más extremas cuando se
intenta a toda costa mantener la unanimidad, cuando existe liderazgo muy
autoritario, una amenaza externa o una situación de baja autoestima colectiva
debida, por ejemplo, a fracasos anteriores”. Esto mismo le está pasando al PSOE
de Pedro Sánchez, cuyo extremismo y cohesión grupal aumenta a medida que
aumentan los casos de corrupción que les incriminan. “Otros efectos colaterales
son la creencia incuestionable de la moralidad del grupo, una visión
estereotipada del oponente, presión para la conformidad, autocensura de los
desacuerdos individuales, ilusión de unanimidad y autopercepción de
invulnerabilidad”.
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