Introducción
A lo largo de los siglos la guerra ha sido una constante en la vida de las diferentes culturas históricas. Los bandos han sido también de muy diversa índole: cristianos contra musulmanes, católicos contra protestantes, soberanos contra su pueblo, hermanos contra padres, etc. Y desde el antiguo Egipto hasta hoy ha habido, una única razón para que uno declarase la guerra a otro: el poder económico. La economía ha prevalecido siempre sobre otros argumentos para declarar la guerra al enemigo. Ya en la antigüedad, los pueblos mesopotámicos ansiaban la riqueza agrícola del delta del Nilo. Aquel que poseyera el delta del gran río tendría asegurado el abastecimiento de trigo y cebada para todo su pueblo y por ello Egipto debía defender su territorio de numerosos ataques de culturas vecinas. El trigo, las rutas comerciales, las minas de oro y hierro, tierras de conreo, agua y actualmente el petróleo han movido a gobernantes a matar, asesinar y saquear pueblos, ciudades e incluso países enteros, aunque las verdaderas razones se hayan maquillado con nombres como "guerra defensiva", "guerra preventiva" o "guerra justa".
La definición de guerra también ha sido objeto de disputas dialécticas entre filósofos, antiguos y contemporáneos. Platón asociaba la guerra a la corrupción del alma, a la que se llegaba por la ostentación y el lujo de la persona. Es decir, Platón asimilaba las ansias de guerra a la riqueza material de los individuos. Para el filósofo griego, las ansias de victoria, ya fuese de un pueblo o de un individuo, significaba su decadencia. Para Lucrecio, hacer la guerra es sinónimo de atraso económico, cosa que lleva al individualismo, algo muy parecido a lo que opinaba Epicteto y siglos después personajes tan distantes a él como Leo Strauss o Sayyed Qutb. Así pues, desde la antigüedad hasta la fecha, se ha pensado que la guerra es causada por la avaricia, la arrogancia, el individualismo y el afán de protagonismo del ser humano en general. Pero, ¿puede justificar el poder económico una guerra? ¿Se puede justificar una guerra? ¿Es posible una paz eterna? El uso de la violencia para alcanzar un fin (económico en su mayoría) ha estado siempre mal visto por el ser humano racional y sus religiones. Pero como para toda regla hay una excepción, los filósofos han buscado siempre una justificación a la guerra para que de ella provenga la paz eterna. Algo así como el saber nos hará libres. Siempre han existido dos clases de guerra, la del que ataca y la del que se defiende. En este último caso, esta guerra defensiva se le ha dado un nombre: “guerra justa”.
Definición de "guerra justa"
En el siglo XXI hemos vivido de cerca lo que el realismo político ha llamado "guerra preventiva". Esta guerra "defensiva o preventiva" es para algunos filósofos, entre ellos Groci, una guerra justa, es decir, justificable. Defenderse, castigar al culpable, sin que sea venganza, o recuperar algo que nos han quitado son ejemplos de "guerra justa". Estas condiciones (ya sean anteriores o posteriores a la guerra) han sido consensuadas filosóficamente desde hace siglos, pensando así en minimizar los conflictos que puedan surgir entre dos bandos. En general, podría decirse que las condiciones que se deben dar para que una guerra se declare como "justa" deben ser las siguientes: debe ser utilizada como último recurso una vez hayan fracasado todo tipo de negociaciones o métodos no violentos; la guerra debe ser un acto consensuado democráticamente por una mayoría social; debe ser en legítima defensa (militar o socialmente), disuasiva, preventiva o humanitaria; no debe llevar implícita el ánimo de lucro, la venganza o el sadismo; debe tener una posibilidad real de éxito; se debe respetar la vida tanto de prisioneros como de civiles inocentes (especialmente la de mujeres, niños y ancianos) y su violencia no debe ser innecesaria, consiguiendo con esto el menor número de víctimas posibles; su finalidad debe ser conseguir la paz; se debe respetar la cultura del enemigo (museos, monumentos históricos, lugares de enseñanza, hospitales, lugares sagrados, etc.); y por último, debe establecerse un gobierno que asegure una política de reconciliación con el enemigo. Es decir, olvidando su verdadero significado, sinónimo de muerte y destrucción, una guerra debe ser moral, tal y como se entiende en términos universalistas, para que sea justa.
Pero esto es muy difícil de conseguir. Combatir la amenaza de un ataque con otro ataque es desde hace años la excusa perfecta de poderosos gobiernos y aliados para hacerse con bienes ajenos y escasos. Por lo tanto, el ánimo de lucro está casi siempre presente (son ejemplos la guerra de Irak actual o a principios del siglo XX en Cuba). Suele decirse que se actúa así por "interés nacional", para proteger a la ciudadanía de "posibles" ataques, en su mayoría perpetrados por "terroristas" enemigos. Estados Unidos es el país que más ha utilizado este argumento para hacer la guerra a países sospechosos de ser primero comunistas y después protectores de terroristas enemigos. Pero en el fondo, la "guerra fría" contra aquellos a los que llamaban comunistas o la guerra contra los islamistas radicales por ejemplo, no se deben a un acto de altruismo político o protección ciudadana sino al poder, tanto económico como político. Los distintos gobiernos enmascaran las verdaderas causas de una guerra cara a la aprobación del fatídico hecho por sus votantes. Si la mayoría de los ciudadanos ofrecen su apoyo a la contienda promovida por sus gobernantes, éstos tienen carta blanca para guerrear contra quien convenga, siendo así el papá gallo que defiende a sus polluelos bajo sus alas. En la obtención de esta libertad bélica, el gobierno en cuestión no escatima en mentir o manipular la información de que disponen a través de los medios de comunicación, en ocasiones mensajeros del diablo.
Idealismo y Realismo político
Para definir las causas de una guerra existen dos vertientes filosóficas bien diferenciadas: el Realismo y el Idealismo político. El Realismo defiende la tesis de que las causas para declarar la guerra son objetivas. El poder económico, la defensa de un Estado amigo o del propio frente a cualquier enemigo, la distinta ideología política, el hacerse respetar o la consecución de materias primas o materiales preciosos son algunas de las causas de una guerra realista. Todo aquello externo al ser humano, sólido y palpable es según el Realismo una justificación para hacer la guerra a todo aquel que se quiera y defender así los intereses nacionales. Un ejemplo de Realismo político lo tenemos en las palabras de Platón, que defiende la teoría de que las causas de la guerra emanan de la corrupción del alma, expresada por el poder económico y el lujo materialista. El hombre ansía riqueza y poder y ello es proporcional a su sentido bélico. El Realismo político también es defendido por personajes como Tucídides, Hobbes, Maquiavelo, Kissinger y actualmente los neoconservadores americanos del partido republicano.
En el otro extremo se encuentra el Idealismo político. Para sus defensores, la violencia está implícita en toda la naturaleza y también en el hombre como parte de ésta. El egoísmo social y su materialismo es uno de los factores subjetivos principales para la violencia idealista, que propone la educación del ser humano para que rechace la violencia. Buscan la "paz eterna" mediante boicots al pago de impuestos estatales, huelgas de hambre y demás medios morales de lucha, rechazando así cualquier forma de violencia o de venganza. Filósofos como Lucrecio, Rousseau, Helvetius, Heráclito, Hegel o Kant creen en la guerra como medio para conseguir lo que ellos llaman la "Paz Eterna".
En busca de la "Paz Eterna"
Un papel muy importante en la lucha contra la guerra lo han jugado también los pacifistas. El pacifismo aboga por la educación al pueblo sobre la negación de toda violencia para conseguir aquello que deseen o necesiten. Para los pacifistas, o idealistas políticos, el Estado (órgano inmoral y manipulador) engaña al ingenuo pueblo para imponer el miedo y hacer creíble un ataque enemigo dentro de sus fronteras, que sería evitado por una guerra. La desaparición de lo que ellos llaman "condiciones de violencia estructural" (hambre, ignorancia, pobreza, etc.), podría dar a este mundo su ansiada "paz eterna".
Para conseguir esta "paz eterna", filósofos como Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Kant y más recientemente John Rawls, han buscado a lo largo de los años un remedio para tan terrible plaga. La guerra para los idealistas, a la que se debe llegar como último recurso, debe ser tan justa que debe desembocar en una paz infinita. Pero para Kant, uno de los más acérrimos defensores de esta paz perpetua, no deja de ser una utopía. Kant no cede en su empeño utópico y nos sugiere algunas ideas para conseguirlo. Ante todo, un Estado Federal universal, cuyos gobiernos estatales sean republicanos y no soberanos, es decir, escogidos por el pacífico pueblo. Comparados con personas morales, los Estados no deben inmiscuirse en los asuntos ajenos y únicamente se romperá esta norma para restablecer el derecho a un Estado anarquista. Kant cree que en un Estado republicano donde se lleve la guerra a votación ciudadana no hará jamás la guerra, ya que el hombre es pacífico por naturaleza y más difícil aún si los dos gobiernos en guerra dependen ambos de un mismo gobernante. Se podría decir que dos no se pelean por algo que es de ambos. Kant, como buen idealista, busca en sus escritos una sociedad perfecta que haga la guerra con el único propósito de alcanzar un estado de paz perpetuo.
La guerra "justa" contra Irak
La guerra, contra Afganistán primero e Irak después, cumplió en su comienzo con muchas de las condiciones que deben darse para que fuese justa. Fue defensiva, ya que respondió a los ataques del 11-S; obtuvo el beneplácito, se podría decir, de más de medio mundo, sobretodo de los países católicos; fue también preventiva e humanitaria, al intentar proteger no sólo a Estados Unidos sino al resto del planeta evitando nuevos ataques terroristas con armas de destrucción masiva; y la posibilidad de éxito era palpable. Pero la indignación y el dolor de la humanidad por tan terrible acto, junto a la desinformación mediática, otro motivo de guerra injusta, evitaron que aquellos que habían dado el visto bueno a la operación conociesen realmente los verdaderos motivos del contraataque hasta algún tiempo después.
Una prueba de que al comienzo fue una guerra justa fue el apoyo militar de países como Canadá, Australia, España, Italia o Japón. Gracias a estas alianzas, los conservadores estadounidenses demostraron a la población mundial la legalidad y justicia de la guerra contra Al Qaeda, se afianzaron en el poder y vieron algunos de ellos aumentar su estatus económico y social. La guerra contra Al Qaeda y Osama bin Laden fue en sus comienzos toda una victoria política. Con ello, los neoconservadores veían cumplir uno de sus sueños, la unión del pueblo americano contra un frente común. Del odiado individualismo al ansiado colectivismo en un solo día, un 11 de septiembre de 2001. Pero cada día que las tropas norteamericanas pasaban en Afganistán sin la captura del líder de Al Qaeda mermaba la moral civil estadounidense y se volvía contra sus promotores. Los apoyos populares se fueron agotando al ver imágenes de prisioneros humillados por soldados americanos, la llegada de presos a Guantánamo acusados, sin pruebas fehacientes, de terrorismo y por último la entrada en Irak de las tropas aliadas con la excusa de derrocar a Saddam Hussein por poseer armas de destrucción masiva no encontradas. Y la guerra dejó de ser justa.
En el año 2007, Alan Greenspan, ex presidente del Banco Central estadounidense (la Reserva Federal), escribió en sus memorias “La edad de la turbulencia: aventuras en un Nuevo Mundo”, que la verdadera razón para invadir Irak fue la de controlar por parte de Estados Unidos las reservas de petróleo del país. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no dio tampoco su consentimiento a la invasión de Irak, declarándola así ilegal. Todo esto, sumado al desencanto del pueblo americano y europeo con una guerra interminable, muchos inocentes muertos y la imposibilidad de llevar a juicio al teórico responsable del atentado contra el World Trade Center de Nueva York, ha acabado con el sueño neoconservador de colectivizar la sociedad americana mediante el miedo a sufrir ataques terroristas dentro de sus fronteras.
El negocio de la guerra de Irak
Cuatro son los sectores que actualmente ganan dinero con las guerras "preventivas" norteamericanas: el sector de la Seguridad Privada, el sector petrolífero, el de infraestructuras y, cómo no, el armamentístico. Y en estos cuatro sectores hay únicamente cuatro empresas beneficiadas: Blackwater, Halliburton, Dyn Corp. y Lockheed Martin.
Hoy día, a los antiguos mercenarios se les llama Seguridad Privada, y son los encargados de patrullar ciudades, vigilar complejos militares o hacer de guardaespaldas de personalidades que visitan el país. Blackwater es, en el caso de Irak y Afganistán, la empresa mercenaria. Una empresa con menos de diez años de vida y con más ganancias de todas las que participan en una guerra. Erik Prince, presidente de Blackwater, mantiene estrechas relaciones con la administración Bush, con el Partido Republicano y con la derecha cristiana o los llamados neoconservadores. En el segundo puesto están las empresas petrolíferas. Al ver la tabla de las cuatro petroleras más poderosas del mundo entendemos un poco más la participación de Inglaterra en la guerra contra Irak: ExxonMobil (compañía estadounidense), Royal Dutch Shell (compañía de los Países Bajos y Reino Unido), British Petroleum (BP) (Reino Unido), y Chevron Corporation (Estados Unidos). Las infraestructuras militares en países extranjeros, desde comida para la tropa hasta gasolina o servicio de lavandería, son gestionadas por la compañía Dyn Corp, generando el 53% de los 3,1 mil millones de dólares de sus ingresos anuales. Su presidente, Robert Mc Keon, donó dinero para la campaña republicana a las elecciones presidenciales del 2008. Y por último, cabe destacar la empresa multinacional armamentística Lockheed Martin, con sede en Washington y cuyos ingresos el año 2005 (el 95% del total) provenían del Departamento de Defensa de Estados Unidos, de agencias federales americanas y de clientes militares extranjeros. Su presidente, Robert J. Stevens, está relacionado con el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC), que según ellos mismos se trata de una “organización educacional sin fines de lucro que tiene el propósito de promover un liderazgo americano global”. Paul Wolfowitz es el "padre ideológico" de la organización y entre sus miembros fundadores figuran el que fuera Vicepresidente de los EE.UU. con Bush hijo, Dick Cheney, el entonces Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld y Richard Perle. En la actualidad, Robert J. Stevens comparte también asiento en el Comité Asesor Internacional del Consejo Atlántico de Estados Unidos con personajes españoles como José María Aznar o Francisco González, presidente del BBVA. Los que promueven una guerra son los que más ganan con ella.
Conclusiones
Realismo político, Idealismo, liberalismo, conservadurismo, cristianismo, hinduismo, guerra justa, paz eterna… Muchas palabras y pensamientos para definir, criticar o justificar la imposibilidad humana de llegar a acuerdos para disfrutar de bienes naturales y vivir en armonía unos con otros. Unos ideales que intentan hacernos olvidar quiénes somos y de dónde venimos para creernos, tanto individual como colectivamente, diferentes, por no decir mejores, que el resto.
Desde el principio de la vida, las distintas especies han luchado para sobrevivir, evolucionando a lo largo de milenios hasta la llegada del hombre. Lo quieran los pacifistas o no, el hombre también posee ese instinto de supervivencia animal, porque recordemos que somos animales, racionales pero al fin y al cabo animales. La violencia está en nuestro interior, por eso, cuando nos vemos amenazados atacamos a nuestro enemigo porque la naturaleza nos ha hecho así, escorpiones y ranas. Y si además podemos ganar dinero, poder y fama con la victoria, mejor. El instinto de supervivencia no se educa, ni se puede moldear. El Idealismo político busca la tolerancia, el respeto, la negociación entre pueblos para conseguir la "paz eterna" a través de la educación del ser humano por creerlo ingenuo y domesticable. Pero a mi parecer hay un pequeño inconveniente en esta utópica teoría: nuestro pasado, la diferencia de clases y el sistema capitalista. El pobre lucha para dejar de ser pobre mientras el rico lucha para mantener su estatus, ya no digo mejorarlo. El comunismo ya buscó la solución para este problema de clases y no funcionó. El humano, al igual que los animales, no desea ser igual que su vecino, quiere ser más que él. Otro instinto animal, la competitividad, el afán de superación. Porque ningún ser vivo se conforma con lo que tiene. Incluso las plantas tienen sus propias estrategias para polinizar cuantos más lugares mejor. Es innegable que la vida es la lucha por la supervivencia de uno mismo, de sus descendientes y de su especie. Ofrecer la otra mejilla, dar una segunda oportunidad, confiar en el diferente, comprender sus razones no es cosa de hombres. En cambio, el ojo por ojo es hoy día la disuasión favorita para educar a la sociedad. Si te portas mal no tendrás juguetes, si no trabajas no tendrás dinero, o si matas irás a la silla eléctrica. Y sinceramente, creo que el hombre es idealista con su exterior pero realista en su interior, porque ¿qué le deseamos al asesino de nuestro hijo?
La "paz eterna" puede ser escrita, pero jamás vivida. Aunque religiones y sistemas políticos hayan buscado la manera de evitar los instintos primarios del hombre, ha sido el hombre quien ha creado la religión y la política. Se deben asumir nuestros actos para intentar mejorarlos en la medida de lo posible, con ayuda de la ley, pero no olvidemos que sólo somos una especie animal más, evolucionada sí, pero animal. Kant tenía razón cuando creía utópica la idea de una paz perpetua y universal, aunque no por ello se debe dejar de intentar crear una sociedad perfecta, sin darse por vencido, otro instinto animal: la tenacidad.
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