viernes, 4 de marzo de 2022

Amor en Milán

La vio con el talón enclaustrado en los testículos del toro dando tres gráciles vueltas como manda la tradición milanesa. Sonría, se la veía feliz, despreocupada. No pudo evitar preguntarse qué deseo estaría pidiendo. Ella paró de dar vueltas mientras su cabello negro rojizo le tapaba su hermosa cara de piel blanca y lisa, coreánamente cuidada.

La siguió con la mirada, a una distancia prudencial. Sin percatarse de su presencia, ella se situó delante de la boutique de Prada para hacerse un selfie. Seguía sonriendo. La vio que se giraba para mirar el escaparate con melancolía. Esta vez sí adivinó sus pensamientos. Le habría gustado entrar y que en la tienda la mimasen como a Julia Roberts en Pretty Woman. Habría cumplido un sueño. Vio como desde el centro paseaba su mirada por aquellas lujosas tiendas que adornaban la planta de la Galería Vittorio Emanuele II, como se recreaba en bolsos y zapatos mileuristas, fuera de su alcance económico. Pero seguía sonriendo, una sonrisa de envidia sana hacia aquellas mujeres que entraban en Gucci o Louis Vuitton para comprar un caro recuerdo de la ciudad de la moda. 

En silencio la siguió mientras abandonaba el lujoso cuadrilátero para dirigirse al Duomo esquivando turistas, palomas y algún que otro subsahariano que por la voluntad te colocan en la muñeca una especie de pulsera hecha con hilos de colores. Quería escuchar aquellas sutiles pisadas de ángel que se dirigían ahora hacia su hogar. Pero no se dirigía a la entrada principal de la fastuosa catedral sino a su flanco derecho, donde una estrecha y larga escalera de piedra llevaba al tejado desde el que podía contemplarse toda la ciudad. Por educación dejó pasar a dos turistas niponas septuagenarias que valientemente habían decidido evitar el ascensor y así seguirla a distancia, sin querer entorpecer su místico ascenso. Aún así, entre la barrera humana oriental pudo ver cómo se endurecían sus estrechos glúteos a cada paso que daba. Ahora era él el que sonreía al oír sus jadeos de cansancio y algún que otro suspiro seguido de un “si lo llego a saber” susurrado. Y en silencio la animaba, diciéndole telepáticamente que ya quedaba poco y que seguro valdría la pena tal esfuerzo. La sonrisa volvió a su rostro cuando pisó el mármol de Carrara que revestía la parte superior de la catedral y oteó el horizonte. Sí, había valido la pena el esfuerzo. 

Al llegar a la cima sus miradas se cruzaron y sin dejar de sonreír ella le pidió que le hiciese una foto con los trabajados arbotantes de fondo, acompañada de esculturas de santos hombres y vírgenes mujeres que humanizaban tan pétreo lugar. Él cogió su móvil y en la pantalla vio una hermosa mujer, feliz, satisfecha consigo misma, con una celestial luz a su espalda. 

-Ya está -dijo él. 

-Gracias mi amor -le respondió ella. 

Y en ese momento supo con certeza que se había casado con la mujer más maravillosa del mundo. Y le dio las gracias a Dios, allí, en la cima del mundo, por tenerla a su lado. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario