viernes, 4 de marzo de 2022

No es NO

Como padre que soy, muchas veces me he preguntado si estaré educando bien a mi hijo o no. Es cierto que soy un padre muy estricto y una persona muy exigente y a menudo me pregunto cómo podrá afectar a mi hijo en el futuro esta fuerte exigencia.

En mi defensa puedo decir que estoy educando a mi hijo como me educaron a mí mis padres, ya que viéndome desde fuera creo sinceramente que no les fue mal del todo. Mis hermanos y yo tenemos buenos empleos, no somos alcohólicos ni drogadictos, sabemos comportarnos como la ocasión lo exija y respetamos los valores que nos inculcaron. Eso sí, intento comunicarme más con mi hijo de lo que mis padres hicieron conmigo. Entiendo que la generación de mis padres educase a sus hijos con el cinturón en la mano, evitando discutir con nosotros los temas tabús del franquismo como el sexo, las drogas o la homosexualidad. Lo entiendo porque se educaron en una España ultra católica donde el ser señalado por el vecino era ser la vergüenza del barrio, por eso también les perdono, aunque en la adolescencia se echasen de menos sus sabios consejos. Pero los tiempos han cambiado y ahora las iglesias están vacías los domingos por la mañana, somos unos completos desconocidos para nuestros vecinos e incluso algunos padres se fuman algún que otro porrete con su hijo adolescente. Hoy día se ve el sexo como algo normal, la homosexualidad carece de importancia para los padres y nuestra sociedad es cada vez más matriarcal. Algunos y algunas se alegrarán por ello pero permítanme que sea políticamente incorrecto al decir que volvemos a cometer los mismos errores que nuestros padres pero en el lado opuesto. En algunos casos el divorcio o la cobardía (y en otros ambas cosas) han hecho que nuestros hijos se crean intocables y estén malcriados. Hemos pasado del miedo a nuestros padres al miedo a nuestros hijos. Ahora no los educamos porque no queremos ser tachados de fascistas, o machistas. Tenemos miedo de que se vayan con el otro progenitor si no les damos todo lo que nos piden. Nuestros hijos hoy día tienen derecho a fumar en casa, a ensuciar, a alimentarse de pizza o hamburguesas, a tener una moto o un coche, a insultarnos, a una paga mensual e incluso a echarnos de nuestra propia casa si les da la gana pero no tienen ninguna obligación de respetar el hogar que pagan sus padres con el sudor de su frente, no tienen la obligación de limpiar lo que han ensuciado, ni comer la verdura que hay en la nevera, de dejar de wasapear mientras se come, ni siquiera a trabajar. Tienen todos los derechos pero ninguna obligación. Somos sus putos esclavos. Pero ¡ojo!, no les echemos las culpas a ellos. La culpa es sólo nuestra, de sus padres, que se lo permitimos todo por evitar la confrontación. Somos la generación del miedo. Miedo a que nos tachen de homófobos, machistas o racistas por criticar un mal acto de un gay, mujer o extranjero. Miedo a perder nuestro trabajo. Miedo al enfrentamiento. Miedo a la justicia, a la mafia y a los políticos. Somos mayoría en este país y hemos permitido que nos gobierne un PP corrupto durante ocho años por miedo a los que puedan venir después. Somos una generación cobarde, conformista, esclava de las multinacionales, de los bancos y de nuestros bastardos. Tenemos miedo a que nos denuncien por pegar un cachete merecido a nuestro hijo en la calle. Somos la generación abogada de los pobres. Pobrecito el vendedor ambulante, decimos, pero no decimos pobrecito el policía al que ya nadie respeta. Somos la generación que espera a la sentencia favorable para entrar en su casa okupada. ¿Y luego pretendemos que no se nos suban a las barbas? ¡Vamos hombre! Eso sí, los viajes a Eurodisney y el cochazo lo cuelgo en Facebook para que me envidien mis amigos pero que no sepan que tengo las tres visas a tope. ¡Penoso! ¿Que papá te lleva a París? Tranquilo que si apretas a tu madre te llevará a Nueva York para no ser menos. Somos unos cobardes, no sabemos decir NO y así nos va. Estos días se nos está llenando la boca a todos, sobretodo a las adolescentes, con el lema NO ES NO. Me parece perfecto, pero a algunos yo también les diría que el NO sales hasta que limpies tu habitación también es NO. O el NO a la moto hasta que te la puedas pagar también es NO. O el NO a la paga porque sino nos cortan la luz también es NO. NO ES NO, no es un sí si te rompo la puerta a patadas, no es un sí si me voy a vivir con papá, no es un sí si te amenazo con denunciarte por malos tratos. NO ES NO, para lo bueno y para lo malo. Y eso, nosotros los cobardes, tenemos que entenderlo. ¿Qué será de nuestros malcriados hijos cuando tengan que vivir por su cuenta? ¿Qué comerán? ¿Quién limpiará sus casas? ¿Cómo educarán a nuestros nietos? ¿Cuántos ataques de ansiedad porque las cosas no les han salido como querían tendrán a lo largo de sus vidas? Sí, creo que estamos criando una nueva generación. Nuestros hijos serán la generación deprimida. Deprimidos por tener que trabajar, por tener que limpiar una casa, por tener que cuidar a sus hijos, por no tener tiempo para salir de fiesta, por carecer de esclavos… 

Por supuesto hay que darles amor, hay que comprenderles y hablar mucho con ellos. Hay que respetarles y enseñarles a respetar. Hay que educarles en la empatía. Debemos enseñarles a volar para que puedan ganarse su sustento, no debemos mantenerles siempre limpitos y comiditos en el nido. A un hijo no se le puede perdonar todo porque le enseñamos que haga lo que haga siempre estaremos sus padres para sacarles las castañas del fuego y así nunca serán consecuentes con sus actos. Yo siempre he dicho que no le perdonaré todo a mi hijo y para mí dejará de ser mi hijo si después de todo lo que he sufrido por educarle se convierte en tirano, déspota, ladrón, asesino o peor aún, político corrupto. Ese día mi hijo dejará de ser hijo mío para convertirse en un hijoputa más. Y aquí lo dejo escrito para que el día de mañana puedan tirármelo en cara todos aquellos a los que sin pretenderlo imité en cobardía. Soy todo suyo, asumiré mi equivocación cuando me recriminen con un “te lo dije”. 





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