Ludwig K. había escrito a su tía para comunicarle su malestar en relación con el tipo de compañerismo que predominaba en su tropa (véase su carta del 14 de marzo de 1943). Después de aquello, participó en el aplastamiento de la insurrección de Varsovia y, finalmente, se le destinó a Pomerania.Aquí escribe a su madre, lleno de angustia frente a su incierto futuro. Lo habían ascendido a oficial. Poco después de redactar estas líneas, las tropas soviéticas lo apresaron. En 1946 fue liberado y regresó a Alemania.
Pomerania, enero de 1945
Querida mamá:
Esta carta está especialmente dirigida a ti porque no puedo compartir mis sentimientos más profundos con cualquier persona. Siento una enorme necesidad de hablar a un ser querido de lo que casi me está rompiendo el corazón. En estos momentos somos soldados de infantería. Eso significa que ocho hombres compartimos un búnker con seis camas y que disponemos de un espacio de un metro y medio por dos metros, sin puerta, sin luz, sin estufa y a una temperatura de –15ºC o –20ºC, bajo una tempestad de nieve. Con todo, durante el día hemos conseguido fijar una puerta y organizar una especie de horno. Ahora mismo tenemos que elegir entre la intoxicación por humo y la oscuridad, o entre el frío y la luz. Tenemos solo lo imprescindible. Nada de utensilios de aseo, nada de comodidades. De día retiramos la nieve de las trincheras, utilizando palas, en medio de un frío glacial. Por la noche, nos quedamos de pie, haciendo guardia a unas temperaturas aún más espantosas, durante tres o cuatro horas, mientras las trincheras se van llenando otra vez de nieve. La comida es escasa y llega fría. Y todo eso, sin contar las pequeñas molestias que tanto nos gustaría evitar. ¡Pero no pensemos más en ello! Llegamos aquí después de haber caminado cuarenta kilómetros, día y noche, cargados con todo nuestro equipamiento.
Pero todo eso no es nada comparado con la angustia… que no es el miedo ante la posibilidad de morir, sino, sencillamente, el pavor ante esta incertidumbre enorme y amenazante. Si supiéramos cuándo vamos a morir, al menos podríamos prepararnos. Pero ignoramos si existe alguna posibilidad de volver de esta guerra y de acabar nuestros días tranquilamente, en Jüterborg,[2] o si nos harán prisioneros, si acabaremos heridos en manos de los rusos, si pasaremos los mejores años de nuestra existencia vegetando… Y luego está el dolor de no poder adivinar lo que será mañana de nuestro pueblo, cuándo llegará por fin la paz, cómo conseguiremos reconstruir nuestras vidas más adelante… No sabemos hasta qué punto los rusos y la guerra han arrasado nuestra querida Alemania ni adónde nos llevará todo esto.
Pronto llegaremos incluso a desear que todo acabe lo antes posible, con una gran catástrofe, o que caigamos enfermos para terminar nuestros días en un hospital de campaña del centro de Alemania o que los estadounidenses nos capturen. Corremos el riesgo de pensar de este modo, pero enseguida apartamos tales ideas de nuestras mentes y sentimos vergüenza. ¿Ves cómo mi alma está desgarrada, confusa? Y no encuentro descanso alguno, salvo cuando me arrodillo en la trinchera y rezo, con más fervor que nunca, porque esa será nuestra única salvación: ¡Señor, hágase tu voluntad! Jesús, vivo por ti,[3] muero por ti, soy tuyo en la vida y en la muerte. Todo va bien y todo irá bien porque reinas sobre la vida y la muerte. ¡Si al menos pudiera encontrar algún alivio en mis sueños! ¡Madre! ¿Cuándo acabará al fin esta época? Pero tenemos que seguir siendo fuertes.
Afectuosamente,
Tu Ludwig
No hay comentarios:
Publicar un comentario