Nietzsche: "Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo”
Cada vez más oímos a personas decir que su vida no tiene sentido. En el trabajo son muchos los que causan baja por ansiedad o depresión sin saber por qué. Nuestro tiempo de ocio lo dedicamos a hacer skroll en el móvil o sentarnos en el sofá a ver una serie o deportes en cualquier plataforma de streaming. La verdad es que el mundo moderno nos encamina cada vez más al parasitismo, a la comodidad y la inacción. Y esto se refleja en nuestro carácter, en nuestra personalidad. Si han leído El hombre que estaba rodeado de idiotas, o han escuchado mi podcast dedicado a dicho libro, sabrán que la personalidad mayoritaria en el mundo es la verde, aquella que aplica la ley del mínimo esfuerzo y huye del conflicto. Viendo esto, me he preguntado si es la sociedad la que nos convierte en verdes o son los verdes los que están cambiando la sociedad. A raíz de la lectura del libro de Víctor Frankl, El hombre en busca de sentido, me propuse buscar una explicación científica al aumento de la apatía que sufre la población mundial. Para ello he consultado lo que dicen algunos científicos sobre la falta de objetivos en las personas y su relación con algunas enfermedades. Por eso he intentado responder preguntas como ¿Te sientes en pausa mientras el mundo avanza? ¿Hay realmente esa sensación de vacío existencial en la población o son sólo unos pocos que se hacen notar mucho? ¿Soy yo o es la sociedad en general? ¿Nuestro ocio es tan vacío como creemos? ¿Nos está atrapando este vacío o nos estamos dejando atrapar? ¿Realmente tenemos miedo a elegir y equivocarnos o hemos asumido que escojamos lo que escojamos nada va a cambiar? ¿Qué consecuencias tiene para nosotros este laisez faire? ¿Podemos solucionarlo? Estas y muchas otras preguntas me han venido a la mente mientras leía a Frankl, y he querido hacerte partícipe de mis dudas, esperando ayudarme ayudando a otros a aclarar estas incógnitas.
No sólo me he conformado con saber la opinión científica del hecho, también he querido saber la espiritual, que Frankl también nombra en su libro. Como leerás aquí, la ciencia no está reñida con lo paranormal. Es más, en temas como este se complementan.
Introducido el tema a tratar, haré un breve resumen del libro que ha inspirado este artículo. Aquí os dejo con El hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl.
Viktor Frankl (1905–1997) nació en una familia judía en Viena. Frankl mostró un interés precoz por la psicología, ya que siendo apenas un adolescente, mantenía correspondencia con Sigmund Freud. Sin embargo, pronto se alejó del psicoanálisis tradicional y de la psicología de Alfred Adler para desarrollar su propia visión: la Logoterapia, centrada en la búsqueda de sentido como motor principal del hombre. Y esto vino por su vivencia en los campos de concentración nazis. En 1942, en pleno auge del nazismo, Frankl fue deportado junto a su esposa, sus padres y su hermano. Pasó tres años en cuatro campos de concentración distintos, incluido Auschwitz. Durante este tiempo perdió a toda su familia (excepto a una hermana), aunque él no lo sabría hasta acabar la guerra.
En lugar de rendirse, Frankl utilizó su formación para observar por qué algunos prisioneros mantenían la voluntad de vivir y otros se abandonaban a la muerte. Concluyó que aquellos que tenían un "para qué" (un objetivo, un ser querido o una obra inacabada, como fue su caso) tenían muchas más probabilidades de resistir.
Tras ser liberado en 1945, regresó a Viena y, en apenas nueve días, dictó su obra maestra: El hombre en busca de sentido. En este libro narra su experiencia en los campos de concentración, no desde el victimismo, sino desde el análisis existencial, explicando que “la última de las libertades humanas es elegir nuestra actitud ante cualquier circunstancia”.
Frankl dedicó el resto de su vida a la enseñanza y la práctica clínica. Fue profesor de neurología y psiquiatría en la Universidad de Viena y ocupó cátedras en universidades de Estados Unidos como Harvard y Stanford. Su enfoque, conocido como la Tercera Escuela Vienesa de Psicoterapia, se basa en tres pilares:
1. La libertad de voluntad: Somos libres para decidir cómo reaccionamos.
2. La voluntad de sentido: Nuestra motivación principal es encontrar significado.
3. El sentido de la vida: El sentido es objetivo y cada uno debe descubrir el suyo.
A diferencia de otros psiquiatras de su época, Frankl nunca negó la dimensión espiritual (lo que él llamaba la dimensión *noética*). Consideraba que el ser humano es una unidad de cuerpo, mente y espíritu, y que la salud mental completa solo se alcanza cuando se atiende la necesidad del alma de tener un propósito.
Como anécdota diremos que Frankl era un apasionado del alpinismo (que practicó hasta los 80 años) y obtuvo su licencia de piloto de avión a los 67. Para él, enfrentarse al miedo y superar desafíos físicos era otra forma de mantener vivo el sentido.
Frankl murió en Viena en 1997, dejando tras de sí un mensaje que sigue siendo un faro para quienes atraviesan crisis de ansiedad o vacío existencial: "A la vida no se le pregunta qué tiene para darnos; es la vida la que nos pregunta qué tenemos nosotros para ofrecerle".
En su libro, Frankl detalla las penurias que vivieron los prisioneros en los campos de concentración nazis. En ellos no sólo las SS vigilaban a los presos, sino que también existía la figura del “capo”, judíos que vigilaban a los presos como ellos. El día a día era terrorífico. De buena mañana los levantaban para formar y caminar varios kilómetros con frío y nieve para trabajar en una línea de ferrocarril. Huelga decir que sus ropajes no eran adecuados para trabajar en invierno. Incluso carecían de cordones para sus zapatos rotos. Sobrevivían a base de un trozo de pan y una taza de caldo aguado al día, y cuando se lo daban. Por ello, no es de extrañar que el tifus fuera la primera causa de mortandad entre los prisioneros. Aquellos que se libraban del tifus padecían llagas, sobre todo en los pies. Y los que no se curaban para poder trabajar… Gas y a dormir. La despersonalización no se daba solo entre alemanes y judíos. Para los capos, sus compatriotas eran también simples números. E incluso entre los mismos prisioneros se veía al moribundo como a alguien a quien quitarle los zapatos, ropa y todo aquello que pudiera cambiarse por comida o cigarrillos. Ley de supervivencia llevada al extremo. En palabras de Frankl, “Por lo general, sólo se mantenían vivos aquellos prisioneros que tras varios años de dar tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia”.
A pesar de todo, Frankl notó que aquellos presos que ayudaban altruístamente a los suyos, los positivos y los que tenían una ilusión futura eran los más sanos. “El humor es otra de las armas con las que el alma lucha por su supervivencia”. Al prisionero que perdía las ganas de vivir, se le cumplía su macabro deseo. “De modo que cuando veíamos a un camarada fumar sus propios cigarrillos en vez de cambiarlos por alimentos, ya sabíamos que había renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y que, una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba”, cuenta Frankl. El hambre y el sueño también contribuían a la apatía e irritabilidad permanente del preso. La causa mental que llevaba al preso a no querer sobrevivir, además de no saber nada de su familia, era el sentimiento de inferioridad que albergaba por ser un simple número.
Frankl tenía la esperanza de acabar un ensayo médico que había empezado antes de ser apresado, aquello le salvó la vida. Le dio fuerzas para superar su particular infierno. Supongo yo que aquellos que carecían de aficiones o familia serían los primeros en dejarse ir. Frankl lo ejemplifica con una anécdota curiosa. Un compañero de barracón le comentó que Dios le había dicho que el 22 de marzo de 1945 sería liberado. La revelación tuvo a cabo a principios de febrero, estando el preso muy enfermo. Tras la charla con Dios, el preso sanó milagrosamente. Dice Frankl: “A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una profunda vida espiritual. No cabe duda que las personas sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual”.
El 22 de marzo llegó y las SS seguían mandando en el campo de concentración. Aquella misma noche, el preso murió. La desesperanza, junto al sarcástico humor divino propiciaron que aquel preso se liberara de su prisión. Un mes más tarde, los presos fueron liberados por los aliados.
Si bien el entorno influye en el ser humano, éste no deja de tener el control. La posibilidad de elección (dejarse ir o buscar una razón para vivir) es también característica humana y puede influir sobre el entorno. “Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino”. Puede que el cuerpo esté encerrado en una jaula, pero la mente no la puede encarcelar nadie, salvo el propio individuo. Un parado pesimista puede lamentarse desde el sillón de casa de que nunca encontrará trabajo, por lo que no saldrá a buscarlo. Esto seguramente le provocará ansiedad, depresión, obesidad y posiblemente muera de un infarto. El parado optimista saldrá todos los días de casa con una esperanza, caminará mucho y por lo tanto estará sano de cuerpo y mente. Respecto a esto, Frankl dice: “En vez de aceptar las dificultades del campo como una manera de probar su fuerza interior, no toman su vida en serio y la desdeñan como algo inconsecuente. Prefieren cerrar los ojos y vivir en el pasado. Para estas personas la vida no tiene ningún sentido”. La pérdida de fe en el futuro conlleva la pérdida del sostén espiritual. El preso/parado deja de vestirse, de comer e incluso rechaza medicamentos si enferma. “Sencillamente se entregaba. Y allí se quedaba tendido sobre sus propios excrementos sin importarle nada”. De ahí nació su concepto de “logoterapia” ("logos" = sentido): la idea de que el motor más profundo del ser humano no es el placer según Freud, ni el poder según Adler, ni los bienes materiales según Durkheim, sino la “búsqueda de sentido”. Frankl retoma a Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo." Eso lo vivió en carne propia, no solo lo teorizó. Lo que llamamos "falta de objetivos", Frankl lo denominaba “vacío existencial”: una sensación de vaciedad, aburrimiento profundo y falta de dirección. Y señalaba que esto, paradójicamente, es más frecuente en sociedades ricas y con mucho tiempo libre, no en las que sufren privaciones. El sufrimiento sin sentido destruye; el sufrimiento “con” sentido puede transformarse en algo que sostiene. Frankl no decía que el propósito elimina el sufrimiento, sino que lo hace “tolerable e incluso significativo”. La diferencia no está en lo que te pasa, sino en el sentido que le das. Esta es una de las ideas más robustas de la psicología del siglo XX. Frankl decía que el ser humano ya no tiene instintos que le digan lo que “debe” hacer, ni tradiciones que conservar. ¿El resultado? No saber qué hacer, por tanto, no hacer nada. Ese vacío lo intentamos llenar con "compensaciones": poder, dinero, sexo desenfrenado o, lo más común hoy, un entretenimiento vacío que solo nos distrae del hecho de que no sabemos a dónde vamos. Es como estar en una habitación a oscuras; si no enciendes la luz (el sentido), cualquier sombra te asusta. Para Frankl, no hace falta ser un héroe de película para tener objetivos. Él propone tres caminos prácticos para encontrar ese "sentido" y salir de la apatía:
1. Crear algo, realizar un trabajo con propósito o dedicarte a una afición. Aquí es donde tus aficiones se convierten en "metas": pintar un cuadro, cuidar un jardín o programar una app.
2. Conectar con la belleza, el arte o, sobre todo, amar a alguien. El objetivo aquí es simplemente "estar presente" para algo o alguien.
3. Si la vida te da un golpe y no puedes cambiar la situación (una enfermedad, una pérdida), tu objetivo es elegir *cómo* vas a enfrentarlo.
Cuando no tenemos metas, Frankl dice que enfermamos de **neurosis noógena** (del griego *noos*, mente/espíritu). No es una depresión clínica por un desequilibrio químico, sino una frustración por no sentir que tu vida importa. La causa es la falta de tensión. Frankl rompe un mito: no necesitamos una vida "sin tensiones" y relajada. Necesitamos una tensión sana entre lo que somos y lo que queremos llegar a ser. La solución pasa por dejar de preguntarle a la vida: "¿Qué me ofreces tú?", y empezar a preguntarse: "¿Qué me está pidiendo la vida a mí hoy?". Por ejemplo, en vez de pedirle a Dios que te haga feliz y sentarte en el sofá a esperar, puedes responder a la pregunta ¿Hoy qué necesita de mí mi familia? ¿Qué habilidad quiero mejorar en mi hobby? Prueba a levantarte y buscar hacer algo que te haga feliz. Si tu felicidad no está más allá del metro cuadrado que rodea tu sofá, mi más sincero pésame.
Frankl nos enseña que la falta de objetivos es peligrosa porque nos quita la "tensión" necesaria para estar vivos. Sin un "para qué", nos convertimos en hojas movidas por el viento. La solución es entender que **el sentido no se inventa, se descubre** en las tareas diarias, en los vínculos y en la forma en que decidimos ver el mundo. Pero como decía Fromm, nos da miedo elegir porque elegir una cosa implica renunciar a las demás.
Estamos tan enganchados a la dopamina barata (hacer *scroll* en TikTok) que el cerebro ya no quiere esforzarse en una afición real. ¿Para qué aprender a tocar la guitarra si puedo ver a 50 genios tocándola en un minuto? ¿Estás agotado? La falta de sentido es, a menudo, el síntoma de una batería social y mental a cero. Vivir sin metas ni *hobbies* no es quedarse quieto, es empezar a retroceder. Como decía Yalom, cuando el ruido para (el finde, las vacaciones), aparece un vacío que asusta. Si no tienes nada que te apasione, el tiempo libre se vuelve tu enemigo. Y si no haces nada "difícil" o retador (lo que Bandura llama autoeficacia), dejas de creer que eres capaz de cosas grandes. Te sientes un espectador de tu propia vida. Luego está la Anhedonia: que es esa sensación de "ni fu ni fa". Al no tener aficiones que te den picos de alegría real, el mundo se vuelve gris y nada te motiva.
Según Frankl podemos salir del bucle simplemente buscando una afición, una esperanza, un camino que nos lleve a Roma. Pero cuidado con abarcar mucho. Como veremos seguidamente Csíkszentmihályi recomienda buscar una afición para perder la noción del tiempo, no para ser el mejor. Prueba cosas manuales como cocinar, pintar miniaturas, arreglar plantas, etc. Algo que obligue a tus manos a trabajar y a tu móvil a estar lejos. La meta debe ser asequible. Paso a paso. No debes proponerte correr una maratón sin antes haberte propuesto correr 5 km, luego 10 km, y 20 km. A esto se le llama la regla del 1%. El éxito en pequeñas dosis reconstruye tu identidad. Reivindica también el placer de hacer algo porque sí. No todo tiene que ser productivo o monetizable. Tener un *hobby* que se te dé mal pero te divierta es un acto de rebeldía hoy en día. Si no tienes un gran objetivo vital, busca uno pequeño hacia los demás. Ayudar a alguien o formar parte de un grupo te da un sentido de pertenencia que genera objetivos de forma natural.
Mihály Csíkszentmihályi
Es fundamental entender que Csíkszentmihályi no veía las aficiones como un simple "entretenimiento", sino como una necesidad biológica para que nuestra mente no se devore a sí misma.
Csíkszentmihályi descubrió que el ser humano es más feliz cuando está tan absorto en una tarea que el mundo exterior desaparece. A esto lo llamó **Estado de Flujo** o Flow. El problema de no tener objetivos ni aficiones es que nunca entramos en ese estado, y ahí es donde empiezan los problemas.
Cuando no tenemos nada que hacer y nuestra atención no está enfocada en un objetivo (aunque sea pequeño, como montar un mueble o aprender un acorde), nuestra mente tiende al caos. A esto él lo llama “entropía psíquica”. Sin aficiones, el cerebro empieza a rumiar pensamientos negativos, inseguridades y ansiedad. "Una mente ociosa es el taller del diablo", pero con base científica. Por eso los psicópatas no tienen aficiones, su entretenimiento es pensar cómo joder a los demás.
Aquí está el dardo contra el scroll infinito. Csíkszentmihályi diferencia entre:
Ocio Pasivo: por ejemplo, ver la tele o redes sociales requiere esfuerzo cero, pero te deja igual de vacío o más cansado que antes.
Y Ocio Activo: Tener una afición (tocar un instrumento, jugar al ajedrez, jardinería) requiere un esfuerzo inicial, pero te "recarga" la energía mental.
La falta de objetivos nos empuja al ocio pasivo porque es fácil, pero la consecuencia es una sensación de apatía crónica.
Para que una afición te enganche y te saque del vacío, tiene que cumplir una regla de oro: no puede ser ni muy fácil ni muy difícil. Si el reto es muy alto y tú no sabes nada comienzas a tener ansiedad. Si tú sabes mucho pero el reto es nulo te aburres. La solución según Csíkszentmihályi es proponerse objetivos que nos obliguen a saber un poquito más de lo que sabemos cada día. Esa es la clave para que la vida "vibre" de nuevo.
Una de las consecuencias más bonitas de tener una afición según este autor es que, mientras fluyes, te olvidas de tus problemas, de tus deudas y de lo que piensen los demás. Te olvidas de "ti mismo". La falta de aficiones nos hace estar demasiado centrados en nuestro "yo" y en nuestras miserias; el *flow* nos libera de nosotros mismos. Así, para Csíkszentmihályi, la falta de metas y aficiones no es solo "aburrimiento", es una desconexión del disfrute real. La solución no es "descansar más" tirado en el sofá, sino buscar actividades que nos desafíen lo justo para hacernos olvidar el reloj. Imagina estas dos escenas:
Escena A: El "Ocio Pasivo" (Entropía Psíquica). Llegas cansado del trabajo. No tienes ningún objetivo para la tarde ni una afición que te motive. Te tiras en el sofá y abres TikTok o Instagram y empiezas a hacer scroll. ¿Qué pasa en tu cerebro? Estás recibiendo estímulos, pero no estás haciendo nada. Tu atención está fragmentada. Saltas de un video de gatitos a una noticia trágica, luego a un baile… La consecuencia es clara, al cabo de dos horas, te sientes más cansado que al principio. Aparece esa sensación de "vulnerabilidad": empiezas a compararte con los demás, a pensar en lo que no has hecho o en lo que te preocupa del lunes. Tu mente, al no tener un "raíl" por el que circular (un objetivo), descarrila hacia la ansiedad.
Escena B: El "Estado de Flow" (Ocio Activo). Llegas igual de cansado a casa, pero tienes una afición: te gusta restaurar muebles viejos (o cocinar, o jugar a un videojuego que sea un reto, o tocar el ukelele). Decides dedicarle 45 minutos a lijar una silla de madera. ¿Qué pasa en tu cerebro? Tienes un objetivo claro (dejar la madera lisa). El reto es manejable pero requiere atención (si lijas mal, estropeas la madera). De repente, dejas de oír el ruido de la calle. No miras el móvil. Tu mente está 100% enfocada en el tacto de la madera. Cuando terminas, aunque has hecho un esfuerzo físico, te sientes renovado. El tiempo ha pasado volando. Has "limpiado" tu mente de pensamientos negativos porque no había espacio para ellos. Entraste en el Flow.
Este ejemplo cotidiano nos dice que el descanso de "no hacer nada" a veces cansa más que el descanso de "hacer algo que nos gusta". Csíkszentmihályi diría que la falta de aficiones nos condena a la Escena A, donde la mente, sin una guía clara, se convierte en su propio enemigo. La afición (Escena B) es el "ancla" que mantiene nuestra atención bajo control.
Martin Seligman
Con Martin Seligman, entramos en el terreno de la Psicología Positiva. Su gran tesis es que la salud mental no es solo "no estar triste", sino construir activamente un bienestar sólido. Para él, la falta de metas y aficiones es como intentar construir una casa sin cemento: se cae al primer soplido. Seligman diseñó el modelo PERMA, un acrónimo de los cinco elementos que necesitamos para sentirnos plenamente vivos. El Modelo PERMA es la columna vertebral de la Psicología Positiva. A diferencia de los enfoques tradicionales que se centran en curar el malestar, el PERMA busca identificar qué es lo que hace que la vida valga la pena y cómo podemos alcanzar el bienestar duradero o "florecimiento" (flourishing). Aquí tienes el desglose de sus cinco pilares:
P - Positive Emotions (Emociones Positivas). No se trata solo de sonreír todo el tiempo, sino de cultivar sentimientos como la gratitud, la esperanza, el amor o la curiosidad. Las emociones positivas amplían nuestros recursos intelectuales y físicos para enfrentar retos.
E - Engagement (Compromiso). Es la capacidad de entrar en un estado de "Flow" (flujo). Es ese momento en el que estás tan absorto en una actividad que pierdes la noción del tiempo. Sucede cuando utilizamos nuestras fortalezas personales para enfrentar un desafío que está a la altura de nuestras habilidades.
R - Relationships (Relaciones Positivas). Los seres humanos somos animales sociales. Seligman sostiene que hay pocas cosas en la vida que sean tan terapéuticas como conectar con otros. El bienestar no es una actividad solitaria; necesitamos dar y recibir apoyo, amor y pertenencia.
M - Meaning (Propósito o Sentido). Sentir que pertenecemos y servimos a algo que es más grande que nosotros mismos. Puede ser la familia, una causa social, la espiritualidad o el trabajo. El sentido le da una base sólida al bienestar, especialmente cuando las emociones positivas (la "P") fallan.
A - Accomplishment (Logro). Tener metas y la ambición de alcanzarlas. El éxito por el éxito mismo nos motiva y nos hace sentir competentes. No se trata de ganar medallas necesariamente, sino de la satisfacción de decir "lo logré" y perseverar en el esfuerzo.
Seligman descubrió que si pasamos mucho tiempo sin metas o sintiendo que no tenemos control sobre lo que nos pasa, caemos en la “indefensión aprendida”. Dejamos de intentarlo porque "total, para qué". La falta de aficiones cronifica este estado porque perdemos el hábito de ver resultados fruto de nuestro esfuerzo. Imagina a dos personas que quieren mejorar su vida, pero están en ese punto de apatía total. La Persona A, sin metas claras, dice "quiero estar en forma". Se apunta al gimnasio, va un lunes, levanta tres pesas sin sentido, se mira al espejo, no ve cambios y se vuelve a casa. El martes ya no va porque no tiene un objetivo concreto ni una afición por el deporte. Siente que ha fracasado. Consecuencia: Refuerza su idea de que "no sirve para esto". La Persona B, con el modelo PERMA, no dice "quiero estar en forma". Se pone un objetivo de logro pequeño, A, por ejemplo "quiero ser capaz de hacer 10 flexiones seguidas antes de que acabe el mes". Además, busca una afición que le genere compromiso (E), como el pádel, porque le gusta la parte social y el juego. ¿Qué pasa en el cerebro de la Persona B? Cada vez que completa un entrenamiento, tacha un día en el calendario. Ese pequeño logro le manda una señal al cerebro: "Soy capaz de influir en mi realidad". Cuando juega al pádel, se divierte y se olvida de los problemas. Al final del mes, no solo hace las 10 flexiones, sino que su autoestima ha subido porque ha cumplido una promesa que se hizo a sí mismo. Para Seligman, la solución a la falta de objetivos no es proponerse "ser el CEO de una empresa", sino buscar micro-victorias. La inactividad nos hace creer que somos inútiles y dejamos de intentarlo (indefensión). Ponernos una meta ridículamente pequeña como puede ser terminar un libro de 100 páginas o aprender a cocinar un plato nuevo, rompe el ciclo de la apatía y nos devuelve las ganas de tener más aficiones. Seligman diría que las aficiones son el "gimnasio" de nuestra felicidad. No las practicamos para ser profesionales, sino para demostrarle a nuestra mente que podemos ponernos un reto y superarlo.
Erich Fromm
Fromm no se pregunta solo qué objetivos tenemos, sino de quién son esos objetivos. Fromm nos advierte de que muchas veces nuestra falta de aficiones o de metas no es pereza, sino que estamos viviendo una vida "de segunda mano". Fromm explica en sus libros El miedo a la libertad y Tener o Ser que el ser humano moderno sufre porque ha sustituido su identidad real por una identidad de consumo. Es decir, creemos que somos lo que poseemos. Cuando no sabemos quiénes somos, nos da pánico destacar o estar solos. Por eso, en lugar de buscar objetivos que nos apasionen de verdad, hacemos lo que hace todo el mundo. Podríamos decir que la causa es el miedo a la soledad. Si tengo los mismos objetivos que mi vecino (comprar un coche mejor, subir fotos de vacaciones, tener un trabajo "respetable"), me siento seguro. Pero esto lleva a un vacío interior crónico. Como esos objetivos no nacen de ti, no te alimentan. Es como comer comida de plástico: masticas, pero no te nutre. Fromm dice que hay dos formas de enfrentarse a la vida:
En el Modo Tener, tus objetivos son acumular cosas, títulos o experiencias para "enseñar". Tus aficiones son solo para decir que las tienes (ej. ir al gimnasio solo para que se note, no porque te guste moverte).
En el Modo Ser, tus objetivos nacen de tu curiosidad y tus aficiones son una expresión de tu vitalidad. Haces cosas porque te hacen sentir más vivo, no más importante.
Tener una afición propia y un objetivo personal es un acto de libertad. Pero la libertad asusta porque implica que tú eres el responsable de tu felicidad. Es más fácil no tener metas y decir "la vida es aburrida" que elegir una meta y arriesgarte a fracasar. Imagina a dos personas que deciden, de repente, que les gusta la fotografía. La Persona A (Modo Tener / Autómata), se compra la mejor cámara del mercado porque ha visto que está de moda. Su objetivo es hacer fotos "bonitas" para subirlas y recibir likes. Si no recibe validación externa, se frustra y deja la cámara en un cajón a los dos meses. No tiene una afición, tiene un accesorio. Sigue sintiendo el mismo vacío porque su meta dependía de los demás. La persona B (Modo Ser / Libertad), sale a caminar con el móvil o una cámara vieja. Su objetivo es aprender a mirar la luz o capturar un detalle que le ha parecido curioso. No le enseña las fotos a casi nadie; disfruta el proceso de buscar el ángulo. Se olvida de su "personaje" público mientras mira por el visor. Ha encontrado un objetivo propio que le da energía y le hace sentir individuo, no parte de una masa.
Para Fromm, la solución a la falta de metas es la actividad espontánea, por ejemplo recuperar una afición que tenías de niño, antes de que el mundo te dijera qué era "productivo" o "útil". El objetivo no es llegar a ningún sitio, sino volver a ser el dueño de tus deseos. Como diría Fromm: "La felicidad no es un regalo de los dioses, es el fruto de la actitud interna". Por eso la falta de objetivos suele ser un síntoma de que nos hemos desconectado de nosotros mismos para encajar. Volver a tener un hobby sin buscar el reconocimiento de otros es la mejor forma de empezar a ser libres de nuevo.
Irving Yalom
Yalom es un psiquiatra existencialista que cree que gran parte de nuestra ansiedad no viene de traumas infantiles, sino de nuestra incapacidad para lidiar con el hecho de que estamos vivos y tenemos que inventarnos un porqué. Yalom sostiene que la vida, por defecto, no tiene un sentido preestablecido. Esto, que suena terrible, es en realidad una libertad absoluta. El problema es que esa libertad nos da un "vértigo" insoportable. Yalom rescata un concepto que encaja perfectamente con la falta de aficiones: la angustia que sentimos cuando el ruido del trabajo o las obligaciones se detienen. Usamos el trabajo y el "estar ocupados" como un escudo para no mirar al vacío. Cuando llega el tiempo libre y no tenemos objetivos propios ni aficiones que nos llenen, el vacío nos mira a los ojos directamente. Es ese domingo por la tarde en el que te sientes extrañamente triste o inquieto sin motivo aparente. Mucha gente se bloquea porque busca un sentido "cósmico" (¿Para qué estamos los humanos en la Tierra?). Yalom dice que, mientras esperas esa respuesta, te estás olvidando del sentido Terrenal. El sentido terrenal se encuentra en tres pilares:
el altruismo (ayudar a otros),
la creatividad (hacer algo nuevo)
y la dedicación a una causa o hobby.
No necesitas una "misión divina", solo necesitas algo que te dé una razón para levantarte mañana. Para Yalom, no tener metas es una forma de negación. Si no elijo una meta, no soy responsable de si mi vida funciona o no. Debes asumir que tú eres el "arquitecto" de tu vida. Si el edificio está vacío, es porque tú aún no has decidido qué muebles poner.
Imagina que alguien te regala un cuaderno precioso y te dice: "Escribe aquí la historia más importante de tu vida". Si no tienes metas, te quedarás mirando la primera página en blanco. Te dará tanto miedo escribir algo que sea aburrido, o equivocarte, o que no sea "suficientemente bueno", que decidirás no escribir nada. Cerrarás el cuaderno y te pondrás a ver la televisión. Pasarán los años y el cuaderno seguirá vacío. Esa es la falta de objetivos: el miedo a manchar la página. Yalom te diría: "Escribe lo que sea. Dibuja un garabato, escribe una lista de la compra o una receta. Pero” empieza". Tú, o esa persona sin metas, decides que su pequeño objetivo terrenal será aprender a identificar pájaros en el parque (una afición aparentemente pequeña).
1. Al principio parece algo tonto.
2. Luego, empiezas a comprar guías y a salir a caminar.
3. De repente, ya no tienes "neurosis dominical" porque el domingo es cuando mejor se ven los pájaros.
4. Has dejado de mirar el cuaderno en blanco porque ya has empezado a llenarlo con algo propio. Yalom dice que el sentido de la vida es una "estructura de compromiso". La falta de metas es una falta de compromiso con la vida misma por miedo al vacío. Una vida que se siente como una sala de espera. La solución es "lanzarse" a hacer una actividad. El sentido no se piensa, el sentido se encuentra mientras estás ocupado haciendo algo que te importa. En resumen, Yalom te diría que dejes de buscar "El Propósito" con mayúsculas y empieces a buscar pequeños propósitos que te enganchen al aquí y ahora. La vida no tiene sentido, pero puedes elegir dárselo tú.
Albert Bandura
Bandura nos explica por qué, aunque sepamos que necesitamos metas, a veces nos sentimos incapaces de mover un dedo. Su concepto clave es la Autoeficacia. Bandura sostiene que el mayor enemigo de una persona sin objetivos no es la falta de ganas, sino la falta de creencia en su propia capacidad. Si no crees que puedes terminar algo, ni siquiera lo vas a empezar. Autoeficacia significa "Yo puedo". La autoeficacia es la confianza que tienes en que puedes realizar las acciones necesarias para alcanzar un resultado. Si llevas mucho tiempo sin aficiones ni metas, tu "músculo" del logro se ha atrofiado. Miras a alguien que toca el piano o que corre maratones y piensas: "Eso no es para mí, yo no tengo esa madera". Es decir, te autolimitas. Te quedas en la zona de confort, no porque sea cómoda, sino porque crees que fuera de ella vas a fracasar estrepitosamente. Bandura dice que a veces nos faltan objetivos porque no tenemos buenos modelos. Si tu entorno es apático, tú serás apático. Una solución es rodearte de personas (o incluso seguir a figuras online) que tengan esa chispa de entusiasmo. Ver que alguien "normal" como tú logra cosas, te hace pensar: "Si él puede, quizá yo también". Para Bandura, la única forma real de recuperar la ilusión es mediante los logros de ejecución. No basta con leer libros de autoayuda; hay que hacer algo que salga bien.
Imagina a alguien que dice que "no tiene mano para nada" y que su única meta es llegar a casa y pedir comida a domicilio. Piensa en aprender a cocinar (una afición/meta), pero se imagina haciendo una cena de gala para diez personas, se agobia y lo descarta. Su autoeficacia está en cero. Bandura le diría que no intente ser chef. Su objetivo para hoy es aprender a hacer un huevo frito perfecto. Solo eso. Si lo consigue sucede lo siguiente:
1. Al ver el huevo perfecto en el plato, su cerebro recibe un mensaje: "He sido capaz de transformar la realidad con mis manos".
2. Su autoeficacia ha subido un escalón. Ya no le da miedo intentar hacer una tortilla.
3. En un mes, cocinar se ha convertido en una afición que le relaja.
4. La confianza no viene antes de la acción, viene después. La meta pequeña es la chispa para encender el fuego.
Emile Durkheim
La anomia de Durkheim es el concepto perfecto para explicar por qué hoy en día es tan común no tener metas: no es un fallo individual, es un fallo del "clima" social. Durkheim definió la *anomia (del griego a-nomos, es decir, "sin norma") como un estado en el que la sociedad ya no proporciona reglas claras, valores o límites a los individuos. Es el "todo vale", que al final se convierte en un "nada importa". Y la falta de límites genera angustia. Durkheim decía algo muy interesante: los deseos humanos son insaciables por naturaleza. Para ser felices, necesitamos que la sociedad nos ponga unos límites (unas normas). En una sociedad anómica, no hay un camino claro. Antes, "el éxito" estaba definido (familia, oficio, comunidad). Hoy, al haber infinitas posibilidades y ninguna norma fija, el individuo se siente perdido. Como no sabemos qué se espera de nosotros, acabamos por no proponernos nada. Es el vértigo de Yalom pero a nivel social. Para Durkheim, los objetivos de una persona suelen nacer de su pertenencia a un grupo (religión, sindicato, club, barrio). Hoy vivimos en una sociedad hiperindividualista. Al romperse los lazos comunitarios, los objetivos se vuelven puramente "yoístas" o egoístas y, como decía Fromm, esos objetivos suelen ser vacíos (consumo material). La consecuencia es que sin un grupo de referencia, las aficiones no tienen eco. No es lo mismo tocar la guitarra solo en tu cuarto que formar parte de una banda de barrio. La anomia nos aísla y, en el aislamiento, las metas mueren. Durkheim estudió el suicidio y descubrió que cuando una sociedad cambia muy rápido (crisis económicas o cambios bruscos), la gente pierde sus referencias y se siente a la deriva. Vivimos pues en una "anomia constante" debido a la tecnología y la rapidez de los cambios. Esto genera una sensación de "para qué voy a aprender esto hoy si mañana ya no servirá". Esta es la base de la apatía moderna. Puedes imaginar la Anomia de Durkheim como el "suelo tóxico" sobre el que intentan crecer las semillas de los psicólogos que hemos ya comentado:
Con Frankl: La anomia es el caldo de cultivo del vacío existencial. Si la sociedad no ofrece valores, el individuo tiene que fabricar su propio sentido desde cero (lo cual es agotador).
Con Seligman y Bandura: En una sociedad sin normas claras (anómica), es muy difícil sentir logro. Si las reglas del juego cambian todo el tiempo, dejas de creer en tu autoeficacia. ¿Cómo voy a ser eficaz si no sé cuáles son las reglas?
Con Csíkszentmihályi: El flow requiere concentración. La anomia genera una distracción constante y una falta de compromiso con lo que nos rodea.
Un ejemplo. Imagina a alguien que cambia de ciudad y de trabajo cada seis meses. No echa raíces, no conoce a sus vecinos y sus jefes son solo correos electrónicos. No tiene normas sociales que le sujeten. Puede hacer lo que quiera, pero esa libertad total se siente como soledad. Entonces empieza a perder el interés por sus aficiones (¿para qué comprar pinceles si me voy a mudar pronto?) y sus metas se vuelven borrosas (solo "sobrevivir al mes"). Para salir de la anomia, esa persona necesita crear su propia micro-sociedad: unirse a un club de lectura, a un gimnasio o a un voluntariado. Al recuperar el "lazo social" (Durkheim), las metas (Seligman) y el sentido (Frankl) vuelven a aparecer. Según Durkheim, "No es que a ti te falte fuerza de voluntad, es que vivimos en una sociedad anómica que ha borrado las señales de tráfico vitales. Por eso, ahora más que nunca, necesitamos las herramientas de Frankl, Seligman y compañía para construir nuestro propio mapa".
Así pues, Frankl te da el Sentido (el porqué). Yalom te da la Responsabilidad (el "tú llevas el timón"). Fromm te pide Autenticidad (que el objetivo sea tuyo). Seligman te da la Estructura (el modelo PERMA). Csíkszentmihályi te da el Disfrute (el estado de Flow). Bandura te da la Herramienta (la confianza a través de pequeños logros). Y Durkheim te da la excusa (la sociedad anómica).
La falta de objetivos y aficiones no es un defecto de fábrica, es un estado de desconexión. La solución no es esperar a que llegue una gran pasión caída del cielo, sino empezar a mover las manos en algo pequeño, auténtico y retador. Como diría Bandura: **empieza donde estás, usa lo que tienes y haz lo que puedas.
Pero no quiero acabar sin ofrecer la visión espiritual de nuestro vacío existencial. Aunque Frankl hablaba desde la ciencia, su concepto de "espiritualidad" (que él llamaba dimensión *noética*) encaja casi quirúrgicamente con la doctrina de Allan Kardec, la mediumnidad de Chico Xavier y la terapia de vidas pasadas de Brian Weiss. Para el lector que busca algo más que "neurociencia", esta conexión explica por qué la falta de objetivos no solo enferma el cuerpo, sino que estanca el progreso del ser. En la doctrina espiritista de Kardec, no estamos aquí por azar. Venimos con un "plan de pruebas y expiaciones". Esto encaja con lo que Frankl decía de que la vida nos pregunta algo y nosotros respondemos con nuestra conducta. Kardec diría que esa "pregunta" es el compromiso que nuestra alma aceptó antes de encarnar. El aprendizaje en esta encarnación. La falta de objetivos en la vida no es solo aburrimiento; es un desvío de ruta. El vacío existencial es la señal de alarma que envía el alma diciendo: "Estás perdiendo el tiempo, no estás cumpliendo tu plan".
Chico Xavier, a través de sus psicografías, enfatizaba que "nadie puede volver atrás y crear un nuevo inicio, pero cualquiera puede empezar ahora y crear un nuevo final". Esto es la autoeficacia de Bandura elevada a la enésima potencia. Si Bandura dice que tus acciones cambian tu realidad presente, Xavier y la doctrina espiritista dicen que tus acciones (y tus objetivos) están moldeando tu eternidad. No tener metas o vivir en la apatía genera un "estancamiento" que repercute en futuras etapas del alma.
El psiquiatra Brian Weiss observó que muchos miedos irracionales, ansiedad y falta de rumbo en sus pacientes venían de traumas en vidas pasadas. A veces, esa falta de sentido que describe Frankl no tiene una explicación en esta vida (ni en la infancia, ni en la sociedad de Durkheim). Weiss diría que es un eco de una vida anterior donde un objetivo quedó trucado. Al recordar o entender nuestra continuidad espiritual, recuperamos el "hilo" de nuestro desarrollo. El objetivo actual cobra sentido cuando se ve como una pieza de un puzzle que se lleva armando siglos. En el espiritismo, el desánimo profundo y la falta de interés por la vida pueden atraer influencias espirituales negativas o generar desequilibrios en el periespíritu (el cuerpo energético). Tener una afición noble o un objetivo altruista (lo que Xavier llamaba "caridad") eleva la vibración. No es solo psicología; es higiene espiritual.
Imagina que te despiertas en un tren. No sabes de dónde vienes ni a dónde vas (este es el estado de Anomia). Seligman y Bandura te dicen que para estar bien en el tren debes aprender a usar el vagón restaurante y llevarte bien con los pasajeros. Frankl te dice que tienes que encontrar una razón para estar en ese tren, incluso si no conoces el destino. Kardec, Xavier y Weiss te recuerdan que tú mismo compraste el billete antes de subirte, que el destino es tu evolución y que si no te pones un objetivo durante el viaje, llegarás a la estación final con las manos vacías y tendrás que volver a subirte a otro tren para aprender lo que hoy evitaste.
Ciencia y espiritualidad explican lo mismo, dan la misma solución, pero cada una desde su punto de vista. La falta de objetivos no es solo un error de programación cerebral (psicología), ni un fallo del sistema social (sociología), sino una oportunidad perdida para el alma (espiritualidad). Te propongo varios retos según lo visto.
Reto Seligman: Hoy, haz una sola cosa que se te dé bien, por pequeña que sea (hacer la cama perfecta, escribir un mail pendiente, etc.). Siente ese pequeño "logro".
Reto Bandura: Busca algo que siempre hayas dicho "yo no valgo para eso" e inténtalo solo 10 minutos. Rompe la creencia de que eres incapaz.
Reto Fromm: Haz algo hoy que no vayas a publicar en redes sociales. Algo solo para ti.
Reto Kardec: Medita 10 minutos al día e intenta contactar con tu guía espiritual para que te diga qué misión te propusiste cumplir en esta encarnación.
Tengo un amigo que odia los restaurantes con 20 platos de primero y 20 de segundo porque a más platos más indecisión. Hoy en día somos más libres (tenemos internet, viajes, mil opciones) y tenemos más opciones para el tiempo de ocio que nunca en la historia conocida de la humanidad, pero las múltiples opciones nos han convertido en pájaros que viven en una jaula abierta preguntándose qué será de él si echa a volar. Pues bien, para empezar serás libre. ¿Tendrás que aprender a conseguir comida? Sí, pero serás libre, y además si consigues comer por tu cuenta te sentirás realizado. Si tienes hijos, has podido ver su alegría cuando hacen algo que creían que no podrían hacer. Esa felicidad también puede ser tuya. Como dijo Jesucristo, levántate y anda. Es cierto que algunas aficiones se nos darán mejor que otras, pero nunca es tarde para aprender. La gente activa cambia el mundo, la gente pasiva no. El ser humano comete muchos errores, pero el peor error es la desidia que muestra no sólo con el planeta o su país, sino consigo mismo. Sabemos que el sedentarismo es perjudicial para nuestro cuerpo, aún así nos tumbamos en el sofá a ver una serie que no nos aporta nada. Quejarse es fácil, muy fácil, pero perjudicial. No seré yo quien le diga a la humanidad qué debe hacer. Como hemos visto hay muchos profesionales que a lo largo de la historia nos han dicho lo que debemos hacer para ser felices y nos ha entrado por un sitio y nos ha salido por el otro sitio. Desde aquí, yo sólo pido que hagas lo que hagas, por lo menos no te quejes. Porque hay que ser idiota para cortarse con un cuchillo y quejarse de que el cuchillo corta. El problema es que a estas alturas de la película, el director ya sabe que va a recibir críticas de personas que jamás han dirigido un filme. Así somos los humanos. Pero si este artículo ayuda aunque sea a un solo humano a darse cuenta de que necesita un cambio en su vida para ser feliz, habrá cumplido su misión.
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