Centros comerciales, tiendas, aplicaciones de venta de productos online, anuncios…, nuestra vida está enfocada al consumismo. El capitalismo, un sistema que promueve el crecimiento económico infinito, nos obliga en este mundo occidental a comprar cosas que necesitamos y que no. En sociología comprar para sobrevivir (alimentos, vivienda, vestuario, suministros, etc.) es llamado consumo racional. En cambio, nuestro consumismo está enfocado al llamado consumo romántico, consumo dedicado a productos que no necesitamos para nuestra supervivencia. El abaratamiento de los productos, la obsolescencia programada, los anuncios, las novedades tecnológicas, la moda, etc., nos invitan a gastar nuestro sueldo en cosas que no necesitamos, y nosotros caemos como gilipollas. Aunque la capacidad de consumo, en teoría, depende de nuestro poder adquisitivo, los bancos ya han procurado que sigamos gastando aun sin tener dinero. Todo es dinero. Pero la pregunta del siglo es, ¿somos libres para consumir o la publicidad y el sistema capitalista nos obliga a gastar nuestros ahorros en un coche que no necesitamos?
Por ejemplo, el filósofo francés Althusser aboga por la subordinación del consumidor al capitalismo y su explotación económica hacia las clases medias y bajas. ¿Nos manipulan para que consumamos o consumimos para aparentar? Ese es el dilema que presenta la sociología del consumo hoy día. El consumo, para algunos sociólogos, crea pobreza, desigualdad e injusticia. Esta fue la crítica de Marx sobre el consumismo. Con Marx empezaremos a analizar a los distintos sociólogos y sus ideas sobre el consumismo. Según Marx, pagar por un producto según qué precio es deshumanizar el trabajo, el esfuerzo y la creatividad del trabajador. Si bien es cierto que el consumo es parte fundamental del ciclo capitalista, para Marx el valor del producto no refleja el trabajo que hay detrás de ese producto. Esto contribuye a que las personas consuman productos no por necesidad real, sino por el valor simbólico que se les atribuye. En este sentido, el consumismo aliena al ser humano consumista, que compra cosas que no necesita solo por la presión del mercado capitalista. Un ejemplo claro del consumismo desde la perspectiva de Marx es la industria de la moda rápida (fast fashion). En este modelo de negocio, las empresas producen ropa de forma masiva, con ciclos de producción extremadamente cortos y a precios bajos dada la explotación laboral, el estatus que da tener un vestidor repleto de ropa, la alienación que producen los anuncios y las redes sociales en el consumidor y el ciclo infinito de acumulación de productos que otorga beneficios a las empresas que explotan a sus trabajadores-. Desde la perspectiva marxista, el fast fashion no es solo un problema ambiental o ético, sino un reflejo del funcionamiento del capitalismo: la producción no está orientada a satisfacer necesidades reales, sino a maximizar la acumulación de capital, utilizando el consumismo como herramienta para sostener la explotación.Con la llegada de las cadenas de
montajes inventadas por Ford, se masificó el mercado de productos similares a
bajos precios. El deseo de Ford al inventar la cadena de montaje y por lo tanto
abaratar precios era que todos sus empleados, y los empleados de otras empresas
pudieran comprar sus coches. Otro sociólogo influyente de la época y con el que
estoy bastante de acuerdo fue Durkheim. Aunque Durkheim no habla directamente
de "consumismo", su teoría sobre la sociedad y la modernidad permite entenderlo
desde una perspectiva sociológica. El concepto de anomia durkhemiano es muy
representativo del consumo romántico. Anomia significa la pérdida de valores
tradicionales y la debilidad de las normas sociales que provocan en el ser
humano como una especie de depresión que puede llevar al suicidio. Esa fue su
conclusión en su libro Suicidio, del que hablaremos en otro podcast. Para
Durkheim, la ausencia de normas sólidas hace que las personas intenten llenar
ese vacío social a través del consumismo. Este consumismo lleva al deseo
ilimitado de productos, es decir, siempre deseamos un mejor coche, un mejor
piso, etc. Este inconformismo va ligado al estatus social, que a menudo depende
de lo que tenemos y no de lo que somos (un ejemplo claro de ello es el estatus
de Paris Hilton). Desde su visión, el consumismo no es solo un hábito
económico, sino un síntoma de una sociedad que ha perdido sus estructuras
normativas sólidas, dejando a los individuos en una búsqueda constante de
satisfacción a través del consumo. Un ejemplo de ello es la obsesión que
tenemos por tener el último modelo de iPhone. Las personas (pobres de mente)
desean tener el nuevo iPhone no por su intuitividad, sino por el estatus que da
en la sociedad tenerlo. La obsolescencia programada de Apple obliga al
consumidor a renovar sus terminales cada dos años, creando así una sensación de
insatisfacción permanente y la necesidad de actualización constante. Además, las
redes sociales han provocado que nos parezca inviable vivir sin móvil para ser
parte de la sociedad (no olvidemos que el ser humano es un ser social). Desde
la perspectiva de Durkheim, esta dependencia del consumo tecnológico refleja
una sociedad donde las normas tradicionales han perdido fuerza, y los
individuos buscan llenar ese vacío a través de bienes materiales, sin encontrar
una satisfacción real y duradera. La crítica de Durkheim al ser humano es que
su individualismo, junto al poder del dinero, está creando semidioses
narcisistas que solo desean ser mejor que el vecino sin pensar en las
consecuencias. Y esto mismo es lo que refuerza el capitalismo. ¿O es el
capitalismo lo que nos hace comportarnos como semidioses? ¿Qué fue antes, el
huevo o la gallina? Si la respuesta es la segunda, entonces el capitalismo
utiliza la publicidad para manipularnos. Sin marketing, sin publicidad, el
consumo no tendría el lugar preeminente que ocupa, porque nada nos
manipularía. Imaginemos un mundo sin
televisión. Sin ver no podríamos comparar, no podríamos desear lo que el
influencer de turno tiene o recomienda y por tanto nuestro consumo sería
racional. Pero, siempre hay un pero, ¿de qué viviríamos? ¿Seríamos todos
agricultores? Sin cosmética no habría fábricas de cosméticos y por lo tanto no
habría trabajo en ese sector. La publicidad nos impone que sin dinero no hay
consumo, y sin consumo no hay felicidad. Comprar mucho es hoy día sinónimo de
felicidad, no porque tengamos la casa llena de porquería sino porque tenemos más
porquería y mejor que nuestro compañero de trabajo. La publicidad intenta
conseguir un tipo de consumidor propio y fiel, dándote a entender que si
compras su producto serás mejor persona que el consumidor de un producto de la
competencia. Algunas personas creen, egoístamente, que los anuncios no son tan
efectivos como algunos creen, pero no lo son en productos que no nos importan.
Por ejemplo, si tenemos un coche nuevo o estamos contentos con el que tenemos
los anuncios de coches nos parecerán inútiles, hasta que necesitemos uno. Ese
es el triunfo de la publicidad, que hay tanta publicidad que vuelve invisibles
aquellos anuncios que sí funcionan. Si para Durkheim, el consumismo impulsado
por la publicidad y las redes sociales puede llevar a una desconexión social,
porque cada persona busca su identidad individual a través de productos y
estilos de vida, debilitando la cohesión colectiva, para Weber, el mismo
fenómeno podría ser visto como una manera de dar sentido a la vida en una
sociedad fría y burocrática, ya que el consumo puede generar experiencias
significativas (por ejemplo, comprar algo no solo por necesidad, sino porque
tiene un valor simbólico en la vida de alguien). Inspirándonos en Weber, se
podría considerar el consumo, y por ende la publicidad, como una herramienta
idónea para construir estilos de vida propios. El consumo nos puede diferenciar
del resto, pero aun así escogemos todos el mismo camino. Para Weber el
consumismo puede entenderse desde la racionalización y desencantamiento del mundo,
buscando únicamente beneficios y control. Para Weber el ser humano está
encerrado en una jaula de hierro, en un ciclo de producción y consumo infinito
con el que cumple sus expectativas sociales. Un ejemplo de ello es la cultura
de las marcas de lujo. El lujo da estatus y sentido de pertenencia a una clase
social acomodada. Las empresas utilizan estrategias de marketing y producción
altamente calculadas para crear una sensación de exclusividad y deseo en los
consumidores (racionalización). El deseante de ese lujo trabajará muchas horas
para poder permitirse ese lujo, no porque lo necesite, sino porque cree que lo
valida socialmente (jaula de hierro). Este ciclo refuerza la lógica
capitalista, donde el consumo se convierte en un fin en sí mismo. En resumen,
para Weber, los individuos están atrapados en un sistema que los impulsa a
consumir para mantener su posición en la sociedad, sin necesidad de encontrar
una satisfacción real, y al mismo tiempo el consumismo puede ofrecer al
individuo una alternativa a seguir encerrado en su jaula (anuncios de la
lotería).
Un discípulo de Weber es
Campbell. La teoría de Campbell puede analizarse desde las investigaciones de
Pavlov con su perro. Recuerden que Pavlov asoció el sonido de una bocina con la
entrega de comida. Cuando el perro escuchaba la bocina, empezaba a salivar
porque sabía que a continuación llegaba la comida. Pues para Campbell el
consumidor es el perro de Pavlov salivando. En su imaginación, el consumidor
proyecta la buena experiencia de comprarse algo nuevo y como mejorará su vida
con ese producto nuevo. El problema surge cuando el consumidor ya ha comprado
el objeto y esa sensación agradable imaginada desaparece. En ese momento el
consumidor necesita imaginar la compra de otro producto para seguir salivando.
Y por suerte para el consumidor hay infinitos productos en el mercado con los
que salivar. En palabras de Campbell, ¨para impresionar a otros con la riqueza
propia esta debe ser exhibida manifiestamente en forma de fuerza pecuniaria, lo
que requiere que el individuo se dedique al consumo ostentoso (y
despilfarrador)¨. Según Campbell, los pobres buscan imitar a los ríos, y estos,
como no tienen a nadie por encima suyo para imitar, buscan lo nuevo y lo
exclusivo para diferenciarse del resto. Y esta continua innovación es la comida
del consumo infinito capitalista. ¨Es por esto que el soñar despierto es clave,
pues tiende a promover la añoranza o un deseo difuso e insatisfecho de
experimentar algo más de lo que la vida ha proporcionado hasta la fecha".
Este hedonismo depende del grado de alfabetización y modernidad de uno mismo,
además de los medios de comunicación, donde la mayoría de anuncios dirigen
nuestra atención a lo que podemos ser, o a hacer realidad nuestros sueños si
compramos su producto. Cuanto más analfabetos somos, más compramos. ¿Entienden
ahora la deplorable educación que están recibiendo nuestros hijos en los
colegios? Un ejemplo de lo que dice Campbell es cuando vemos anunciado un
vestido en Shein y nos imaginamos con él puesto. Si nos imaginamos como
princesas con vestido de seda largo o como reyes con capa y espada, ese vestido
será nuestro. Una vez estrenado, la imaginación desaparece, y con ella esa
sensación de sentirnos especiales al vestirlo. Por eso las marcas de ropa
utilizan modelos escuálidas para vender sus productos, te hacen imaginar que al
utilizar su producto puedes volverte modelo.
Otro sociólogo influyente pero
más actual es Giddens. Para él, el consumismo no es solo una práctica
económica, sino un fenómeno social y cultural vinculado a la identidad personal
y la globalización. Hoy día las personas deben construir su identidad continuamente,
y lo que nos define es lo que compramos, lo que tenemos. La globalización ha
ampliado las posibilidades de consumo. Si te identificas con la cultura
japonesa no tienes más que comprar en una web nipona. El ingenuo de Giddens
elimina el individualismo consumista y lo sustituye por el reflexivo. Para
Giddens, las personas toman decisiones constantemente sobre su consumo, pero lo
hacen en un contexto de incertidumbre. Por ejemplo, al comprar alimentos o
tecnología, los consumidores deben considerar riesgos ambientales, éticos y de
salud, lo que muestra cómo el consumo se ha vuelto una actividad reflexiva e
incluso ansiosa. Las plataformas digitales han convertido el consumo en parte
esencial de la identidad. Las personas no solo compran productos, sino que los
exhiben en redes sociales para reforzar su imagen personal. Influencers y
marcas juegan un papel clave al ofrecer modelos de identidad basados en el
consumo, generando una presión constante para consumir más. Pero también la
publicidad incita a comprar sus productos porque respetan el medio ambiente
(coches eléctricos, cosméticos no testados en animales o productos sin aceite
de palma). En resumen, para Giddens el consumismo es una práctica central en la
construcción de la identidad en la modernidad, influida por la globalización y
la necesidad constante de reflexionar sobre nuestras elecciones en un mundo
incierto.
En el lado opuesto a la reflexión
ecológica de Giddens está la postura de Lipovetsky. Lipovetsky se centra en la
democratización del consumo, que permite expresar públicamente nuestra
singularidad como seres humanos, algo que provoca un consumo narcisista
focalizado en la búsqueda de bienestar inmediato. Para Lipovetsky, en la
actualidad, el consumo ya no se basa solo en la ostentación o la acumulación de
bienes, sino en la búsqueda de experiencias, placer y emociones. Pero al igual
que Campbell, Lipovetsky opina que esa felicidad que da el consumo es efímera,
lo que genera un ciclo de deseo constante. Este consumo constante refuerza el
individualismo extremo para ser mejor que los demás, reafirmando así su
identidad personal superior. Esto lo producen las marcas de los productos. Aun
así, no ve el consumismo como algo negativo, tomando aquí la idea del consumo
reflexivo de Giddens. Un ejemplo del consumismo de Lipovetsky lo encontramos en
la industria del bienestar y el autocuidado. El auge de productos y servicios
como el yoga, la meditación, las dietas orgánicas o las aplicaciones de
mindfulness muestra cómo el consumo ya no es solo materialista, sino también
emocional y simbólico. La gente consume bienestar y felicidad, pero en un ciclo
interminable donde siempre hay un nuevo producto o experiencia que promete
mayor plenitud. En resumen, para Lipovetsky el consumismo en la era
hipermoderna no es solo una necesidad económica, sino un fenómeno emocional y
psicológico que define la identidad individual y el estilo de vida de las
personas.
Un sociólogo muy influyente en el
área consumista es Simmel. Para Simmel, el consumo es un motor muy poderoso de
la acción social, y lo es porque el valor de las mercancías está conectado al
deseo. El deseo de poseer ese producto o no es lo que le da valor. A más deseo,
mayor será su precio. Parecido a Weber, Simmel vincula el consumo al valor
simbólico e imaginado que damos a las cosas. El hecho de que tengan los
productos un valor subjetivo, pero socialmente compartido es lo que hace que la
mayoría de los bienes acaben siendo escasos y que solo algunos puedan
poseerlos, porque precisamente la escasez les otorga valor. Aquí vemos la
relación escasez/alto precio. Tanto para Weber como Simmel, y también Thorstein
Veblen, el consumo es, sobre todo –o, al menos, en parte–, el campo en el que
se expresa y se escenifica el estatus social que se ostenta, o bien el que se
desearía tener. Es decir, el consumo es el que crea las clases sociales y sus
distintos estratos. Por ejemplo, dentro de la clase media podemos encontrarnos
con deportistas, yuppies, hippies, heavies, etc. Aunque todos tuvieran el mismo poder
adquisitivo, desean diferenciarse del resto en su forma de vestir, pero a la
vez imitando la vestimenta de los suyos. En las ciudades modernas, los
individuos están expuestos a un bombardeo sensorial y de opciones de consumo
que genera una mentalidad “blasé”, donde las personas se vuelven insensibles
ante el exceso de estímulos y buscan emociones nuevas en el consumo. Un ejemplo
claro de esto es la renovación constante de productos tecnológicos como
móviles, ordenadores y gadgets electrónicos. La moda tecnológica sigue el mismo
patrón que la moda textil: las personas consumen para diferenciarse, pero
cuando el producto se masifica, pierden interés y buscan la siguiente novedad.
En resumen, para Simmel el consumismo es una expresión de la modernidad, donde las
personas compran no solo por necesidad, sino como una forma de afirmar su
identidad en un mundo dominado por el dinero, la moda y la búsqueda de
estímulos constantes.
Hemos hablado de Veblen. El
economista y sociólogo estadounidense, realizó un análisis profundo del
consumismo en su obra "Teoría de la clase ociosa" (1899). Su
perspectiva se centra en el concepto de "consumo conspicuo" y cómo
este se relaciona con el estatus social. Este consumo conspicuo no se basa
únicamente en la satisfacción de necesidades básicas, sino también en la
exhibición de riqueza y estatus. No se
consume para usar sino para mostrar. Veblen identifica a la "clase
ociosa" como un grupo social que se dedica a actividades no productivas y
que utiliza el consumo conspicuo para demostrar su posición privilegiada. Esta
clase influye en los patrones de consumo de otras clases sociales, que buscan
imitar sus hábitos para ganar reconocimiento y aceptación. A esta imitación la
llama emulación pecuniaria, es decir, las personas buscan aparentar una
identidad superior al resto. Esto conlleva un despilfarro de dinero en
productos inútiles o de baja calidad de las clases emuladoras que buscan así
demostrar que se tiene suficiente riqueza para permitirse el lujo de derrochar.
Por ejemplo, si queremos emular al jefe de la oficina en estatus podemos
comprar un reloj de buena calidad, como tiene él, o mil de mala calidad.
Mostrar cada día un reloj distinto a tus compañeros de trabajo te da un estatus
superior dentro de la oficina. Pero también mostrar un reloj de lujo es generar
un estatus especial. Sea como fuere, tener mil relojes o tener uno por el
precio de mil es para Veblen, y para cualquier ser humano con dos dedos de
frente, un despilfarro de dinero que bien podría dedicar el emulador en algo
más productivo como pagar un psicólogo a sus hijos. En resumen, la teoría de
Veblen ofrece una visión crítica del consumismo, destacando cómo el deseo de
estatus y la competencia por la riqueza impulsan patrones de consumo
irracionales y derrochadores.
Otro sociólogo es Bourdieu, Este
reconoce más de un eje en la diferencia de clases. No solo está el eje clase
baja/clase alta, sino que también existe el eje joven/viejo y distintos ejes
dentro de cada sector. Lo que sí identifica claramente es el eje económico y el
eje cultural (tener más o menos dinero y más o menos cultura). En términos de
consumo, tener mucho capital económico se expresa en formas de ostentación
basadas en el volumen, en la cantidad, en el lujo exhibido. En cambio, tener
mucho capital cultural se expresa en consumos más sutiles y sofisticados, que
reflejan sensibilidades cultivadas y la presunta capacidad de discernir aquello
que realmente merece la pena. Menciona también el “habitus”, esquemas mentales
que influyen en nuestras preferencias consumistas dependiendo de nuestras
experiencias sociales y de clase, y nos predispone a consumir ciertos bienes y
servicios en lugar de otros. Coincide con otros sociólogos que el consumo
distingue a las personas y las identifica, llevándolas así a una competición
insana donde prevalece el gusto construido por la sociedad (las modas). Una
elección de vino puede ser un claro ejemplo de la teoría de Bourdieu. El
capital cultural vinícola de una persona adquirido a través de la educación
cultural hará que esa persona sepa distinguir la calidad y la región del vino.
Este conocimiento puede usarlo para impresionar a los menos entendidos en
viñas. El “habitus” influirá en sus preferencias vinícolas, adaptando su
consumo a su poder adquisitivo. Esta preferencia por un vino y no otro y su
cultura le identifican a esa persona no solo en su círculo de energía amistades
sino también en el mundillo vinícola. Esa cultura puede favorecer que su
estatus aumente y también su poder adquisitivo. En resumen: La perspectiva de
Bourdieu sobre el consumismo destaca cómo el consumo está arraigado en las
estructuras sociales y cómo se utiliza para reproducir las desigualdades. El
consumo no es simplemente una cuestión de satisfacción de necesidades, sino una
forma de expresión de la identidad social y de participación en las luchas por
el poder y el prestigio.
Otro prestigioso sociólogo que ha
sido conocido por su libro Modernidad Liquida es Zygmunt Bauman. Su crítica al
consumismo se centra en cómo este se ha convertido en una fuerza dominante que
moldea nuestras vidas, nuestras relaciones y nuestra identidad. La sociedad
líquida de Bauman se distingue por ser de naturaleza fluida, cambiante e
impredecible. En esta sociedad, las estructuras sociales, las normas y los
valores son inestables y efímeros, lo que genera incertidumbre y ansiedad. El
consumismo en esta sociedad se ha convertido en un estilo de vida dominante
para alcanzar la felicidad y la satisfacción, construyendo identidades y la
aceptación social. También fomenta el individualismo y el aislamiento, ya que
las personas se centran en la satisfacción de sus propios deseos y necesidades,
en lugar de en la construcción de relaciones sociales sólidas (contrarias a
líquidas).Hay una búsqueda constante de novedad y cambio, lo que genera una
sensación de insatisfacción permanente. El ser humano se vuelve en sí un
producto más. En la sociedad líquida de Bauman, la adquisición de un nuevo
teléfono móvil no trata simplemente de la obtención de una herramienta de
comunicación, sino de un acto de consumo que busca afirmar la identidad y la
pertenencia social. Las personas se sienten presionadas a adquirir el último
modelo para no quedarse atrás, incluso si el modelo anterior sigue siendo
funcional. Además, las redes sociales son un escaparate donde el individuo se
ve obligado a mostrarse, como un producto, para ser aceptado. Las redes
sociales, además, generan relaciones líquidas, donde la cantidad de relaciones
es más importante que la calidad de estas. En este ejemplo, el teléfono móvil
se convierte en un símbolo de estatus, una forma de participar en la cultura del
consumo y una fuente de ansiedad y competencia social. Pero para poseer un
móvil hay que tener dinero. Con la modernidad, aparecen disposiciones de la
personalidad que tienen que ver con esta vinculación del dinero como fetiche:
- · la avaricia, que es la inclinación a la acumulación de dinero y que es un comportamiento que, de hecho, va en contra del consumo;
- · el despilfarro, que es el consumo compulsivo y sistemático que también hace imposible consumir como fuente de goce hedonista;
- · la pobreza ascética, que es la renuncia expresa a disponer de dinero y, por añadidura, a consumir;
- · el cinismo, que es la inclinación que minimiza el valor intrínseco de los bienes precisamente por su intercambiabilidad;
- · el “blasé”, que es la insensibilidad a las diferencias de naturaleza y de calidad entre los productos.
Bauman define al pobre como
aquella persona que está excluida del consumismo y por tanto de crearse una
identidad social. Estos pobres cumplen una función primordial en el
capitalismo, que es recordarnos a los demás cómo será nuestra vida si no
consumimos. Y el miedo a caer en la pobreza –el miedo, en definitiva– se
convierte en un motor clave en el impulso imparable del consumo y su
sistemática aceleración.
Otro sociólogo vinculado al
consumismo es Baudrillard. Su postura consumista es radical, alegando cómo el
consumo se ha convertido en un sistema de signos que define nuestra realidad.
Baudrillard sostiene que hemos pasado de una sociedad de producción a una de
consumo, donde los objetos se valoran por su simbolismo. Su “simulacro” es la
creación de realidades artificiales que parecen más reales que la misma
realidad. Los objetos se convierten en simulacros que representan deseos,
aspiraciones y estilos de vida. El consumo es un sistema de lenguaje que nos
permite comunicarnos con los otros y así construir nuestra identidad. Es decir,
una persona que viste toda de Gucci me está diciendo que no somos de la misma
clase social y que por lo tanto no querrá saber nada de mi. Se crea una
hiperrealidad donde lo que vemos y lo que creemos se convierte en realidad para
nosotros. Baudrillard afirma que el consumo ha llevado a la "muerte de lo
real", es decir, a la pérdida de contacto con la realidad auténtica. Las
redes sociales son un ejemplo perfecto de la sociedad de consumo según
Baudrillard. Las personas crean perfiles en línea que son simulacros de sí
mismas, presentando una versión idealizada de su vida. Las imágenes y los
videos que se comparten en las redes sociales son simulacros de la realidad,
que a menudo son editados y filtrados para crear una apariencia perfecta. Las
personas consumen imágenes y videos de otros, comparándose constantemente con
los simulacros que ven en línea. La búsqueda de "likes" y seguidores
se convierte en una forma de validación social, donde la identidad se construye
a través de la aprobación de los demás. En este entorno, la distinción entre la
vida real y la vida en línea se vuelve borrosa, y las personas pueden llegar a
vivir más en el mundo de los simulacros que en la realidad. En este ejemplo,
las redes sociales se convierten en un sistema de signos que define nuestra
identidad y nuestra realidad, donde los simulacros se han vuelto más reales que
la realidad misma. Si la vida es un teatro, intentemos que se convierta en un
teatro espectacular y extraordinario. Para Baudrillard el consumo es, más bien,
un espacio en el que simulamos el encantamiento. A través del consumo no
podemos crear conexiones genuinas con la realidad y con los otros, sino que más
bien las destruimos. El consumo lo intenta enmascarar, pero forma parte de los
dispositivos alienantes de la modernidad.
El consumismo hedonista ha
convertido a nuestra sociedad en una sociedad estúpida incapaz de ver más allá
de sus propias narices. Les recomiendo vean el documental de Netflix Comprar
ahora, y si verlo no les revuelve el estómago, les recomiendo ir a terapia. Si
lo que pasa en el mundo con la sobreproducción, con la obsolescencia programada
y demás, no va con ustedes han derrochado 1 hora de su vida al escuchar este
podcast. Gracias.
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