«Nunca me había fijado antes en las flores, ni en el sol, ni en el campo. He pasado mi existencia intentando demostrar a mi padre que yo era un hombre de éxito. No he dejado sitio para el amor en mi vida».
Alexander Lowen.
Según la mitología griega, la ninfa Eco, a la que la diosa Hera le había privado del habla pudiendo sólo repetir las sílabas de las palabras que oía, se enamoró locamente de un joven apuesto llamado Narciso. Incapaz de expresarle su amor con palabras a Narciso, éste la desdeñó y la joven Eco murió de pena. Por haberla tratado con tanta crueldad, los dioses castigaron entonces a Narciso haciendo que se enamorase de su propia imagen. Un día Narciso se inclinó sobre las aguas límpidas de una fuente y vio su propia imagen reflejada en el agua. Al verse se enamoró tan apasionadamente de su rostro que ya no quiso marcharse de aquel lugar. Y allí languideció y murió para convertirse después en una flor, en el narciso que crece al borde del agua.
Este mito nos revela que el enamoramiento de nuestra propia imagen y la incapacidad de amar a otro ser puede llevar al sujeto a una muerte más espiritual que física. Los griegos nos enseñaron con este mito que la hermosura física, tanto masculina como femenina, tiene más de maldición que de bendición y por eso de siempre el adjetivo narcisista se ha empleado como un término peyorativo. Veamos por qué.
¿Cómo es un narcisista?
El narcisista es una persona que pone por encima de todo el cuidado de su imagen. Ni tan siquiera sus sentimientos son tan importantes como su físico. Al carecer de sentimientos, y por lo tanto de empatía, el narcisista es una persona fría, calculadora y manipuladora capaz de hacer cualquier cosa para conseguir poder y control. Estas dudosas cualidades, junto con su cuidado físico, también les hace ser unos seductores natos, aunque en el sexo funcionen más como máquinas que como seres humanos por la falta de sentimientos. Y vivir es sentir. Por eso mismo el narcisista vive en un estado de desolación, tiene una concepción de la vida vacía y sin significado y por ello mismo tiende a padecer depresión y ansiedad. Lo único que les hace vivir es la consecución de poder.
El narcisista miente más que habla y su personalidad psicopática parece no percibir la diferencia entre el bien y el mal en el plano de los sentimientos. Pero la característica más importante del narcisista es la falta o negación de los sentimientos. El psicoanalista Otto Kernberg ha definido a los narcisistas como personas en las que «se encuentran diversas combinaciones de ambición desmedida, fantasías de grandeza, sentimientos de inferioridad y excesiva dependencia de la admiración y aclamación externas». También los califica como personas inseguras y crónicamente insatisfechas consigo mismas, explotadores (consciente o inconscientemente) de los demás y crueles con el resto de la humanidad.
El narcisista se idealiza a sí mismo. Se ve como un ser perfecto, negando tener defectos. Su autocontención en sus respuestas en según qué situaciones o con según qué personas es nula. Pero si alguna vez dejan escapar sus sentimientos, su reacción puede tomar dos formas: la rabia irracional y la sensiblería o sentimentalismo. La rabia es una forma distorsionada de dejar salir el enfado y la sensiblería es un sucedáneo del amor. Todo narcisista teme perder los estribos, volverse loco o acabar demente, porque el potencial de locura está en su personalidad. Este temor refuerza la negación de los sentimientos, y así se crea un círculo vicioso.
Tampoco se sienten atados por costumbres y modas. Los dioses están por encima de eso. Se consideran libres de vestir, hacer y decir lo que quieran. No les preocupan los sentimientos de los demás pero también es verdad que son igualmente insensibles a sus propias necesidades reales. Son autodestructivos por su desmedida ambición y su perfeccionismo. El fracaso puede inducirles incluso al suicidio. Por esta ambición y falta de culpa el narcisista suele llegar a ser un alto ejecutivo o político. Es difícil que un ser no narcisista llegue a ser poderoso, ya que a éste le falta la ambición que posee aquel. Estos ejecutivos se consideran generales de su propia guerra y la victoria está representada por el éxito en los negocios, por eso tratan a sus empleados como soldados de usar y tirar. Esta obtención de poder a cualquier precio es una forma de protestar contra la humillación de ser igual o inferior al resto de la población. También ser poderoso es un efectivo antídoto contra la impotencia sexual (cualquier hombre que dependa de la imagen para atraer a una mujer no será sexualmente potente). El poder genera estatus y la asociación del estatus con el poder amplia la imagen de potencia sexual de las personas que la ostentan. Esto explica porqué hay tantas mujeres a las que excitan sexualmente los hombres poderosos y se sienten atraídas hacia ellos, además de asegurar el porvenir de sus hijos a nivel económico, ya que quien tiene poder normalmente tiene dinero. Pero el poder no da la felicidad. La falta de sentimientos hacia el otro del narcisista provoca que tarde o temprano la mujer quede insatisfecha a nivel sexual y espiritual. A las mujeres les gustan los hombres poderosos y a la vez sentimentales. Si un hombre puede llorar significa que no es un narcisista y por lo tanto puede atender las necesidades anímicas de su pareja.
El narcisista poderoso es un ser solitario porque los que no tienen poder tienden a desconfiar de la persona poderosa, porque se sienten vulnerables ante ella. Por otro lado, la persona con poder desconfía de aquellos que no lo tienen, porque éstos la envidian. La persona con poder es temida y por tanto no puede ser amada. Sólo el poder puede contrarrestar al poder, y por eso la batalla es interminable. Como el narcisista no puede asumir ser uno más (aunque sea en su círculo de poderosos) batallará hasta el infinito por ser el más poderoso y así su lucha no tiene fin. Por su propia naturaleza, el poder aumenta el narcisismo de la persona y refuerza su inseguridad interior. La tragedia de los narcisistas es que, en lo más profundo de su ser, ansían desesperadamente amar y ser amados, pero no pueden o no se atreven a expresar esos sentimientos. Generaría mucho dolor, y ese dolor les hace vulnerables, les convierte en seres mortales.
¿Cómo llega uno a creerse un dios?
El narcisismo se origina en la niñez. En la mayoría de casos el narcisista ha vivido una infancia infeliz donde ha aprendido a ocultar sus sentimientos por miedo (padre autoritario y violento) o por vergüenza. Tienen que negar el horror para proteger su propia salud mental, para no perder la razón. La negación de la tristeza y del miedo le permite a la persona proyectar una imagen de independencia, valor y fuerza. Esta imagen esconde su vulnerabilidad, tanto ante sí misma como ante los demás.
Ante el maltrato físico el niño debe inmunizarse de alguna manera y esa manera es expulsando el sentimiento de miedo de su mente. Los padres utilizan el poder como medio de control con sus hijos. En muchos casos, el poder es la fuerza física; los padres se aprovechan de que son más fuertes para forzar la sumisión del niño. El niño que se somete aprende que las relaciones están regidas por el poder, lo que abona el terreno para que se afane por conseguir poder en su vida de adulto.
Otro motivo es el victimismo del progenitor. Una madre que se siente victimizada por un hombre puede fácilmente seducir a su hija para que se identifique con su posición. De manera similar, un padre que se siente dominado por su esposa, puede seducir a su hijo y arrastrarlo a una alianza contra las «brujas», para justificar su fracaso personal como hombre. Es un vínculo entre víctimas. El niño/a al crecer no desea ser igual que su progenitor y decide acatar sus enseñanzas en contra del sexo opuesto. Le seducen para que renuncie a su sexualidad y le prometen a cambio que se convertirá en un ser especial, más fuerte que el progenitor victimizado. Sentirse especial denota la existencia de una relación especial con uno de los padres, una relación más íntima de lo habitual. La oferta de intimidad y de llegar a ser muy especial es difícil de resistir para un niño que se ha sentido rechazado. Dado que el progenitor es como un dios para el niño, esta fusión de imágenes dota al ego del niño de cualidades divinas. Al mismo tiempo, el niño se ve obligado a rechazar la parte de su yo a la que el progenitor pone objeciones, es decir, los sentimientos corporales y el deseo de ser independiente. El niño llega a creer que aquello que su progenitor rechaza de él es tan sólo la parte «inferior» de su propia naturaleza. La ilusión aplaca un dolor que acaba por negar. La nueva imagen del yo del niño se convierte en una expresión de su naturaleza «superior». En realidad un niño narcisista no puede elegir. La persona especial se vincula inicialmente a aquella otra que la hace sentirse así, y después a otras personas que también la ven como especial. La persona especial no es libre, eso es una ilusión.
Las discusiones entre progenitores son motivo también de la aparición del narcisismo en un menor. La mayoría de los niños aprenden a soportar las discusiones de los padres aislando el miedo en su interior, pero el precio que pagan por ello es la disociación del mundo y de los sentimientos. Hay que entender que para un niño no tiene sentido que sus padres no se traten el uno al otro con amor. El niño convierte en un hábito el negar las emociones y esto queda grabado en su personalidad. Aprende a actuar usando sólo como base la razón y la lógica. De hecho, el mundo de los sentimientos se ve como irreal y, por tanto, ligado a la locura.
No se puede olvidar que la sobreprotección es también una forma de especializar al niño y por lo tanto de endiosarlo. Hacer creer al menor que está por encima del resto de la humanidad, incluso por encima de sus padres (que le consienten todo tipo de caprichos para evitar sus enfados), es crear un monstruo que en un futuro sólo será capaz de mirar por su bienestar. Mentir al niño respecto sus habilidades (juegas mejor al fútbol que los otros niños, por ejemplo) o halagarlo con desmesura (eres el niño más guapo y más inteligente del mundo, etc.) provoca en él un egotismo tan acentuado que tarde o temprano se volverá en su contra. Hay que recordar que un niño no sabe distinguir el sarcasmo o el sentido figurado de la verdad, y menos viniendo de sus padres, a los que ve como seres superiores poseedores de una sabiduría y certeza absoluta.
Tipos
Fálico-narcisistas: suelen ser hombres cuyo ego está dedicado exclusivamente a la conquista de mujeres. Sienten una preocupación desmesurada por su imagen sexual y se manifiesta con una demostración exagerada de confianza en sí mismo, de dignidad y de superioridad. La educación en este tipo de hombres suele haber sido de tipo matriarcal, siendo un niño mimado en exceso por su absorvente madre.
Narcisista: tiene una imagen más grandiosa del ego que el fálico-narcisista. Este individuo no se cree mejor, sino el mejor. Tiene la necesidad de ser perfecto y que los demás le vean como un ser perfecto. Se lleva bien con el poder y el dinero.
Personalidad límite: proyectan una imagen de éxito, competencia y poderío en el mundo, que de hecho se apoya en logros alcanzados en el terreno de los negocios o del espectáculo. Se creen los reyes pero se contienen, pudiendo mostrar sentimientos si lo requiere la ocasión. Bajo su ego se esconde sentimientos de inseguridad e inferioridad. Suelen ser depresivos.
Psicópata: se considera a sí mismo un individuo superior a los demás y muestra un grado de arrogancia que raya en el desprecio por los seres humanos corrientes. Una característica específica de la personalidad psicopática es la tendencia a actuar siguiendo sus impulsos, a menudo de manera antisocial. Mienten, engañan, roban, incluso matan, sin que se vea en ellos signo alguno de culpabilidad o remordimiento. Son antisociales, brillantes, no tienen remordimientos, su inteligencia es fría como el hielo, son incapaces de sentir amor o culpabilidad, y tienen malas intenciones con respecto al resto del mundo. Un individuo así puede ser un abogado competente, un ejecutivo o un político.
Personalidad paranoide: está en el otro extremo del espectro, y aún más lejos de la salud. Este tipo de individuos no sólo cree que la gente les mira sino que además habla de ellos, incluso conspira en su contra, debido a que ellos son tan extraordinarios e importantes. Puede que incluso crean que tienen poderes fuera de lo normal.
Conclusiones
La creación de un narcisista no sólo depende del padre o de la madre. Vivimos en una cultura narcisista. Contaminamos el aire, la tierra, el agua e incluso al resto de humanos por el simple hecho de tener un nivel de vida más alto. Valoramos el rendimiento, la productividad y el poder por encima de la integridad y el respeto. Valoramos ganar, exageramos su importancia mientras que el quedar segundo no tiene ningún mérito. Vencer es lo único que importa. Pero sobretodo vencer al vecino, al hermano, al padre o al hijo. Esto hace que los valores humanos sean vistos como signos de debilidad. El estafador, por ejemplo, no considera al anciano pensionista como ser humano. El narcisismo reniega de la humanidad porque ni siquiera se ve a sí mismo como humano. Nos vanagloriamos de ser máquinas de matar porque deseamos infundir temor en los demás y así demostrar nuestro poder. Sólo una sociedad narcisista, insegura y temerosa es capaz de presumir de tener armas de destrucción masiva o el ejército mejor preparado del mundo. Nos sentimos poderosos con un arma en las manos y admiramos más al fuerte que al inteligente. Pero esto no es de extrañar. Nuestros padres eran narcisistas y nos han educado a su imagen y semejanza. Y no sólo nuestros padres. Profesores, médicos, empresarios, políticos, deportistas, etc… Todos ellos nos enseñan que para triunfar deben dejarse las emociones y los escrúpulos a un lado. Eso sí, en Navidad colaboramos con un euro para la Cruz Roja para limpiar nuestra sucia conciencia. Y por supuesto no lo reconoceremos, como tampoco reconocemos nuestros errores y mentimos incluso a quién nos ama, si nos ama alguien, porque tenemos que ser más narcisista que el de al lado. Hasta ese punto ha llegado la humanidad, el de competir para ver quién es el más gilipollas de todos. Hoy día tenemos que ser más gilipollas que nuestros padres y educar a nuestros hijos para que en el futuro sean más gilipollas que nosotros, y nosotros orgullosos. ¡Qué pena! ¿La solución? Pues contentarnos con poder comer y vivir bajo un techo, expulsar la ambición y la envidia de nuestro cuerpo y respirar hondo para que nuestros sentimientos afloren sin que nos avergoncemos de ello. Educar a nuestros hijos en la igualdad, en el amor y el respeto. Quererlos sin someternos a sus deseos, sabiendo decir no cuando toque y que hay una razón para ello. Debemos decirles que infundir terror no da la felicidad, igual que el dinero. Que el poder no lo es todo en la vida y que es más importante la belleza interior que la exterior porque ésta es efímera y la primera infinita. Debemos enseñarles a pedir ayuda y agradecerla, a trabajar en equipo y compartir el mérito. Debemos enseñarles, con nuestro ejemplo, que es liberador sentir.
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