-Buenos días, pregunto por Delfina González Valenzuela.
A pesar de ser un bar de mala muerte, no era extraño ver entrar a hombres trajeados y policías en La barca de oro. Los dos únicos clientes del bar a aquellas altas horas de la madrugada miraron al hombre de arriba a abajo y después se miraron el uno al otro. Bebían café caliente, el frío a mediados de enero no invitaba a beber cerveza fría.
-Soy su hermana María de Jesús y esta -señalando a la mujer de su izquierda- es mi hermana María Luisa. Delfina es nuestra otra hermana y no está aquí, pero no tardará en llegar. ¿Qué desea?
El hombre, maduro, canoso, alto y educado, se las quedó mirando. Lo cierto es que se había imaginado a Las Poquianchis, mote que habían heredado las hermanas del propietario anterior del bar, con algo más de… glamour, ya que los servicios que prestaban no eran precisamente baratos. Ambas vestían de negro, con un vestido de cuello a tobillos. El cabello negro, con algunas canas y sucio, lo recogían en una coleta. También tenían bigote, patillas y las uñas sucias. Eran bajas y rechonchas y se notaba la falta de estudios en su pobre lenguaje. Las Poquianchis no pasarían de la cincuentena, aunque su aspecto era de dos viejas de setenta años.
-Me llamo Diego Luna y me envía el procurador Juárez. Me ha dicho que… -y el hombre se giró para ver si los dos clientes seguían su conversación.
-No se preocupe -dijo María de Jesús-, son nuestros…. protectores. Diga qué desea y nosotras se lo daremos.
-A buen precio -dijo María Luisa-, por supuesto.
-Deseo cuatro jovencitas, menores y vírgenes.
María de Jesús entornó los ojos.
-¿Sacrificio u orgía?
-Ambas cosas.
-Le costará caro. Últimamente los padres de las niñas que empleamos preguntan demasiado por el lugar dónde están sus hijas trabajando.
-Sí -dijo María Luisa-. Y se nos están acabando los solares sin tumbas - ambas rieron-. Las que hacen de putas dan menos problemas que las muertas, aunque se quejen más.
Las dos mujeres volvieron a reír y Diego Luna comenzaba a impacientarse. Quería salir de aquel antro cuanto antes, ya que alguien de su condición se la jugaba si le reconocían en La barca de oro.
-Anda Luisa, trae aquí al caballero a Carmencita para que pase el rato mientras espera a Delfina. Invita la casa -le dijo guiñándole un ojo.
Luna quedó callado. Le pareció bien el regalo, después de todo llegar a San Francisco del Rincón no había sido un camino de rosas.
Luisa subió unas escaleras que había detrás de la barra mientras María le servía un tequila a su nuevo cliente. Abrió la segunda puerta a la derecha y se encontró a Carmencita estirada en la cama.
-Carmencita aderézate que tienes compañía.
Carmencita se destapó la cara y susurró enfermiza.
-Señora Luisa no me encuentro bien, estoy enferma. Necesito comer algo, por favor.
Luisa se dirigió al lecho y levantó a la niña por los pelos.
-¿Enferma? Muerta quedarás si no te aderezas en cinco minutos -le dijo mirándole fijamente a los ojos.
Seguidamente, Luisa abofeteó a la niña varias veces y con una inesperada agilidad le pateó la espalda. Carmencita se encogió para no recibir más palos y se puso a llorar.
-Cinco minutos, o te reunirás con tu hermana en el infierno. Y maquíllate, estás pálida.
A la media hora Diego Luna abandonaba la habitación de Carmencita y en el bar se encontraba con Delfina.
-¿Señor Luna, verdad? Sentémonos allí y hablemos de negocios.
Delfina González y Diego Luna ocuparon una mesa esquinada mientras los dos esbirros se iban hacia la puerta.
-Vigilad que no entre nadie -les espetó Delfina-. Usted dirá.
-¿Conoce la hermandad Tenochtitlán 2012?
-Me suena -dijo Delfina intrigada.
-Soy el Superior. Este año rememoramos la matanza de Tenochtitlán de 1519 y reviviremos los sacrificios que nuestros antepasados hacían a sus dioses.
-No hay problema. Viniendo de parte de Juárez le haré un buen precio.
-Gracias. También me dijo Juárez que ustedes se encargan de hacer desaparecer los cuerpos.
-Por supuesto, pero eso se paga aparte. -Por el dinero no se preocupe. También estamos pensando en hacer después una orgía. ¿De cuántas muchachas disponen?
-¿Cuántas quieren?
-Con veinte ya haríamos. No nos darán problemas, ¿verdad?
Delfina sonrió.
-Por supuesto que no. Nuestras chicas están bien amaestradas, ya me entiende.
-Entiendo.
En ese momento Diego Luna bajó la barbilla, como si quisiese hablar con su corbata.
-Podéis entrar -dijo.
En unos segundos el local se llenó de policías. Las Poquianchis intentaron huir al piso de arriba pero el hombre trajeado les cortó el paso. Delfina, ya sujeta por dos policías se dirigió al caballero que las había traicionado.
-Cuando Juárez se entere desearás no haber conocido jamás a Las Poquianchis.
El hombre sonrió.
-¿Juárez? Juárez ha sido vuestro delator. Ha llegado a un acuerdo con la Procuradoría General para salvarse el culo. No ha tenido más remedio, las madres de las niñas se han hecho oír, y mucho. Era él o vosotras.
-¿Y de qué se nos acusa? -dijo Delfina desafiante.
-Primero me presentaré. Soy el Comandante Miguel Ángel Mota. Además de acusarlas por la retención ilegal de las quince niñas que hay en el piso de arriba y dos de sus hijos, se les acusa de noventa y un asesinatos, ochenta hembras y once machos. Se les acusará formalmente de homicidio calificado, secuestro, violación, corrupción de menores, asociación delictuosa, amenazas e inhumación clandestina. Morirán en la cárcel, aunque tentado estoy de dejarlas en medio de la plaza a merced de los vecinos y de los padres de las niñas muertas. Su error fue creer que eran intocables por tener como clientes a medio cuerpo de policía. Pero no todos los policías somos unos puteros, y algunos escuchamos cuando nuestros compañeros largan más de la cuenta.
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