domingo, 20 de marzo de 2022

Rubicón de Tom Holland

En tiempos de paz es importante apoyar a la facción que lleva razón, pero en tiempos de guerra hay que apoyar a la más fuerte. 

Cicerón. 

En el libro de Holland se narra la vida romana en tiempos de César. Rubicón es un río poco profundo de régimen torrencial del nordeste de Italia, que discurre por la provincia de Forlì-Cesena y desemboca en el mar Adriático. Parece que el nombre deriva del color del agua, ya que discurre por una región arcillosa, que la tiñe de un color rubí. El río tenía especial importancia en el derecho romano, porque a ningún general le estaba permitido cruzarlo con su ejército en armas.

El río entró en la historia por ser su cruce el detonante de la segunda guerra civil. Marcaba el límite del poder del gobernador de las Galias y este no podía adentrarse en Italia con sus tropas. La noche del 11 al 12 de enero de 49 a. C., Julio César se detuvo un instante ante el Rubicón atormentado por las dudas. Cruzarlo significaba cometer una ilegalidad: convertirse en enemigo de la República e iniciar la guerra civil. Julio César dio la orden a sus tropas de cruzar el río, pronunciando en latín la frase «alea iacta est» («la suerte está echada») según Suetonio en su obra Vidas de los doce césares. De acuerdo con Plutarco (en sus Vidas paralelas), Julio César citó en griego la frase del dramaturgo ateniense Menandro, uno de sus autores preferidos: «¡Que empiece el juego!». De este suceso proviene la expresión «cruzar el Rubicón» que expresa el hecho de lanzarse irrevocablemente a una empresa de arriesgadas consecuencias sin posibilidad de marcha atrás.

El libro comienza con una estupenda anécdota. Roma, antes de la República, estuvo gobernada por reyes. Sobre el rey Tarquino se cuenta la historia de que una anciana llegó a su palacio con nueve libros bajo el brazo. La anciana se los ofreció por una buena suma y Tarquino se le rió en la cara, por lo que la anciana se fue sin tan siquiera regatear. Al día siguiente la anciana quemó tres libros y se los ofreció a Tarquino por la misma cantidad del día anterior, lo que costaban los nueve libros. Por segunda vez Tarquino los rechazó, pero esta vez con menos seguridad y sin reírse de ella, y por segunda vez la anciana se fue sin regatear con los seis libros bajo el brazo. Tarquino empezó a preocuparse y pensó que posiblemente estaba rechazando una buena oferta, así que al día siguiente le compró los tres libros que le ofrecía la anciana al mismo precio que le hubieran costado los nueve libros originales. La anciana cogió el dinero y nunca más se supo de ella. Tarquino pudo leer en aquellos tres libros profecías tan categóricas que los romanos pensaron que aquella anciana sólo podía ser la Sibila, la misma que había predicho la gran guerra de Troya y aquella a la que creían inmortal por mil años. Gracias a aquellos libros y a que Tarquino supo reconocer un buen trato, aunque un poco tarde, los romanos pudieron ver su futuro y el futuro del mundo que se postraría a sus pies siglos mas tarde. 

La vida de los romanos era parecida a la actual. Lo que más deseaba todo ciudadano romano era ser alabado, mientras que lo que más temía era la vergüenza pública. Lo que evitaba que la competitividad degenerara en egoísta ambición no eran las leyes, sino el sentirse siempre observado por los demás. Colocar el honor personal por encima de los intereses de la comunidad era comportarse como un bárbaro, o lo que era peor, como un rey. Llevar perilla o tocarse la cabeza con un dedo eran signos afeminados. No faltaron hombres que se vestían de mujer pero eran rechazados por la sociedad. Incluso Clodio, que se vistió de mujer para entrar en un ritual y verse así con su amada, sufrió el escarnio publico y la vergüenza de ser señalado no como un enamorado sino como un enfermo. Incluso de César, el magnífico general romano, se decía que era un hombre para toda mujer y una mujer para todo hombre, ya que se rumoreaba que era homosexual. Sus enemigos políticos proclamaron que se había prostituido con un rey bárbaro y le apodaron «la reina de Bitinia».  Lo que definía mejor la ambigüedad de Roma era el hecho de que era una de las ciudades más limpias y a la vez más sucias. Por sus calles corría el agua y la porquería. A los romanos que se apartaban de la buena costumbre romana se les tiraba mierda (literalmente) a la cabeza. A estos rechazados se les llamaba plebs sordida, o los "siempre sucios". Los romanos llamaban "populares" a aquellos políticos que confiaban en su don de gentes y que incluso imitaban el acento plebeyo para identificarse con su pueblo. Pero en lo que concierne a la igualdad de sexos fueron muy avanzados a su época. Los romanos creían que las niñas debían curtirse igual que los niños. Un niño entrenaba su cuerpo para la guerra y una niña para dar a luz. Ejercicios tanto físicos como intelectuales hasta llevarlos al borde de la extenuación. En la muerte, cuanto menor era el difunto, menos pena debía mostrarse, hasta el punto en que era un dicho común que a los niños que morían en la cuna no se debía lamentar su muerte. Contrariamente se pensaba que cuanto más severos eran los padres con un niño más le querían. 

Hubo, como en todo tiemp,o hombres honrado desafortunados en Roma. Tiberio y Cayo Graco, hermanos, usaron sus tribunados para favorecer a la gente pobre. Propusieron que las tierras públicas no utilizadas se convirtieran en huertos y se les diese a conrear a las masas, que se les vendiera trigo por debajo del precio de mercado o que la República costease la ropa de sus soldados más pobres. Huelga decir que estas medidas irritaron a la aristocracia romana. Años después Tiberio sería asesinado a golpes con una pata de un taburete y Cayo también moriría a manos de agentes de la aristocracia, decapitado y su cráneo llenado de plomo para que no flotase nunca, ya que los cadáveres se tiraban al Tíber. Días después, tres mil de sus seguidores fueron ejecutados sin juicio previo. 

El deber más sagrado de un cónsul romano era garantizar la seguridad de Roma. No se permitía que ningún publicanus entrara en el Senado y que ningún senador se dedicara a algo tan vulgar como el comercio exterior

Pero Roma es conocida por su potencial bélico y sus audaces y competentes generales. Uno de ellos fue Sila, general famoso en Roma tanto por su enorme suerte en campañas difíciles como por su cercanía con sus soldados, con los que se mezclaba sin ningún pudor. Sila era capaz de hablar como sus legionarios y reirse con sus chistes. Se ganó la fama de ser un oficial que hacia favores a sus hombres. Pero también había algo siniestro en él. Cuando se enfurecía aparecían en su frente puntitos blancos que los médicos achacaban a su perversión sexual por la falta de un testículo. Sila expulsó de Roma a Mario, que tuvo una vida en la clandestinidad de película y que vale la pena leer. Sila deseaba enfrentarse a Mitridates, pero ese honor se lo concedieron a Mario. El enfado de Sila provocó el dudoso honor de que él fuese el primer general romano que entrase con sus legiones en Roma y con esta entrada comenzó el fin de la República. 

El más famoso de todos fue Julio César. La educación de César fue muy estricta incluso para lo que era normal en Roma. César se las daba de clemente, aun y así expulsó numerosas tribus beligerantes del Imperio y anexionó una parte de Germania y la Galia a territorio romano. Sus conquistas extendieron el dominio romano sobre los territorios que hoy integran Francia, Bélgica, Holanda y parte de Alemania. Fue el primer general romano en penetrar en los inexplorados territorios de Britania y Germania. Era el general de cuerpo de hierro, comía la misma comida y las mismas raciones que sus soldados sin desmontar del caballo, dormía en el suelo, envuelto sobre su capa incluso en invierno, su valor era inspiración para muchas legiones y compartía todos y cada uno de los rigores y dificultades que imponía a sus hombres. ¿Cual es la muerte más dulce?, le preguntaron a César y él respondió que la que llegaba sin previo aviso. Como una profecía, al día siguiente César fue asesinado en el Senado, cogido de improvisto. En los idus de marzo del año 44 a. C., un grupo de senadores convocó a César al Foro para leerle una petición, escrita por ellos, con el fin de devolver el poder efectivo al Senado. Marco Antonio, que había tenido noticias difusas de la posibilidad del complot a través de Servilio Casca, temiendo lo peor, corrió al Foro e intentó parar a César en las escaleras, antes de que entrara a la reunión del Senado. Pero el grupo de conspiradores interceptó a César justo al pasar al Teatro de Pompeyo, donde se reunía la curia romana, y lo condujo a una habitación anexa al pórtico este, donde le entregaron la petición. Cuando el dictador la comenzó a leer, Tulio Cimber, que se la había entregado, tiró de su túnica, provocando que César le espetara furiosamente ¿Qué clase de violencia es esta? En ese momento, el mencionado Casca, sacando una daga, le asestó un corte en el cuello; el agredido se volvió rápidamente y, clavando su punzón de escritura en el brazo de su agresor, le dijo: «¿Qué haces, Casca, villano?». Casca, asustado, gritó ¡Socorro, hermanos!, y, en respuesta a esa petición, todos se lanzaron sobre el dictador, incluido Marco Junio Bruto. César, entonces, intentó salir del edificio para recabar ayuda, pero, cegado por la sangre, tropezó y cayó. Los conspiradores continuaron con su agresión, mientras aquél yacía indefenso en las escaleras bajas del pórtico. De acuerdo con Eutropio y Suetonio, al menos 60 senadores participaron en el magnicidio. César recibió 23 puñaladas, de las que, si creemos a Suetonio, solamente una, la segunda recibida en el tórax, fue la mortal. Las últimas palabras de César no están establecidas realmente, y hay una polémica en torno a las mismas, siendo las más conocidas ¿tú también, hijo mío?, dichas a su hijo Bruto. 

Los rumores eran el pan diario de la casta romana. El Estado tenía derecho a saberlo todo, pues los romanos creían que incluso los gustos y las aficiones personales debían ser objeto de vigilancia e investigación. El conocimiento afianzaba los cimientos de la República. 


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