sábado, 12 de marzo de 2022

Cayo Salustio

La Conjugación de Catilina 

Cayo Salustio nació en Roma, en Amiterno, pueblo de los sabinos, en el mismo confín del Abruzo, no lejos de la ciudad de la Aquila, la cual, según Celario afirma, se engrandeció con sus ruinas. De pequeño se aplicó a las letras, y trasladado a Roma y a los negocios del foro, cuando se dejó arrastrar por la ambición, vicio que no se avergüenza de confesar. El hecho sucede en el 63 a.C. y se produce cuando el protagonista intenta una conjura para instaurar la dictadura en Roma. Catalina se presenta a la elección de Consulado y es derrotado por Cicerón. Tras esto Catilina conjura con otros nobles más que desean el poder y la violencia. Catilina prometía a los que le apoyaban la condonación de deudas, la redistribución de tierras en favor de los más pobres y el rescate de los que no tenían nada. 

Se define a Lucio Catilina como de linaje ilustre y dotado de grandes fuerzas y talento, pero de inclinación mala y depravada. Desde pequeño fue amigo de pendencias, muertes, robos y discordias civiles, y en esto pasó su juventud. Era de ánimo osado, engañoso, vario, capaz de fingir y de disimular cualquiera cosa, codicioso de lo ajeno, pródigo de lo suyo, vehemente en sus pasiones, harto afluente en el decir, pero poco cuerdo. Estudió el arte militar siendo joven y ponía su vanidad más en las lúcidas armas y caballos belicosos, que en la lascivia y los banquetes. La avaricia echó por tierra la buena fe, la probidad y las demás virtudes; en lugar de las cuales introdujo la soberbia, la crueldad, el desprecio de los dioses, el hacerlo todo venal.

Gracias a algunos rumores, algunos nobles sospechan de la conjura. Catilina crea un ejército de desfavorecidos y pobres a los que les promete una nueva vida.

Catilina intenta asesinar a Cicerón, sin éxito. Tras ello, Cicerón obtiene plenos poderes para sofocar la rebelión y Catilina huye con su ejército de Roma. Tras un rápido juicio, Cicerón condena a los conjurados a muerte mientras Catilina huye a la Galia, siendo interceptado por el ejército de Marco Antonio. El ejército rebelde es aplastado y Catilina muere allí mismo.

Citas

Justa cosa es que los hombres, que desean aventajarse a los demás vivientes, procuren con el mayor empeño no pasar la vida en silencio como las bestias, a quienes la naturaleza crió inclinadas a la tierra y siervas de su vientre. 

¿No es mejor morir esforzadamente que vivir una vida infeliz y deshonrada, para perderla al fin con afrenta, después de haber servido de juguete y burla a la soberbia de otros? 

Porque siempre en las ciudades los que no tienen que perder envidian a los buenos, ensalzan a los que no lo son, aborrecen lo antiguo, aman la novedad, y descontentos con sus cosas y estado, desean que se mude todo, alimentándose entretanto de los alborozos y tumultos, sin cuidado alguno, porque en todo acontecimiento pobres se quedan. 

Por lo que no es tanto de admirar que unos hombres pobres, viciosos y llenos de altas esperanzas, no mirasen mejor por la república que por sí mismos. 

Porque, para decirlo breve y claro, cuantos en aquel tiempo conturbaron la república, afectando deseo del bien común con coloridos honestos, unos como que defendían los derechos del pueblo, otros como por sostener la autoridad del Senado, todos ponían su principal mira en hacerse poderosos; ninguno tenía moderación ni tasa en sus porfías: unos y otros llevaban a sangre y fuego la victoria.

A nadie parecen pequeñas sus injurias, y que muchos las llevan más allá de lo justo.

Que para los infelices la muerte, lejos de ser pena, es descanso de sus trabajos, que con ella expiran los males todos y que después no queda ya lugar al gozo ni al cuidado

En lugar de esto reina en nosotros el lujo y la avaricia, el público

exhausto, los particulares opulentos; queremos ser ricos y huimos el trabajo; no hay diferencia del bueno al malo; la ambición lleva los premios debidos a la virtud. 

En conclusión, padres conscriptos, si un delito pudiera permitirse, os juro que dejarla de buena gana que os escarmentase la experiencia, puesto que no hacéis caso de mis palabras. 

César se granjeó fama dando, socorriendo y perdonando; Catón, sin dar a nadie nada. Uno era el asilo de los miserables; otro, la ruina de los malos. 

En suma, César tenía por máxima trabajar, desvelarse, atender a los negocios de sus amigos, descuidando de los suyos; no negar cosa que fuese razonable; para sí apetecía dilatado mando, ejército y guerra nueva en que campease su valor. Catón ponía su mira en la moderación, en el decoro y especialmente en la entereza de ánimo. Y así no aspiraba a ser más rico, ni a tener más séquito que otros, sino a exceder al esforzado en valor, al modesto en honestidad, al virtuoso en integridad de costumbres; quería, en fin, más ser bueno que parecerlo, con lo que cuanto menos pretendía gloria, tanto se la conciliaba mayor.

A quien ni el honor ni los peligros mueven, es ocioso exhortarle: el miedo le tapa los oídos. 

Siempre en las guerras peligran más los que más temen; por el contrario, el valor sirve de muralla.

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