domingo, 30 de junio de 2024

12 reglas para vivir. Un antídoto al caos de Jordan Peterson

 «Ningún árbol puede crecer hasta el cielo a menos que sus raíces lleguen al infierno». Carl Gustav Jung, psicoanalista suizo.

Jordan Bernt Peterson nació en Fairview, Canadá, el 12 de junio de 1962. Está doctorado en Psicología Clínica y es profesor de Psicología en la Universidad de Toronto. Políticamente ha sido caracterizado como un «liberal clásico»​ y como un «conservador tradicionalista», además de creyente católico (como podemos comprobar al leer su libro). Sus principales áreas de estudio son la psicopatología, la psicología social y la psicología de la personalidad, con un interés particular en la psicología de las creencias religiosas e ideológicas​ y la evaluación y mejora de la personalidad y el rendimiento laboral.

El libro 12 reglas para vivir: Un antídoto al caos (2018) es un libro de autoayuda que proporciona consejos de vida a través de ensayos que abarcan temas como la ética, la psicología, la mitología y la religión, así como anécdotas personales, y que resumiremos a continuación.

La vida está regida por el bien y el mal, el orden y el caos. Esto está recogido en el conocido símbolo taoísta del yang y el yin, representado por dos serpientes cuyas cabezas se unen a las colas de la otra. El Orden es una serpiente blanca, el Caos es su equivalente negra. El punto negro en la parte blanca y el blanco en la parte negra indican la posibilidad de transformación: el Caos contiene algo de Orden y el Orden contiene algo de Caos. Todo es susceptible de transformación. El Orden es necesario para contener al Caos, y el Orden se alcanza si los individuos comparten principios rectores que les apartan del mal. Si no es así, podemos vivir en el infierno, que asoma ya por la puerta provocando intolerancia, avaricia, despotismo, egoísmo, entre otros males. Si cada uno de nosotros se rigiese por buenos principios, prosperaríamos colectivamente. Y aquí es donde empiezan las 12 reglas.

Regla 1. Enderézate y mantén los hombros hacia atrás

El mundo animal está regido por la fuerza. El animal que desea lo que posee su contrincante (territorio, hembras, etc.), lo reta para quedarse con sus posesiones. Si el que domina pierde el combate, su cerebro cambia y adopta el rol de subordinado, adaptándose así a la nueva función de sumiso. El cerebro de rey es demasiado complejo para aceptar su derrota y por lo tanto cuando pierde un combate es necesario que disuelva el anterior y desarrolle uno nuevo, esta vez asumiendo su nueva posición inferior. ‘Cualquiera que haya sentido una dolorosa transformación tras sufrir un duro revés amoroso o profesional puede sentirse hasta cierto punto identificado con ese crustáceo que una vez lo dominaba todo’. Un animal con niveles elevados de serotonina y bajos de octopamina es un ser petulante y presumido que no se retira con facilidad frente a un desafío. Lo opuesto, alta octopamina y baja serotonina, produce seres perdedores, contraídos, mustios y cobardes. Un perdedor que recupera la moral y se atreve a pelear de nuevo por su territorio, su probabilidad de perder es mayor que cuando era dominante. Así, en el mundo animal, el ganador tiene más posibilidades de seguir ganando y al perdedor le será mucho más difícil levantar cabeza. Lo mismo pasa con nosotros, los humanos, donde las ochenta y cinco personas más ricas del mundo tienen lo mismo que los 3.500 millones que ocupan la parte inferior. Este hecho se le conoce como “efecto Mateo” en alusión a la que quizá sea la máxima más contundente de las atribuidas a Jesucristo: «Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene» (Mateo 25:29), Al igual que ocurre en el mundo animal, los seres humanos perdedores producen menos serotonina, la sustancia química que controla la postura y las retiradas, y esto produce más derrotas. Una baja serotonina significa menos confianza en uno mismo. Y también significa mayor estrés y mayores dificultades para reaccionar ante una emergencia. Y el pobre tendrá más problemas que solucionar que el rico. Esto conlleva menos felicidad, más dolor y ansiedad, más enfermedad y una esperanza de vida menor para el perdedor. Una solución que da Peterson a la depresión y ansiedad es tener hábitos constantes, como levantarse todos los días a la misma hora. Los sistemas que median las emociones negativas están estrechamente relacionados con los ritmos circadianos, que son rigurosamente cíclicos. También recomienda desayunos ricos en grasas y proteínas, sin carbohidratos ni azúcares, ya que éstos se digieren demasiado rápido y producen un pico de glucosa seguido de un rápido descenso. “Es por eso que las personas que sufren ansiedad o depresión siempre se encuentran agobiadas, sobre todo si hace tiempo que sus vidas están descontroladas. Sus cuerpos están preparados para segregar insulina en cantidades elevadas si realizan cualquier actividad de una cierta complejidad o esfuerzo. Si lo hacen después de una noche en ayunas o antes de comer, el exceso de insulina en la sangre absorberá toda la glucosa. Entonces ataca la hipoglucemia y se vuelven psicológicamente inestables”. El hecho es que en algunas enfermedades el remedio puede ser peor que la enfermedad. El alcohólico cura su resaca con más alcohol, produciéndose así un bucle de retroalimentación positiva del que es muy difícil salir. Algo parecido suele ocurrirles a las personas que desarrollan un trastorno de ansiedad como la agorafobia, que suele darse en mujeres que dependieron primero de su padre y después de su marido, sin llegar a ser jamás mujeres independientes. Un suceso inesperado como un conflicto conyugal, la muerte de la pareja o el divorcio u hospitalización de alguien cercano les produce pensamientos acerca de su vulnerabilidad que desencadenan ansiedad. Por ello su frecuencia cardíaca aumenta y empieza a respirar de forma rápida y superficial. El enfermo siente cómo sus latidos se aceleran y comienza a preguntarse si está sufriendo un infarto. Este pensamiento genera todavía más ansiedad, así que respira de forma más entrecortada, lo que aumenta su nivel de dióxido de carbono en sangre. Su ritmo cardíaco vuelve a acelerarse a causa del miedo creciente. Se da cuenta y su ritmo cardíaco aumenta de nuevo. Enseguida la ansiedad se transforma en pánico y acude a urgencias, donde le dicen que no está sufriendo un infarto, pero no se lo cree. Si este episodio le dio yendo al supermercado, la próxima vez que necesite comprar comida recordará lo que le pasó y pedirá que se la traigan a casa. Estando en casa no sufre palpitaciones, se siente segura, y por lo tanto poco a poco va saliendo menos hasta que contrae agorafobia. Nuestros sistemas de ansiedad son sumamente prácticos y asumen que cualquier cosa de la que huyes es peligrosa. “Una huida motivada por ansiedad empequeñece a la persona al tiempo que agranda un mundo lleno de peligros”. Igual pasa con las personas que sufren depresión. Pueden empezar por sentirse inútiles, verdaderas cargas para los demás, al mismo tiempo que están desgarradas por el dolor. Así pues, se distancian de la familia y de sus amistades, un alejamiento que aumenta su soledad y su aislamiento y la probabilidad de sentirse cargas inútiles. Entonces se alejan más. De este modo la depresión entra en una espiral creciente. Y no sólo eso. Tu imagen también a cómo te ven los demás, asignándote un estatus inferior, algo que te lleva a producir menos serotonina, lo que te hará menos feliz, más ansioso y triste, con más tendencia a bajar la cabeza cuando tendrías que levantarte y defenderte. Un estatus inferior implica también reducir tus probabilidades de encontrar un buen lugar para vivir, de tener acceso a los mejores recursos y de encontrar una pareja sana y atractiva. Te hará más propenso a abusar de la cocaína o el alcohol al estar viviendo en un mundo presente lleno de futuros inciertos. Te hará más vulnerable a las enfermedades cardíacas, al cáncer y a la demencia. Pero si hay un bucle de retroalimentación positiva, también lo hay de negativa. Es lo que se llama ley de Price y distribución de Pareto: aquellos que empiezan a tener, probablemente conseguirán más. Enderezándote y proyectando una imagen dominante puede que tan solo llames la atención de quien quiere volver a hundirte. Y no te falta razón. Pero mantenerse erguido con los hombros hacia atrás no es algo exclusivamente físico, porque no solo eres un cuerpo. También eres un espíritu, una psique. Erguirse físicamente también implica, invoca y supone erguirse metafísicamente. No te prepares para la catástrofe, afronta el desafío. Deja de arquearte. Di lo que piensas. Deja claro lo que quieres, como si tuvieras derecho a conseguirlo. Anda con la cabeza bien alta y mira al frente con franqueza. Haz que la serotonina fluya a raudales a través de las vías neuronales que arden a la espera de su efecto tranquilizante. Tú mismo te verás como capaz, la gente te verá capaz, y esa nueva visión positiva te dará ánimo y empezarás a sentir menos angustia. Todo esto no solo aumentará notablemente la probabilidad de que te pasen cosas buenas, sino que conseguirá que esas cosas buenas te hagan sentir aún mejor cuando sucedan.

Regla 2. Trátate a ti mismo como si fueras alguien que depende de ti.

¿Cuántas veces nos habremos preguntado por qué un enfermo no se medica para recuperarse de su enfermedad? Por ejemplo, un trasplante de riñón es un proceso duro y largo. Tras pasar horas de diálisis y mucho dolor, la operación conlleva un riesgo, después está el posible rechazo y el doloroso posoperatorio. ¿Cómo es posible que tras este proceso haya trasplantado que sigan bebiendo alcohol? La respuesta es simple, dependen de sus circunstancias. “Muchas personas que reciben un órgano trasplantado están aisladas o bien arrastran numerosos problemas de salud (sin hablar ya de los relacionados con el paro o con crisis familiares). Puede que sufran trastornos cognitivos o depresión y también puede que no confíen plenamente en el médico o que no entiendan la necesidad del medicamento en cuestión”. En cambio estás personas puede que administre la medicación adecuada a seres queridos, incluso a sus mascotas. Estas personas desean que su perro mejore, pero su propia salud parece que les trae al pairo. Peterson encontró la respuesta a este dilema en la Biblia, más concretamente en el Génesis, el caos. En el Génesis el caos está simbolizado por la serpiente que convence a Eva para que coma la manzana que Dios Le prohibió comer. El caos es igual a desobediencia, a lo externo, a lo desconocido. “Incluso los padres más diligentes no pueden proteger completamente a sus hijos, ni siquiera encerrándolos en un sótano, totalmente alejados de las drogas, el alcohol y el porno por internet”. En ese caso extremo, los padres se convierten en el peligro del que intentan alejar a sus hijos. Lo mejor para los seres que dependen de ti es que les enseñes a protegerse, no que los protejas. Incluso en un mundo sin amenazas, la amenaza sería el infantilismo humano permanente, la inexperiencia y la inutilidad. ¿Cómo podemos llegar hasta nuestro pleno potencial sin desafíos ni peligros? Peterson hace aquí una pregunta a los padres: ¿queréis que vuestros hijos estén seguros o que se hagan fuertes? La serpiente abre los ojos a Eva, y ésta a Adán porque ¿quién quiere a su lado a un ser ingenuo e inútil? Al abrir los ojos, Adán y Eva lo primero que ven es que están desnudos, física y psíquicamente. Estar desnudo significa ser vulnerable, significa que se te puede dañar con facilidad. Por eso Adán y Eva sintieron vergüenza nada más abrírseles los ojos. Ahora podían ver, y lo primero que vieron fue a sí mismos. Sus defectos quedaban a la vista y su vulnerabilidad aparecía expuesta. “La belleza avergüenza a los feos. La fuerza avergüenza a los débiles. La muerte avergüenza a los vivos y el Ideal nos avergüenza a todos”. Eva fue engañada por el poderoso demonio, pero Adán obedeció a su igual. Eva tiene excusa, Adán no.  Y aquí está la respuesta que nos hacíamos al principio: no podemos cuidar lo que nos avergüenza, incluidos nosotros mismos. “Si de verdad queremos cuidarnos, tenemos que respetarnos, pero no lo hacemos porque, al menos a nuestros ojos, somos criaturas caídas. Si viviéramos en la verdad, si dijéramos la verdad, entonces podríamos volver a caminar junto a Dios y respetarnos, así como a los demás y al mundo. Entonces puede que nos tratásemos como personas que nos importan. Puede que nos esforzásemos por arreglar el mundo. Puede que lo orientásemos hacia el cielo, donde querríamos que vivieran las personas a las que cuidamos, y no hacia el infierno, donde nuestro rencor y nuestro odio condenarían para siempre a todo el mundo”. Cuídate. Define quién eres. Refina tu personalidad. Elige tu destino y expresa tu Ser. Como el gran filósofo alemán del siglo XIX Friedrich Nietzsche observó tan brillantemente: «Quien tiene un porqué para vivir encontrará casi siempre el cómo». Si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiar tú mismo.

Regla 3. Traba amistad con aquellas personas que quieran lo mejor para ti

A menudo la gente busca pareja o amigos malotes. Estas personas suelen tener una imagen mala de sí mismas y como dice el proverbio, Dios los cría y ellos se juntan. Estas personas creen no merecer nada mejor, así que directamente no lo buscan. Además, tampoco suelen reparar en sus errores, cosa que hace que los vuelvan a repetir una y otra vez. Otro motivo por el que buscan rodearse de gente tóxica es ser un buen samaritano, buscando mejorar la mala imagen que tienen de ellos mismos ayudando a los demás. Esto suele suceder a menudo en relaciones sentimentales donde el hijo o hija de alcohólico busca una pareja alcohólica por dos motivos: 1) si está ocupado en ayudar a otro se olvida de sus propias miserias; y 2) busca resarcirse del fracaso infantil de no haber conseguido sacar a su padre del alcoholismo ayudando a otros como él para poder decirse que el problema no era suyo, sino del padre. El problema está en que no todos saben ayudar y no todos quieren ser ayudados. El intento de rescatar a alguien está a menudo motivado por la vanidad y el narcisismo. En ocasiones los terapeutas buscan enderezar a un adolescente problemático mezclándolo con otros adolescentes civilizados. El problema es que el delincuente no sólo no se endereza sino que tuerce a los civilizados. Y esto suele suceder porque el problemático desea que su fracaso se contagie a los que son diferentes a él para no sentirse él el diferente. Por eso los malos se juntan con los malos. Al ser humano no le gusta ser el “diferente” en su grupo y por ello se amolda a los que le rodean o los cambia. Mal de muchos, consuelo de tontos. Estas personas desearan que el que ha dejado de fumar vuelva a fumar si él fuma, ya que buscan el fracaso en los demás para justificar su propio fracaso. Estas personas invalidan los logros de los que tienen cerca con alguna acción pasada suya, real o imaginada. Quizá intenten probarles para ver si de verdad están decididos a ser mejores personas, pero fundamentalmente lo que quieren es hundirles porque, al mejorar, están poniendo aún más en evidencia sus propios defectos. “No existe ninguna obligación moral de respaldar a alguien que está haciendo del mundo un lugar peor. Todo lo contrario. Tendrías que quedarte con personas que quieren que las cosas sean mejores, no peores. Es algo bueno, no egoísta, elegir a gente que es buena para ti. Es adecuado y digno de elogio relacionarse con personas cuyas vidas mejorarían si vieran que la tuya está mejorando”. Elige bien, elige al bueno. Recuerda lo que decía Forrest Gump, a las personas malas les pasan cosas malas.

 Regla 4. No te compares con otro, compárate con quien eras tú antes.

Ciertamente eres único. Nadie más tiene tu ADN. Pero en materia social, como humano, compartes el planeta con otros ocho mil millones de humanos, que sienten y padecen tus mismos logros y fracasos. Y algo nos debe quedar claro, siempre habrá alguien mejor que nosotros y también peor. Y no sólo eso, todo jefe tiene su propio jefe. Hasta los más poderosos siguen directrices de otros más poderosos que ellos y que viven en el anonimato. En este momento puede que esté pensando: ¿para qué tanto esfuerzo si siempre habrá alguien que lo supere? No se trata de triunfar o fracasar ante el planeta, se trata de cumplir tus expectativas. La cuestión es que esas expectativas sean acordes con tus habilidades y circunstancias. Por ejemplo, una persona que se le da muy bien el trato al público y es capaz de venderle una nevera a un esquimal no explotará todo su potencial trabajando en un pueblo pequeño o por Internet. Un buen vendedor que desea escalar en el estrato social debe buscar un sector que no se quede estancado en el tiempo y cuya clientela sea numerosa, de lo contrario será él el que se quede estancado y no aproveche al máximo sus habilidades. De todas formas productos que vender hay muchos y si no tiene éxito vendiendo lavadoras, siempre puede vender otra cosa. Y también las expectativas deben renovarse, porque si al conseguir una expectativa no te propones una nueva no creces como persona. Tampoco tienes que sobrevalorar lo que no tienes o despreciar lo que tienes. Es posible que ese actor o actriz al que admiras esté enganchado a las drogas, sea alcohólico o cornudo, mientras que tu salud es buena y tienes un matrimonio feliz, aunque es cierto que seguramente él tenga mucho más dinero y fama que tú. Cuando se le pregunta a un famoso qué añora de su vida antes de ser conocido por mucha gente, normalmente responde que el poder ir tranquilo por la calle. E incluso algunos de ellos dejaron aquello que les hacía conocidos por todos para pasar al anonimato y poder así pasear en paz. Es cuestión de prioridades. Aún así, las comparaciones siempre fueron odiosas, y provocan autocritica insana que da excesiva importancia a algo que no la tiene, que te compara negativamente con alguien realmente bueno en su campo y te convence erróneamente de que la vida es injusta contigo socavando tu motivación para hacer cualquier cosa. Nada causa tanto daño como la arrogancia, el engaño y el resentimiento. “Ten cuidado cuando te compares con los demás, puesto que una vez que eres un adulto, eres un ser singular. Tienes tus problemas particulares y específicos: financieros, íntimos, psicológicos y de otra índole”. En un partido de fútbol el delantero del equipo puede haber fracasado (fallado al chutar el balón a portería) cuatro, cinco o más veces y no por ello se le echa del equipo. En cambio, puede haber tenido éxito una sola vez (marcando el gol de la victoria) y tratársele de héroe. Para triunfar, o cumplir con las expectativas, lo primero que hay que hacer es conocerse a uno mismo, saber que habilidades se tienen y también los defectos. Después hay que pasar a la acción, haciéndote caso a ti mismo, porque si no nos hacemos caso a nosotros mismos, ¿a quién haremos caso? ¿Qué clase de persona se mentiría a sí mismo? Una cosa, hay que escoger metas alcanzables e ir paso a paso. Una vez actuado, tienes que comparar ayer con hoy y ver si ha mejorado algo después de actuar. En la película Atrapado en el tiempo, el protagonista mejora algo cada día que pasa, hasta que llega un momento que ha mejorado todo lo que podía mejorar y entonces deja de estar atrapado, siguiendo con su vida. Ese es el reto, solucionar un pequeño problema cada día para que pasados unos años haya mejorado todo y no tengas ningún problema. Si fallas, aprende de tus errores y vuélvelo a intentar de otra manera. Seguro que conseguirás la solución un día u otro. Si se le llama problema es porque tiene una solución. “Imagínate que no eres feliz. No consigues lo que te hace falta, lo que paradójicamente quizá sea una consecuencia de lo que quieres. Estás ciego por las cosas que deseas. Tal vez lo que verdaderamente necesitas se encuentra justo delante de tus narices, pero el objetivo al que aspiras ahora mismo te impide verlo. Y eso nos lleva a otro punto: el precio que hay que pagar antes de que tú o cualquier otra persona consiga lo que ansía (o mejor todavía, lo que necesita). La vida no tiene el problema, lo tienes tú. Darte cuenta de eso al menos te deja varias opciones. Si la vida no te va bien, quizá es tu conocimiento lo que resulta insuficiente y no la vida como tal. Quizá tu estructura de valores necesita una remodelación importante. Quizá lo que quieres te ciega y no te deja ver otras posibilidades. Quizá te estás aferrando a tus deseos en el presente de una forma tan obstinada que no puedes ver nada más, ni siquiera lo que te hace falta de verdad”. Así pues, tenemos que ser conscientes de nuestros deseos y articularlos, priorizarlos y organizarlos en jerarquías. Mejora tu vida, no empeores la vida de a los que envidias. La envidia hace que el mundo en el que vives se revele como un lugar de rencor, decepción y despecho. Tienes que dejar de manipular, calcular, confabular, maquinar, forzar, exigir, evitar, ignorar y castigar. Busca algo que te moleste, que podrías y querrías arreglar, y entonces arréglalo. Con eso resuelves la papeleta de hoy y te recompensas con algo pequeño, como ver esa película que quieres ver hace tiempo. Hazlo todos los días un rato, y a partir de entonces hazlo el resto de tu vida. Ya no tienes que estar frustrado, porque has aprendido a ponerte objetivos modestos y ser paciente. Ahora ya no te importa tanto lo que hagan los demás, porque tienes muchísimo trabajo por delante.

Regla 5. No permitas que tus hijos hagan cosas que detestes.

Conceder todos los caprichos a un niño es crear un pequeño Dios-emperador-tirano. ¿Cómo no se va odiar a una suegra que ha criado así a nuestra pareja? “A los niños se les hace daño cuando sus condescendientes padres renuncian a convertirlos en personas atentas, respetuosas y espabiladas para dejarlos en un estado de inconsciencia e indiferencia. A los niños se los daña cuando quienes tendrían que cuidar de ellos, por temor a cualquier conflicto o discordia, ya no se atreven a corregirlos y los dejan sin orientación alguna. Puedo reconocer a este tipo de niños por la calle, informales, descentrados, difusos. Son oscuros niños de plomo en vez de brillantes criaturas de oro. Son bloques sin tallar, atrapados en un perpetuo estado transitorio”. Los padres de hoy día tienen pánico a que sus hijos no les quieran si los castigan, sacrificando así el respeto que merecen como padres. Los padres deben dar ejemplo con sus actos. Disciplinar a un niño que busca los límites del castigo haciendo fechorías es un acto de compasión y raciocinio a largo plazo. Los límites proporcionan seguridad, incluso si el momento en el que los detectan supone una decepción o una frustración momentánea. Los niños piensan que si pueden dañar a sus padres y demostrarles que son más fuertes, entonces podrán hacer lo que quieran, incluso delante de sus padres. Pero sobre todo lo hacen para descubrir los verdaderos límites del comportamiento permisible. Corregir la actitud violenta de un niño le enseña que esa no es la mejor estrategia social para solucionar las cosas, y éste aprende a controlar y regular sus impulsos para su futura integración en la sociedad. Hay que saber también que la mayoría de los llantos de los menores están provocados por la rabia. Los padres de hoy día se han criado asimilando las palabras «disciplina» y «castigo» con regímenes totalitaristas y les sugieren imágenes de cárceles, soldados y botas militares. Pero eso debe cambiar. Ordenar a un niño que ponga la mesa o que se haga la cama no te convierte en un dictador, al contrario. Enseñar paso a paso otorgando una recompensa por lo hecho es un buen sistema. Primero le enseñas a poner un plato y le recompensas con un beso, al día siguiente los cubiertos y un abrazo, etc. Con este tipo de enfoque puedes enseñar prácticamente cualquier cosa a cualquier persona. Primero, averigua qué es lo que quieres y, después, observa a las personas que te rodean como si fueras un halcón. Por último, en cuanto veas algo que se parezca un poquito más a aquello que quieres conseguir, lánzate en picado y entrega una recompensa. Las emociones, las positivas y las negativas, presentan dos variantes apropiadamente diferenciadas: la satisfacción (técnicamente, la saciedad) nos señala que lo que hemos hecho estaba bien, mientras que la esperanza (técnicamente, un incentivo) nos indica que algo placentero va a ocurrir. Por tanto, hacemos un flaco favor a nuestros hijos si dejamos de utilizar cualquier herramienta a nuestro alcance que los ayude a aprender, incluidas las emociones negativas, aunque se recurra a ellas de la forma más bondadosa posible. En resumen, la verdadera cuestión a nivel moral no es cómo proteger totalmente a los niños de los sinsabores y el fracaso de tal forma que nunca sufran ni miedo ni dolor, sino, por el contrario, cómo maximizar el aprendizaje para que puedan extraer un conocimiento útil con un coste mínimo. Si no enseñas a tu hijo a compartir o no le regañas cuando miente, el día que tú o cualquiera le diga que ser egoísta o ser mentiroso está mal, tu hijo se sentirá confundido y eso puede provocarle traumas psicológicos. Es más, puede convertiré en un niño solitario e incomprendido, ya que los otros niños puede que no quieran ser amigos de un ser egoísta o mentiroso. En ese momento tu hijo se preguntará qué está haciendo mal para no tener amigos. O bien disciplinas a tus hijos, o bien traspasas esa responsabilidad al cruel e insensible mundo, y esto último no es amor. Tu hijo puede aprender a dominar su rabia con sus padres de pequeño o en la cárcel de mayor. Es muy simple, hay que recompensar al niño cuando haga cosas consideradas socialmente beneficiosas para la comunidad y castigarlo para erradicar comportamientos que conduzcan a la desgracia y al fracaso. Y como padres que forman parte de la sociedad, si ésta no premia de forma adecuada el comportamiento productivo y cooperativo, si insiste en distribuir los recursos de forma manifiestamente injusta y arbitraria y permite el robo y la explotación, no tardará en verse afectada por el conflicto. Así que si no educamos bien a nuestros hijos estamos contribuyendo a crear el caos social. Tampoco hay que irse al otro extremo e imponer al niño infinidad de reglas, hay que priorizar las reglas que se imponen y utilizar la menor fuerza posible para aplicarlas. Esta limitación puede estar compuesta por no morder o pegar a no ser que te estés defendiendo; no torturar ni acosar a otros niños; comer de forma civilizada; mostrarse agradecido; compartir; escuchar a los adultos para aprender; irse a dormir a la hora indicada sin quejas; cuidar las cosas que posees; y ser un buen compañero o amigo. Un niño que conoce estas reglas será bienvenido allá donde vaya. La aplicación de fuerza mínima puede ser golpear la mano del niño con el dedo índice extendido o dejar al niño solo en una habitación hasta que se calme. Otra regla para una buena educación es la de estar los progenitores de acuerdo con el castigo aplicado y no quitarse la autoridad el uno al otro, entendiendo su propia capacidad para ser duros, vengativos, arrogantes, rencorosos, coléricos y deshonesto. El resentimiento crea venganza, la venganza evita las muestras de afecto, la falta de afecto conlleva al sutil abandono y el abandono es el principio de un conflicto familiar eterno. Los progenitores deben ser conscientes de la limitación de su paciencia y hasta dónde pueden soportar una provocación. Sólo así podrán diseñar estrategias de disciplina adecuadas e impedir la venganza y el odio que provoca una insurrección. Un último principio es que los padres tienen el deber de actuar como representantes del mundo real y la obligación de convertir a sus hijos socialmente deseables, algo que les proporcionará oportunidades, amor propio y seguridad. Los valores son importantes para que las personas sean socialmente aceptadas.

Regla 6. Antes de criticar a alguien, asegúrate de tener tu vida en perfecto orden.

 Es humano pensar que lo malo que nos sucede es culpa de otros, en cambio lo bueno se debe a nuestro acertado criterio. Pero no nos damos cuenta que nuestro sufrimiento puede ir a menos modificando nuestro comportamiento. En este caso podemos decir que no critiques si no quieres ser criticado. La gente tóxica atrae toxicidad y esa toxicidad provoca que el tóxico se vuelva más tóxico aún. Tolstói opinaba que sólo hay cuatro formas de escapar al pensamiento de que la vida es una mierda: ser infantilmente ignorante obviando el problema, entregarse a la lujuria, resignarse o suicidarse. Los chicos responsables de la matanza de Columbine demostraron con sus palabras lo que Tolstói decía. Sus palabras fueron: “Prefiero morir antes que traicionar mis ideas. Antes de abandonar este insignificante lugar mataré a todo aquel que me parezca inútil para todo, sobretodo para vivir. Si en el pasado me jodiste, morirás si te veo. Igual puedes joder a otros y luego hacer como si no hubiera pasado nada, pero conmigo no te va a funcionar. No olvido a la gente que me hizo daño”. Es decir, el odio genera odio, la muerte trae más muerte. Uno de los asesinos más vengativos del siglo XX, el atroz Carl Panzram (1891-1930), fue víctima de violaciones y maltrato en la institución de Minnesota que debía ocuparse de su rehabilitación cuando era un delincuente juvenil. Su indescriptible rabia lo convirtió en atracador, pirómano, violador y asesino en serie. La reacción de Panzram era (y esto es lo que resulta tan terrible) totalmente comprensible. Los detalles de su autobiografía revelan que era una persona fuerte y de una lógica extremadamente congruente, como las personas descritas por Tolstói. Se trataba de un individuo enérgico, coherente y valiente, de firmes convicciones. Pero no supo perdonar y olvidar. Al contrario, escogió el camino de la venganza, haciendo a otros (inocentes) lo mismo que le hicieron a él o peor. La negación radical de todo valor, significado e interés por las cosas (nihilismo) trae sufrimiento.  El sufrimiento siempre permite diferentes interpretaciones. Nietzsche decía que quienes sufren el mal pueden efectivamente desear perpetuarlo, hacérselo pagar a otros, pero también es posible que experimentar el mal sirva para descubrir el bien. Una persona martirizada por su madre puede aprender de su horrible experiencia lo importante que es ser un buen padre o una buena madre. Si una persona como Panzram tuviera tres hijos y cada uno de ellos tuviera otros tres hijos y se mantuviera ese mismo ritmo con sus descendientes, entonces habría tres maltratadores de primera generación, nueve de segunda, veintisiete de tercera, ochenta y uno de cuarta. Y veinte generaciones después, más de diez mil millones de personas habrían sido víctimas de maltrato y serían maltratadoras. Pero no es así, y el maltrato desaparece de generación en generación porque las personas frenan su reproducción, lo que supone una demostración de la auténtica dominación del bien sobre el mal en el corazón humano. El éxito (que no descubran tu crimen, por ejemplo) hace que nos confiemos y dejemos de prestar atención. Dejamos de valorar lo que tenemos y nos volvemos laxos e imprudentes (y por ello la policía da tarde o temprano con la mayoría de asesinos en serie). Y eso también le pasa a la gente buena. ¿Te casaste con la persona que querías casarte? ¿Sí? ¿Haces lo posible para mantenerla a tu lado o el éxito ha provocado que te olvides de ella? Una pregunta más,  ¿hay cosas que podrías hacer, que sabes que podrías hacer, que servirían para mejorar lo que te rodea? Si la respuesta es no, aquí hay algo que puedes probar: deja de hacer las cosas que sabes que están mal. Y empieza hoy mismo. Haz solo aquello de lo que puedas hablar con orgullo, y no hagas nada de lo que puedas arrepentirte en un futuro. Si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiarte a ti mismo. Y no culpes a nadie ni nada de tu impasividad. Es posible que pienses que hay cosas que no están en tus manos, pero nada más lejos de la realidad. Tienes la opción de votar a tus políticos, puedes dejar de usar papel para escribir, puedes ahorrar agua, etc. Si los demás no lo hacen es su problema, pero por ti que no quede. Dice Paterson: “Deja que tu propia alma te guíe y mira lo que ocurre a medida que pasan los días y las semanas [... ]. Tras meses de esmerado esfuerzo, tu vida se habrá vuelto más simple y menos complicada. Tendrás más lucidez y podrás desentrañar tu pasado. Te harás más fuerte, perderás tu amargura y avanzarás con confianza hacia el futuro. Dejarás de complicarte la vida de forma innecesaria y te quedarás simplemente con las auténticas tragedias de la vida, las que son inevitables, pero ya no te enfrentarás a ellas desde la amargura y el engaño”. Imagina que todo el mundo hiciera lo mismo que tú, ¿no sería bonito?

 Regla 7. Dedica tus esfuerzos a hacer cosas con significado, no aquello que más te convenga.

 Te puedes preguntar, si solo se vive una vez, ¿por qué no hacer lo que me venga en gana? Hay varias respuestas válidas. Desde el punto espiritista porque lo que hagas en esta vida lo pagarás en la siguiente. Desde el punto de vista moral, porque existe el karma, y lo que das, recibes. Y también está el dharma, que es lo mismo que el karma pero en bueno. Nuestros buenos actos podrían llevar recompensas futuras. Atiborrarnos hoy significa pasar hambre mañana. Ahumar carne para conservarla significa comer un poco hoy y un poco mañana. Comparte con tu yo del futuro. Los sacrificios son necesarios para mejorar tu futuro. Pero si es bueno prevenir, mejor es compartir. Y mejor aún, que se te conozca porque compartes con generosidad lo poco que tienes. Eso demuestra que eres una persona en la que se puede confiar. Para Peterson, los triunfadores son aquellos que postergan la satisfacción y las cosas les van mejor a medida que hacen sacrificios. Vean a Dani Alves. Si hubiera ahorrado un millón de euros habría salido de la cárcel en menos que canta un gallo. Pero el brasileño prefirió pulir se el dinero en ve tú a saber. Paterson nos da un ejemplo muy ilustrativo de lo que estamos hablando. “Hay una antigua historia, posiblemente apócrifa, acerca de cómo atrapar a un mono, que ilustra muy bien este tipo de ideas. En primer lugar, tienes que encontrar una gran vasija de cuello estrecho, cuya boca tenga exactamente el diámetro mínimo para que el mono pueda introducir la mano. Luego, llena la vasija con piedras de tal forma que pese tanto que el mono no se la pueda llevar. Después, esparce algún tipo de cebo que pueda atraer a los monos alrededor de la vasija y pon también algo en el interior. Así pues, un mono acabará apareciendo, meterá la mano por la estrecha obertura y agarrará lo que pueda agarrar. Pero ya no podrá sacar el puño, lleno de golosinas, a través de la estrecha boca de la vasija, a menos que suelte lo que lleva. No podrá mientras no renuncie a lo que ya tiene. Y es justamente eso lo que no va a hacer. El cazador de monos puede acercarse por detrás con total tranquilidad y atrapar al mono. El animal no sacrificará una parte para conservar el todo”. Los soldados que padecen estrés postraumático lo desarrollan por lo que hicieron (o dejaron de hacer) más que por lo que vieron. La guerra puede transformar al más inocente de los mortales, pero el inocente convertido en monstruo debe vivir tras la guerra con lo que hizo en ella. Puede disfrutar violando y matando a inocentes mientras defiende a su país, pero no podrá olvidarse de ese otro yo y no podrá reconciliarse con el mundo ni perdonarse a él mismo. Y puede que ello le lleve directamente al suicidio.

 Regla 8. Di la verdad, o por lo menos no mientas

 Aunque sea con buena intención, mentir puede generar consecuencias imprevistas. Puede que te pillen, o que el problema se vaya agrandando a medida que mantienes tu mentira con más mentiras, hasta que la pelota te aplaste. ¿Qué debes decir cuando no sabes qué decir? Pues la verdad. “Ir a lo fácil o decir la verdad no son solamente dos opciones distintas. Son dos caminos diferentes que atraviesan la vida. Son dos formas totalmente distintas de existir”. Tergiversar, mentir, manipular es la especialidad de los que carecen de escrúpulos, ya sean comerciantes, vendedores, publicistas, don juanes, políticos, narcisistas, utópicos o psicópatas. El mentiroso intenta modificar la realidad, una realidad insufrible para él, pero la realidad es la que es, por mucho que desee cambiarla. El mentiroso es tan cobarde que prefiere cambiar lo que no se puede cambiar que transformarse en una persona sincera y realista. Porque tiene miedo de verse como un fracasado y que la gente vea que es un fracasado. Es capaz de pervertir toda su vida para que se ajuste a las fantasías de una vida adolescente privilegiada e infinita. Es más, “creen de forma narcisista, por debajo de toda su palabrería, que el mundo se podría enderezar si ellos manejaran sus riendas”. También está el pecado de omisión, que acontece cuando no se actúa para impedir que ocurra algo malo cuando podría impedirlo. Paterson nos dice: “Piensa en una persona que insiste en que todo le va bien. Evita el conflicto, sonríe y hace lo que le piden. Encuentra un nicho y allí se esconde. No cuestiona la autoridad ni propone ideas, y ni siquiera se queja cuando se la trata mal. Se ha convertido en una persona esclava, una herramienta que los demás pueden explotar. No consigue lo que quiere o lo que necesita porque algo así requeriría tomar la palabra. De modo que nada en su existencia puede compensar los problemas vitales, y algo así enferma a cualquiera”. Al final, el que no toma las riendas de su vida está provocando que los demás las tomen por él, convirtiéndose así en una marioneta de los que le rodean. Hay que recordarles que nuevas experiencias significan mayor sabiduría (es lo que se llama plasticidad neuronal). “Si dices «no» a tu jefe, a tu mujer o a tu madre cuando hay que decírselo, entonces te transformas en alguien que puede decir «no» cuando hay que decirlo. [...] Por el contrario, si dices «sí» cuando tienes que decir «no», te transformas en alguien que solo puede decir «sí», incluso cuando manifiestamente toca decir lo contrario”. Añado yo, aunque tú seas el perjudicado. Mentir es debilitar tu carácter, y por ende no saber gestionar las adversidades que puedan surgir, y que de buen seguro surgirán. Escóndete si quieres, pero tarde o temprano te encontrarán. Y mientras tú evitas a otros, los otros se hacen más fuertes. Los errores aparecen en nuestra vida para corregirlos con sacrificios. Según el filósofo Kierkegaard, aquellos que ignoran sus propios errores por querer parecer superiores al resto de sus iguales son “inauténticos”, además de culpar a otros de todo lo malo que les pasa. En cambio las personas “auténticas” son aquellas que aprenden de sus errores y se saben ignorantes aunque sean unos sabios cara a los demás. Los “inauténticos” no tardan en soltar por su envenenada boca frases como «tendrían que desaparecer», «hay que hacerles daño» o «hay que destruirlos», y por lo tanto pueden llevar a cabo sus ideas. Viktor Frankl, un psiquiatra austriaco que sobrevivió a los campos de concentración nazis, llegó a una conclusión sociopsicológica que se relaciona con lo expresado por Kierkegaard: una existencia deshonesta, carente de autenticidad, conduce al totalitarismo social. También Sigmund Freud consideraba que la represión (o auto represión) contribuía de forma relevante al desarrollo de enfermedades mentales. Alfred Adler sabía que las mentiras eran un caldo de cultivo para las enfermedades. C. G. Jung sabía que los problemas morales que sufrían sus pacientes estaban causados por la falsedad. Nietzsche dijo que el valor de un hombre lo determinaba la cantidad de verdad que podía tolerar. Tantas eminencias no pueden estar equivocadas. “La falsedad corrompe tanto el alma como el Estado, puesto que una forma de corrupción alimenta la otra”. Imaginemos una madre insegura y victimista. Ella se hará la mártir, condenada a apoyar a su hijo, y se alimentará cual vampiro de la compasión que le proporcionen sus amistades. El hijo, por su parte, seguirá en su nido del sótano, imaginando que está oprimido y deleitándose con fantasías acerca de la escabechina que podría infligir al mundo que lo rechazó por su cobardía, su torpeza y su incapacidad. Y, precisamente por eso, a veces comete la escabechina en cuestión. Lo que puede salvar al hijo y a sus futuras víctimas es la voluntad de aprender de aquello que no sabes. Conocimiento y sacrificio son la base del cambio, de la transformación. El engaño y el autoengaño hace que las personas sientan una miseria mayor de lo que pueden soportar. El engaño provoca venganza y sufrimiento. El engaño, y el autoengaño de personas inseguras que necesitan ser más que los demás para aumentar su nula autoestima, ha provocado guerras, genocidio, asesinatos, etc. La serpiente engañó a Eva para que comiera el fruto prohibido. Eva engañó a Adán y la humanidad se condenó por un engañó. Cada vez que engañas te sientes mal, aunque excuses tu engaño de la manera más tonta y torturado por su continuo fracaso, el individuo se amarga. Se acumulan las decepciones y los fracasos y se forja una fantasía: «El mundo se empeña en hacerme sufrir, en degradarme, en destruirme. Necesito y merezco venganza, tengo que conseguir mis metas». Y esa es la entrada al infierno. La verdad construye edificios que pueden resistir en pie durante miles de años, da ropa y alimentos a los pobres y hace que las naciones disfruten de prosperidad y seguridad. La verdad hace que el pasado se quede de verdad en el pasado y consigue sacar el mayor provecho de nuestras posibilidades futuras. La verdad es el mayor recurso natural, aquel que nunca se puede agotar. Si tu vida no es lo que podría ser, prueba a decir la verdad. Si te aferras de forma desesperada a una ideología o si te regodeas en el nihilismo, prueba a decir la verdad. Si te sientes débil, rechazado, desesperado y confundido, prueba a decir la verdad. En el paraíso todo el mundo dice la verdad. Eso es lo que lo convierte en el paraíso.

Regla 9. Da por hecho que la persona a la que escuchas puede saber algo que tú no sabes

Los consejos los da alguien que quiere que te calles y le dejes en paz o la persona que se recrea en su superior inteligencia. Las experiencias vividas sirven para aprender, y la memoria sirve para recordar nuestros errores y aprender de ellos para no volverlos a cometer. Pero antes de actuar hemos pensado cómo actuaremos. Si el pensamiento es bueno nos ahorramos hacer estupideces, como ir borracho si debemos conducir. Y al no hacer estupideces no sufrimos, ni sufren, las consecuencias. Esa es la razón de ser del pensar, pero no podemos hacerlo solos. Hoy día pensar de verdad es algo poco común, igual que escuchar de verdad. Pensar es escucharte a ti mismo. Pensar es un diálogo interno entre dos o más formas distintas de uno mismo de ver el mundo. Pensar es entrar en conflicto con nosotros mismos, y el conflicto implica negociación y compromiso, así que tienes que aprender a ceder, a modificar tus argumentos y a ajustar lo que piensas, incluso si se trata de tus percepciones del mundo. Si no se te da bien pensar, siempre puedes hablar, pero no con cualquiera. Cuando hablas con alguien le haces cómplice de tus pensamientos y tus dudas, creas al mismo tiempo un colaborador y un oponente. Y esa persona debe saber escuchar. Una persona que escucha somete a examen lo que dices (y lo que piensas) sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Carl Rogers proponía a sus lectores que realizaran un pequeño experimento la próxima vez que se encontraran en una discusión: «Detén la discusión un momento e introduce esta regla: “Cada persona puede decir lo que piensa solo después de repetir las ideas y sentimientos de la persona que acaba de hablar de forma minuciosa, con una formulación que esa persona apruebe”». Es decir, repetir lo que ha dicho nuestro interlocutor y preguntarle si has entendido correctamente lo que quería decir. Resumir ayuda a consolidar y utilizar la memoria. Repetir hace recordar. Si no quieres olvidar algo importante para alguien, pídele a la otra persona que cuando te lo diga se lo repitas. Una prueba son los nombres de personas. Si no quieres olvidar el nombre de alguien, cuando te lo diga repítelo. Otra ventaja del método Rogers es que repitiendo resulta difícil alterar lo que nos han dicho. Cuando alguien se opone a ti, resulta muy tentador simplificar, parodiar o tergiversar su posición. Y si logras empatizar con tu interlocutor puede que: 1) encuentres cierto valor en ellos y que aprendas algo en el proceso; o 2) te sirvas de esas perspectivas para refinar tus propios argumentos si aún piensas que la otra persona está equivocada, con lo que saldrán reforzados. Seguro que han vivido el hecho de explicar una anécdota y que su interlocutor suelte una más gorda. El yo más demuestra así su inseguridad y su falta de empatía, o su deseo de quedar por encima suyo, además de su falta de atención, ya que utiliza el tiempo que emplea la otra persona en hablar para rebuscar lo que va a decir a continuación, algo que probablemente esté fuera de lugar porque, al esperar con ansia su turno para volver a intervenir, no ha escuchado. También está la conversación en la que uno de los participantes intenta conseguir que su punto de vista se alce con la victoria. Durante este tipo de conversaciones, que suelen aproximarse a cuestiones ideológicas, la persona que posee el turno de palabra: 1) se esfuerza por denigrar o ridiculizar el punto de vista de cualquiera que mantenga una postura distinta a la suya; 2) utiliza para ello pruebas cuidadosamente seleccionadas; y 3) impresiona a los interlocutores, muchos de los cuales comparten su mismo espacio ideológico con la validez de sus afirmaciones. En este caso, observando a los oyentes sabremos si lo que dice es interesante, aburrido o estúpido. Generalmente será interesante para los que opinan cómo él o estúpido para sus oponentes. Otro tipo de variante de conversación es la lección magistral. Impartir una lección, por sorprendente que sea, también es una conversación. El ponente habla, pero su auditorio se comunica con él o con ella de forma no verbal. Otro tipo de conversación dominante con el objetivo de ser el alma de la fiesta es el monologuista guasón. El propósito de este tipo de conversaciones es decir «cualquier cosa que sea o cierta o divertida». Puesto que la verdad y el humor son a menudo aliados íntimos, se trata de una combinación afortunada. Otro tipo de conversación es la exploración mutua, llevada a cabo por personas que han decidido que lo desconocido es un amigo más valioso que lo conocido. Suelen ser conversaciones filosóficas donde prima aprender asumiendo tu ignorancia. Lo difícil de este tipo de conversación es el respeto hacia la experiencia personal del otro, por eso es casi imposible tener conversaciones filosóficas con otros. El hecho es que aprender de las experiencias de los demás puede evitar que cometas errores, aprendiendo así rápidamente y con menos peligro. Escuchar y hablar de verdad, de igual a igual, conecta nuestras almas y hacen del mundo un lugar mejor. Así pues, escucha, escúchate a ti y escucha a aquellas personas con las que hablas. A partir de ahí, tu sabiduría no se compondrá de aquello que ya sabes, sino de la búsqueda continua de conocimiento, que constituye la forma más elevada de sabiduría.

Regla 10. A la hora de hablar, exprésate con precisión

Imaginemos que conduciendo nuestro coche oímos un ruido extraño. No somos mecánicos y además tenemos prisa, por lo que obviamos el ruido y aceleramos, lo que provoca que el coche se rompa. Lo mismo sucede con el lenguaje. No hablar con precisión puede acarrear malos entendidos que pueden causar alguna desgracia. Imagínate a una mujer fiel y honesta que de repente se enfrenta a la revelación de la infidelidad de su marido, con quien ha vivido durante años. Lo veía tal y como cree que es: una persona que merece confianza, que trabaja con abnegación, que la quiere y de quien puede depender. En su matrimonio se apoya en una roca sólida, o al menos eso es lo que piensa. Pero con el tiempo va prestando menos atención, va distrayéndose. Como dictan los tópicos, él empieza a prolongar sus jornadas laborales y a veces lo irritan de forma injustificable algunos pequeños comentarios que ella hace. Un día, la esposa lo ve en un café del centro con otra mujer, interactuando con ella de una forma que resulta difícil de racionalizar e ignorar. Las limitaciones y la inexactitud de sus percepciones anteriores resultan de repente dolorosamente evidentes. La teoría que tenía acerca de su marido se derrumba. ¿Qué ocurre como consecuencia? Primero, algo —o alguien— aparece en su lugar: un desconocido, complejo y espantoso. Es algo ya de por sí lo suficientemente malo, pero en realidad no es más que la mitad del problema. Así, su teoría acerca de sí misma también se hace añicos como resultado de la traición, con lo que el problema ya no es un desconocido, sino dos. Su marido no es quien percibía que era, pero tampoco lo es ella, la mujer engañada. Ya no es la mujer amada y equilibrada, la valiosa compañera. Por extraño que resulte, puede que nunca lo haya sido, a pesar de nuestra creencia en el carácter permanente e inmutable del pasado. Y le acuden a la cabeza miles de preguntas como: ¿soy una «inocente engañada» o, más bien, una «pobre ilusa»? ¿Tendría que verme a mí misma como una víctima o bien como cómplice en la conspiración que supone un engaño compartido? ¿Y mi marido, qué es? ¿Una pareja insatisfecha? ¿Una víctima seducida? ¿Un mentiroso psicópata? ¿El mismo diablo? ¿Cómo ha podido ser tan cruel? ¿Cómo podría alguien hacer algo así? ¿En qué tipo de hogar he estado viviendo? ¿Cómo he podido ser tan ingenua? ¿Quién soy? ¿Qué está pasando? ¿Hay algo de verdad en mi relación? ¿En algún momento lo ha habido? ¿Qué será de mí ahora? ¿Qué salió mal? ¿Qué hice que fue tan imperdonable? ¿Quién es esa persona con la que he estado viviendo? ¿Qué clase de mundo es este en el que pueden ocurrir cosas semejantes? ¿Qué clase de dios podría crear un lugar así?». ¿Qué conversación podría entablar con esta nueva persona tan irritante que habita la piel de quien antes era mi marido? ¿Qué clase de venganza podría satisfacer mi furia? ¿A quién podría seducir en respuesta a tal insulto? Cuando las realidades más profundas del mundo se nos revelan de forma inesperada, todo se vuelve incierto. Nuestro mundo cambia, y los cambios asustan, aunque no debería ser así, porque un cambio siempre te da la opción de mejorar. Por momentos la engañada oscila entre la rabia, el terror, el dolor insoportable y la euforia ante las posibilidades que se le abren con la libertad que ha descubierto. Nunca menosprecies el poder destructivo de los pecados de omisión. En tales circunstancias, no hay nada mejor que una pelea que tenga la paz como objetivo para revelar la verdad. En vez de pelear o hablar las cosas, el engañado se queda en silencio y se convence de que lo hace porque es una persona buena, pacífica y paciente. Pero la rabia le corroe por dentro. ¿Por qué negarse a ser específicos, cuando especificar el problema nos permitiría solucionarlo? Porque especificar el problema significa admitir su existencia. Cuando las cosas se derrumban y el caos vuelve a aparecer, podemos darle forma y volver a establecer el orden mediante la palabra. Si hablamos con cuidado y de forma precisa, podemos resolver las cosas y dejarlas en el lugar que les corresponde, y después fijarnos un nuevo objetivo y dirigirnos hacia él, a menudo de forma colectiva si negociamos, si alcanzamos un consenso. Las palabras valientes y verdaderas harán que tu realidad sea simple, inmaculada, bien definida y habitable.

Regla 11. Deja en paz a los chavales que montan en monopatín

Ser competente en una materia significa estar seguro de uno mismo. Pero las cosas extremadamente seguras pueden convertirse en peligrosas. La seguridad puede convertirnos en seres que busquen el riesgo, vivir al límite. Por ejemplo, la seguridad en nuestro matrimonio puede convertirnos en adúlteros. Este vivir al límite afianza nuestra experiencia y nos enfrenta al caos que nos ayuda a desarrollarnos. Si sale bien, claro. Si se nos sobreprotege, fracasaremos cuando surja algo peligroso, inesperado y cargado de oportunidades, tal y como acabará ocurriendo de forma inevitable. Carl Jung dijo: si no puedes entender por qué alguien hizo algo, fíjate en las consecuencias e infiere la motivación. Quitar parques de skate o colocar barreras arquitectónicas en plazas impide que nadie se suba en monopatín. La consecuencia de esto es adolescentes infelices, y quizá fuera eso lo que se pretendía conseguir. Tener poder sobre los adolescentes. Y a todo ser humano le atrae el poder. Aquellos que abogan por la igualdad de clases o sexo incurren en una contradicción, ya que esperan que el poder de sus palabras los alce por encima del resto de seres que pretenden igualizar. Si el poder es lo único que existe, entonces el uso del poder resulta totalmente justificable. Pero el poder trae agresividad. La agresividad está detrás del impulso de destacar, de ser imparable, de competir, de ganar, es decir, de ser activamente virtuoso, al menos en una dimensión. Pero si existe el poder, también existe la sumisión. “Muchas de las pacientes (quizá incluso la mayoría) que atiendo en mi práctica clínica tienen problemas en sus trabajos y vidas familiares no por ser demasiado agresivas, sino porque no lo son lo suficiente. Los terapeutas cognitivo-conductistas llaman «entrenamiento de firmeza» al tratamiento que reciben estas personas, generalmente caracterizadas por los rasgos más femeninos de simpatía (cortesía y compasión) e inestabilidad (ansiedad y dolor emocional)”. Mantenerte firme en tu argumentación más allá de las cuatro primeras respuestas, y no dejarte vencer por la emoción resultante, hará que te ganes la atención —y quizá el respeto— de la persona que te escucha. Una buena estrategia para persuadir al otro de que haga lo que quieres que haga es decirle lo que quieres que haga en vez de recriminado lo que ya ha hecho o lo que sigue haciendo. Las personas simpáticas irán detrás de cualquiera que realice sugerencias, y éstas las tomarán en consideración. Las órdenes invitan al desafío y por lo tanto a desobedecerlas. Las sugerencias no se pueden desobedecer. Si a las personas simpáticas (buenas) además de ordenar se las asusta y hiere con facilidad, cuentan aún con menos motivos para rebelarse, quedando expuestas a las amenazas y al peligro (al menos a corto plazo). Esa es la senda hacia el trastorno de personalidad dependiente, dicho en términos técnicos. Lo contrario de un criminal es una madre edípica, que también es, a su manera, criminal. La madre edípica (los padres pueden desempeñar el mismo papel, pero es mucho menos común) le dice a su hijo: «Tan solo vivo para ti». Les hace todo a sus hijos: les ata los cordones, les corta la comida, etc. “La madre edípica hace un pacto consigo misma, con sus hijos y con el mismo diablo. Este es el trato: «Sobre todo, no me dejes nunca. A cambio, te lo haré todo. A medida que crezcas sin madurar, te convertirás en alguien inútil y amargado, pero nunca tendrás que asumir ninguna responsabilidad y todas las cosas que hagas que estén mal serán siempre culpa de otra persona»”. En cambio los hombres tienen un código de comportamiento distinto hacia los hijos diciéndoles: haz tu trabajo; carga con lo que te toca; mantente despierto y presta atención; no lloriquees ni seas picajoso; defiende a tus amigos; no seas un pelota ni un chivato; no te conviertas en esclavo de reglas estúpidas; no seas una nenaza; no seas dependiente. Estas provocaciones, que surgen también en grupos de amigos y compañeros de trabajo, forman parte de una prueba: ¿eres duro, divertido, competente y fiable? Si no es así, lárgate. No nos das lastima, no queremos aguantar tu narcisismo y no queremos tener que hacer tu trabajo. Así de simple. Las mujeres coherentes y despiertas también un compañero despierto y coherente. Así pues, el tirano y el dependiente son dos extremos que hacen de este mundo un mundo de mierda.

Regla 12. Si te encuentras un gato por la calle, acarícialo

Los estudios del psicólogo social Henri Tajfel demostraron dos cosas: primero, que la gente es social; segundo, que la gente es antisocial. La gente es social porque le gustan los miembros de su propio grupo. La gente es antisocial porque no le gustan los miembros de los otros grupos. Los grupos pequeños sin voz no voto tienden a desaparecer, ya que no resulta útil formar parte de uno de ellos. Pero el grupo demasiado grande dificulta la probabilidad de ascender hasta lo más alto porque son muchos con los que tienes que competir. Formar parte tanto de uno como de otro no resulta atractivo para aquellos que ambicionan elevar su estatus social. Pero nuestras limitaciones son la base de nuestra experiencia, sin limitaciones corremos el riesgo de dejar de tener historia y desaparecer. Debemos luchar para superar nuestras limitaciones, hacerlas desaparecer poco a poco, limitar su efecto. Debemos pensar en cómo superar una enfermedad o cómo gestionar el poco sueldo para llegar a fin de mes. Debemos limitar los efectos de nuestras limitaciones, de lo contrario terminaremos agotados y en el abismo. “Mantén las fuerzas. Estás en guerra, no en una batalla, y la guerra se compone de muchas batallas. Tienes que mantenerte operativo a lo largo de todas ellas”. Aprovecha el día para luchar y la noche para descansar, porque si no descansas no puedes luchar. Asume tus errores, pide disculpas a los demás y a ti mismo. Y vuélvelo a intentar. Se sincero contigo mismo. En ocasiones la respuesta que te des a cómo solucionar un problema no te gustará, pero evitar el problema no hará que desaparezca, posiblemente todo lo contrario. Mark Twain dijo en una ocasión: «Lo que nos mete en problemas no es lo que no sabemos, sino lo que creemos que sabemos, pero no sabemos». No culpes a los demás de tus miserias y no esperes a que nadie resuelva tus problemas. Tu vida es tuya, para lo bueno y para lo malo. Quién debe cambiar eres tú, no el resto del mundo. Claro que resulta mucho más fácil no darse cuenta, ni admitir, ni implicarse. Resulta mucho más fácil apartar la mirada de la verdad y permanecer voluntariamente ciego. Pero lo fácil no enseña, y si no se aprende no se mejora.

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