Philip George Zimbardo (Nueva York, 23
de marzo de 1933), conocido como Philip Zimbardo, es un psicólogo célebre por
su experimento de la cárcel de Stanford en el cual sus estudiantes fueron
puestos en el papel de prisioneros o de guardianes. Según las conclusiones que
extrajo del mismo, las mismas fuerzas pueden hacernos, según las circunstancias
de cada uno, o bien un torturador o bien un héroe. En calidad de experto, fue
llamado a declarar en el juicio por las vejaciones realizadas en la cárcel de
Abu Ghraib por parte de tropas estadounidenses a presos irakíes para que
expusiera su teoría de la influencia de la situación en la conducta humana. Una
de sus labores importantes ha consistido en hacer llegar la psicología al
público gracias a la serie de la cadena PBS Descubriendo la psicología.
¿Cuántas veces hemos oído en la
televisión a un vecino de un asesino que insistía en que el acusado era un buen
chico o una persona normal? El ensayo del psicólogo Zimbardo intenta resolver
esta pregunta a partir de sus estudios y experimentos a lo largo de su carrera.
¿Tiene la humanidad un lado oculto o bien el mal viene dado de nacimiento?
¿Podemos ser todos héroes o villanos según lo que vivamos o según en la
circunstancia en que nos encontremos? Pongamos un ejemplo, a ver qué creen
ustedes. ¿Recuerdan el caso de José Bretón, un padre que mató a sus dos hijos
después de que su mujer decidiera divorciarse de él? (caso Bretón). Conociendo el caso, ¿creen ustedes que
si su mujer no hubiera querido el divorcio, él habría matado a sus hijos? ¿Era
José Bretón el diablo en persona o fueron las circunstancias las que le
llevaron a ser un asesino? "José Bretón era un tío normal y un buen
compañero. No entiendo lo que ha podido pasar, cómo ha podido cambiar el chip
para hacer esto a los niños", manifestó en su momento Manuel María Gómez,
compañero de Bretón en el ejército durante cinco años. ¿Les suena? Según
Zimbardo “la psicología social ofrece muchísimas pruebas de que el poder de la
situación puede más que el poder de la persona en determinados contextos”.
Veamos por qué.
Según Zimbardo, la barrera entre el bien
y el mal “es permeable y nebulosa” y que los “ángeles pueden convertirse en
demonios y, algo que quizá sea más difícil de imaginar, que los demonios pueden
convertirse en ángeles”. Esta afirmación está basada en la imagen de M.C.
Escher, donde se confunden murciélagos con ángeles (https://www.freepng.es/png-1hug8c/). Pero, ¿qué es la
maldad? Zimbardo nos dice que la maldad consiste en obrar deliberadamente de
tal forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas
inocentes, o en hacer uso de la autoridad que tengamos sobre otros para alentar
o permitir que otros obren mal en nuestro nombre. Es decir, hacer el mal
consiste en hacer daño físico o psíquico a otra persona directamente o mediante
terceros. Pero seremos nosotros mismos los que haremos el mal o podamos
evitarlo. No debemos olvidar que nuestro conocimiento sobre nosotros mismos
viene dado por experiencias limitadas a situaciones familiares donde hay
reglas, leyes, políticas y presiones que delimitan nuestra conducta. Nuestro
viejo yo podría no actuar de la manera esperada cuando dichas reglas cambian, y
nuestro futuro yo podría hacer cosas impensables dependiendo de nuestra
experiencia actual y nuestra situación emocional. Como decía Ortega y Gasset,
yo soy yo y mis circunstancias. Seguramente Bretón pensaría en hacer algo muy
distinto a lo que hizo cuando vio nacer a sus hijos. Nuestra inteligencia,
nuestro orgullo, honradez, bondad o maldad puede en cualquier momento dado ser
mayor o menor a un tiempo pasado o futuro. Nuestra naturaleza humana puede
virar hacia el lado bueno o el lado malo según la experiencia o práctica
intensiva (o falta de ésta) o por medio de una intervención externa como el
hecho de hallarse ante una oportunidad especial. Nosotros, en el sofá,
podríamos pensar de manera muy distinta a como pensaríamos en dicha situación.
Recuerdo un libro donde el autor decía que no entendía como un padre africano
permitía que violasen a su mujer y a su hija mientras le encañonaban los sesos
con un AK-47. Según Zimbardo, el escritor de dicho libro jamás podrá entenderlo
hasta que no se encuentre en dicha situación. Para entender una pauta de
conducta compleja es necesario tener en cuenta el sistema, además de la
disposición y la situación. Posiblemente aquel africano pensaba poder salir con
vida de aquella dantesca situación tanto él como su mujer y su hija si obedecía
a los violadores. Violadores. Sí, la pertenencia a un grupo puede hacer que nos
comportemos de una manera muy distinta a como lo haríamos siendo individuales.
Las violaciones en grupo de los hutus favorecían la camaradería y los actos
inhumanos. Podemos verlo también en los grupos antisistema que revientan
escaparates o en los seguidores radicales de algunos clubes de fútbol. La
pertenencia a dicho grupo ofrece al individuo seguridad y anonimato.
Imaginemos la presión a la que podía
estar sometido aquel hombre africano que veía como otros hombres maltrataban a
su familia. O al revés. La presión que sufrían los carceleros de Abu Ghraib
provocó lo contrario a la parsimonia del hombre africano. “El ser humano es
capaz de renunciar por completo a su humanidad por una ideología irreflexiva,
de cumplir hasta el exceso las órdenes de unas autoridades carismáticas de que
destruya a todo aquel al que etiqueten como «enemigo»”. Estos grupos o
camaradas identifican al enemigo como animales y ello les hace creerse con
derecho a torturar a otros hombres. No sólo la situación, sino que también la
deshumanización al otro puede convertirnos en personas inhumanas. Esta
deshumanización está muy arraigada en el ejército. En Estados Unidos se
calificaban a los vietnamitas como infrahumanos, igual que hacen en la
actualidad con los árabes o los islamistas. El hombre blanco, que se cree
superior, ve al hombre negro como un simple mono. Tras el 11-S se trató a
cualquier árabe como enemigo de Estado y culpaban a todos ellos del atentado a
las Torres Gemelas. Culpabilidad, deshumanización, pertenencia a un grupo,
recibir órdenes de superiores con mucho poder o simplemente creernos superiores
a otro ser humano puede provocar en nosotros una situación de tal estrés que
puede convertirnos en lo que jamás creeríamos que nos pudiéramos convertir. Los
trastornos neuróticos, la carencia de amor propio, la timidez, los prejuicios,
la vergüenza y el miedo excesivo al terrorismo, son algunas de las quimeras que
limitan nuestro potencial para la libertad y la felicidad y que nos impiden
apreciar plenamente el mundo que nos rodea. Somos buenas personas hasta que nos
convertimos, o nos convierten, en malas personas. El anonimato es también una
de las causas que puede convertirnos en sádicos. En la novela El señor de las
moscas, de William Golding, el autor convierte a unos buenos chicos en
mismísimos diablos simplemente con pintarse la cara. En un experimento de
Zimbardo donde un simple civil debía causar descargas eléctricas a un supuesto
paciente (compinchado con el psicólogo), el anonimato hizo más cruel al civil
objeto de estudio que al no anónimo. En dicho estudio se comprobó que aquellos civiles
que habían tenido contacto con su “victima” antes de aplicarle las descargas
eléctricas eran mucho más comedidos en su castigo que aquellos que no habían
tenido contacto visual con su “victima”. La conclusión de este experimento y
otros como el de Stangley Milgram nos lleva a entender que las “las condiciones
que nos hacen sentir anónimos, que nos hacen pensar que los demás no nos
conocen o que no les importamos, pueden fomentar la conducta antisocial”.
Cuando la gente se encuentra en un entorno que fomenta el anonimato, su sentido
de la responsabilidad personal y cívica se reduce incluso a su máxima
expresión.
También, cómo decíamos antes, las
órdenes de un superior o de alguien a quien creemos superior a nosotros en
inteligencia puede convertirnos en seres abominables. El experimento de Jane
Elliot, maestra de primaria estadounidense, nos dará un ejemplo de esto que
decimos. Su ejercicio se conoció por el nombre de “Ojos azules-ojos marrones” y
se plasmó en un documental titulado El ojo de la tormenta. En este experimento,
Elliot indujo a los niños de ojos azules a ser superiores que aquellos que
tenían los ojos marrones. Así mismo a los niños de ojos azules se les concedió
privilegios adicionales como una segunda porción de almuerzo, sentarse en
primera fila en el aula o cinco minutos más de recreo. También se alentó a que
los niños “azules” no jugasen con los de ojos marrones, que sólo jugasen entre
ellos, que no bebiesen agua de la misma fuente que los “marrones”, y a éstos se
les castigó con más frecuencia que a los “azules” por sus errores.
¿Consecuencias? Se las pueden imaginar. Los niños de ojos azules se volvieron
arrogantes, mandones y desagradables con sus “inferiores” compañeros de clase.
Estamos hablando de niños de siete u ocho años. A su vez, los niños de ojos
marrones se volvieron tímidos y serviles y por supuesto obtuvieron
calificaciones más bajas de las que habían obtenido hasta la fecha. Incluso a
la hora del recreo formaron su propio grupo y se aislaron del resto de
niños del colegio. Al siguiente lunes, la profesora Elliot cambió los roles de
los niños. Con la excusa de un error, Elliot invirtió la superioridad de ojos e
hizo a los niños de ojos marrones superiores que los niños de ojos azules. Los
roles entre los niños cambiaron drásticamente y dónde antes hubo buenas notas o
timidez, ahora había malas notas o arrogancia, demostrando así el poder de la
discriminación. Cabe destacar que tras hacerse público su experimento, Elliot
fue criticada incluso por sus colegas de profesión pero también la comunidad
científica se interesó por ello y se publicaron libros e incluso documentales
que la convirtieron en una mujer conocida, pasando a ser una de las 100 mujeres
más influyentes según la BBC en 2016. Los niños se convirtieron en el papel que
representaban, como la mayoría de nosotros en según qué circunstancias.
Pero el estudio que da nombre al libro
es el experimento de la cárcel de Stanford, en el cual se han
basado no pocos directores para hacer sus películas. Una de ellas es Das
experiment, película alemana de 2001. En este experimento, Zimbardo simuló una
cárcel con reclusos y guardias escogidos entre estudiantes de la Universidad de
Stanford. El experimento duró sólo unos días por el hecho de que aquella
situación se descontroló. A los dos días un recluso tuvo una crisis de ansiedad
y en menos de cinco días habían tenido que abandonar el experimento tres reclusos
por la fuerte presión de los carceleros hacia sus compañeros de experimento.
Según Zimbardo, “el papel de carcelero genera sadismo. El papel de recluso
genera confusión y vergüenza. Carcelero lo puede ser cualquiera. Pero lo
difícil es estar en guardia contra el impulso de caer en el sadismo. Es una
furia silente, una malevolencia que puedes contener pero que no tiene por dónde
salir; al final sale de refilón en forma de sadismo”. Los reclusos perdieron
toda identidad personal, su conducta fue sometida a control continuo y
arbitrario de los carceleros, se les privó de sueño y de intimidad, se les
humilló con posturas sexuales en los inacabables recuentos hasta que todo esto
generó en ellos un síndrome caracterizado por la pasividad, la conformidad, la
dependencia y la depresión que se ha identificado con el síndrome de
“indefensión aprendida”. Aquellos que fueron liberados antes de hora fue por
sufrir unos trastornos graves de carácter emocional y cognitivo que, aunque
fueron pasajeros, tuvieron una gran intensidad. En general, la mayoría de los
que continuaron desarrollaron una obediencia ciega a las órdenes de los
carceleros, y la abulia con que se sometían a su poder cada vez más caprichoso
les daba el aspecto de unos «zombis». “Un recluso tenía más probabilidades de
permanecer en el entorno autoritario de la prisión y de adaptarse a él con más
eficacia cuanto más alto hubiera puntuado en las dimensiones de rigidez,
adhesión a los valores convencionales y aceptación de la autoridad, los rasgos
que caracterizaban el entorno de nuestra prisión”. Es más, lejos de estar
unidos, cuando los reclusos evaluaban a sus compañeros de prisión, el 85% de
sus comentarios eran de desprecio o desfavorables. No hubo cohesión de grupo y
mucho menos actos de rebeldía unánimes a pesar de todas las humillaciones que
sufrieron. Esto también se pudo comprobar en los campos de concentración
nazis. El psicólogo judío Bruno Bettelheim observó en el campo de concentración
donde estuvo preso que algunos prisioneros actuaban igual que sus guardias
nazis y que, además de maltratar a otros prisioneros, también llevaban puestos
restos de uniformes de las SS. Las víctimas, al intentar sobrevivir
desesperadamente a una situación hostil e imprevisible, lejos de hacerle
frente, se identifica con su agresor e incluso llega a convertirse en él. Según
Zimbardo, “la aterradora diferencia entre el poder de los guardias y la
impotencia de los prisioneros se minimiza psicológicamente mediante esta
acrobacia mental. Mentalmente, la persona se identifica con el enemigo”. Por
esto mismo el índice de reincidencia supera el 60% y las cárceles, lejos de
rehabilitar, generan aún más criminalidad y violencia en los presos que quedan
libres. Es como un desahogo, ya que no puedo hacerlo en la cárcel, una vez en la
calle dejan de reprimirse y llevan a cabo su venganza contra el Estado en forma
de más delincuencia.
Siguiendo con el experimento, los
carceleros fueron a más día a día en sus invenciones caprichosas e incluso
algunos de ellos comentaron después del experimento que la autoridad que
ejercían en la simulada prisión se la llevaban a casa hasta el punto de ser
unos desconocidos para ellos mismos. Los dos carceleros más autoritarios
obtuvieron unas puntuaciones normales en todas las dimensiones de la personalidad
salvo en una, la masculinidad. Resulta irónico pero aquellos que fueron más
sádicos y despóticos con los reclusos a su cargo no sólo obtuvieron la
puntuación en masculinidad más baja de todos los carceleros, sino que también
puntuaron más bajo que ningún recluso. Es decir, su inseguridad masculina
desató en ellos tal furia que les llevó a ser unos carceleros crueles. Dime de
que presumes… En una comparativa un tanto brusca y macabra, Zimbardo compara a
los doctores nazis con los carceleros de su prisión y los clasifica en tres
grupos. Había “los fanáticos, que participaban con entusiasmo en el proceso de
exterminio y que incluso llegaban a hacer “horas extra” para matar; luego
estaban los que seguían el proceso de una manera más o menos metódica y no hacían
ni más ni menos que lo que creían que se debía hacer; y luego estaban los que
participaban en el exterminio contra su voluntad”. Es así. Si usted lee el
libro se dará cuenta de que todos participan en el Sistema en mayor o menor
grado, pero ninguno quiso desvincularse del experimento aun viendo que sus
compañeros abusaban de los presos. Se participaba o por acción o por omisión,
pero todos los carceleros participaron en las humillaciones y vejaciones a los
irreales presos. “En un entorno situacional adecuado, cualquiera de nosotros
puede acabar repitiendo cualquier acto que haya cometido antes cualquier otro
ser humano, por muy horrible que pueda ser”.
La principal y más sencilla lección del
experimento de la prisión de Stanford es que las situaciones tienen
importancia. Las situaciones sociales pueden tener en la conducta y en la
manera de pensar de personas, grupos y dirigentes unos efectos mucho más
profundos de lo que creemos. Algunas situaciones pueden ejercer en nosotros una
influencia tan poderosa que podemos acabar actuando de una manera que nunca
habríamos imaginado. Así pues, siempre que intentemos entender la causa de una
conducta extraña o atípica, sea propia o ajena, deberemos empezar por un
análisis de la situación. Sólo deberíamos dar prioridad a un análisis de la
persona (genes, personalidad, patologías, etcétera) si el estudio a fondo de la
situación no nos ayuda a entender su conducta. En el mundo occidental y las
sociedades que fomentan el individualismo, se nos ha vendido siempre que la
disposición de la persona tiene más importancia que la situación, y por ende,
un héroe será siempre un héroe y un villano será siempre un villano. ¿Ven
ustedes a Bretón salvando la vida a un bebé en apuros o a un gatito subido en
un árbol? Pues eso. También influyen en nosotros las normas sociales y su
incumplimiento es merecedor de castigo. Pero en el caso de que no haya castigo
para los infractores de las normas sociales, estos pueden usar ese poder para
incumplir más normas. En la prisión simulada de Stanford, los carceleros sólo
respondían ante ellos mismos y por lo tanto sus vejaciones hacia los reclusos
fueron en aumento. Igualmente pasó en Abu Grahib, donde la no comparecencia de
los altos cargos dio el poder a los soldados de ensañarse con los reclusos
musulmanes. Uno de los estudiantes del experimento de Stanford dijo: “Cuando te
pones un uniforme y te dan un papel, o sea, un trabajo, y te dicen: «Tu trabajo
es mantener a esas personas a raya», es evidente que no eres la misma persona
que si llevaras ropa de calle y tuvieras un papel diferente”. En la medida en
que seamos capaces de meternos a fondo en un papel y aun así podamos
distanciarnos de él cuando sea necesario, estaremos en la posición de
«sacudirnos de encima» nuestra responsabilidad personal por el daño que podamos
causar al representarlo. Eludimos la responsabilidad por nuestros actos y se la
atribuimos al rol diciéndonos que es ajeno a nuestra naturaleza habitual. El
uniforme o la situación es la excusa perfecta para desvincularnos de las leyes
sociales y civiles que en una situación normal tendríamos la obligación de
cumplir. Por ejemplo, llevar a un herido en el coche puede darnos la excusa
para saltarnos los semáforos en rojo, aún poniendo en peligro a peatones y a
nosotros mismos, algo que cuando vamos al trabajo no hacemos por el peligro de
atropellar a alguien o de que nos multen. En este caso, la defensa es: “Yo no
tengo la culpa, sólo representaba mi papel en ese momento y en ese lugar, no
era mi verdadero yo”. Además del poder de las normas y de los roles, el poder
de las fuerzas situacionales aumenta con la introducción de uniformes, trajes y
máscaras que permiten ocultar el aspecto habitual, fomentan el anonimato y
reducen la responsabilidad persona. No es lo mismo que un civil se salte un
semáforo a que lo haga un policía.
Pero no sólo los uniformes nos dan
excusa para infringir la ley. Cuando una persona se siente anónima en una
situación, como si nadie se diera cuenta de su verdadera identidad (y, en el
fondo, como si a nadie le importara), es más fácil inducirle a actuar de una
manera antisocial, sobre todo si la situación le «da permiso» para liberar sus
impulsos o para seguir unas órdenes o unas directrices implícitas a las que
normalmente se opondría. Les pondré un caso. Imaginen que un vecino suyo ha
violado a su hija de 12 años y se lo encuentran en una reunión de vecinos.
¿Qué harían? Posiblemente nada, ya que tendríamos muchos testigos de una
actuación “ilegal”. Pero imaginen que se encuentran a su vecino en el monte mientras
recoge setas. Nadie sabe que está usted ahí, ni él, y lleva un cuchillo. No hay
nadie que pueda verlo, es completamente anónimo. ¿Qué haría? Seguramente
algo muy distinto a lo que hizo en la reunión de vecinos. Usted sigue siendo el
mismo pero la situación puede hacerle ser a usted un cobarde (reunión de
vecinos) o un homicida (monte anónimo). Muchas investigaciones documentan hasta
qué punto la desindividuación facilita la violencia, el vandalismo y el robo
tanto en adultos como en niños cuando la situación apoya estos actos
antisociales. En el caso de la reunión de vecinos, el padre de la niña violada
sufrirá lo que se llama una disonancia cognitiva, es decir, representar en
público un papel que va en contra de las propias creencias. El deseo de ese
padre es que el violador pague por lo que le ha hecho a su hija, pero el
público hace que tenga que adoptar un papel de buen ciudadano. La disonancia
cognitiva produce tensión en la víctima, y esta tensión puede provocar un
cambio en la conducta pública de la persona o en sus creencias privadas en un
intento de reducir esa tensión. La gente tiene más capacidad para racionalizar
que para ser racional; tiende a justificar las discrepancias entre su moralidad
privada y los actos que la contradicen. Ello les permite convencerse a sí
mismas y convencer a los demás de que su decisión se ha basado en
consideraciones racionales.
Desconexión moral: 4 justificaciones
-Podemos redefinir nuestra conducta
dañina como honorable y una forma de
hacerlo es crear una justificación moral para nuestros actos adoptando unos
imperativos morales que santifiquen la violencia. Otra forma es crear
comparaciones favorables que contrasten la rectitud de nuestra conducta con la
conducta malvada de nuestros enemigos (nosotros sólo los torturamos; ellos nos
decapitan).
-Podemos minimitzar la sensación de
que existe un vinculo directo entre
nuestros actos y sus resultados perjudiciales difuminando o desplazando la
responsabilidad personal. Si no nos percibimos como autores o col·laboradores en
crímenes contra la humanidad, por ejemplo, nos ahorramos tener que condenarnos.
-Podemos modificar la manera de
contemplar el verdadero daño que hemos causado con nuestros actos. Podemos pasar
por alto, distorsionar, minimizar o negarnos a creer cualquier consecuencia
negativa de nuestra conducta.
-Podemos reconstruir la imagen que
tenemos de las víctimas y considerarlas merecedoras de su castigo, culpándolas
de las consecuencias que puedan sufrir y, naturalmente, deshumanizándolas,
considerando que están por debajo del nivel moral que reservamos a nuestros
congéneres verdaderamente humanos. El hecho de no responder a las cualidades
humanas de otras personas facilita la realización de actos inhumanos. La regla
de oro, no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan, se rompe. Es más
fácil ser cruel con «objetos» deshumanizados, desoír sus peticiones y súplicas,
usarlos para nuestros propios fines, incluso destruirlos si nos irritan.
Las personas y los grupos pueden
mantener su sensación de tener unos principios morales simplemente
desconectando su actuación moral habitual en ciertas ocasiones, en ciertas
situaciones, para ciertos fines. Es como si pusieran su moralidad en punto
muerto y se deslizaran sin preocuparse por si atropellan a algún peatón hasta
que vuelven a poner una marcha y regresan a una posición moral más elevada. Por
ejemplo, más de 65.000 ciudadanos estadounidenses fueron esterilizados contra
su voluntad en una época (entre 1920 y 1940) en la que los defensores de la
eugenesia recurrían a justificaciones científicas para purificar la raza humana
librándola de todas las personas con rasgos no deseados. Esperaríamos algo así
de Adolf Hitler, pero no de uno de los juristas más venerados de los Estados
Unidos, Oliver Wendell Holmes. En una resolución judicial por mayoría (1927),
dictaminó que las leyes de esterilización obligatoria, lejos de ser
inconstitucionales, eran un bien social. Las persones no son conscientes de su
fuerte motivación para mantener la coherencia frente a las disonancias.
Normalmente, la gente tampoco es consciente de una fuerza aún mayor que guía su
repertorio conductual: la necesidad de aprobación o respaldo social. En la
prisión de Stanford, la presión colectiva de los otros carceleros daba mucha
importancia al hecho de ser «uno más del equipo», a cumplir la norma no escrita
que exigía deshumanizar a los reclusos. El carcelero bueno se marginaba del
grupo y sufría en silencio por hallarse excluido del círculo socialmente
gratificante de los otros carceleros de su turno. Por otro lado, el carcelero
duro de cada turno era emulado, como mínimo, por otro carcelero de su mismo
turno. Es decir, la mayoría gana. Imaginen que todos los vecinos menos dos se
unen para darle un escarmiento al violador. Esos dos vecinos serán excluidos
del grupo vecinal, incluso serán tachados de cobardes o cómplices, por lo que
su vida en ese edificio se convertirá en un infierno a pesar de seguir la ley.
Una de las peores cosas que podemos hacer a otro ser humano es privarle de su
humanidad, despojarlo de todo valor mediante el proceso psicológico de la
deshumanización. Esto sucede cuando pensamos que los «otros» no tienen los
mismos sentimientos, pensamientos, valores y metas que nosotros. Rebajamos o
borramos de nuestra conciencia toda cualidad humana que esos «otros» puedan
tener en común con nosotros. Así que además de tener que hacer frente a los
efectos de la disonancia, los dos vecinos “rebeldes” también se verán
presionados para que muestren conformidad con el resto de vecinos o serán
deshumanizados, con el consiguiente problema psicológico que esto pueda
acarrearles. Tras el experimento de Zimbardo uno de los carceleros reconoció
que llegó a ver a los reclusos “como si fueran ganado”. La
deshumanización suele facilitar la realización de actos abusivos y destructivos
contra las personas que se identifican de este modo. Tres semanas después del
experimento de Zimbardo, al otro lado del continente, en el Estado
de Nueva York, se amotinaron unos reclusos de la prisión de Attica. Se hicieron
con la prisión y tomaron como rehenes a casi cuarenta personas entre carceleros
y personal civil durante cinco días. En lugar de negociar con los reclusos y
atender a sus exigencias de mejorar las condiciones de opresión y
deshumanización que sufrían, el gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller,
ordenó a la policía estatal que tomara la prisión a toda costa. La policía mató
a disparos a más de cuarenta internos y rehenes que estaban en el patio e hirió
a muchas personas más. La deshumanización causó una masacre. Así pues, la
conclusión que se extrajo de este experimento fue que las relaciones de
hostilidad y enfrentamiento en las prisiones son consecuencia, principalmente,
de la naturaleza del régimen carcelario y no de los rasgos personales de los
internos o de los oficiales. El programa SERE (supervivencia, evasión,
resistencia y escape) que se ofrece a los militares y civiles que trabajan para
el Departamento de Defensa de Estados Unidos enseña cinco tácticas básicas para
hacer que los detenidos u otras personas sometidas a interrogatorio se muestren
dispuestas a confesar y facilitar información. Estas tácticas son:
-Humillación y degradación sexual.
-Humillación basada en prácticas
religiosas y culturales.
-Privación de sueño.
-Privación sensorial y sobrecarga
sensorial.
-Tormentos físicos, como inmersión en
agua o hipotermia (exposición a temperaturas gélidas) para crear miedo y
ansiedad.
Pero como hemos visto antes, el temor a
ser excluidos de un cierto grupo se ha identificado como una fuerza social que
impulsa a las personas, sobre todo a los adolescentes, a hacer cosas extrañas
—cualquier cosa— para ser aceptadas. Pero en este caso la presión de los
compañeros no tiene poder sin el impulso de la presión interior para que ellos
nos quieran, es decir, nuestras ganas de pertenecer a dicho grupo. Este temor
al rechazo y esta inseguridad interna hace que la gente esté dispuesta a sufrir
ritos de iniciación dolorosos y humillantes en fraternidades, en sectas, en
clubs sociales o en el ejército. Para muchas personas, trepar por el escalafón
de la empresa justifica toda una vida de sufrimiento. Esta fuerza motivadora
está doblemente impulsada por lo que el doctor Lewis llamaba «el terror de
quedarse fuera». Este miedo al rechazo cuando lo que uno desea es la aceptación
puede paralizar la iniciativa y anular la autonomía personal. Puede convertir a
animales sociales en seres introvertidos y cohibidos. La amenaza imaginaria de
ser expulsados del grupo puede llevar a algunas personas a hacer cualquier cosa
para evitar ese rechazo aterrado. Para argumentar esto puede verse el estudio sobre la conformidad con el
grupo de Solomon Asch. Asch probó cómo los individuos investigados fallaban una
pregunta a sabiendas de que no era cierta cuando habían tres sujetos o más que
identificaban una misma respuesta. En cambio, si hacía que el sujeto estuviera
acompañado por alguien que expresara un punto de vista coincidente con el suyo,
el poder de la mayoría disminuía mucho. Con el apoyo de ese compañero, los
errores bajaban hasta una cuarta parte de los cometidos sin él, y este efecto
de resistencia persistía cuando el compañero se había ido. Explicado de otra
manera, si más de tres sujetos dicen que la rueda es cuadrada, yo me preguntaré
si no estaré yo loco por verla redonda, en cambio, si otro sujeto nos dice que
él también ve la rueda redonda nuestro sometimiento al grupo, y por tanto al
otro punto de vista, ya no será tal. Sólo nos hace falta un compañero de viaje
para mantener nuestras ideas, pero si nos vemos solos entonces sucumbimos al
poder de la mayoría aunque estemos todos equivocados. Milgram amplió sus
conclusiones científicas y las de Asch a una predicción muy dramática sobre el
poder insidioso y generalizado de la obediencia para transformar a ciudadanos
estadounidenses normales y corrientes en personal de un campo de exterminio
nazi: «Si se estableciera en los Estados Unidos un sistema de “campos de
exterminio” como el que había en la Alemania nazi, podríamos encontrar personal
suficiente para esos campos en cualquier ciudad estadounidense de tamaño
mediano». La obediencia ciega a la autoridad, la seguridad
que nos ofrece pertenecer a un grupo o la conformidad de la mayoría
puede hacer que el ángel se convierta en el diablo, y también al revés. La
prueba definitiva ya nos la dio La Biblia en la prueba que Dios pone a Abraham
de sacrificar a su único hijo Isaac. Obediencia ciega a la autoridad llevada a
su máxima expresión ya en la antigüedad.
Hay otra maldad igual de perversa o más
que la acción. La maldad por inacción o pasividad es una verdadera piedra
angular del mal, porque hace que los malvados crean que quienes saben lo que
ocurre lo aceptan y lo aprueban aunque sólo sea por su silencio. Una frase de
Martin Luther King Jr. dice: “Debemos saber que aceptar pasivamente un sistema
injusto es cooperar con ese sistema y, de ese modo, tener parte en su maldad”.
El caso de Kitty Genovese, en 1964, es muy significativo (Documental sobre el caso). Durante más de
media hora treinta y ocho ciudadanos como usted y yo observaron cómo un asesino
perseguía y apuñalaba hasta en tres ocasiones a una mujer en Kew Gardens
(Queens). Ni una sola persona llamó a la policia durante el asalto, sólo un
testigo acabó llamando a la policía cuando Kitty ya estaba muerta. La
investigación de Bibb Latané y John Darley, docentes de dos universidades de
Nueva York, concluyó que contrariamente a lo que dicta la intuición, cuantas
más personas presencien una emergencia, menos probable será que alguna de ellas
intervenga para ayudar. Esto se explica porque formar parte de un grupo que
observa pasivamente significa que cada persona presupone que hay otras que
podrán o querrán ayudar, por lo que existe menos presión para entrar en acción
que cuando una persona está sola o se encuentra acompañada únicamente de otro
observado. Es decir, los observadores suponen que serà otro el que avise, y
como eso lo suponen todos los espectadores pues ninguno avisa. Más que por
insensibilidad, el hecho de no intervenir no sólo se debe a que temamos por
nuestra vida en una situación violenta, sino también a que negamos la gravedad
de la situación, tememos equivocarnos o hacer el ridículo, o pensamos en el
coste de meternos «donde no nos llaman». En el grupo también aparece una norma
de «inacción pasiva». Otra excusa es la falta de tiempo. En un estudio sobre la inacción de J.M.Darley y
C.D.Batson, se concluyó que las personas que tienen prisa por llegar a un lugar
en concreto ayudaban solo en un 10% de los casos, mientras que los que no
tenían prisa la probabilidad de ayudar aumentaba en proporción al tiempo libre
disponible. Así pues, la variable situacional de la presión del tiempo
explicaba las principales variaciones en cuanto a quién ayudaba y quién era un
circunstante pasivo. Al igual que las personas, los países tampoco suelen
querer verse involucrados en conflictes externos y que no les afecta
directamente, también niegan la gravedad de las amenazas y la necesidad acuciante
de pasar a la acción si no pueden sacar beneficio de su intervención.
El libro de Zimbardo nos ofrece una
cuestión primordial: ¿hasta qué punto nos conocemos a nosotros mismos para
saber con seguridad cómo actuaríamos en un entorno nuevo y sometidos a unas
presiones situacionales muy intensas? Sentados en nuestro cómodo sofá, viendo
las noticias de la tarde, es muy fácil decir que
actuaríamos así o asá pero no es cierto. Nuestra manera de pensar está
relacionada con nuestra experiencia, pero no podemos saber qué haríamos si nos
obligan a violar a una mujer mientras nos apuntan con una pistola en la cabeza
porque jamás hemos vivido dicha situación. Sólo el que la haya vivido sabrá
cómo actuará y ni así, ya que si le pasase una segunda vez probablemente la
experiencia de haberla ya vivido le hará actuar de una manera muy distinta. El ser humano se mueve
por deseos desenfrenados, apetitos insaciables e impulsos hostiles a menos que
se transforme en un ser racional, razonable y compasivo por medio de la
educación, la religión y la familia o esté controlado por la disciplina que le
impone la autoridad del Estado. Pero la situación puede hacerle cambiar de
opinión. Siendo empresario usted puede votar a uno u otro partido, mientras que
si pierde su empresa y se ve obligado a
vivir con el sueldo mínimo posiblemente vote a un partido opuesto al que votaba
cuando era empresario. Lo que somos es tanto el resultado de los extensos
sistemas que gobiernan nuestra vida —riqueza y pobreza, geografía y clima,
época histórica, predominio cultural, político y religioso— como de las
situaciones concretas en las que nos hallamos a diario. De todos estos estudios
se desprende una conclusión muy importante: cualquier cosa o cualquier
situación que haga que una persona se sienta anónima, que sienta que nadie sabe
quién es o que a nadie le importa, reduce su sentido de la responsabilidad
personal y, en consecuencia, hace posible que pueda actuar con maldad. Y esta
posibilidad aumenta cuando se añade otro factor: si la situación o alguna
autoridad le da permiso para actuar de una manera antisocial o violenta contra
otras personas, como ocurre en estos estudios, la persona estará dispuesta
incluso a «hacer la guerra». No nos conocemos ni nos conoceremos jamás al 100%
porque no vivimos tanto como para experimentar todas las situaciones posibles
que pueden darse en el mundo. Realmente somos unos desconocidos para nosotros
mismos, pero queda muy bien cara a los demás decir que nosotros no seríamos
capaces de hacer tal o cual cosa. Espero sinceramente en que nunca se encuentren
en una situación en la que se tengan que tragar sus propias palabras.
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