Lyall Watson
Cuando leí el libro Incógnito de David Eagleman surgió en mí una pregunta que jamás me había planteado antes: ¿puede un asesino ser inocente? Por supuesto que la respuesta es sencilla para todos nosotros, no. El asesino mata porque quiere y debe ser penado en consecuencia, igual que el ladrón roba porque quiere o el maltratador maltrata porque quiere. Todos ellos tienen dos opciones, hacerlo o no hacerlo. Pero David Eagleman, en su libro, da una retorcida vuelta de tuerca a tan espinoso asunto de la maldad humana y sus consecuencias legales. Nacido en Alburquerque el 25 de abril de 1971, Eagleman es neurocientífico, profesor de neurociencia en la Universidad de Stanford y director ejecutivo y cofundador de Neosensory, empresa que desarrolla dispositivos para la sustitución sensorial. También dirige el Center for Science and Law, empresa sin fines lucrativos que busca alinear el sistema legal con la neurociencia moderna. Por último, es director científico y cofundador de BrainCheck, una plataforma de salud cognitiva digital utilizada en prácticas médicas y sistemas de salud. Sus trabajos sobre plasticidad cerebral, percepción del tiempo, sinestesia y neuroley le han dado a conocer en el mundo entero.
Para ponernos en situación debemos retroceder hasta 1848, en Cavendish, donde un competente obrero llamado Phineas Gage manipulaba con soltura dinamita destinada a la creación de agujeros en la roca para la colocación de una vía ferroviaria. Un error en la manipulación de la dinamita hizo que una barra de hierro le atravesara el cráneo. Milagrosamente Gage no sólo sobrevivió al impacto, sino que ni siquiera perdió el conocimiento. A los dos meses, Gage fue dado de alta por el doctor y listo para seguir con su vida. A pesar de perder masa encefálica, Gage podía hablar, andar y razonar como otro cualquiera. La gente lo definía como un hombre bondadoso, competente e inteligente. Tras el accidente, Gage se volvió irregular, irreverente, blasfemo e impaciente, obstinado cuando le llevaban la contraria y abandonaba sus tareas a menudo, sin acabarlas, para dedicarse a otra cosa. En palabras de su doctor, «el equilibrio entre su facultad intelectual y sus propensiones animales se había destruido». La lesión cerebral le había convertido en un hombre guiado por su instinto animal. Este caso demostró a la comunidad científica de la época que un hombre puede convertirse en otro totalmente distinto tras una lesión cerebral.
Eagleman nos remite a varios casos, como el caso Whitman. Charles Joseph Whitman (24 de junio de 1941 – 1 de agosto de 1966) fue un estudiante de la Universidad de Texas y ex-marine que mató a 17 personas e hirió a 30 más en el campus de dicha universidad el 1 de agosto de 1966 disparando desde el mirador de la torre a cualquiera que se le pusiera a tiro. Antes, había matado a su esposa y a su madre la víspera de la matanza. La gente lo achacó al consumo de anfetaminas tras la separación de sus padres, pero lo cierto es que hacía tiempo que Whitman se quejaba de agudos dolores de cabeza. Whitman murió tiroteado por la policía en la misma torre de la Universidad y la autopsia reveló una lesión en la amígdala. ¿Culpable o inocente? Digamos que la amígdala es la encargada de procesar las emociones del miedo y, por lo tanto, dispara todos los mecanismos de supervivencia en situaciones de peligro. Es decir, la amígdala controla las respuestas de huida que tenemos cuando sentimos miedo, ya sea al percibir algo peligroso por nuestros sentidos o al recordar algo del pasado. Whitman, al tener su amígdala lesionada, decidió matar a aquellos que creía enemigos para su supervivencia. Veamos otro caso narrado por Eagleman.
En este caso el sujeto era pedófilo. Lo condenaron a prisión por pedofilia pero la noche antes de leerse su sentencia se dirigió a urgencias por un dolor de cabeza muy intenso. La exploración cerebral reveló un enorme tumor en la corteza orbitofrontal. Los neurocirujanos le extirparon el tumor y el apetito sexual del pedófilo volvió a la normalidad. Al año siguiente volvió su comportamiento pedófilo y el neurorradiólogo descubrió que no le habían extirpado del todo el tumor, con lo que éste volvió a crecer. Tras extirparle todo el tumor, el pedófilo dejó de serlo. La corteza orbitofrontal humana regula la planificación conductual asociada a la sensibilidad a la recompensa y el castigo. Un daño en la corteza orbitofrontal suele desembocar en un patrón de desinhibición conductual como por ejemplo comportamientos de habla excesivamente soez, hipersexualidad, empobrecimiento de la interacción social, ludopatía, abuso de sustancias (lo que incluye el alcohol y el tabaco) y dificultades para establecer una relación de empatía.
Eagleman sigue dándonos ejemplos. Por ejemplo los pacientes con demencia frontotemporal muestran un comportamiento que no respeta las leyes sociales y que suele acarrearles problemas con la ley al robar o desobedecer las normas sociales. Otra enfermedad cerebral es la pérdida de parte de las células cerebrales que producen un neurotransmisor conocido como dopamina. Esta carencia de dopamina es la que produce el Parkinson. La dopamina es una sustancia química que desempeña dos funciones en el cerebro. Además de su papel en las órdenes motoras, también participa en los sistemas de recompensa, guiando a una persona hacia la comida, la bebida, las parejas y otras cosas útiles para la supervivencia. Debido al papel de la dopamina a la hora de sopesar los costes y beneficios de las decisiones, un desequilibrio en su nivel puede accionar la ludopatía, el comer con exceso y la drogadicción, comportamientos que se originan cuando el sistema de recompensa no funciona bien. Hay más. La pintura que contiene plomo puede provocar daño cerebral y hacer que los niños sean menos inteligentes y, en algunos casos, más impulsivos y agresivos. Y si se es portador de según qué genes en el cromosoma Y (el del varón) tiene ocho veces más probabilidades de cometer una agresión con daños físicos graves, diez veces más probabilidades de cometer asesinato, trece veces más probabilidades de cometer robo a mano armada y cuarenta y cuatro veces más probabilidades de cometer una agresión sexual. La abrumadora mayoría de los presos son portadores de esos genes, como por ejemplo el 98,4 % de los que están en el corredor de la muerte. Hay otras enfermedades como el síndrome de Tourette que pueden no causar daños físicos a terceros pero sí psíquicos si la persona que insulta es un conocido y no sabemos que padece esa enfermedad. La coprolalia se activa cuando se ve a alguien o algo que prohíbe dicha exclamación. Por ejemplo, puede que uno de esos pacientes, al ver a una persona obesa, se vea impelido a gritar: «¡Gordo!» El hecho de que sea un pensamiento prohibido provoca la compulsión de gritarlo. Por último narraré el caso de Kenneth Parks, un hombre de Toronto de veintitrés años, casado, con una hija de cinco meses y una estrecha relación con su familia política. Padecía dificultades económicas, problemas maritales y adicción al juego, por lo que quedó en verse con sus parientes políticos para exponerles sus problemas. Su suegra, que lo describió como un «afable gigante», estaba impaciente por comentar esas cuestiones con él. Pero el día antes de su encuentro, en la madrugada del 23 de mayo de 1987, Kenneth se levantó de la cama, pero no se despertó. Sonámbulo, se subió al coche y condujo veinte kilómetros hasta la casa de sus parientes políticos. Irrumpió en ella y apuñaló a su suegra hasta
matarla. A continuación atacó a su suegro, que sobrevivió. Posteriormente cogió el coche y se dirigió a la comisaría. Una vez allí dijo: «Creo que he matado a algunas personas..., mis manos», dándose cuenta por primera vez de que tenía profundos cortes en las manos. Lo llevaron al hospital y le operaron los tendones de las manos. Kenneth Parks era sonámbulo.
Mencionados los casos, ¿cree usted que estas personas son culpables o inocentes? Supongo que estaremos de acuerdo en que para declarar a alguien culpable se necesita probar que hubo intención de hacerlo. El enfermo mental no es consciente muchas veces de sus actos y por lo tanto puede declararse no culpable. A pesar del avance tecnológico, el cerebro y su funcionamiento es aún un misterio por resolver. Un pequeño cambio en el equilibrio de la química del cerebro puede causar grandes cambios en el comportamiento, y éste no se puede separar de su biología. Nos es más fácil sentenciar que uno asesina porque quiere porque queremos evitar entrar en semejantes dilemas como el de si Kenneth Parks es culpable o inocente de asesinato. El ser humano está programado para buscar la solución más rápida y fácil para su supervivencia y declararlo culpable es atajar el camino. Estamos de acuerdo que si pensamos en los familiares de las víctimas, Parks debería pudrirse en la cárcel, ya que si lo dejamos libre corremos todos nosotros el riesgo de ser sus siguientes víctimas. Pero si lo declaramos culpable estamos sentenciando a un hombre cuyo único delito fue el de ser sonámbulo y tener problemas económicos. Por otro lado pensemos en que Parks puede ser perfectamente nuestro hijo. ¿No lucharíamos por su inocencia al demostrar que nunca había hecho daño a nadie y que ese momento de locura sonámbula fue sólo ese momento y nada más? ¿Dejaríamos pudrirse en la cárcel a un hombre que tras extirparle un tumor cerebral no tiene signos alguno de pedofilia? ¿No seríamos nosotros inocentes si nos pasara eso mismo? Aquí no vale eso de que caiga todo el peso de la ley sobre los demás pero a mí no. Todos somos humanos y ninguno está libre de padecer Parkinson, tener lesionada la amígdala o ser sonámbulo. Todos tenemos derecho a una segunda oportunidad. Y más si se demuestra que no éramos nosotros, sino nuestro cerebro el que actuaba por su cuenta y riesgo.
Nos dice Eagleman que en el sistema legal, existe una defensa conocida como automatismo. Se alega cuando una persona lleva a cabo un acto automático; por ejemplo, si un ataque epiléptico hace que un conductor estrelle su coche contra una multitud. La alegación de automatismo se utiliza cuando un abogado afirma que un acto fue debido a un proceso biológico sobre el cual el acusado ejerce poco o ningún control. En otras palabras, no hubo intencionalidad. Actualmente es común que los médicos y los abogados distingan entre trastornos neurológicos («problemas cerebrales») y trastornos psiquiátricos («problemas mentales»). La comunidad clínica ha cambiado recientemente la terminología, calificando ahora los trastornos mentales como trastornos orgánicos. Esta expresión indica que los problemas mentales tienen una base física (orgánica) más que una base puramente «psíquica», lo que significaría que no guarda relación con el cerebro. Una mutación genética, un daño cerebral causado por una apoplejía o un tumor indetectablemente pequeño, un desequilibrio en los niveles de neurotransmisores, un desequilibrio hormonal, o cualquier combinación de todas esas cosas puede convertir a un hombre normal en asesino despiadado y estos problemas podrían no ser detectados con la tecnología actual.
El médico de Chris Benoit, luchador profesional, le proporcionó a éste enormes cantidades de testosterona con la excusa de hacer una terapia de reemplazo hormonal. A finales de junio de 2007, en un arrebato de furia conocido como furia de los esteroides, Benoit llegó a su casa, asesinó a su hijo y a su mujer y a continuación se suicidó ahorcándose con la cuerda de la polea de una de sus máquinas de pesas. Cuenta con el atenuante biológico de que las hormonas controlaban su estado emocional, pero parece más culpable porque, en primer lugar, decidió ingerirlas, aunque desconociera los efectos secundarios.
Tal como el neurocientífico Wolf Singer sugirió recientemente: aun cuando no podamos medir lo que funciona mal en el cerebro de un delincuente, podemos suponer con bastante seguridad que algo funciona mal.
Eagleman acierta en afirmar que la actividad delictiva en sí misma debería considerarse ya una prueba de anormalidad cerebral, sin importar si en la actualidad se puede medir o no.
Actualmente al delincuente se le condena por delitos pasados y no por los posibles delitos futuros. Según Eagleman "los períodos de encarcelamiento no tienen que basarse en un deseo de venganza, sino más bien calibrarse con el riesgo de que el acusado vuelva a infringir la ley. Un conocimiento biológico más profundo del comportamiento permitirá comprender mejor la reincidencia, es decir, quién saldrá a la calle y cometerá más delitos".
Detenernos a analizar las causas de un acto y las futuras acciones podría dar una segunda oportunidad a gente que realmente se lo merece y que es inocente y a la vez esclava de su cuerpo. Hoy día la cárcel no es un castigo, aunque sí aparta por un tiempo al delincuente de las calles. Pero el presidiario de hoy día, lejos de redimirse, usa la prisión para hacer nuevos socios, planificar mejor futuros delitos y hacerse más fuerte físicamente. La cárcel, actualmente, no impide nuevos delitos de los presos que salen en libertad, más bien los anima a volver a delinquir. La idea que propone Eagleman "consiste en reemplazar las intuiciones populares acerca de la culpabilidad por un enfoque más justo. Aunque ahora sería caro, las sociedades del futuro podrían crear de manera experimental un índice para medir la neuroplasticidad, es decir, la capacidad para modificar el circuito. En los casos modificables, como los de un adolescente que necesita un mayor desarrollo frontal, un castigo severo (picar piedra todo el verano) sería apropiado. Pero a alguien con una lesión en el lóbulo frontal, que nunca desarrollará la capacidad de socialización, el Estado debería internarlo en un tipo de institución diferente. Lo mismo se puede decir de los retrasados mentales o los esquizofrénicos; la acción punitiva podría saciar el ansia de sangre de algunos, pero para la sociedad en general no tendría ningún sentido". En mi opinión todo el mundo necesita y merece una segunda oportunidad. Todo el mundo merece ser tratado de su enfermedad y ser curado. Ejemplos como el de Parks, o personas que padecen alguna enfermedad como el Parkinson o la de Huntington, en la que una paulatina lesión en la corteza frontal conduce a cambios de personalidad en los que se dan agresividad, hipersexualidad, comportamiento impulsivo e indiferencia hacia la snormas sociales (todo ello ocurre años antes de que aparezcan los síntomas más reconocibles del movimiento espástico), pueden ser tratados y curados convirtiendo así a un posible asesino reincidente en una persona normal. ¿No querrían eso para sus hijos? Considero que a los presos que quedan en libertad se les tendría que dar la opción de trabajar y vivir bajo un techo. Esto haría que un posible futuro delito no tuviera justificación y por lo tanto debería caer sobre él todo el peso de la ley. La supervivencia es un derecho, la ambición no. No es lo mismo que un hombre robe para comer, que para jugar a las tragaperras o comprarse un yate más grande. Hay que diferenciar entre necesidad, enfermedad y ambición. Al primero se le debe ayudar buscándole un trabajo, al segundo curándolo y al tercero se le debe quitar todo lo que posee para convertirlo en un necesitado y que vuelva a empezar. Eso sí, si a pesar de tener trabajo o haber sido curado un exdelincuente reincide, sabremos que no hay solución con él y deberemos tratarlo duramente. Yo siempre digo que perdonar una vez es de buenos, perdonar dos veces es de tontos. Y la justicia debe ser ciega, pero no tonta.
El problema de cómo podemos compensar a las víctimas o a sus familiares es otro asunto. En una sociedad altamente agnóstica, individualista y egoísta encontrar una solución a gusto de todos es tarea difícil. El problema es que si se condena a un homicida o asesino enfermo a pagar una alta indemnización milenaria a los familiares, el reo no podrá reintegrarse en la sociedad jamás, ya que lo que gane será para pagar a los familiares de la víctima. Creo sinceramente que debe ser el Estado el que asuma dicha compensación y así liberar de su carga fiscal al culpable, ya que el Estado tiene parte de culpa al no haber podido asegurar la seguridad de uno de sus ciudadanos. Por otro lado una solución factible en mi opinión, aunque algo mística, es la educación espiritual de la sociedad. Me explicaré.
En este mismo blog pudieron leer (y si no lo han hecho se lo recomiendo) las enseñanzas de Allan Kardec y el movimiento espiritista. Allan Kardec, Chico Xavier, Brian Weiss, Michael Newton e incluso la plataforma Netflix nos explican tanto en sus libros, películas y documentales que tanto los seres humanos como otros seres de otros planetas, estamos compuestos de dos materias. Una es física y mortal, nuestro cuerpo, y otra es inmortal, nuestro espíritu o alma. La creencia en el mundo espiritual y la vida tras la muerte está cogiendo fuerza en nuestra sociedad. Cada vez más las personas empiezan a creer en la reencarnación como medio de aprendizaje y superación espiritual, y para conocer sus vidas anteriores o curar traumas actuales estas personas acuden a psicólogos especializados en las regresiones hipnóticas. El hecho es que desde hace tiempo el ser humano intuye que su destino está escrito y que las calamidades e infortunios que sufrimos nosotros o los que nos rodean suceden por algo. Un alto porcentaje de la población mundial cree ya en el karma. El karma ha existido siempre. En nuestro sabio refranero español hay numerosos ejemplos como quien a hierro mata a hierro muere o se cosecha lo que se siembra. Según los estudiosos del tema espiritista, nuestro espíritu se encarna con una misión. A veces esta misión es para aleccionar a uno mismo o aleccionar a los que nos rodean. En el libro de Michael Newton, Destino de las Almas, hay un claro ejemplo de esto mismo. En una vida anterior una mujer se suicida porque se queda embarazada muy joven y además su amante muere en un trágico accidente. El hecho de ser madre soltera en la Inglaterra victoriana conllevaba ser repudiada por la sociedad e incluso por la familia. La joven, para evitar semejante humillación, decide coger el camino fácil y tirarse a un pozo. En su actual vida la joven se quedó embarazada a los 15 años y aunque ha tenido el apoyo de su familia no ha podido evitar pensar en el suicidio. Una regresión a su vida pasada le ha hecho comprender que su espíritu no podrá evolucionar hasta que no supere con nota el trauma de ser madre soltera y joven. Imagínese que en una vida pasada usted fue un acosador y abusador sexual de niños. El castigo para esta vida sería o bien sufrir usted abusos sexuales en su infancia o bien que su hijo los sufra. Pues bien, la educación espiritual estaría encaminada a enseñar que todo acto o suceso tiene su por qué. Además hay que enseñar a la gente que nuestro hijo sólo tiene nuestro su cuerpo y que su espíritu es libre e individual. Nadie puede poseer a nadie. Todos somos únicos y huérfanos. Pero hay algo más. Si abandonásemos este sentimiento tan egoísta de posesión paternal y de aferrarse a lo material, podríamos entender que nuestro familiar muerto es feliz allá donde está, alegre por haber cumplido su misión y en paz. Cuando muere un ser querido nuestros pensamientos son exclusivamente egoístas: "no lo volveré a ver", "cómo podré superarlo", etc. No pensamos jamás en el espíritu desencarnado, sólo en los pobrecitos de nosotros que nos quedamos solos y tristes. Este egoísmo terrenal es el que nos anima a ser vengativos con el acusado en vez de perdonarlo y rezar por él porque el karma ya le dará lo suyo. Si fuésemos conscientes de esto podríamos ayudar a muchos delincuentes, que sin querer han cometido actos horrendos, para que no tengan que esperar a otra vida para perdonarse a ellos mismos lo que hicieron a otros. Al fin y al cabo, nosotros también podemos errar, podemos querer aprender de nuestros errores y enmendarlos. ¿Quién puede ser tan egoísta de no permitir arrepentirnos de nuestros actos? Sólo un dictador autoritario puede decidir por los demás. Tenemos que querer para los demás lo que querríamos para nosotros mismos. Esa es la enseñanza que hay que impartir en las escuelas. Somos humanos, seres evolucionados que podemos razonar antes de dejarnos llevar por nuestro instinto animal. Como dice Eagleman: "La principal diferencia entre los cerebros de los adolescentes y los de los adultos es el desarrollo de los lóbulos frontales. Para el impulsivo, las amenazas de castigo no tienen ninguna oportunidad de influir. La idea consistiría en castigarle sólo cuando el comportamiento es modificable. Él no puede modificar su comportamiento si esta sonámbulo, por lo que el castigo sería cruel e inútil". Y sigue diciendo: "En otras palabras, si tenemos problemas cerebrales pero nos educan en un buen lugar, podemos acabar siendo una persona normal. Si nuestro cerebro está bien pero nuestro hogar es horrible, sigue siendo posible que acabemos siendo personas normales. Pero si padecemos un leve daño cerebral y acabamos teniendo un entorno hogareño malo, tenemos todos los números para acabar con una sinergia muy desafortunada".
Está claro, el ludópata, el hipersexual, el alcohólico e incluso un hombre normal con una indetectable lesión cerebral pueden convertirse sin querer en monstruos esclavos de su enfermedad. No hay que acabar con ellos, simplemente hay que comprenderlos, estudiarlos, curarlo y perdonarlos. Una vez consigamos que el ser humano actúe de esta manera, podremos evolucionar espiritualmente como especie y así vivir en paz con nosotros mismos y con los que nos rodean. Pónganse en su piel. "Lo que uno acaba siendo depende de una vasta red de factores, y probablemente nunca podremos establecer una correspondencia unívoca entre moléculas y comportamiento (aparte de la que se da en ese momento). Sin embargo, a pesar de su complejidad, su mundo está directamente vinculado con su biología'. David Eagleman.
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