«Ningún árbol puede crecer hasta el cielo a menos que sus raíces lleguen al infierno». Carl Gustav Jung, psicoanalista suizo.
Jordan Bernt Peterson nació en Fairview, Canadá, el 12 de junio de 1962. Está doctorado en Psicología Clínica y es profesor de Psicología en la Universidad de Toronto. Políticamente ha sido caracterizado como un «liberal clásico» y como un «conservador tradicionalista», además de creyente católico (como podemos comprobar al leer su libro). Sus principales áreas de estudio son la psicopatología, la psicología social y la psicología de la personalidad, con un interés particular en la psicología de las creencias religiosas e ideológicas y la evaluación y mejora de la personalidad y el rendimiento laboral.
El libro 12 reglas para vivir: Un antídoto al caos
(2018) es un libro de autoayuda que proporciona consejos de vida a través de
ensayos que abarcan temas como la ética, la psicología, la mitología y la
religión, así como anécdotas personales, y que resumiremos a continuación.
La vida está regida por el bien y el mal, el orden y el caos. Esto está recogido en el conocido símbolo taoísta del yang y el yin, representado por dos serpientes cuyas cabezas se unen a las colas de la otra. El Orden es una serpiente blanca, el Caos es su equivalente negra. El punto negro en la parte blanca y el blanco en la parte negra indican la posibilidad de transformación: el Caos contiene algo de Orden y el Orden contiene algo de Caos. Todo es susceptible de transformación. El Orden es necesario para contener al Caos, y el Orden se alcanza si los individuos comparten principios rectores que les apartan del mal. Si no es así, podemos vivir en el infierno, que asoma ya por la puerta provocando intolerancia, avaricia, despotismo, egoísmo, entre otros males. Si cada uno de nosotros se rigiese por buenos principios, prosperaríamos colectivamente. Y aquí es donde empiezan las 12 reglas.
Regla 1. Enderézate y mantén los hombros hacia atrás
El mundo animal está regido por la fuerza. El animal
que desea lo que posee su contrincante (territorio, hembras, etc.), lo reta
para quedarse con sus posesiones. Si el que domina pierde el combate, su
cerebro cambia y adopta el rol de subordinado, adaptándose así a la nueva
función de sumiso. El cerebro de rey es demasiado complejo para aceptar su
derrota y por lo tanto cuando pierde un combate es necesario que disuelva el
anterior y desarrolle uno nuevo, esta vez asumiendo su nueva posición inferior.
‘Cualquiera que haya sentido una dolorosa transformación tras sufrir un duro
revés amoroso o profesional puede sentirse hasta cierto punto identificado con
ese crustáceo que una vez lo dominaba todo’. Un animal con niveles elevados de
serotonina y bajos de octopamina es un ser petulante y presumido que no se
retira con facilidad frente a un desafío. Lo opuesto, alta octopamina y baja
serotonina, produce seres perdedores, contraídos, mustios y cobardes. Un
perdedor que recupera la moral y se atreve a pelear de nuevo por su territorio,
su probabilidad de perder es mayor que cuando era dominante. Así, en el mundo
animal, el ganador tiene más posibilidades de seguir ganando y al perdedor le
será mucho más difícil levantar cabeza. Lo mismo pasa con nosotros, los humanos,
donde las ochenta y cinco personas más ricas del mundo tienen lo mismo que los
3.500 millones que ocupan la parte inferior. Este hecho se le conoce como
“efecto Mateo” en alusión a la que quizá sea la máxima más contundente de las
atribuidas a Jesucristo: «Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al
que no tiene se le quitará hasta lo que tiene» (Mateo 25:29), Al igual que
ocurre en el mundo animal, los seres humanos perdedores producen menos
serotonina, la sustancia química que controla la postura y las retiradas, y
esto produce más derrotas. Una baja serotonina significa menos confianza en uno
mismo. Y también significa mayor estrés y mayores dificultades para reaccionar
ante una emergencia. Y el pobre tendrá más problemas que solucionar que el
rico. Esto conlleva menos felicidad, más dolor y ansiedad, más enfermedad y una
esperanza de vida menor para el perdedor. Una solución que da Peterson a la
depresión y ansiedad es tener hábitos constantes, como levantarse todos los
días a la misma hora. Los sistemas que median las emociones negativas están
estrechamente relacionados con los ritmos circadianos, que son rigurosamente
cíclicos. También recomienda desayunos ricos en grasas y proteínas, sin
carbohidratos ni azúcares, ya que éstos se digieren demasiado rápido y producen
un pico de glucosa seguido de un rápido descenso. “Es por eso que las personas
que sufren ansiedad o depresión siempre se encuentran agobiadas, sobre todo si
hace tiempo que sus vidas están descontroladas. Sus cuerpos están preparados
para segregar insulina en cantidades elevadas si realizan cualquier actividad
de una cierta complejidad o esfuerzo. Si lo hacen después de una noche en
ayunas o antes de comer, el exceso de insulina en la sangre absorberá toda la
glucosa. Entonces ataca la hipoglucemia y se vuelven psicológicamente
inestables”. El hecho es que en algunas enfermedades el remedio puede ser peor
que la enfermedad. El alcohólico cura su resaca con más alcohol, produciéndose
así un bucle de retroalimentación positiva del que es muy difícil salir. Algo
parecido suele ocurrirles a las personas que desarrollan un trastorno de
ansiedad como la agorafobia, que suele darse en mujeres que dependieron primero
de su padre y después de su marido, sin llegar a ser jamás mujeres independientes.
Un suceso inesperado como un conflicto conyugal, la muerte de la pareja o el
divorcio u hospitalización de alguien cercano les produce pensamientos acerca
de su vulnerabilidad que desencadenan ansiedad. Por ello su frecuencia cardíaca
aumenta y empieza a respirar de forma rápida y superficial. El enfermo siente
cómo sus latidos se aceleran y comienza a preguntarse si está sufriendo un
infarto. Este pensamiento genera todavía más ansiedad, así que respira de forma
más entrecortada, lo que aumenta su nivel de dióxido de carbono en sangre. Su
ritmo cardíaco vuelve a acelerarse a causa del miedo creciente. Se da cuenta y
su ritmo cardíaco aumenta de nuevo. Enseguida la ansiedad se transforma en
pánico y acude a urgencias, donde le dicen que no está sufriendo un infarto,
pero no se lo cree. Si este episodio le dio yendo al supermercado, la próxima
vez que necesite comprar comida recordará lo que le pasó y pedirá que se la
traigan a casa. Estando en casa no sufre palpitaciones, se siente segura, y por
lo tanto poco a poco va saliendo menos hasta que contrae agorafobia. Nuestros
sistemas de ansiedad son sumamente prácticos y asumen que cualquier cosa de la
que huyes es peligrosa. “Una huida motivada por ansiedad empequeñece a la
persona al tiempo que agranda un mundo lleno de peligros”. Igual pasa con las
personas que sufren depresión. Pueden empezar por sentirse inútiles, verdaderas
cargas para los demás, al mismo tiempo que están desgarradas por el dolor. Así
pues, se distancian de la familia y de sus amistades, un alejamiento que
aumenta su soledad y su aislamiento y la probabilidad de sentirse cargas
inútiles. Entonces se alejan más. De este modo la depresión entra en una
espiral creciente. Y no sólo eso. Tu imagen también a cómo te ven los demás,
asignándote un estatus inferior, algo que te lleva a producir menos serotonina,
lo que te hará menos feliz, más ansioso y triste, con más tendencia a bajar la
cabeza cuando tendrías que levantarte y defenderte. Un estatus inferior implica
también reducir tus probabilidades de encontrar un buen lugar para vivir, de
tener acceso a los mejores recursos y de encontrar una pareja sana y atractiva.
Te hará más propenso a abusar de la cocaína o el alcohol al estar viviendo en
un mundo presente lleno de futuros inciertos. Te hará más vulnerable a las
enfermedades cardíacas, al cáncer y a la demencia. Pero si hay un bucle de
retroalimentación positiva, también lo hay de negativa. Es lo que se llama ley
de Price y distribución de Pareto: aquellos que empiezan a tener, probablemente
conseguirán más. Enderezándote y proyectando una imagen dominante puede que tan
solo llames la atención de quien quiere volver a hundirte. Y no te falta razón.
Pero mantenerse erguido con los hombros hacia atrás no es algo exclusivamente
físico, porque no solo eres un cuerpo. También eres un espíritu, una psique.
Erguirse físicamente también implica, invoca y supone erguirse metafísicamente.
No te prepares para la catástrofe, afronta el desafío. Deja de arquearte. Di lo
que piensas. Deja claro lo que quieres, como si tuvieras derecho a conseguirlo.
Anda con la cabeza bien alta y mira al frente con franqueza. Haz que la
serotonina fluya a raudales a través de las vías neuronales que arden a la
espera de su efecto tranquilizante. Tú mismo te verás como capaz, la gente te
verá capaz, y esa nueva visión positiva te dará ánimo y empezarás a sentir
menos angustia. Todo esto no solo aumentará notablemente la probabilidad de que
te pasen cosas buenas, sino que conseguirá que esas cosas buenas te hagan sentir
aún mejor cuando sucedan.
Regla 2. Trátate a ti mismo como si fueras alguien que
depende de ti.
¿Cuántas veces nos habremos preguntado por qué un
enfermo no se medica para recuperarse de su enfermedad? Por ejemplo, un
trasplante de riñón es un proceso duro y largo. Tras pasar horas de diálisis y
mucho dolor, la operación conlleva un riesgo, después está el posible rechazo y
el doloroso posoperatorio. ¿Cómo es posible que tras este proceso haya
trasplantado que sigan bebiendo alcohol? La respuesta es simple, dependen de
sus circunstancias. “Muchas personas que reciben un órgano trasplantado están aisladas
o bien arrastran numerosos problemas de salud (sin hablar ya de los
relacionados con el paro o con crisis familiares). Puede que sufran trastornos
cognitivos o depresión y también puede que no confíen plenamente en el médico o
que no entiendan la necesidad del medicamento en cuestión”. En cambio estás
personas puede que administre la medicación adecuada a seres queridos, incluso
a sus mascotas. Estas personas desean que su perro mejore, pero su propia salud
parece que les trae al pairo. Peterson encontró la respuesta a este dilema en
la Biblia, más concretamente en el Génesis, el caos. En el Génesis el caos está
simbolizado por la serpiente que convence a Eva para que coma la manzana que
Dios Le prohibió comer. El caos es igual a desobediencia, a lo externo, a lo
desconocido. “Incluso los padres más diligentes no pueden proteger
completamente a sus hijos, ni siquiera encerrándolos en un sótano, totalmente
alejados de las drogas, el alcohol y el porno por internet”. En ese caso
extremo, los padres se convierten en el peligro del que intentan alejar a sus
hijos. Lo mejor para los seres que dependen de ti es que les enseñes a
protegerse, no que los protejas. Incluso en un mundo sin amenazas, la amenaza
sería el infantilismo humano permanente, la inexperiencia y la inutilidad.
¿Cómo podemos llegar hasta nuestro pleno potencial sin desafíos ni peligros?
Peterson hace aquí una pregunta a los padres: ¿queréis que vuestros hijos estén
seguros o que se hagan fuertes? La serpiente abre los ojos a Eva, y ésta a Adán
porque ¿quién quiere a su lado a un ser ingenuo e inútil? Al abrir los ojos,
Adán y Eva lo primero que ven es que están desnudos, física y psíquicamente.
Estar desnudo significa ser vulnerable, significa que se te puede dañar con
facilidad. Por eso Adán y Eva sintieron vergüenza nada más abrírseles los ojos.
Ahora podían ver, y lo primero que vieron fue a sí mismos. Sus defectos
quedaban a la vista y su vulnerabilidad aparecía expuesta. “La belleza
avergüenza a los feos. La fuerza avergüenza a los débiles. La muerte avergüenza
a los vivos y el Ideal nos avergüenza a todos”. Eva fue engañada por el
poderoso demonio, pero Adán obedeció a su igual. Eva tiene excusa, Adán
no. Y aquí está la respuesta que nos
hacíamos al principio: no podemos cuidar lo que nos avergüenza, incluidos
nosotros mismos. “Si de verdad queremos cuidarnos, tenemos que respetarnos,
pero no lo hacemos porque, al menos a nuestros ojos, somos criaturas caídas. Si
viviéramos en la verdad, si dijéramos la verdad, entonces podríamos volver a
caminar junto a Dios y respetarnos, así como a los demás y al mundo. Entonces
puede que nos tratásemos como personas que nos importan. Puede que nos
esforzásemos por arreglar el mundo. Puede que lo orientásemos hacia el cielo,
donde querríamos que vivieran las personas a las que cuidamos, y no hacia el
infierno, donde nuestro rencor y nuestro odio condenarían para siempre a todo
el mundo”. Cuídate. Define quién eres. Refina tu personalidad. Elige tu destino
y expresa tu Ser. Como el gran filósofo alemán del siglo XIX Friedrich
Nietzsche observó tan brillantemente: «Quien tiene un porqué para vivir
encontrará casi siempre el cómo». Si quieres cambiar el mundo, empieza por
cambiar tú mismo.
Regla 3. Traba amistad con aquellas personas que
quieran lo mejor para ti
A menudo la gente busca pareja o amigos malotes. Estas
personas suelen tener una imagen mala de sí mismas y como dice el proverbio,
Dios los cría y ellos se juntan. Estas personas creen no merecer nada mejor,
así que directamente no lo buscan. Además, tampoco suelen reparar en sus
errores, cosa que hace que los vuelvan a repetir una y otra vez. Otro motivo
por el que buscan rodearse de gente tóxica es ser un buen samaritano, buscando
mejorar la mala imagen que tienen de ellos mismos ayudando a los demás. Esto
suele suceder a menudo en relaciones sentimentales donde el hijo o hija de
alcohólico busca una pareja alcohólica por dos motivos: 1) si está ocupado en
ayudar a otro se olvida de sus propias miserias; y 2) busca resarcirse del
fracaso infantil de no haber conseguido sacar a su padre del alcoholismo
ayudando a otros como él para poder decirse que el problema no era suyo, sino
del padre. El problema está en que no todos saben ayudar y no todos quieren ser
ayudados. El intento de rescatar a alguien está a menudo motivado por la
vanidad y el narcisismo. En ocasiones los terapeutas buscan enderezar a un
adolescente problemático mezclándolo con otros adolescentes civilizados. El
problema es que el delincuente no sólo no se endereza sino que tuerce a los
civilizados. Y esto suele suceder porque el problemático desea que su fracaso
se contagie a los que son diferentes a él para no sentirse él el diferente. Por
eso los malos se juntan con los malos. Al ser humano no le gusta ser el
“diferente” en su grupo y por ello se amolda a los que le rodean o los cambia.
Mal de muchos, consuelo de tontos. Estas personas desearan que el que ha dejado
de fumar vuelva a fumar si él fuma, ya que buscan el fracaso en los demás para
justificar su propio fracaso. Estas personas invalidan los logros de los que
tienen cerca con alguna acción pasada suya, real o imaginada. Quizá intenten
probarles para ver si de verdad están decididos a ser mejores personas, pero
fundamentalmente lo que quieren es hundirles porque, al mejorar, están poniendo
aún más en evidencia sus propios defectos. “No existe ninguna obligación moral
de respaldar a alguien que está haciendo del mundo un lugar peor. Todo lo
contrario. Tendrías que quedarte con personas que quieren que las cosas sean
mejores, no peores. Es algo bueno, no egoísta, elegir a gente que es buena para
ti. Es adecuado y digno de elogio relacionarse con personas cuyas vidas
mejorarían si vieran que la tuya está mejorando”. Elige bien, elige al bueno.
Recuerda lo que decía Forrest Gump, a las personas malas les pasan cosas malas.
Regla 4. No te
compares con otro, compárate con quien eras tú antes.
Ciertamente eres único. Nadie más tiene tu ADN. Pero en
materia social, como humano, compartes el planeta con otros ocho mil millones
de humanos, que sienten y padecen tus mismos logros y fracasos. Y algo nos debe
quedar claro, siempre habrá alguien mejor que nosotros y también peor. Y no
sólo eso, todo jefe tiene su propio jefe. Hasta los más poderosos siguen
directrices de otros más poderosos que ellos y que viven en el anonimato. En
este momento puede que esté pensando: ¿para qué tanto esfuerzo si siempre habrá
alguien que lo supere? No se trata de triunfar o fracasar ante el planeta, se
trata de cumplir tus expectativas. La cuestión es que esas expectativas sean
acordes con tus habilidades y circunstancias. Por ejemplo, una persona que se
le da muy bien el trato al público y es capaz de venderle una nevera a un
esquimal no explotará todo su potencial trabajando en un pueblo pequeño o por
Internet. Un buen vendedor que desea escalar en el estrato social debe buscar
un sector que no se quede estancado en el tiempo y cuya clientela sea numerosa,
de lo contrario será él el que se quede estancado y no aproveche al máximo sus
habilidades. De todas formas productos que vender hay muchos y si no tiene
éxito vendiendo lavadoras, siempre puede vender otra cosa. Y también las
expectativas deben renovarse, porque si al conseguir una expectativa no te
propones una nueva no creces como persona. Tampoco tienes que sobrevalorar lo
que no tienes o despreciar lo que tienes. Es posible que ese actor o actriz al
que admiras esté enganchado a las drogas, sea alcohólico o cornudo, mientras
que tu salud es buena y tienes un matrimonio feliz, aunque es cierto que
seguramente él tenga mucho más dinero y fama que tú. Cuando se le pregunta a un
famoso qué añora de su vida antes de ser conocido por mucha gente, normalmente
responde que el poder ir tranquilo por la calle. E incluso algunos de ellos
dejaron aquello que les hacía conocidos por todos para pasar al anonimato y
poder así pasear en paz. Es cuestión de prioridades. Aún así, las comparaciones
siempre fueron odiosas, y provocan autocritica insana que da excesiva
importancia a algo que no la tiene, que te compara negativamente con alguien
realmente bueno en su campo y te convence erróneamente de que la vida es
injusta contigo socavando tu motivación para hacer cualquier cosa. Nada causa
tanto daño como la arrogancia, el engaño y el resentimiento. “Ten cuidado
cuando te compares con los demás, puesto que una vez que eres un adulto, eres
un ser singular. Tienes tus problemas particulares y específicos: financieros,
íntimos, psicológicos y de otra índole”. En un partido de fútbol el delantero
del equipo puede haber fracasado (fallado al chutar el balón a portería)
cuatro, cinco o más veces y no por ello se le echa del equipo. En cambio, puede
haber tenido éxito una sola vez (marcando el gol de la victoria) y tratársele
de héroe. Para triunfar, o cumplir con las expectativas, lo primero que hay que
hacer es conocerse a uno mismo, saber que habilidades se tienen y también los
defectos. Después hay que pasar a la acción, haciéndote caso a ti mismo, porque
si no nos hacemos caso a nosotros mismos, ¿a quién haremos caso? ¿Qué clase de
persona se mentiría a sí mismo? Una cosa, hay que escoger metas alcanzables e
ir paso a paso. Una vez actuado, tienes que comparar ayer con hoy y ver si ha
mejorado algo después de actuar. En la película Atrapado en el tiempo, el
protagonista mejora algo cada día que pasa, hasta que llega un momento que ha
mejorado todo lo que podía mejorar y entonces deja de estar atrapado, siguiendo
con su vida. Ese es el reto, solucionar un pequeño problema cada día para que
pasados unos años haya mejorado todo y no tengas ningún problema. Si fallas,
aprende de tus errores y vuélvelo a intentar de otra manera. Seguro que conseguirás
la solución un día u otro. Si se le llama problema es porque tiene una
solución. “Imagínate que no eres feliz. No consigues lo que te hace falta, lo
que paradójicamente quizá sea una consecuencia de lo que quieres. Estás ciego
por las cosas que deseas. Tal vez lo que verdaderamente necesitas se encuentra
justo delante de tus narices, pero el objetivo al que aspiras ahora mismo te
impide verlo. Y eso nos lleva a otro punto: el precio que hay que pagar antes
de que tú o cualquier otra persona consiga lo que ansía (o mejor todavía, lo
que necesita). La vida no tiene el problema, lo tienes tú. Darte cuenta de eso
al menos te deja varias opciones. Si la vida no te va bien, quizá es tu
conocimiento lo que resulta insuficiente y no la vida como tal. Quizá tu estructura
de valores necesita una remodelación importante. Quizá lo que quieres te ciega
y no te deja ver otras posibilidades. Quizá te estás aferrando a tus deseos en
el presente de una forma tan obstinada que no puedes ver nada más, ni siquiera
lo que te hace falta de verdad”. Así pues, tenemos que ser conscientes de
nuestros deseos y articularlos, priorizarlos y organizarlos en jerarquías.
Mejora tu vida, no empeores la vida de a los que envidias. La envidia hace que
el mundo en el que vives se revele como un lugar de rencor, decepción y
despecho. Tienes que dejar de manipular, calcular, confabular, maquinar,
forzar, exigir, evitar, ignorar y castigar. Busca algo que te moleste, que
podrías y querrías arreglar, y entonces arréglalo. Con eso resuelves la
papeleta de hoy y te recompensas con algo pequeño, como ver esa película que
quieres ver hace tiempo. Hazlo todos los días un rato, y a partir de entonces
hazlo el resto de tu vida. Ya no tienes que estar frustrado, porque has
aprendido a ponerte objetivos modestos y ser paciente. Ahora ya no te importa
tanto lo que hagan los demás, porque tienes muchísimo trabajo por delante.
Regla 5. No permitas que tus hijos hagan cosas que
detestes.
Conceder todos los caprichos a un niño es crear un
pequeño Dios-emperador-tirano. ¿Cómo no se va odiar a una suegra que ha criado
así a nuestra pareja? “A los niños se les hace daño cuando sus condescendientes
padres renuncian a convertirlos en personas atentas, respetuosas y espabiladas
para dejarlos en un estado de inconsciencia e indiferencia. A los niños se los
daña cuando quienes tendrían que cuidar de ellos, por temor a cualquier
conflicto o discordia, ya no se atreven a corregirlos y los dejan sin orientación
alguna. Puedo reconocer a este tipo de niños por la calle, informales,
descentrados, difusos. Son oscuros niños de plomo en vez de brillantes
criaturas de oro. Son bloques sin tallar, atrapados en un perpetuo estado
transitorio”. Los padres de hoy día tienen pánico a que sus hijos no les
quieran si los castigan, sacrificando así el respeto que merecen como padres.
Los padres deben dar ejemplo con sus actos. Disciplinar a un niño que busca los
límites del castigo haciendo fechorías es un acto de compasión y raciocinio a
largo plazo. Los límites proporcionan seguridad, incluso si el momento en el
que los detectan supone una decepción o una frustración momentánea. Los niños
piensan que si pueden dañar a sus padres y demostrarles que son más fuertes,
entonces podrán hacer lo que quieran, incluso delante de sus padres. Pero sobre
todo lo hacen para descubrir los verdaderos límites del comportamiento
permisible. Corregir la actitud violenta de un niño le enseña que esa no es la
mejor estrategia social para solucionar las cosas, y éste aprende a controlar y
regular sus impulsos para su futura integración en la sociedad. Hay que saber
también que la mayoría de los llantos de los menores están provocados por la
rabia. Los padres de hoy día se han criado asimilando las palabras «disciplina»
y «castigo» con regímenes totalitaristas y les sugieren imágenes de cárceles,
soldados y botas militares. Pero eso debe cambiar. Ordenar a un niño que ponga
la mesa o que se haga la cama no te convierte en un dictador, al contrario.
Enseñar paso a paso otorgando una recompensa por lo hecho es un buen sistema.
Primero le enseñas a poner un plato y le recompensas con un beso, al día
siguiente los cubiertos y un abrazo, etc. Con este tipo de enfoque puedes
enseñar prácticamente cualquier cosa a cualquier persona. Primero, averigua qué
es lo que quieres y, después, observa a las personas que te rodean como si
fueras un halcón. Por último, en cuanto veas algo que se parezca un poquito más
a aquello que quieres conseguir, lánzate en picado y entrega una recompensa.
Las emociones, las positivas y las negativas, presentan dos variantes
apropiadamente diferenciadas: la satisfacción (técnicamente, la saciedad) nos
señala que lo que hemos hecho estaba bien, mientras que la esperanza (técnicamente,
un incentivo) nos indica que algo placentero va a ocurrir. Por tanto, hacemos
un flaco favor a nuestros hijos si dejamos de utilizar cualquier herramienta a
nuestro alcance que los ayude a aprender, incluidas las emociones negativas,
aunque se recurra a ellas de la forma más bondadosa posible. En resumen, la
verdadera cuestión a nivel moral no es cómo proteger totalmente a los niños de
los sinsabores y el fracaso de tal forma que nunca sufran ni miedo ni dolor,
sino, por el contrario, cómo maximizar el aprendizaje para que puedan extraer
un conocimiento útil con un coste mínimo. Si no enseñas a tu hijo a compartir o
no le regañas cuando miente, el día que tú o cualquiera le diga que ser egoísta
o ser mentiroso está mal, tu hijo se sentirá confundido y eso puede provocarle
traumas psicológicos. Es más, puede convertiré en un niño solitario e
incomprendido, ya que los otros niños puede que no quieran ser amigos de un ser
egoísta o mentiroso. En ese momento tu hijo se preguntará qué está haciendo mal
para no tener amigos. O bien disciplinas a tus hijos, o bien traspasas esa
responsabilidad al cruel e insensible mundo, y esto último no es amor. Tu hijo
puede aprender a dominar su rabia con sus padres de pequeño o en la cárcel de
mayor. Es muy simple, hay que recompensar al niño cuando haga cosas
consideradas socialmente beneficiosas para la comunidad y castigarlo para
erradicar comportamientos que conduzcan a la desgracia y al fracaso. Y como
padres que forman parte de la sociedad, si ésta no premia de forma adecuada el
comportamiento productivo y cooperativo, si insiste en distribuir los recursos
de forma manifiestamente injusta y arbitraria y permite el robo y la
explotación, no tardará en verse afectada por el conflicto. Así que si no
educamos bien a nuestros hijos estamos contribuyendo a crear el caos social.
Tampoco hay que irse al otro extremo e imponer al niño infinidad de reglas, hay
que priorizar las reglas que se imponen y utilizar la menor fuerza posible para
aplicarlas. Esta limitación puede estar compuesta por no morder o pegar a no
ser que te estés defendiendo; no torturar ni acosar a otros niños; comer de
forma civilizada; mostrarse agradecido; compartir; escuchar a los adultos para
aprender; irse a dormir a la hora indicada sin quejas; cuidar las cosas que
posees; y ser un buen compañero o amigo. Un niño que conoce estas reglas será
bienvenido allá donde vaya. La aplicación de fuerza mínima puede ser golpear la
mano del niño con el dedo índice extendido o dejar al niño solo en una
habitación hasta que se calme. Otra regla para una buena educación es la de
estar los progenitores de acuerdo con el castigo aplicado y no quitarse la
autoridad el uno al otro, entendiendo su propia capacidad para ser duros,
vengativos, arrogantes, rencorosos, coléricos y deshonesto. El resentimiento
crea venganza, la venganza evita las muestras de afecto, la falta de afecto
conlleva al sutil abandono y el abandono es el principio de un conflicto
familiar eterno. Los progenitores deben ser conscientes de la limitación de su
paciencia y hasta dónde pueden soportar una provocación. Sólo así podrán
diseñar estrategias de disciplina adecuadas e impedir la venganza y el odio que
provoca una insurrección. Un último principio es que los padres tienen el deber
de actuar como representantes del mundo real y la obligación de convertir a sus
hijos socialmente deseables, algo que les proporcionará oportunidades, amor
propio y seguridad. Los valores son importantes para que las personas sean
socialmente aceptadas.
Regla 6. Antes de criticar a alguien, asegúrate de tener tu
vida en perfecto orden.
Regla 9. Da por hecho que la persona a la que escuchas
puede saber algo que tú no sabes
Los consejos los da alguien que quiere que te calles y
le dejes en paz o la persona que se recrea en su superior inteligencia. Las
experiencias vividas sirven para aprender, y la memoria sirve para recordar
nuestros errores y aprender de ellos para no volverlos a cometer. Pero antes de
actuar hemos pensado cómo actuaremos. Si el pensamiento es bueno nos ahorramos
hacer estupideces, como ir borracho si debemos conducir. Y al no hacer
estupideces no sufrimos, ni sufren, las consecuencias. Esa es la razón de ser
del pensar, pero no podemos hacerlo solos. Hoy día pensar de verdad es algo
poco común, igual que escuchar de verdad. Pensar es escucharte a ti mismo.
Pensar es un diálogo interno entre dos o más formas distintas de uno mismo de
ver el mundo. Pensar es entrar en conflicto con nosotros mismos, y el conflicto
implica negociación y compromiso, así que tienes que aprender a ceder, a
modificar tus argumentos y a ajustar lo que piensas, incluso si se trata de tus
percepciones del mundo. Si no se te da bien pensar, siempre puedes hablar, pero
no con cualquiera. Cuando hablas con alguien le haces cómplice de tus
pensamientos y tus dudas, creas al mismo tiempo un colaborador y un oponente. Y
esa persona debe saber escuchar. Una persona que escucha somete a examen lo que
dices (y lo que piensas) sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Carl
Rogers proponía a sus lectores que realizaran un pequeño experimento la próxima
vez que se encontraran en una discusión: «Detén la discusión un momento e
introduce esta regla: “Cada persona puede decir lo que piensa solo después de
repetir las ideas y sentimientos de la persona que acaba de hablar de forma
minuciosa, con una formulación que esa persona apruebe”». Es decir, repetir lo
que ha dicho nuestro interlocutor y preguntarle si has entendido correctamente
lo que quería decir. Resumir ayuda a consolidar y utilizar la memoria. Repetir
hace recordar. Si no quieres olvidar algo importante para alguien, pídele a la
otra persona que cuando te lo diga se lo repitas. Una prueba son los nombres de
personas. Si no quieres olvidar el nombre de alguien, cuando te lo diga
repítelo. Otra ventaja del método Rogers es que repitiendo resulta difícil
alterar lo que nos han dicho. Cuando alguien se opone a ti, resulta muy
tentador simplificar, parodiar o tergiversar su posición. Y si logras empatizar
con tu interlocutor puede que: 1) encuentres cierto valor en ellos y que
aprendas algo en el proceso; o 2) te sirvas de esas perspectivas para refinar
tus propios argumentos si aún piensas que la otra persona está equivocada, con
lo que saldrán reforzados. Seguro que han vivido el hecho de explicar una
anécdota y que su interlocutor suelte una más gorda. El yo más demuestra así su
inseguridad y su falta de empatía, o su deseo de quedar por encima suyo, además
de su falta de atención, ya que utiliza el tiempo que emplea la otra persona en
hablar para rebuscar lo que va a decir a continuación, algo que probablemente
esté fuera de lugar porque, al esperar con ansia su turno para volver a
intervenir, no ha escuchado. También está la conversación en la que uno de los
participantes intenta conseguir que su punto de vista se alce con la victoria.
Durante este tipo de conversaciones, que suelen aproximarse a cuestiones
ideológicas, la persona que posee el turno de palabra: 1) se esfuerza por
denigrar o ridiculizar el punto de vista de cualquiera que mantenga una postura
distinta a la suya; 2) utiliza para ello pruebas cuidadosamente seleccionadas;
y 3) impresiona a los interlocutores, muchos de los cuales comparten su mismo
espacio ideológico con la validez de sus afirmaciones. En este caso, observando
a los oyentes sabremos si lo que dice es interesante, aburrido o estúpido.
Generalmente será interesante para los que opinan cómo él o estúpido para sus
oponentes. Otro tipo de variante de conversación es la lección magistral.
Impartir una lección, por sorprendente que sea, también es una conversación. El
ponente habla, pero su auditorio se comunica con él o con ella de forma no
verbal. Otro tipo de conversación dominante con el objetivo de ser el alma de
la fiesta es el monologuista guasón. El propósito de este tipo de
conversaciones es decir «cualquier cosa que sea o cierta o divertida». Puesto
que la verdad y el humor son a menudo aliados íntimos, se trata de una
combinación afortunada. Otro tipo de conversación es la exploración mutua,
llevada a cabo por personas que han decidido que lo desconocido es un amigo más
valioso que lo conocido. Suelen ser conversaciones filosóficas donde prima
aprender asumiendo tu ignorancia. Lo difícil de este tipo de conversación es el
respeto hacia la experiencia personal del otro, por eso es casi imposible tener
conversaciones filosóficas con otros. El hecho es que aprender de las
experiencias de los demás puede evitar que cometas errores, aprendiendo así
rápidamente y con menos peligro. Escuchar y hablar de verdad, de igual a igual,
conecta nuestras almas y hacen del mundo un lugar mejor. Así pues, escucha,
escúchate a ti y escucha a aquellas personas con las que hablas. A partir de
ahí, tu sabiduría no se compondrá de aquello que ya sabes, sino de la búsqueda
continua de conocimiento, que constituye la forma más elevada de sabiduría.
Regla 10. A la hora de hablar, exprésate con precisión
Imaginemos que conduciendo nuestro coche oímos un ruido
extraño. No somos mecánicos y además tenemos prisa, por lo que obviamos el
ruido y aceleramos, lo que provoca que el coche se rompa. Lo mismo sucede con
el lenguaje. No hablar con precisión puede acarrear malos entendidos que pueden
causar alguna desgracia. Imagínate a una mujer fiel y honesta que de repente se
enfrenta a la revelación de la infidelidad de su marido, con quien ha vivido
durante años. Lo veía tal y como cree que es: una persona que merece confianza,
que trabaja con abnegación, que la quiere y de quien puede depender. En su
matrimonio se apoya en una roca sólida, o al menos eso es lo que piensa. Pero
con el tiempo va prestando menos atención, va distrayéndose. Como dictan los
tópicos, él empieza a prolongar sus jornadas laborales y a veces lo irritan de
forma injustificable algunos pequeños comentarios que ella hace. Un día, la
esposa lo ve en un café del centro con otra mujer, interactuando con ella de
una forma que resulta difícil de racionalizar e ignorar. Las limitaciones y la
inexactitud de sus percepciones anteriores resultan de repente dolorosamente
evidentes. La teoría que tenía acerca de su marido se derrumba. ¿Qué ocurre
como consecuencia? Primero, algo —o alguien— aparece en su lugar: un
desconocido, complejo y espantoso. Es algo ya de por sí lo suficientemente
malo, pero en realidad no es más que la mitad del problema. Así, su teoría
acerca de sí misma también se hace añicos como resultado de la traición, con lo
que el problema ya no es un desconocido, sino dos. Su marido no es quien
percibía que era, pero tampoco lo es ella, la mujer engañada. Ya no es la mujer
amada y equilibrada, la valiosa compañera. Por extraño que resulte, puede que
nunca lo haya sido, a pesar de nuestra creencia en el carácter permanente e
inmutable del pasado. Y le acuden a la cabeza miles de preguntas como: ¿soy una
«inocente engañada» o, más bien, una «pobre ilusa»? ¿Tendría que verme a mí
misma como una víctima o bien como cómplice en la conspiración que supone un
engaño compartido? ¿Y mi marido, qué es? ¿Una pareja insatisfecha? ¿Una víctima
seducida? ¿Un mentiroso psicópata? ¿El mismo diablo? ¿Cómo ha podido ser tan
cruel? ¿Cómo podría alguien hacer algo así? ¿En qué tipo de hogar he estado
viviendo? ¿Cómo he podido ser tan ingenua? ¿Quién soy? ¿Qué está pasando? ¿Hay
algo de verdad en mi relación? ¿En algún momento lo ha habido? ¿Qué será de mí
ahora? ¿Qué salió mal? ¿Qué hice que fue tan imperdonable? ¿Quién es esa
persona con la que he estado viviendo? ¿Qué clase de mundo es este en el que
pueden ocurrir cosas semejantes? ¿Qué clase de dios podría crear un lugar
así?». ¿Qué conversación podría entablar con esta nueva persona tan irritante
que habita la piel de quien antes era mi marido? ¿Qué clase de venganza podría
satisfacer mi furia? ¿A quién podría seducir en respuesta a tal insulto? Cuando
las realidades más profundas del mundo se nos revelan de forma inesperada, todo
se vuelve incierto. Nuestro mundo cambia, y los cambios asustan, aunque no debería
ser así, porque un cambio siempre te da la opción de mejorar. Por momentos la
engañada oscila entre la rabia, el terror, el dolor insoportable y la euforia
ante las posibilidades que se le abren con la libertad que ha descubierto.
Nunca menosprecies el poder destructivo de los pecados de omisión. En tales
circunstancias, no hay nada mejor que una pelea que tenga la paz como objetivo
para revelar la verdad. En vez de pelear o hablar las cosas, el engañado se
queda en silencio y se convence de que lo hace porque es una persona buena,
pacífica y paciente. Pero la rabia le corroe por dentro. ¿Por qué negarse a ser
específicos, cuando especificar el problema nos permitiría solucionarlo? Porque
especificar el problema significa admitir su existencia. Cuando las cosas se
derrumban y el caos vuelve a aparecer, podemos darle forma y volver a
establecer el orden mediante la palabra. Si hablamos con cuidado y de forma
precisa, podemos resolver las cosas y dejarlas en el lugar que les corresponde,
y después fijarnos un nuevo objetivo y dirigirnos hacia él, a menudo de forma
colectiva si negociamos, si alcanzamos un consenso. Las palabras valientes y
verdaderas harán que tu realidad sea simple, inmaculada, bien definida y
habitable.
Regla 11. Deja en paz a los chavales que montan en
monopatín
Ser competente en una materia significa estar seguro de
uno mismo. Pero las cosas extremadamente seguras pueden convertirse en
peligrosas. La seguridad puede convertirnos en seres que busquen el riesgo,
vivir al límite. Por ejemplo, la seguridad en nuestro matrimonio puede
convertirnos en adúlteros. Este vivir al límite afianza nuestra experiencia y
nos enfrenta al caos que nos ayuda a desarrollarnos. Si sale bien, claro. Si se
nos sobreprotege, fracasaremos cuando surja algo peligroso, inesperado y cargado
de oportunidades, tal y como acabará ocurriendo de forma inevitable. Carl Jung
dijo: si no puedes entender por qué alguien hizo algo, fíjate en las
consecuencias e infiere la motivación. Quitar parques de skate o colocar
barreras arquitectónicas en plazas impide que nadie se suba en monopatín. La
consecuencia de esto es adolescentes infelices, y quizá fuera eso lo que se
pretendía conseguir. Tener poder sobre los adolescentes. Y a todo ser humano le
atrae el poder. Aquellos que abogan por la igualdad de clases o sexo incurren
en una contradicción, ya que esperan que el poder de sus palabras los alce por
encima del resto de seres que pretenden igualizar. Si el poder es lo único que
existe, entonces el uso del poder resulta totalmente justificable. Pero el poder
trae agresividad. La agresividad está detrás del impulso de destacar, de ser
imparable, de competir, de ganar, es decir, de ser activamente virtuoso, al
menos en una dimensión. Pero si existe el poder, también existe la sumisión.
“Muchas de las pacientes (quizá incluso la mayoría) que atiendo en mi práctica
clínica tienen problemas en sus trabajos y vidas familiares no por ser
demasiado agresivas, sino porque no lo son lo suficiente. Los terapeutas
cognitivo-conductistas llaman «entrenamiento de firmeza» al tratamiento que
reciben estas personas, generalmente caracterizadas por los rasgos más
femeninos de simpatía (cortesía y compasión) e inestabilidad (ansiedad y dolor
emocional)”. Mantenerte firme en tu argumentación más allá de las cuatro
primeras respuestas, y no dejarte vencer por la emoción resultante, hará que te
ganes la atención —y quizá el respeto— de la persona que te escucha. Una buena
estrategia para persuadir al otro de que haga lo que quieres que haga es
decirle lo que quieres que haga en vez de recriminado lo que ya ha hecho o lo
que sigue haciendo. Las personas simpáticas irán detrás de cualquiera que
realice sugerencias, y éstas las tomarán en consideración. Las órdenes invitan
al desafío y por lo tanto a desobedecerlas. Las sugerencias no se pueden
desobedecer. Si a las personas simpáticas (buenas) además de ordenar se las
asusta y hiere con facilidad, cuentan aún con menos motivos para rebelarse,
quedando expuestas a las amenazas y al peligro (al menos a corto plazo). Esa es
la senda hacia el trastorno de personalidad dependiente, dicho en términos
técnicos. Lo contrario de un criminal es una madre edípica, que también es, a
su manera, criminal. La madre edípica (los padres pueden desempeñar el mismo
papel, pero es mucho menos común) le dice a su hijo: «Tan solo vivo para ti».
Les hace todo a sus hijos: les ata los cordones, les corta la comida, etc. “La
madre edípica hace un pacto consigo misma, con sus hijos y con el mismo diablo.
Este es el trato: «Sobre todo, no me dejes nunca. A cambio, te lo haré todo. A
medida que crezcas sin madurar, te convertirás en alguien inútil y amargado,
pero nunca tendrás que asumir ninguna responsabilidad y todas las cosas que
hagas que estén mal serán siempre culpa de otra persona»”. En cambio los hombres
tienen un código de comportamiento distinto hacia los hijos diciéndoles: haz tu
trabajo; carga con lo que te toca; mantente despierto y presta atención; no
lloriquees ni seas picajoso; defiende a tus amigos; no seas un pelota ni un
chivato; no te conviertas en esclavo de reglas estúpidas; no seas una nenaza;
no seas dependiente. Estas provocaciones, que surgen también en grupos de
amigos y compañeros de trabajo, forman parte de una prueba: ¿eres duro,
divertido, competente y fiable? Si no es así, lárgate. No nos das lastima, no
queremos aguantar tu narcisismo y no queremos tener que hacer tu trabajo. Así
de simple. Las mujeres coherentes y despiertas también un compañero despierto y
coherente. Así pues, el tirano y el dependiente son dos extremos que hacen de
este mundo un mundo de mierda.
Regla 12. Si te encuentras un gato por la calle,
acarícialo
Los estudios del psicólogo social Henri Tajfel
demostraron dos cosas: primero, que la gente es social; segundo, que la gente
es antisocial. La gente es social porque le gustan los miembros de su propio
grupo. La gente es antisocial porque no le gustan los miembros de los otros
grupos. Los grupos pequeños sin voz no voto tienden a desaparecer, ya que no
resulta útil formar parte de uno de ellos. Pero el grupo demasiado grande
dificulta la probabilidad de ascender hasta lo más alto porque son muchos con los
que tienes que competir. Formar parte tanto de uno como de otro no resulta
atractivo para aquellos que ambicionan elevar su estatus social. Pero nuestras
limitaciones son la base de nuestra experiencia, sin limitaciones corremos el
riesgo de dejar de tener historia y desaparecer. Debemos luchar para superar
nuestras limitaciones, hacerlas desaparecer poco a poco, limitar su efecto.
Debemos pensar en cómo superar una enfermedad o cómo gestionar el poco sueldo
para llegar a fin de mes. Debemos limitar los efectos de nuestras limitaciones,
de lo contrario terminaremos agotados y en el abismo. “Mantén las fuerzas.
Estás en guerra, no en una batalla, y la guerra se compone de muchas batallas.
Tienes que mantenerte operativo a lo largo de todas ellas”. Aprovecha el día
para luchar y la noche para descansar, porque si no descansas no puedes luchar.
Asume tus errores, pide disculpas a los demás y a ti mismo. Y vuélvelo a
intentar. Se sincero contigo mismo. En ocasiones la respuesta que te des a cómo
solucionar un problema no te gustará, pero evitar el problema no hará que
desaparezca, posiblemente todo lo contrario. Mark Twain dijo en una ocasión:
«Lo que nos mete en problemas no es lo que no sabemos, sino lo que creemos que
sabemos, pero no sabemos». No culpes a los demás de tus miserias y no esperes a
que nadie resuelva tus problemas. Tu vida es tuya, para lo bueno y para lo
malo. Quién debe cambiar eres tú, no el resto del mundo. Claro que resulta
mucho más fácil no darse cuenta, ni admitir, ni implicarse. Resulta mucho más
fácil apartar la mirada de la verdad y permanecer voluntariamente ciego. Pero
lo fácil no enseña, y si no se aprende no se mejora.
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