Hasta mediados siglo XX, pasada la II Guerra Mundial, los hombres habían cultivado únicamente para alimentarse, y los pocos excedentes se guardaban para años de malas cosechas. Con la llegada de la economía capitalista y la tecnología al Primer Mundo, la agricultura pasa de ser de subsistencia a productivista, es decir, se intenta sacar el máximo rendimiento minimizando costes. Este hecho cambia radicalmente la geografía de Europa, donde las casas de campo, sus graneros y los animales de tiro son sustituidos por largas granjas y cosechadoras. Las familias campesinas se juntan para crear cooperativas y el mercado agropecuario comienza a dar unos beneficios jamás vistos, gracias también a unas ayudas sociales que benefician a las grandes empresas en detrimento del campesino. Son los países industrializados los que, viendo la necesidad que tiene el hombre de alimentarse de productos básicos como cereales, leche, carne, frutas y huevos, cultivan y exportan la mayoría de alimentos que se consumen en el mundo aprovechando el avance tecnológico. Es más, apenas se dedica a la agricultura en Europa el 8% de la población activa, no obstante, es capaz de producir excedentes de todos los productos que se consumen en este continente.
En los países desarrollados se busca la rentabilidad a corto plazo, la especialización del cultivo, sin tener en cuenta el cambio paisajístico que ello conlleva, para alimentar a una creciente y exigente metrópolis. Se talan árboles para agrandar los campos, se contaminan ríos con productos químicos, en su mayoría fertilizantes, e incluso se abandonan pueblos por la falta de trabajo. Actualmente, los distintos estamentos buscan eliminar estos excedentes y rebajar el uso de productos químicos para proteger la dañada biodiversidad y su paisaje. Además, la urbanización del campo es ya una realidad. La mejora en las comunicaciones y el alto precio del suelo en la ciudad han convertido a los pequeños pueblos de los alrededores en magníficas urbanizaciones de casas apareadas donde reside la clase media-alta que trabaja en la ciudad. También la industria se ha beneficiado de la desaparición de campos de cultivo instalando allí sus fábricas, rodeadas éstas de empresas proveedoras y viviendas de sus trabajadores. Así, el campesino ha tenido que aprender a convivir con empresarios, oficinistas, cemento, ladrillos y polución.
En el Tercer Mundo y países subdesarrollados el panorama agrícola es completamente distinto al que acabamos de ver. La agricultura no llega a ser ni de subsistencia, ya que no da ni para alimentar a una población que tiene el índice de natalidad y la tasa demográfica más alta del planeta. Son más importadores que exportadores, influyendo esto negativamente en su maltrecha economía. La escasez de agua, la falta de inversiones en tecnología, la mala salubridad y la dificultad en el transporte hacen de la América tropical, África y Asia las zonas peor nutridas del mundo. Las elevadas tasas que deben pagar por la importación y la exportación de alimentos, sumado al bajo precio por su excedencia de los productos básicos conreados en los países desarrollados y la poca confianza que sus productos ofrecen tanto en el mercado externo como interno imposibilitan al mercado agrícola de estas regiones competir con los países más ricos del planeta, disminuir su deuda externa e invertir en infraestructuras agrícolas. Parece increíble que dos continentes como África y Asia, donde dos terceras partes de su población se dedican exclusivamente a la agricultura y poseen la mayor superficie cultivada del planeta, sean importadores netos de productos tan esenciales como arroz, cebada, trigo o leche. Aquí, las tierras más fértiles se dedican esencialmente al cultivo de alimentos no básicos o artículos de lujo destinados al mundo desarrollado para hacer frente a su deuda externa (en el caso de Senegal, país a analizar posteriormente, maní, algodón, frutas, hortalizas, piel y cuero). Todo esto hace que los países menos adelantados caigan en un profundo pozo económico del que no puedan salir sin ayuda de organizaciones mundiales (gubernamentales o no) que les aprovisionan de alimentos básicos o Estados que les perdonan la deuda contraída con ellos.
El Reino Unido, a pesar de ser uno de los países con mayor PIB per cápita del mundo, atraviesa por un momento de crisis agropecuaria. La exportación de carne de vacuno se ha visto reducida en los últimos años por el mal de las "vacas locas", y su ganadería cuestionada. Además, su superficie agrícola es muy inferior a la de países subdesarrollados como Senegal, con el que lo compararemos para demostrar que en los países industrializados la productividad agrícola y sus beneficios supera con creces a la de países subdesarrollados que viven exclusivamente de la agricultura. El Senegal es reconocido como el 49º país menos adelantado del mundo (GOS, 2001). Por su parte, el Reino Unido es uno de los tres países más ricos del planeta junto a EEUU y Japón. Su extensión territorial es parecida, rondando los 200 mil km2, aunque el Reino Unido los sobrepasa en 40 mil km2. La población es sumamente distinta, 12 millones de habitantes en Senegal por 60 millones en el Reino Unido, de los que tan solo el 1.4% se dedica a la agricultura y ganadería. En Senegal, más de la mitad de la población es agricultor o ganadero. Esta sustancial diferencia también se constata en la producción, pero inversamente proporcional al número de la población rural. El Reino Unido es el 8º productor mundial de cebada, el 10º de remolacha azucarera y entre trigo y cebada produce 9 millones de toneladas (la agricultura aporta el 1% al PIB del país). En Senegal la producción neta de cereales no alcanza el millón de toneladas y sus ganancias componen el 23% del PIB del país (fuente: indexmundi.com).
Con estos números nos hacemos una idea de lo avanzado que es un país frente al otro, aunque el Reino Unido esté en crisis agropecuaria y Senegal sea uno de los países del África tropical con unas perspectivas de futuro más prometedoras. El avance tecnológico sumado al uso frecuente de fertilizantes hace ser a los países desarrollados primeras potencias en producción y exportación agropecuaria. Las inversiones en agricultura y ramadería han dado sus frutos aunque, no nos olvidemos, nuestros bosques, ríos y fauna están pagando un alto precio por ello.
“LA FRUTERA”
Los alimentos son fuente primordial para el ser humano y por tanto también para la economía de un país. El gran esfuerzo de inversión que han tenido que afrontar países tan desarrollados como EEUU o Inglaterra debe dar ganancias suficientes para que sean rentables. Como se lee en el artículo de Leguineche, que un gobierno tan poderoso como EEUU movilice sus servicios de Inteligencia y arme a guerrilleros y aviones es porque el beneficio a sacar de ese país extranjero es alto (un 841% creo que es suficiente). Aunque la agricultura refleja en el PIB de algunos países más que un 2 o 3%, es esencial para los países alimentarse “gratuitamente” y, si se puede, exportar alimentos para ingresar un dinero que puede paliar la importación de minerales u otras materias. Así, aunque realmente creo que se le puede dar más importancia a otros sectores como la industria o los servicios, la agricultura es esencial para la economía de los países desarrollados.
Desde tiempos remotos, los países desarrollados han promocionado empresas estatales en otros países menos desarrollados absorbiendo empresas de la competencia para apoderarse de las mayores ganancias posibles. Para obtener el máximo beneficio posible, los países desarrollados han promocionado a poderosas empresas estatales en países subdesarrollados que se hacen con el monopolio del sector absorbiendo empresas más pequeñas del país a colonizar. El monopolio nunca ha sido beneficioso para el consumidor ni para el trabajador, pero menos en un país, y su población, que depende únicamente de la producción, en este caso, de banana. Este monopolio conlleva trabajo precario por la escasez de oferta de empleo, radicalización en el reparto de la riqueza y aumento abusivo de los precios en el mercado. Generalmente, las empresas de las que hablamos participan generalmente en los sectores más básicos para la población como la energía eléctrica, el transporte ferroviario y marítimo y el comercio exterior e interior. El hombre necesita estos servicios para vivir y las grandes empresas se aprovechan de ello para sacar el máximo partido. En mi opinión, el monopolio, sea cual sea su servicio es negativo para el país en el que se encuentra.
Las colonizaciones a lo largo de la historia han sido muy perjudiciales para los intereses de los colonizados y muy beneficiosas para los colonizadores. Esto se puede comparar con las sociedades cazadoras-recolectoras de la antigüedad. Al igual que éstas, los colonizadores ocupan una zona, acaban con los recursos naturales que el lugar colonizado les ofrece y después marchan a otro lugar a seguir con el consumo desmesurado y despreocupado de las zonas ocupadas sin pensar en su futuro. Los países industrializados han hecho esto desde la antigüedad, pero sobretodo en los dos últimos siglos. Han invertido lo mínimo para sacar el máximo beneficio posible sin importarles aquello que destruyen, principalmente la vida de seres humanos y la naturaleza del país. Han esclavizado trabajadores, han gobernado a punta de pistola, han agotado los recursos naturales de la zona y se han marchado con las ganancias dejando a los colonizados en la más absoluta miseria y con una deuda económica y carencia de infraestructuras que puede llegar a eternizarse en el tiempo. Como se puede leer en el artículo de Leguineche, es cierto que EEUU dejó en San Pedro Sula hospitales, escuelas y carreteras, pero esto no sirve de nada si un país no tiene dinero para pagar a médicos cualificados, profesores o invertir en el sector automovilístico. De nada sirve una fábrica de empaquetamiento si no tienes nada que empaquetar.
La política, asociada al poder de las grandes empresas, es cada vez más previsible. La inhumanidad de los países industrializados para aprovecharse del más débil, sacarle hasta la última gota de sangre y dejarlo moribundo en un trozo de tierra yerma sobrepasa los límites de la racionalidad y demuestra que ante todo somos animales. No se piensa en el futuro, nada más en enriquecernos cuanto antes mejor y desechar lo que ya no nos da ningún servicio. La superioridad que nos da la tecnología armamentística nos hace ver al diferente como un ser débil, con la misión de servirnos. Con cualquier excusa banal nos creemos con derecho a irrumpir en un país cuyo presidente mira por el bienestar de su pueblo y no por enriquecerse y ponerse de nuestro bando. La frase de “o estás conmigo o estás contra mí” cobra en casos como el de Guatemala todo su terrorífico sentido.
EEUU, al igual que en su momento Europa hizo con África, ha aprovechado la “colonización” para enriquecer a sus empresas, a sus ejecutivos, a sus gobernantes, sin tener en cuenta el daño que estaba haciendo a ese país y su paisaje, su naturaleza. Ha favorecido golpes de estado para consolidar en el poder a uno de su bando, y que éste favoreciese los intereses empresariales del país que le ayudó a obtener el poder. Y aunque las noticias nos hablen de intereses en pozos de petróleo, en minas de diamantes o gaseoductos, la verdad es que un mercado tan pequeño pero a la vez tan útil como es el alimenticio es suficiente excusa para atacar un país y llevarlo a la ruina, sin olvidar amenazas contra otros continentes si se les perjudica, económicamente hablando, con normativas que favorezcan la exportación de productos de los países subdesarrollados buscando su bienestar y romper así el monopolio de los más grandes. Como dijo don Francisco de Quevedo: “Poderoso caballero es don Dinero”.
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