El rasgo más notable del trastorno pasivo-agresivo de la personalidad (TPAP) es la resistencia a los requerimientos externos, que típicamente se pone de manifiesto con conductas de oposición y obstrucción, entre las que se cuentan la posposición de tareas y decisiones, el trabajo mal realizado y el «olvido» de las obligaciones. Estas personas suelen tener una historia de habilidades inferiores a las normales en los ámbitos ocupacional y social. Como es de esperar, lo típico es que les irrite tener que conformarse a normas establecidas por otros. Las personas con TPAP no son asertivas, porque creen que la confrontación directa es peligrosa. A estos individuos también les fastidian e irritan las obligaciones en el trabajo o el estudio. En general, la persona con un TPAP ve a las figuras de autoridad como arbitrarias e injustas. En consecuencia, lo típico es que culpe a otros por sus propios problemas y no vea que su propia conducta es la que en parte le crea dificultades.
Conflicto clave: Los individuos con este trastorno de la personalidad tienen un estilo contestatario, que pretende desmentir el hecho de que quieren obtener el reconocimiento y el apoyo de figuras de autoridad. El principal problema es un conflicto entre el deseo de conseguir las ventajas que otorgan las autoridades, por una parte, y por la otra el deseo de conservar la autonomía. En consecuencia, tratan de mantener la relación siendo pasivos y sumisos, pero como sienten una pérdida de autonomía se sublevan contra la autoridad.
Concepción de sí mismos: Pueden percibirse como autosuficientes pero expuestos a abusos por parte de otros. (No obstante, se sienten atraídos por las figuras y organizaciones fuertes, porque anhelan aprobación y apoyo sociales. Por lo tanto, suelen padecer un conflicto entre el deseo de apego y el miedo al abuso.)
Concepción de los demás: Ven a los demás —específicamente a las figuras de autoridad— como intrusivos, exigentes, entrometidos, controladores y dominantes, pero al mismo tiempo capaces de aprobar, aceptar y cuidar.
Creencias:
Nivel 1. Las creencias nucleares tienen que ver con nociones tales como: «Ser controlado por otros es intolerable», «Tengo que hacer las cosas a mi manera» o «Merezco aprobación por todo lo que he hecho». Sus conflictos se expresan en creencias como «Tengo que proteger mi identidad». (Los pacientes límite [borderline] a menudo ponen de manifiesto el mismo tipo de conflicto).
Nivel 2. La creencia condicional toma la forma de «Si sigo las reglas, pierdo mi libertad de acción».
Nivel 3. Las creencias instrumentales giran en torno de posponer la acción que la autoridad espera, o de una obediencia superficial, pero no sustantiva.
Amenaza: Las principales amenazas o miedos giran en torno de la pérdida de la aprobación y la reducción de la autonomía.
Estrategia: La principal estrategia consiste en fortificar la autonomía mediante la oposición tortuosa a las figuras de autoridad, mientras se les corteja ostensiblemente para obtener su favor. Estos individuos tratan de eludir o violar las reglas con engaños, en un espíritu de desafío encubierto. Son a menudo subversivos, en el sentido de que no realizan el trabajo a tiempo, no asisten a clase, etcétera —en última instancia, conductas autodestructivas—. Pero superficialmente, por su necesidad de aprobación, puede parecer que son obedientes y que cultivan el favor de las autoridades. A menudo tienen una fuerte tendencia a la pasividad. Tienden a seguir la línea que supone menor esfuerzo; suelen evitar situaciones competitivas y les interesan más las empresas solitarias.
Afecto: Su principal afecto es la cólera no expresada, que se asocia con la rebelión contra las reglas dictadas por la autoridad. Este afecto, que es consciente, alterna con la ansiedad cuando prevén represalias y se sienten amenazados con un «corte de víveres».
Usted tiene un TPAP si presenta al menos cinco de las siguientes características:
Retrasos, demoras en la ejecución de las tareas, de modo que no se cumplen los plazos.
El sujeto se vuelve malhumorado, irritable o discutidor cuando se le pide que haga algo que no desea hacer.
Parece trabajar de un modo deliberadamente lento o hace mal las tareas que no desea hacer.
Se queja injustificadamente de que los demás le piden cosas irrazonables.
Evita las obligaciones pretendiendo que las ha «olvidado».
Cree que está haciendo las cosas mucho mejor de lo que los demás piensan.
Rechaza las sugerencias útiles de los demás para que sea más productivo.
Malogra los esfuerzos de otras personas al entorpecer la parte del trabajo que le corresponde.
Critica o se burla de manera irrazonable de las personas que tienen posiciones de autoridad.
Los pensamientos automáticos típicos en el trastorno pasivo-agresivo de la personalidad son:
¿Cómo se atreven a hacerme esto?
Haré lo que quiera.
Nadie me reconoce el trabajo que hago.
La gente se aprovecha de mí.
Nada me da resultado.
La gente tendría que tratarme con más respeto.
El TPAP no quiere seguir instrucciones implícitas o explícitas, sino sólo frustrar a los demás de un modo pasivo: no desea el conflicto abierto, pero tampoco cumplir. Ve las reglas como el modo que tienen los otros de frustrarle. Al pasivo-agresivo no le importa que también a los otros se les pida que sigan las reglas. Sólo percibe la situación desde su propio marco de referencia (punto de vista), según el cual se le está tratando de un modo injusto. Supone que es una víctima del destino, no advierte el modo como sus propias acciones inciden en su vida. Cuando al pasivo-agresivo le va bien, da por sentado que tendrá que ocurrir algo negativo.
Las actitudes y supuestos típicos del trastorno pasivo-agresivo de la personalidad son:
La gente no me comprende.
La vida es miserable (nada me da resultado).
La gente se aprovecha de ti, si se lo permites.
No importa lo que hagas: nada da resultado.
Ser directo con las personas puede ser peligroso.
Las reglas son arbitrarias y me asfixian.
Ante las consecuencias negativas de no haber cumplido con sus obligaciones, se encoleriza con las personas que ocupan posiciones de autoridad, en lugar de advertir la incidencia de su propia pauta de conducta. Esta ira puede expresarse ocasionalmente en estallidos, pero es más probable que lo haga a través de medios pasivos de venganza, como el sabotaje. Los estados afectivos negativos habituales en los pacientes con TPAP son la ira y la irritabilidad. Además, los pasivo-agresivos no suelen alcanzar sus propias metas profesionales y sociales. No advierten de qué modo su conducta y sus actitudes contribuyen a crearles problemas, así que piensan que el ambiente es la causa de su frustración. Entre las razones típicas que llevan al paciente con TPAP a iniciar una terapia están las quejas de otras personas que dicen que el sujeto se resiste a satisfacer determinadas expectativas. Esto ocurre tanto en el matrimonio como en las relaciones laborales entre superior y subalterno. Una mujer dijo que su marido no le hacía caso hasta que ella misma dejaba de responderle y amenazaba con abandonarle. Entonces él cooperaba transitoriamente, hasta que ella volvía a comprometerse en la relación; después él volvía a su pauta de repliegue y resistencia a los requerimientos.
También la depresión lleva a la terapia a los pacientes con TPAP. Un factor que contribuye a provocar la depresión es una carencia crónica de recompensas interpersonales y laborales. Por ejemplo, el hecho de que sigan la vía del menor esfuerzo, y la resistencia a los requerimientos externos, pueden llevarles a creer que nada marcha bien para ellos. También la idea que tienen de que en su ambiente son vulnerables al control de los demás genera una concepción negativa del mundo en general. De esto suele resultar un nivel crónico de distimia.
Estos pacientes suelen dar respuestas breves e incompletas, y a veces se irritan. Incluso cuando parecen responder activamente, no lo hacen de modo directo; cambian de tema o se demoran en detalles extraños. Entre las cogniciones posibles se cuentan «No debo tener que hacer esto» y «El entrevistador trata de controlarme». No demostrará ninguna comprensión de que él mismo contribuye a crear sus dificultades; culpa totalmente a otros. El paciente pasivo-agresivo por lo general menciona algunas «salidas nulas» e intentos frustrados de alcanzar metas. El pasivo-agresivo explica que perdió un trabajo porque «el jefe era injusto», o que «ese empleo no me dejaba ninguna libertad», o bien que «fui víctima de la discriminación». Además el deseo de hacer las cosas a su modo no facilita que se acerquen a la gente con ánimo de pactar.
«X» era una estudiante graduada de 28 años que entró en tratamiento ansiosa, desvalida y con depresión severa. Se negó a dar información detallada en la evaluación de admisión, porque, según dijo, no se sentía cómoda con el psicólogo entrevistador. Comentó que sus calificaciones habían descendido en el último año. Antes se había hecho ilusiones con la escuela para graduados, pero no era lo que ella esperaba. Los profesores le parecían arbitrarios e injustos; le disgustaba tener que trabajar tanto para obtener su título. Para complicar las cosas, «X» había terminado una relación unos seis meses antes. Oscilaba entre sentirse herida porque había sido abandonada y la ira por no haber tomado ella la iniciativa de romper. Dijo poco sobre su infancia; la había pasado separada de su hermana y con la convicción de que los padres «no debían haber tenido hijos». Más tarde comentó que nunca supo qué podía esperar de ellos: «Perdían los estribos por cualquier cosa» y proporcionaban respaldo económico pero no emocional. Las relaciones actuales con la hermana y los padres eran tensas; sus sentimientos respecto de ellos, ambivalentes. A veces la encolerizaban y en otros momentos deseaba una relación más estrecha. Cuando «X» empezó a considerar más abiertamente sus pautas de respuesta, inició junto con el terapeuta un «cuaderno de trabajo» en el que registraba las situaciones que la perturbaban. Allí anotaba sus pautas automáticas de respuesta tanto cognitivas como conductuales, y evaluaba su exactitud y eficacia.
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