viernes, 22 de mayo de 2020

El efecto Lucifer de Philip Zimbardo


Philip George Zimbardo (Nueva York, 23 de marzo de 1933), conocido como Philip Zimbardo, es un psicólogo célebre por su experimento de la cárcel de Stanford en el cual sus estudiantes fueron puestos en el papel de prisioneros o de guardianes. Según las conclusiones que extrajo del mismo, las mismas fuerzas pueden hacernos, según las circunstancias de cada uno, o bien un torturador o bien un héroe. En calidad de experto, fue llamado a declarar en el juicio por las vejaciones realizadas en la cárcel de Abu Ghraib por parte de tropas estadounidenses a presos irakíes para que expusiera su teoría de la influencia de la situación en la conducta humana. Una de sus labores importantes ha consistido en hacer llegar la psicología al público gracias a la serie de la cadena PBS Descubriendo la psicología.
¿Cuántas veces hemos oído en la televisión a un vecino de un asesino que insistía en que el acusado era un buen chico o una persona normal? El ensayo del psicólogo Zimbardo intenta resolver esta pregunta a partir de sus estudios y experimentos a lo largo de su carrera. ¿Tiene la humanidad un lado oculto o bien el mal viene dado de nacimiento? ¿Podemos ser todos héroes o villanos según lo que vivamos o según en la circunstancia en que nos encontremos? Pongamos un ejemplo, a ver qué creen ustedes. ¿Recuerdan el caso de José Bretón, un padre que mató a sus dos hijos después de que su mujer decidiera divorciarse de él? (caso Bretón). Conociendo el caso, ¿creen ustedes que si su mujer no hubiera querido el divorcio, él habría matado a sus hijos? ¿Era José Bretón el diablo en persona o fueron las circunstancias  las que le llevaron a ser un asesino? "José Bretón era un tío normal y un buen compañero. No entiendo lo que ha podido pasar, cómo ha podido cambiar el chip para hacer esto a los niños", manifestó en su momento Manuel María Gómez, compañero de Bretón en el ejército durante cinco años. ¿Les suena? Según Zimbardo “la psicología social ofrece muchísimas pruebas de que el poder de la situación puede más que el poder de la persona en determinados contextos”. Veamos por qué.
Según Zimbardo, la barrera entre el bien y el mal “es permeable y nebulosa” y que los “ángeles pueden convertirse en demonios y, algo que quizá sea más difícil de imaginar, que los demonios pueden convertirse en ángeles”. Esta afirmación está basada en la imagen de M.C. Escher, donde se confunden murciélagos con ángeles (https://www.freepng.es/png-1hug8c/). Pero, ¿qué es la maldad? Zimbardo nos dice que la maldad consiste en obrar deliberadamente de tal forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la autoridad que tengamos sobre otros para alentar o permitir que otros obren mal en nuestro nombre. Es decir, hacer el mal consiste en hacer daño físico o psíquico a otra persona directamente o mediante terceros. Pero seremos nosotros mismos los que haremos el mal o podamos evitarlo. No debemos olvidar que nuestro conocimiento sobre nosotros mismos viene dado por experiencias limitadas a situaciones familiares donde hay reglas, leyes, políticas y presiones que delimitan nuestra conducta. Nuestro viejo yo podría no actuar de la manera esperada cuando dichas reglas cambian, y nuestro futuro yo podría hacer cosas impensables dependiendo de nuestra experiencia actual y nuestra situación emocional. Como decía Ortega y Gasset, yo soy yo y mis circunstancias. Seguramente Bretón pensaría en hacer algo muy distinto a lo que hizo cuando vio nacer a sus hijos. Nuestra inteligencia, nuestro orgullo, honradez, bondad o maldad puede en cualquier momento dado ser mayor o menor a un tiempo pasado o futuro. Nuestra naturaleza humana puede virar hacia el lado bueno o el lado malo según la experiencia o práctica intensiva (o falta de ésta) o por medio de una intervención externa como el hecho de hallarse ante una oportunidad especial. Nosotros, en el sofá, podríamos pensar de manera muy distinta a como pensaríamos en dicha situación. Recuerdo un libro donde el autor decía que no entendía como un padre africano permitía que violasen a su mujer y a su hija mientras le encañonaban los sesos con un AK-47. Según Zimbardo, el escritor de dicho libro jamás podrá entenderlo hasta que no se encuentre en dicha situación. Para entender una pauta de conducta compleja es necesario tener en cuenta el sistema, además de la disposición y la situación. Posiblemente aquel africano pensaba poder salir con vida de aquella dantesca situación tanto él como su mujer y su hija si obedecía a los violadores. Violadores. Sí, la pertenencia a un grupo puede hacer que nos comportemos de una manera muy distinta a como lo haríamos siendo individuales. Las violaciones en grupo de los hutus favorecían la camaradería y los actos inhumanos. Podemos verlo también en los grupos antisistema que revientan escaparates o en los seguidores radicales de algunos clubes de fútbol. La pertenencia a dicho grupo ofrece al individuo seguridad y anonimato. 
Imaginemos la presión a la que podía estar sometido aquel hombre africano que veía como otros hombres maltrataban a su familia. O al revés. La presión que sufrían los carceleros de Abu Ghraib provocó lo contrario a la parsimonia del hombre africano. “El ser humano es capaz de renunciar por completo a su humanidad por una ideología irreflexiva, de cumplir hasta el exceso las órdenes de unas autoridades carismáticas de que destruya a todo aquel al que etiqueten como «enemigo»”. Estos grupos o camaradas identifican al enemigo como animales y ello les hace creerse con derecho a torturar a otros hombres. No sólo la situación, sino que también la deshumanización al otro puede convertirnos en personas inhumanas. Esta deshumanización está muy arraigada en el ejército. En Estados Unidos se calificaban a los vietnamitas como infrahumanos, igual que hacen en la actualidad con los árabes o los islamistas. El hombre blanco, que se cree superior, ve al hombre negro como un simple mono. Tras el 11-S se trató a cualquier árabe como enemigo de Estado y culpaban a todos ellos del atentado a las Torres Gemelas. Culpabilidad, deshumanización, pertenencia a un grupo, recibir órdenes de superiores con mucho poder o simplemente creernos superiores a otro ser humano puede provocar en nosotros una situación de tal estrés que puede convertirnos en lo que jamás creeríamos que nos pudiéramos convertir. Los trastornos neuróticos, la carencia de amor propio, la timidez, los prejuicios, la vergüenza y el miedo excesivo al terrorismo, son algunas de las quimeras que limitan nuestro potencial para la libertad y la felicidad y que nos impiden apreciar plenamente el mundo que nos rodea. Somos buenas personas hasta que nos convertimos, o nos convierten, en malas personas. El anonimato es también una de las causas que puede convertirnos en sádicos. En la novela El señor de las moscas, de William Golding, el autor convierte a unos buenos chicos en mismísimos diablos simplemente con pintarse la cara. En un experimento de Zimbardo donde un simple civil debía causar descargas eléctricas a un supuesto paciente (compinchado con el psicólogo), el anonimato hizo más cruel al civil objeto de estudio que al no anónimo. En dicho estudio se comprobó que aquellos civiles que habían tenido contacto con su “victima” antes de aplicarle las descargas eléctricas eran mucho más comedidos en su castigo que aquellos que no habían tenido contacto visual con su “victima”. La conclusión de este experimento y otros como el de Stangley Milgram nos lleva a entender que las “las condiciones que nos hacen sentir anónimos, que nos hacen pensar que los demás no nos conocen o que no les importamos, pueden fomentar la conducta antisocial”. Cuando la gente se encuentra en un entorno que fomenta el anonimato, su sentido de la responsabilidad personal y cívica se reduce incluso a su máxima expresión. 
También, cómo decíamos antes, las órdenes de un superior o de alguien a quien creemos superior a nosotros en inteligencia puede convertirnos en seres abominables. El experimento de Jane Elliot, maestra de primaria estadounidense, nos dará un ejemplo de esto que decimos. Su ejercicio se conoció por el nombre de “Ojos azules-ojos marrones” y se plasmó en un documental titulado El ojo de la tormenta. En este experimento, Elliot indujo a los niños de ojos azules a ser superiores que aquellos que tenían los ojos marrones. Así mismo a los niños de ojos azules se les concedió privilegios adicionales como una segunda porción de almuerzo, sentarse en primera fila en el aula o cinco minutos más de recreo. También se alentó a que los niños “azules” no jugasen con los de ojos marrones, que sólo jugasen entre ellos, que no bebiesen agua de la misma fuente que los “marrones”, y a éstos se les castigó con más frecuencia que a los “azules” por sus errores. ¿Consecuencias? Se las pueden imaginar. Los niños de ojos azules se volvieron arrogantes, mandones y desagradables con sus “inferiores” compañeros de clase. Estamos hablando de niños de siete u ocho años. A su vez, los niños de ojos marrones se volvieron tímidos y serviles y por supuesto obtuvieron calificaciones más bajas de las que habían obtenido hasta la fecha. Incluso a la hora del recreo formaron su  propio grupo y se aislaron del resto de niños del colegio. Al siguiente lunes, la profesora Elliot cambió los roles de los niños. Con la excusa de un error, Elliot invirtió la superioridad de ojos e hizo a los niños de ojos marrones superiores que los niños de ojos azules. Los roles entre los niños cambiaron drásticamente y dónde antes hubo buenas notas o timidez, ahora había malas notas o arrogancia, demostrando así el poder de la discriminación. Cabe destacar que tras hacerse público su experimento, Elliot fue criticada incluso por sus colegas de profesión pero también la comunidad científica se interesó por ello y se publicaron libros e incluso documentales que la convirtieron en una mujer conocida, pasando a ser una de las 100 mujeres más influyentes según la BBC en 2016. Los niños se convirtieron en el papel que representaban, como la mayoría de nosotros en según qué circunstancias.
Pero el estudio que da nombre al libro es el experimento de la cárcel de Stanford, en el cual se han basado no pocos directores para hacer sus películas. Una de ellas es Das experiment, película alemana de 2001. En este experimento, Zimbardo simuló una cárcel con reclusos y guardias escogidos entre estudiantes de la Universidad de Stanford. El experimento duró sólo unos días por el hecho de que aquella situación se descontroló. A los dos días un recluso tuvo una crisis de ansiedad y en menos de cinco días habían tenido que abandonar el experimento tres reclusos por la fuerte presión de los carceleros hacia sus compañeros de experimento. Según Zimbardo, “el papel de carcelero genera sadismo. El papel de recluso genera confusión y vergüenza. Carcelero lo puede ser cualquiera. Pero lo difícil es estar en guardia contra el impulso de caer en el sadismo. Es una furia silente, una malevolencia que puedes contener pero que no tiene por dónde salir; al final sale de refilón en forma de sadismo”. Los reclusos perdieron toda identidad personal, su conducta fue sometida a control continuo y arbitrario de los carceleros, se les privó de sueño y de intimidad, se les humilló con posturas sexuales en los inacabables recuentos hasta que todo esto generó en ellos un síndrome caracterizado por la pasividad, la conformidad, la dependencia y la depresión que se ha identificado con el síndrome de “indefensión aprendida”. Aquellos que fueron liberados antes de hora fue por sufrir unos trastornos graves de carácter emocional y cognitivo que, aunque fueron pasajeros, tuvieron una gran intensidad. En general, la mayoría de los que continuaron desarrollaron una obediencia ciega a las órdenes de los carceleros, y la abulia con que se sometían a su poder cada vez más caprichoso les daba el aspecto de unos «zombis». “Un recluso tenía más probabilidades de permanecer en el entorno autoritario de la prisión y de adaptarse a él con más eficacia cuanto más alto hubiera puntuado en las dimensiones de rigidez, adhesión a los valores convencionales y aceptación de la autoridad, los rasgos que caracterizaban el entorno de nuestra prisión”. Es más, lejos de estar unidos, cuando los reclusos evaluaban a sus compañeros de prisión, el 85% de sus comentarios eran de desprecio o desfavorables. No hubo cohesión de grupo y mucho menos actos de rebeldía unánimes a pesar de todas las humillaciones que sufrieron. Esto también  se pudo comprobar en los campos de concentración nazis. El psicólogo judío Bruno Bettelheim observó en el campo de concentración donde estuvo preso que algunos prisioneros actuaban igual que sus guardias nazis y que, además de maltratar a otros prisioneros, también llevaban puestos restos de uniformes de las SS. Las víctimas, al intentar sobrevivir desesperadamente a una situación hostil e imprevisible, lejos de hacerle frente, se identifica con su agresor e incluso llega a convertirse en él. Según Zimbardo, “la aterradora diferencia entre el poder de los guardias y la impotencia de los prisioneros se minimiza psicológicamente mediante esta acrobacia mental. Mentalmente, la persona se identifica con el enemigo”. Por esto mismo el índice de reincidencia supera el 60% y las cárceles, lejos de rehabilitar, generan aún más criminalidad y violencia en los presos que quedan libres. Es como un desahogo, ya que no puedo hacerlo en la cárcel, una vez en la calle dejan de reprimirse y llevan a cabo su venganza contra el Estado en forma de más delincuencia.
Siguiendo con el experimento, los carceleros fueron a más día a día en sus invenciones caprichosas e incluso algunos de ellos comentaron después del experimento que la autoridad que ejercían en la simulada prisión se la llevaban a casa hasta el punto de ser unos desconocidos para ellos mismos. Los dos carceleros más autoritarios obtuvieron unas puntuaciones normales en todas las dimensiones de la personalidad salvo en una, la masculinidad. Resulta irónico pero aquellos que fueron más sádicos y despóticos con los reclusos a su cargo no sólo obtuvieron la puntuación en masculinidad más baja de todos los carceleros, sino que también puntuaron más bajo que ningún recluso. Es decir, su inseguridad masculina desató en ellos tal furia que les llevó a ser unos carceleros crueles. Dime de que presumes… En una comparativa un tanto brusca y macabra, Zimbardo compara a los doctores nazis con los carceleros de su prisión y los clasifica en tres grupos. Había “los fanáticos, que participaban con entusiasmo en el proceso de exterminio y que incluso llegaban a hacer “horas extra” para matar; luego estaban los que seguían el proceso de una manera más o menos metódica y no hacían ni más ni menos que lo que creían que se debía hacer; y luego estaban los que participaban en el exterminio contra su voluntad”. Es así. Si usted lee el libro se dará cuenta de que todos participan en el Sistema en mayor o menor grado, pero ninguno quiso desvincularse del experimento aun viendo que sus compañeros abusaban de los presos. Se participaba o por acción o por omisión, pero todos los carceleros participaron en las humillaciones y vejaciones a los irreales presos. “En un entorno situacional adecuado, cualquiera de nosotros puede acabar repitiendo cualquier acto que haya cometido antes cualquier otro ser humano, por muy horrible que pueda ser”. 
La principal y más sencilla lección del experimento de la prisión de Stanford es que las situaciones tienen importancia. Las situaciones sociales pueden tener en la conducta y en la manera de pensar de personas, grupos y dirigentes unos efectos mucho más profundos de lo que creemos. Algunas situaciones pueden ejercer en nosotros una influencia tan poderosa que podemos acabar actuando de una manera que nunca habríamos imaginado. Así pues, siempre que intentemos entender la causa de una conducta extraña o atípica, sea propia o ajena, deberemos empezar por un análisis de la situación. Sólo deberíamos dar prioridad a un análisis de la persona (genes, personalidad, patologías, etcétera) si el estudio a fondo de la situación no nos ayuda a entender su conducta. En el mundo occidental y las sociedades que fomentan el individualismo, se nos ha vendido siempre que la disposición de la persona tiene más importancia que la situación, y por ende, un héroe será siempre un héroe y un villano será siempre un villano. ¿Ven ustedes a Bretón salvando la vida a un bebé en apuros o a un gatito subido en un árbol? Pues eso. También influyen en nosotros las normas sociales y su incumplimiento es merecedor de castigo. Pero en el caso de que no haya castigo para los infractores de las normas sociales, estos pueden usar ese poder para incumplir más normas. En la prisión simulada de Stanford, los carceleros sólo respondían ante ellos mismos y por lo tanto sus vejaciones hacia los reclusos fueron en aumento. Igualmente pasó en Abu Grahib, donde la no comparecencia de los altos cargos dio el poder a los soldados de ensañarse con los reclusos musulmanes. Uno de los estudiantes del experimento de Stanford dijo: “Cuando te pones un uniforme y te dan un papel, o sea, un trabajo, y te dicen: «Tu trabajo es mantener a esas personas a raya», es evidente que no eres la misma persona que si llevaras ropa de calle y tuvieras un papel diferente”. En la medida en que seamos capaces de meternos a fondo en un papel y aun así podamos distanciarnos de él cuando sea necesario, estaremos en la posición de «sacudirnos de encima» nuestra responsabilidad personal por el daño que podamos causar al representarlo. Eludimos la responsabilidad por nuestros actos y se la atribuimos al rol diciéndonos que es ajeno a nuestra naturaleza habitual. El uniforme o la situación es la excusa perfecta para desvincularnos de las leyes sociales y civiles que en una situación normal tendríamos la obligación de cumplir. Por ejemplo, llevar a un herido en el coche puede darnos la excusa para saltarnos los semáforos en rojo, aún poniendo en peligro a peatones y a nosotros mismos, algo que cuando vamos al trabajo no hacemos por el peligro de atropellar a alguien o de que nos multen. En este caso, la defensa es: “Yo no tengo la culpa, sólo representaba mi papel en ese momento y en ese lugar, no era mi verdadero yo”. Además del poder de las normas y de los roles, el poder de las fuerzas situacionales aumenta con la introducción de uniformes, trajes y máscaras que permiten ocultar el aspecto habitual, fomentan el anonimato y reducen la responsabilidad persona. No es lo mismo que un civil se salte un semáforo a que lo haga un policía. 
Pero no sólo los uniformes nos dan excusa para infringir la ley. Cuando una persona se siente anónima en una situación, como si nadie se diera cuenta de su verdadera identidad (y, en el fondo, como si a nadie le importara), es más fácil inducirle a actuar de una manera antisocial, sobre todo si la situación le «da permiso» para liberar sus impulsos o para seguir unas órdenes o unas directrices implícitas a las que normalmente se opondría. Les pondré un caso. Imaginen que un vecino suyo ha violado a su hija de 12 años y se lo encuentran en una reunión de vecinos. ¿Qué  harían? Posiblemente nada, ya que tendríamos muchos testigos de una actuación “ilegal”. Pero imaginen que se encuentran a su vecino en el monte mientras recoge setas. Nadie sabe que está usted ahí, ni él, y lleva un cuchillo. No hay nadie que pueda verlo, es completamente anónimo. ¿Qué  haría? Seguramente algo muy distinto a lo que hizo en la reunión de vecinos. Usted sigue siendo el mismo pero la situación puede hacerle ser a usted un cobarde (reunión de vecinos) o un homicida (monte anónimo). Muchas investigaciones documentan hasta qué punto la desindividuación facilita la violencia, el vandalismo y el robo tanto en adultos como en niños cuando la situación apoya estos actos antisociales. En el caso de la reunión de vecinos, el padre de la niña violada sufrirá lo que se llama una disonancia cognitiva, es decir, representar en público un papel que va en contra de las propias creencias. El deseo de ese padre es que el violador pague por lo que le ha hecho a su hija, pero el público hace que tenga que adoptar un papel de buen ciudadano. La disonancia cognitiva produce tensión en la víctima, y esta tensión puede provocar un cambio en la conducta pública de la persona o en sus creencias privadas en un intento de reducir esa tensión. La gente tiene más capacidad para racionalizar que para ser racional; tiende a justificar las discrepancias entre su moralidad privada y los actos que la contradicen. Ello les permite convencerse a sí mismas y convencer a los demás de que su decisión se ha basado en consideraciones racionales.

Desconexión moral: 4 justificaciones
-Podemos redefinir nuestra conducta dañina como honorable y  una forma de hacerlo es crear una justificación moral para nuestros actos adoptando unos imperativos morales que santifiquen la violencia. Otra forma es crear comparaciones favorables que contrasten la rectitud de nuestra conducta con la conducta malvada de nuestros enemigos (nosotros sólo los torturamos; ellos nos decapitan).
-Podemos minimitzar la sensación de que  existe un vinculo directo entre nuestros actos y sus resultados perjudiciales difuminando o desplazando la responsabilidad personal. Si no nos percibimos como autores o col·laboradores en crímenes contra la humanidad, por ejemplo, nos ahorramos tener que condenarnos.
-Podemos modificar la manera de contemplar el verdadero daño que hemos causado con nuestros actos. Podemos pasar por alto, distorsionar, minimizar o negarnos a creer cualquier consecuencia negativa de nuestra conducta.
-Podemos reconstruir la imagen que tenemos de las víctimas y considerarlas merecedoras de su castigo, culpándolas de las consecuencias que puedan sufrir y, naturalmente, deshumanizándolas, considerando que están por debajo del nivel moral que reservamos a nuestros congéneres verdaderamente humanos. El hecho de no responder a las cualidades humanas de otras personas facilita la realización de actos inhumanos. La regla de oro, no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan, se rompe. Es más fácil ser cruel con «objetos» deshumanizados, desoír sus peticiones y súplicas, usarlos para nuestros propios fines, incluso destruirlos si nos irritan.

Las personas y los grupos pueden mantener su sensación de tener unos principios morales simplemente desconectando su actuación moral habitual en ciertas ocasiones, en ciertas situaciones, para ciertos fines. Es como si pusieran su moralidad en punto muerto y se deslizaran sin preocuparse por si atropellan a algún peatón hasta que vuelven a poner una marcha y regresan a una posición moral más elevada. Por ejemplo, más de 65.000 ciudadanos estadounidenses fueron esterilizados contra su voluntad en una época (entre 1920 y 1940) en la que los defensores de la eugenesia recurrían a justificaciones científicas para purificar la raza humana librándola de todas las personas con rasgos no deseados. Esperaríamos algo así de Adolf Hitler, pero no de uno de los juristas más venerados de los Estados Unidos, Oliver Wendell Holmes. En una resolución judicial por mayoría (1927), dictaminó que las leyes de esterilización obligatoria, lejos de ser inconstitucionales, eran un bien social. Las persones no son conscientes de su fuerte motivación para mantener la coherencia frente a las disonancias. Normalmente, la gente tampoco es consciente de una fuerza aún mayor que guía su repertorio conductual: la necesidad de aprobación o respaldo social. En la prisión de Stanford, la presión colectiva de los otros carceleros daba mucha importancia al hecho de ser «uno más del equipo», a cumplir la norma no escrita que exigía deshumanizar a los reclusos. El carcelero bueno se marginaba del grupo y sufría en silencio por hallarse excluido del círculo socialmente gratificante de los otros carceleros de su turno. Por otro lado, el carcelero duro de cada turno era emulado, como mínimo, por otro carcelero de su mismo turno. Es decir, la mayoría gana. Imaginen que todos los vecinos menos dos se unen para darle un escarmiento al violador. Esos dos vecinos serán excluidos del grupo vecinal, incluso serán tachados de cobardes o cómplices, por lo que su vida en ese edificio se convertirá en un infierno a pesar de seguir la ley. Una de las peores cosas que podemos hacer a otro ser humano es privarle de su humanidad, despojarlo de todo valor mediante el proceso psicológico de la deshumanización. Esto sucede cuando pensamos que los «otros» no tienen los mismos sentimientos, pensamientos, valores y metas que nosotros. Rebajamos o borramos de nuestra conciencia toda cualidad humana que esos «otros» puedan tener en común con nosotros. Así que además de tener que hacer frente a los efectos de la disonancia, los dos vecinos “rebeldes” también se verán presionados para que muestren conformidad con el resto de vecinos o serán deshumanizados, con el consiguiente problema psicológico que esto pueda acarrearles. Tras el experimento de Zimbardo uno de los carceleros reconoció que  llegó a ver a los reclusos “como si fueran ganado”. La deshumanización suele facilitar la realización de actos abusivos y destructivos contra las personas que se identifican de este modo. Tres semanas después del experimento  de  Zimbardo, al otro lado del continente, en el Estado de Nueva York, se amotinaron unos reclusos de la prisión de Attica. Se hicieron con la prisión y tomaron como rehenes a casi cuarenta personas entre carceleros y personal civil durante cinco días. En lugar de negociar con los reclusos y atender a sus exigencias de mejorar las condiciones de opresión y deshumanización que sufrían, el gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller, ordenó a la policía estatal que tomara la prisión a toda costa. La policía mató a disparos a más de cuarenta internos y rehenes que estaban en el patio e hirió a muchas personas más. La deshumanización causó una masacre. Así pues, la conclusión que se extrajo de este experimento fue que las relaciones de hostilidad y enfrentamiento en las prisiones son consecuencia, principalmente, de la naturaleza del régimen carcelario y no de los rasgos personales de los internos o de los oficiales. El programa SERE (supervivencia, evasión, resistencia y escape) que se ofrece a los militares y civiles que trabajan para el Departamento de Defensa de Estados Unidos enseña cinco tácticas básicas para hacer que los detenidos u otras personas sometidas a interrogatorio se muestren dispuestas a confesar y facilitar información. Estas tácticas son:
-Humillación y degradación sexual.
-Humillación basada en prácticas religiosas y culturales.
-Privación de sueño.
-Privación sensorial y sobrecarga sensorial.
-Tormentos físicos, como inmersión en agua o hipotermia (exposición a temperaturas gélidas) para crear miedo y ansiedad.

Pero como hemos visto antes, el temor a ser excluidos de un cierto grupo se ha identificado como una fuerza social que impulsa a las personas, sobre todo a los adolescentes, a hacer cosas extrañas —cualquier cosa— para ser aceptadas. Pero en este caso la presión de los compañeros no tiene poder sin el impulso de la presión interior para que ellos nos quieran, es decir, nuestras ganas de pertenecer a dicho grupo. Este temor al rechazo y esta inseguridad interna hace que la gente esté dispuesta a sufrir ritos de iniciación dolorosos y humillantes en fraternidades, en sectas, en clubs sociales o en el ejército. Para muchas personas, trepar por el escalafón de la empresa justifica toda una vida de sufrimiento. Esta fuerza motivadora está doblemente impulsada por lo que el doctor Lewis llamaba «el terror de quedarse fuera». Este miedo al rechazo cuando lo que uno desea es la aceptación puede paralizar la iniciativa y anular la autonomía personal. Puede convertir a animales sociales en seres introvertidos y cohibidos. La amenaza imaginaria de ser expulsados del grupo puede llevar a algunas personas a hacer cualquier cosa para evitar ese rechazo aterrado. Para argumentar esto puede verse el estudio sobre la conformidad con el grupo de Solomon Asch. Asch probó cómo los individuos investigados fallaban una pregunta a sabiendas de que no era cierta cuando habían tres sujetos o más que identificaban una misma respuesta. En cambio, si hacía que el sujeto estuviera acompañado por alguien que expresara un punto de vista coincidente con el suyo, el poder de la mayoría disminuía mucho. Con el apoyo de ese compañero, los errores bajaban hasta una cuarta parte de los cometidos sin él, y este efecto de resistencia persistía cuando el compañero se había ido. Explicado de otra manera, si más de tres sujetos dicen que la rueda es cuadrada, yo me preguntaré si no estaré yo loco por verla redonda, en cambio, si otro sujeto nos dice que él también ve la rueda redonda nuestro sometimiento al grupo, y por tanto al otro punto de vista, ya no será tal. Sólo nos hace falta un compañero de viaje para mantener nuestras ideas, pero si nos vemos solos entonces sucumbimos al poder de la mayoría aunque estemos todos equivocados. Milgram amplió sus conclusiones científicas y las de Asch a una predicción muy dramática sobre el poder insidioso y generalizado de la obediencia para transformar a ciudadanos estadounidenses normales y corrientes en personal de un campo de exterminio nazi: «Si se estableciera en los Estados Unidos un sistema de “campos de exterminio” como el que había en la Alemania nazi, podríamos encontrar personal suficiente para esos campos en cualquier ciudad estadounidense de tamaño mediano». La obediencia ciega a la autoridad, la seguridad que  nos ofrece pertenecer a un grupo o la conformidad de  la mayoría puede hacer que el ángel se convierta en el diablo, y también al revés. La prueba definitiva ya nos la dio La Biblia en la prueba que Dios pone a Abraham de sacrificar a su único hijo Isaac. Obediencia ciega a la autoridad llevada a su máxima expresión ya en la antigüedad.
Hay otra maldad igual de perversa o más que la acción. La maldad por inacción o pasividad es una verdadera piedra angular del mal, porque hace que los malvados crean que quienes saben lo que ocurre lo aceptan y lo aprueban aunque sólo sea por su silencio. Una frase de Martin Luther King Jr. dice: “Debemos saber que aceptar pasivamente un sistema injusto es cooperar con ese sistema y, de ese modo, tener parte en su maldad”. El caso de Kitty Genovese, en 1964, es muy significativo (Documental sobre el caso). Durante más de media hora treinta y ocho ciudadanos como usted y yo observaron cómo un asesino perseguía y apuñalaba hasta en tres ocasiones a una mujer en Kew Gardens (Queens). Ni una sola persona llamó a la policia durante el asalto, sólo un testigo acabó llamando a la policía cuando Kitty ya estaba muerta. La investigación de Bibb Latané y John Darley, docentes de dos universidades de Nueva York, concluyó que contrariamente a lo que dicta la intuición, cuantas más personas presencien una emergencia, menos probable será que alguna de ellas intervenga para ayudar. Esto se explica porque formar parte de un grupo que observa pasivamente significa que cada persona presupone que hay otras que podrán o querrán ayudar, por lo que existe menos presión para entrar en acción que cuando una persona está sola o se encuentra acompañada únicamente de otro observado. Es decir, los observadores suponen que serà otro el que avise, y como eso lo suponen todos los espectadores pues ninguno avisa. Más que por insensibilidad, el hecho de no intervenir no sólo se debe a que temamos por nuestra vida en una situación violenta, sino también a que negamos la gravedad de la situación, tememos equivocarnos o hacer el ridículo, o pensamos en el coste de meternos «donde no nos llaman». En el grupo también aparece una norma de «inacción pasiva». Otra excusa es la falta de tiempo. En un estudio sobre la inacción de J.M.Darley y C.D.Batson, se concluyó que las personas que tienen prisa por llegar a un lugar en concreto ayudaban solo en un 10% de los casos, mientras que los que no tenían prisa la probabilidad de ayudar aumentaba en proporción al tiempo libre disponible. Así pues, la variable situacional de la presión del tiempo explicaba las principales variaciones en cuanto a quién ayudaba y quién era un circunstante pasivo. Al igual que las personas, los países tampoco suelen querer verse involucrados en conflictes externos y que no les afecta directamente, también niegan la gravedad de las amenazas y la necesidad acuciante de pasar a la acción si no pueden sacar beneficio de su intervención.

El libro de Zimbardo nos ofrece una cuestión primordial: ¿hasta qué punto nos conocemos a nosotros mismos para saber con seguridad cómo actuaríamos en un entorno nuevo y sometidos a unas presiones situacionales muy intensas? Sentados en nuestro cómodo sofá, viendo las noticias de la tarde, es muy fácil decir que actuaríamos así o asá pero no es cierto. Nuestra manera de pensar está relacionada con nuestra experiencia, pero no podemos saber qué haríamos si nos obligan a violar a una mujer mientras nos apuntan con una pistola en la cabeza porque jamás hemos vivido dicha situación. Sólo el que la haya vivido sabrá cómo actuará y ni así, ya que si le pasase una segunda vez probablemente la experiencia de haberla ya vivido le hará actuar de una manera muy distinta. El ser humano se mueve por deseos desenfrenados, apetitos insaciables e impulsos hostiles a menos que se transforme en un ser racional, razonable y compasivo por medio de la educación, la religión y la familia o esté controlado por la disciplina que le impone la autoridad del Estado. Pero la situación puede hacerle cambiar de opinión. Siendo empresario usted puede votar a uno u otro partido, mientras que si pierde su empresa y  se ve obligado a vivir con el sueldo mínimo posiblemente vote a un partido opuesto al que votaba cuando era empresario. Lo que somos es tanto el resultado de los extensos sistemas que gobiernan nuestra vida —riqueza y pobreza, geografía y clima, época histórica, predominio cultural, político y religioso— como de las situaciones concretas en las que nos hallamos a diario. De todos estos estudios se desprende una conclusión muy importante: cualquier cosa o cualquier situación que haga que una persona se sienta anónima, que sienta que nadie sabe quién es o que a nadie le importa, reduce su sentido de la responsabilidad personal y, en consecuencia, hace posible que pueda actuar con maldad. Y esta posibilidad aumenta cuando se añade otro factor: si la situación o alguna autoridad le da permiso para actuar de una manera antisocial o violenta contra otras personas, como ocurre en estos estudios, la persona estará dispuesta incluso a «hacer la guerra». No nos conocemos ni nos conoceremos jamás al 100% porque no vivimos tanto como para experimentar todas las situaciones posibles que pueden darse en el mundo. Realmente somos unos desconocidos para nosotros mismos, pero queda muy bien cara a los demás decir que nosotros no seríamos capaces de hacer tal o cual cosa. Espero sinceramente en que nunca se encuentren en una situación en la que se tengan que tragar sus propias palabras.

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