Nación, o nacionalismo, una palabra que tiene tantos puntos de vista como filósofos, historiadores o politólogos que la estudian, ha creado en los últimos tiempos mucha controversia. Herder, Naim, Seton-Watson, o más recientemente Benedict Anderson han aludido a diferentes maneras de entender un hecho cada vez más popular en el mundo. Pero de todos ellos ha destacado nuestro protagonista, Joseph Ernest Renan, que en 1882 dio una conferencia en la Sorbona que rompió con lo establecido hasta entonces y le dio un nuevo enfoque al fenómeno nacionalista.
Admirado por muchos de sus contemporáneos, el filósofo e historiador francés rompe con el romanticismo alemán para definir como un sentimiento lo que antes se aludía a la raza, a la religión o a la lengua.Joseph Ernest Renan nace en el seno de una familia católica que le inculca la religión por encima de todo. Por ello, el escritor, historiador, filólogo y filósofo francés se ordena como sacerdote en su juventud. En 1845 renuncia al sacerdocio y en 1863, su racionalismo contribuye a unas investigaciones que le llevan a publicar "La vida de Jesús" y a tildar al mesías de "anarquista", que le causa el adjetivo de "blasfemo" por la Iglesia. En esta obra demuestra ya sus pensamientos liberales pero conservadores, acordes con una Francia revolucionaria por la pésima economía del país y la lucha contra Prusia y Austria por el control de los estados germánicos independientes. Andrés de Blas Guerrero lo define como un hombre honesto, tolerante, crítico con el fanatismo religioso, monárquico, confusamente religioso, anti-burgués y creyente de una ciencia liberal en la que Renan confía para resolver los grandes problemas de la humanidad. Pero fue la independencia alemana la que le llevó a pronunciar el discurso en un tiempo donde el nacionalismo adquiría una relevante importancia.
El desmembramiento del Sacro Imperio Romano Germánico en 1806 había propiciado la aparición de numerosos pequeños estados feudales en manos de una nobleza desunida y ansiosa por enriquecerse. A esto se añadía las ansias de los tres estados colindantes, Prusia, Austria y Francia, por controlar unos territorios que albergaban a más de veinte millones de habitantes y las trabas de Inglaterra y Rusia para la formación de un gran estado europeo central que les pudiese hacer sombra en el sector industrial. La deficiente situación económica de la futura Alemania unió a una burguesía cargada de impuestos y a un pueblo que vivía anclado en el servilismo feudal de la Edad Media para constituirse una nación libre y parlamentaria, apoyada por el rey de Prusia y su primer ministro, Otto von Bismarck. La invasión de Napoleón III hasta llegar a orillas del Rin, y con él la expansión de ideas revolucionarias francesas de libertad, hicieron aflorar también en los alemanes un sentimiento nacionalista que les llevó a la unión con Prusia y Austria para echar al invasor de sus tierras. A su vez, Prusia y Austria competían por hacerse también con los pequeños estados alemanes, pero es la primera la que con la creación de la Unión Prusiana, dirigida por un Bismarck deseoso de un único estado alemán independiente. Renan, supo ver en esta independencia un sentimiento nacionalista, al margen de la religión o la lengua, que otros estudiosos no supieron ver y que le llevó en 1882 a pronunciar un discurso tan famoso como controvertido.
¿Qué es una nación? es un discurso que trata de justificar y legitimar la independencia de un estado de reciente creación como es el alemán. Consta de tres partes: introducción histórica, crítica a las hipótesis formuladas hasta la fecha y sus ideas expuestas como conclusiones.
En la primera parte del discurso, Renan, como buen historiador que es, repasa las diferentes formaciones estatales acaecidas a lo largo del tiempo, desde Esparta hasta la Francia revolucionaria. De todas las civilizaciones antiguas, sólo el Imperio romano estuvo cerca de ser una nación por su patriotismo y la centralización de poderes en la capital, Roma. Otorga a las invasiones germánicas del siglo V la introducción del principio nacional, ya que no cambiaron las razas de los países invadidos pero impusieron un gobierno basado en dinastías reales y aristocracia militar que adoptaron el nombre de sus invasores. Alude también a que la formación de estados en el siglo V y VI fue gracias a la adopción del cristianismo romano por los godos y el olvido de la lengua de los conquistadores a favor de la nativa. Es para él esencial que "el olvido y el error histórico" precedan a la creación de una nación. "La esencia -dice- de una nación es que todos los individuos tengan muchas cosas en común y que todos hayan olvidado muchas cosas". Este olvido de las raíces de un pueblo hace que éste no se desuna por la aparición de viejas rencillas raciales o culturales.
La segunda parte de la conferencia se basa en la crítica a las razones que dan sus colegas sobre la formación de una nación. Estas razones son cinco y las explica de la siguiente manera:
1. La raza.
En este apartado, para desmontar la hipótesis de la formación de naciones por motivos raciales, expone un ejemplo muy claro. En el Tratado de Verdún, las fronteras escogidas para la división del territorio conquistado por Carlomagno en favor de sus nietos no tuvieron en cuenta el origen de los pueblos seleccionados. Tomando lo dicho en la primera parte, aclara que Francia tiene orígenes celtas, íberos y germánicos. Según Renan, la raza pura, la de sangre para los antropólogos, se perdió hace ya miles de años, desde que las sociedades antiguas se convirtieron en tribus nómadas que buscaban lugares donde poder vivir de la caza y la recolección. La mezcla entre estas tribus son muy anteriores a los orígenes de la cultura o de la lengua, razones de nacionalismos para según qué políticos.
2. La lengua.
Lo que dice Renan de la raza lo dice igualmente de la lengua. Da ejemplos como Estados Unidos e Inglaterra o América Latina y España, donde se hablan los mismos idiomas pero no se comparte territorio. En el bando contrario también nombra a Suiza, en la que se hablan cuatro idiomas y es una nación. Hablar el mismo idioma no supone tener la misma raza. Para Renan, igualar la nación a un mismo idioma es encerrar a la humanidad en sí misma.
3. La religión
Ya hemos visto anteriormente que la religión tampoco forma una nación. La racionalidad de Renan le obliga a criticar la religión como algo antiguo. En la historia moderna no existen ya grupos masificados de creyentes de una misma religión. La supresión de la Inquisición y la pérdida de poder de la Iglesia, las constituciones de países que abogan por el libre culto y el avance científico, junto a la profesionalización laica de los estudios teológicos, demuestran que en el siglo XIX "se puede ser francés, inglés o alemán siendo católico, protestante, israelí o no practicando ningún culto".
4. La comunidad de intereses
En este apartado expone brevemente que el comercio no hace una nación, porque la nacionalidad es un sentimiento, no algo material que se pueda comprar.
5. La geografía
La geografía, según Renan, dividen pero no hacen naciones, porque si fuese así, el número de naciones sería igual al de ríos, o igual al de cadenas montañosas. Es decir, habría infinidad de naciones o muy pocas, dependiendo del accidente geográfico que se escogiese. La tierra nos ofrece el sustento o nos brinda los campos de batalla, pero es el hombre el que compone las naciones, y su espíritu el que las mantiene.
Por último, Renan desarrolla su teoría de nación. Para él, la nación es un alma, un principio espiritual constituido por la posesión en común de un rico legado de recuerdos y un consentimiento de convivencia, continuación de la herencia que han recibido sus integrantes de un pasado lleno de esfuerzos por parte de nuestros antepasados, que nos han hecho como somos. Una nación significa tener glorias comunes en el pasado, voluntad común en el presente de mantener el pasado y querer hacer más en un futuro. Y es el pueblo que la compone el que decide anexionarse o separarse de ella. El símil que hace comparando a la nación con el amor que se tiene a una casa que se ha construido y que se transmite a las generaciones siguientes da a entender perfectamente al público la idea que tiene el autor sobre el nacionalismo. Renan concluye que "el hombre no es esclavo ni de su raza, ni de su lengua, ni de su religión, ni del curso de sus ríos, ni de la dirección de las cadenas de montañas. Una gran agregación de hombres, sana de espíritu y cálida de corazón crea una conciencia moral que se llama nación." Y sus esfuerzos por sobrevivir la legitiman.
En definitiva, el contradictorio, liberal-conservador historiador recurre a los sentimientos para exponer su particular visión del nacionalismo y crear así una polémica con la que se puede estar de acuerdo o no, pero que a finales del siglo XIX no dejó a nadie indiferente.
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