Para la mayoría de los humanos, la familia lo es todo. Muchos han muerto o morirían o han matado o matarían por la familia. Como dice Laing, "Cada cual debe sacrificarse, en consecuencia, con el fin de preservar la "familia"". La familia es sacrificio, es dolor, es sufrimiento, discusiones, etc. Pero la familia también es amor, comprensión, apoyo, enseñanza y aprendizaje. Sea lo que sea, una cosa es segura: no podemos escoger a nuestra familia, nos viene dada. Y a muchos seres humanos les toca bailar con la más fea.
En una sociedad tan individualista como la actual, sobretodo en el primer mundo, la familia ya no es lo que era antaño. Hoy día hay hijos que matan a sus padres por el hecho simple de ser castigados por sacar malas notas; padres que violan a sus hijas por su inmadurez sexual y deficiencia intelectual; hermanos que se matan entre sí por la posesión de míseras porciones de tierra; esposos que matan a sus mujeres por ataques de ira o celos; esposas que envenenan a sus maridos por el deseo de poseer la herencia de éste lo antes posible y/o para vivir el sueño hollywoodiense con su amante. Y así un largo etcétera. La tradición familiar tiene los días contados, y según Ronald Laing y David Cooper, es lo mejor que le podía pasar a la humanidad.
Ronald Laing fue un psiquiatra escocés conocido por su hipótesis que vinculaba los trastornos psicóticos con un ambiente familiar que favorecía su desencadenamiento (hipótesis familia esquizógena). Su obra más significativa fue El cuestionamiento de la familia, publicada en 1972. En ella, como hemos podido comprobar al principio, Laing sostiene que los sujetos esquizofrénicos o psicópatas lo son por la educación que han recibido de sus padres, hermanos, tíos, etc. También David Cooper es de la misma opinión, e incluso colaboró con él en su ensayo Razón y violencia. Cooper, sudafricano de nacimiento, fue el líder de la antipsiquiatría junto a Laing y Focault. Al igual que Laing, Cooper está convencido de que la psicosis era producida por las relaciones sociales dominantes, cuya máxima expresión se da en el núcleo familiar. Cooper escribió en este sentido La muerte de la familia (1971).
La familia para Cooper crea dependencia, adoctrina, induce conformismo al niño, lo sobreprotege al evitar su frustración y su desesperación en los errores que podría cometer. También impide que el niño experimente la soledad o el autoconocimiento, ya que la familia siempre lo acompaña y le dice cómo es y cómo debe ser. "Si durante el primer año de la vida no se descubre la autonomía propia, ni en ese angustioso momento de una etapa posterior de la niñez, es posible volverse loco al final de la adolescencia o darse por vencido y convertirse en un ciudadano normal, o luchar para conseguir la libertad mediante la elaboración de las relaciones posteriores, ya sean éstas nacidas de modo espontáneo o planificadas de modo analítico. De cualquier manera, hay que dejar el hogar alguna vez. Posiblemente, cuanto antes mejor". Por el simple hecho de ser padres, éstos se creen con derecho a planificar egoístamante toda la vida de sus hijos, sin dejarles tomar la más nimia decisión sobre la que es y será su propia vida. Como dice Cooper, "«Criar a un niño» equivale en la práctica a «hundir» a una persona". Un ejemplo claro de esto es la situación frecuente en la que un padre y una hija marchan por la calle cogidos de la mano. En cierto punto la niña desea ir por la calle por su cuenta y suelta la mano del padre. En este angustioso momento para el padre, éste tiene que elegir entre aumentar la presión de la mano o ser cómplice de una posible caída, por ejemplo. El padre actúa entonces egoístamente y como la sociedad dicta: aprieta la mano de su hija con fuerza para que no pueda experimentar por su cuenta una necesaria lección. La familia, en realidad, lo que enseña principalmente al niño no es cómo sobrevivir en la sociedad, sino cómo someterse a ella. Los padres esclavizan institucionalmente a sus hijos por miedo a ser criticados por el vecino, amigo, padre, etc. Y actúan así porque los padres también están sometidos al sistema.
Por todo ello, y mucho más, Cooper y Laing promovieron la muerte de la familia en favor de una educación empírica y espontánea del menor. Esto casa con lo que ya Platón había prodigado en sus clases y que recoge su famoso libro, La República. Para Platón, y otros, debe ser el Estado el que eduque al menor, garantizando así la objetividad y racionalidad de dicha educación, en detrimento del sentimentalismo subjetivo paterno. Este punto de vista es contrario a la visión educacional de Iván Illich, que veremos a continuación.
Ivan Illich fue un pensador austríaco crítico con las instituciones estatales. En 1971 se publica su obra La sociedad desescolarizada, donde critica la educación escolar y universitaria por reducirse esta formación a enseñar al niño a consumir y porque la Enseñanza fuerza a los alumnos a obtener un currículo obligatorio que sólo enseña a memorizar palabras y crea desigualdades de clases. Es decir, Illich se queja del negocio de la educación y de la enseñanza, no para aprender, sino para obtener un título que permita obtener un trabajo. Para Illich, no es la familia, sino la escuela, la que adoctrina al niño para que trabaje y consuma. La enseñanza es un negocio donde el rico tiene más posibilidades de obtener un título que el pobre porque "los niños pobres carecen de la mayoría de las oportunidades educativas de que dispone al parecer el niño de clase media. Estas ventajas van desde la conversación y los libros en el hogar hasta el viaje de vacaciones y un sentido diferente de sí mismo, y actúan, para el niño que goza de ellas, tanto dentro de la escuela como fuera de ella. De modo que el estudiante más pobre se quedará atrás en tanto dependa de la escuela para progresar o aprender". Todo lo que se necesita saber se aprende en la escuela y por tanto son los distintos gobiernos los que dictan lo que se debe enseñar. Por supuesto, Illich pone al Estado a la vanguardia de la desculturización académica, utilizando esta institución (la académica) para crear ignorantes intelectuales. Será pues el trabajo, el tiempo libre, la política y la vida ciudadana los que dejen a la educación escolar el conocimiento de "hábitos y conocimientos que presuponen, en vez de convertirse ellos mismos en los medios de educación". La escuela, mediante el título pertinente, "enseña para trabajar y ganar dinero, no para ayudar a los demás". Illich también nos dice: Las burocracias del bienestar social pretenden un monopolio profesional, político y financiero sobre la imaginación social, fijando normas sobre qué es valedero y qué es factible. Al niño no se le deja escoger lo que quiere aprender y el profesor únicamente hace su trabajo. La vocación por la enseñanza se acabó cuando un maestro empezó a cobrar dinero por enseñar. La vocación también se ha institucionalizado.
La enseñanza contribuye a ciertos tipos de aprendizaje en ciertas circunstancias, pero la mayoría de las personas adquieren la mayor parte de su conocimiento fuera de la escuela, ya sea en la calle, haciendo ejercicio o trabajando. Para Illich la escuela es simplemente un lugar donde dejar los niños mientras los padres trabajan. "Pero si las escuelas son el lugar inapropiado para aprender una destreza, son lugares aún peores para adquirir una educación". Niños de todas las edades y, cada vez más, culturas distintas se juntan en los colegios para hacer bulling al diferente, rebelarse contra el profesor exigente, pegarse, insultarse o competir por marcar un gol o salir con una chica. Lejos de lo que debería ser, la escuela enseña de todo menos de lo que tiene que enseñar. Es más, son las escuelas las que enseñan estas malas artes cuando son las primeras en competir entre ellas por subvenciones, permitir las peleas entre el profesorado por la distinta visión de lo que debe ser la enseñanza, o discriminar positivamente a los alumnos menos aventajados retrasando las lecciones en detrimento de los alumnos aplicados, o al revés, ignorando a los más retrasados para favorecera los más listos. La escuela y la universidad son, desde hace mucho tiempo, un negocio que da de comer a muchos, y muy bien. "Las escuelas crean trabajos para maestros de escuela, independientemente de lo que aprendan de ellos sus alumnos". Illich nos indica los tres tipos de profesorado: el profesor-como-custodio (cuya única preocupación es la de vigilar y cobrar); el profesor-como-moralista (que reemplaza a los padres, a Dios y al Estado adoctrinando al alumno acerca de lo bueno y lo malo -un bueno y malo que para nada es absoluto y depende de la cultura familiar del alumno y del profesor-); y el profesor-como-terapeuta (que se siente autorizado a inmiscuirse en la vida privada de su alumno a fin de ayudarle a desarrollarse como persona). "Los maestros de escuelas y los curas son los únicos profesionales que se sienten con derecho para inmiscuirse en los asuntos privados de sus clientes al mismo tiempo que predican a un público obligado". El maestro anula todas las defensas de la libertad individual que tiene su alumno para convertirse en un semidios estatal. "La asistencia a clases saca a los niños del mundo cotidiano de la cultural occidental y les sumerge en un ambiente mucho más primitivo, mágico y mortalmente serio". La escuela premia al obediente y discrimina al rebelde. Y sin rebeldía seguiría habiendo esclavitud, racismo o desigualdad de género, por ejemplo. La escuela se ha cargado al autodidacta, al creativo, al inquieto, o lo que es peor, los ha estigmatizado. Es más, la escuela une a niños por edad y no por inteligencia, tachando así al alumno avanzado de maleducado o rebelde si se aburre en clase y se dedica a interrumpir. La escuela ha matado la inteligencia, por más que nos hagan creer lo contrario.
Mi conclusión sobre ambos puntos de vista es salomónica: todos tienen razón. Lo primero sería desmitificar el concepto de familia. La familia no deja de ser un grupo de individuos, cada cual con sus propios objetivos y sentimientos egoístas. Cooper y Laing tienen razón en decir que la familia cría monstruos egocéntricos e irresponsables a imagen y semejanza. Sólo hace falta acudir a un partido de fútbol de niños de siete u ocho años para comprobar qué clase de educación tiene el padre y la que le está dando al niño. Para ser padre o madre hay dos requisitos imprescindibles: altruismo y empatía. Y ambas características escasean en la sociedad tanto como los champiñones en el desierto. Los padres de hoy (hay pocos que no, para suerte de los chavales) crían enfermos mentales y cuando se dan cuenta de su error (si se dan cuenta) ya es demasiado tarde. La bomba atómica explota o implosiona dependiendo del carácter del menor. En un futuro muy cercano los terapeutas van a tener mucho trabajo.
Para ello hay varias soluciones. Platón abogaba por una educación estatal. Los padres sólo serían meros fecundadores y los niños se criarían en instituciones del gobierno. Para ello se necesitaría un estado carente de corrupción y cuyos políticos fuesen discípulos de la Madre Teresa de Calcuta, algo harto difícil de conseguir. Otra solución la propone Cooper, y dice que sería la vida en comunidad. En dicha comuna no habría familias, no habría ataduras económicas, sexuales ni sanguíneas. Todo sería de todos, incluidos los niños, que podrían escoger quién querrían que les enseñase, les mimase, etc. Cada necesidad la asociarían con un miembro en concreto y por lo tanto la enseñanza sería vocacional y elitista y escogida por el implicado. El problema de esta solución, indica Cooper, es que los celos y la ambición son humanos y por lo tanto el grupo tardaría poco en romperse. La tercera solución la propongo yo: carnet de padre y madre. A todo hombre y mujer se le evaluaría durante meses por distintos profesionales (tanto física como psíquicamente) para determinar si sería o no un buen padre o madre. Todo aquel que no cumpliera los requisitos sería esterilizado. ¿Y dónde está la libertad de elección en esta solución?, preguntarán ustedes. Pues tienen razón, no la hay, por el bien del menor y de la humanidad en general. Así, generación a generación la población sería cada vez más perfecta y por tanto habría un momento en que sería innecesario el examen y la esterilización.
El problema escolar es ya más difícil de resolver, o no. Illich propone que sea el niño el que escoja su futuro sin tener en cuenta títulos académicos. Illich propone que a cierta edad el niño (sirve también para cualquier edad) escoja una profesión, pongamos mecánico de motos. Al niño se le enviaría a un taller donde el dueño se hubiese inscrito como mecánico maestro altruista (no cobraría por ello y por tanto sería únicamente vocacional). El niño estaría en el taller el tiempo que él quisiera y después tendría dos opciones: podría seguir estudiando otra profesión o podría poner su propio taller. Y así hasta el día de su muerte. Gratis y sin título discriminatorio alguno. Esto sí sería igualdad en la enseñanza, sin clases ni privilegios, y lo más importante, sin título académico. Imhotep no estudió en Oxford y ahí siguen las pirámides.
Para finalizar quiero presentarles una encuesta propia hecha entre mis allegados. Esta era la pregunta: Imaginen que en su país sólo tienen dos opciones para la educación de sus hijos. La primera opción sería inscribirlo en una institución que desde los tres años aprendiese con los mejores profesionales de su rama (psicólogos, matemáticos, filólogos, físicos, químicos, informáticos, etc). El Estado correría con todos los gastos de escolarización. En esta opción usted vería a su hijo únicamente en Agosto y en Navidades pero a cambio tendría su hijo un futuro prometedor en lo profesional. La opción dos sería educarlo usted en casa (el Estado le pagaría un buen sueldo a cambio). Su hijo estaría siempre con usted pero su futuro profesional dependería de su destreza para enseñar. ¿Qué opción escogería?
Pues bien, el 58,8% escogió el internado y el futuro prometedor del niño sacrificando su compañía. El resto, un 41,2% escogió tener a su hijo consigo siempre, ignorando su futuro profesional. Siempre quedará la duda de si los primeros no confían en su destreza académica y prefieren que eduquen a sus hijos personal cualificado o si verdaderamente son tan altruistas que son capaces de renunciar a su hijo para que éste tenga la vida que ellos no tuvieron. A éstos, Erich Fromm les aplaudiría. Los segundos es al contrario. Nunca sabremos si el escoger educar ellos mismos a su hijo es por una desmesurada soberbia de cconocimiento o por su desmesurado egoísmo, sobreponiendo la posesión del menor por encima del futuro de éste. También desconocemos (mea culpa, lo admito) si los altruistas y los egoístas son en su mayoría hombres o mujeres, y al revés. Ojo, esta es mi opinión, y seguramente alguien dirá que él no es un egoísta sino un amante incondicional, o que no confía en los profesores cualificados, etc. Excusas. No pretendo juzgar a nadie, cada uno habrá tenido su motivo para votar una u otra cosa, pero quién se pica, ajos come. Allá cada uno con su conciencia. Yo habría votado por el internado, ya que estoy de acuerdo con Cooper en que algunos padres enferman psíquicamente a sus hijos, y yo quiero lo mejor para el mío. De todos modos la familia acaba deshaciéndose tarde o temprano. Y si no es así es porque o bien los padres están tan endiosados que se creen imprescindibles, o bien los hijos son tan vagos y egoístas que son capaces de renunciar a su vida privada por no doblar un calcetín. Sea como fuere, si el ave no enseña a volar a su cría por miedo a que se rompa una ala, llegará un momento en que los dos no cabrán en el nido y la familia se romperá. Si no se respetan las leyes naturales, éstas no nos respetarán a nosotros. Ustedes verán qué futuro quieren para sus hijos.
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