sábado, 12 de marzo de 2022

Cómo hablar para que sus hijos escuchen, cómo escuchar para que sus hijos hablen de Adele Faber

Adele Faber es una autora estadounidense, escritora de libros sobre crianza y familias. Es experta en comunicación entre adultos y niños, graduada en la Universidad de Nueva York en educación. Fue miembro de la facultad de la New School for Social Research en Nueva York y del Family Life Institute de la Universidad de Long Island. 

''No sólo todas nuestras conversaciones se estaban convirtiendo en peleas, sino que además yo le estaba repitiendo a mi hijo una y otra vez que no confiara en sus propias percepciones, si no en las mías''. 

Frases como esta han podido ser pronunciadas por cualquiera de nosotros o serán pronunciadas por cualquiera de nosotros en un futuro. Todas las edades, todas las etapas por las que nuestros hijos pasan son difíciles para los padres. Para estos es a veces muy difícil comunicarse con un niño de seis años, de diez años, de catorce o dieciocho años. Cada etapa del menor conlleva un problema distinto para los sufridos padres y no hay mejor manera que el diálogo para solucionar dichos problemas. Pero la diferencia de edad, de vida, de experiencias, hace que padres e hijos no se entiendan. El padre busca obediencia, el hijo busca experiencias. El padre es cauto, el hijo rebelde. Llegar a un entendimiento es primordial para que ambos se pongan en el lugar del otro y poder así vivir y convivir en armonía. '
Como nos dice Faber, al fin y al cabo padre e hijo son dos personas independientes, con sentimientos distintos, sin que ninguno de los dos tenga razón o esté equivocado. Los sentimientos son personales e intransferibles. El secreto de una buena comunicación es la empatía. 

Los sentimientos
El niño se siente menos alterado, menos confundido y capaz de enfrentarse a sus sentimientos y a sus problemas cuando su progenitor reconoce su dolor interno y le brinda una oportunidad para seguir hablando de lo que le molesta. No interrumpir al menor cuando se expresa es esencial. Escuchar con atención, aceptar sus sentimientos con un ''oh'' o un ''mmm'', darle un nombre a los sentimientos del niño (frustración, felicidad, etc.), conceder sus deseos en la imaginación (quisiera poder hacer que el plátano madurara justo en este momento para que te lo comieras) ayudan al pequeño a sincerarse y a perder el miedo a expresarse libremente. Si la actitud del padre no es compasiva, cualquier cosa que digamos nuestro hijo la percibirá como algo falso o como una manipulación. El peor error que puede cometer un padre es querer convertir a un niño en imagen y semejanza suya, porque pretendemos convertir a un niño de diez años en un hombre de cuarenta, sin tener en cuenta que nuestros hijo son distintos a nosotros. Hay que escuchar al niño y aceptar sus sentimientos, no darles consejos ni decirles cómo se sienten. Deben experimentar y conocerse a sí mismos. Cuando se niegan los sentimientos, padres e hijos se vuelven cada vez más hostiles los unos hacia los otros. A los niños no se les debe preguntar por qué se sienten como se sienten porque la mayoría de veces no saben contestar y otras veces se muestran renuentes a decirlo, porque temen que a los ojos de los adultos su razón no parezca lo bastante buena. Como a cualquier persona de cualquier edad, a los niños les gusta en un momento de aflicción que les reconozcan lo que están experimentando, no una palabra de acuerdo o desacuerdo. El niño necesita, aunque no lo creamos, nuestra desaprobación en ciertos momentos, pero no debemos abusar de nuestro poder como padres haciéndole sentir inútil. Este abuso puede crear la posibilidad de exagerar sentimientos de culpa y odio del niño hacia sí mismo y así influenciarlo en su personalidad. Es decir, si le hacemos sentir a un niño un ser inútil, estamos creando un ser inseguro e introvertido. Para solucionar este odio hacia usted y hacia sí mismo del niño debemos hacerle saber con un tono neutral que no nos ha gustado lo que hemos escuchado (ese "te odio papa" no me gusta oírlo) y que debe expresar su enfado de otra manera, así sí podremos ayudarle. Si el enfado persiste, podemos calmar a un niño o bien dándole una almohada a modo de saco de boxeo o haciendo que dibuje lo que siente.
Los estudios han demostrado que cuando los padres aceptan los sentimientos de sus hijos, ellos aceptan mejor los límites que les fijamos. No debemos ser tan firmes al corregir a nuestros hijos, sino que debemos escucharles y compartir nuestros verdaderos sentimientos con nuestros hijos para encontrar las soluciones adecuadas para ambos. Si los padres no hablan de sus propios sentimientos con sus hijos, dificilmente los hijos hablarán con sus padres de sus sentimientos. Cabe recordar siempre que somos el espejo en el que se miran. El típico "¡cálmate!" o "¡ya basta!" agita más a los niños. Un ejemplo de saber escuchar es anotar en el móvil o en una libreta todos aquellos juguetes que al niño le gustan cuando visitamos una juguetería, por ejemplo. Y quien dice juguetes dice sentimientos. De esta forma lo calmamos y el niño ve que nos preocupamos por sus gustos e inquietudes. Una manera de que el niño coopere y nos haga caso sin tener que enfadarnos es que:
1. los padres describan el problema (por ejemplo hay una toalla mojada sobre mi cama)
2. dar información (la toalla esta mojando las sábanas)
3. debemos decirlo con una palabra (la toalla), 
4. describir nuestros sentimientos (no me gusta dormir en una cama mojada)
5. ayuda mucho escribir una nota dejada en el lugar correcto (sobre el toallero por ejemplo poner una nota que diga "déjame aquí, gracias, tu toalla"). 
Cabe recordar que a la mayoría de los niños les fascina recibir notas, tanto los que ya saben leer como los que no pueden hacerlo. Los pequeños, por lo común, se sienten muy emocionados cuando reciben un mensaje escrito de sus padres: eso los anima a escribir o a dibujar notas en respuesta a las de sus padres. Este procedimiento de cooperación le informa al niño sobre nuestros sentimientos y le brinda la ocasión de hacer bien las cosas sin tener que llevarse una bronca y pensando por él mismo lo que realmente es correcto hacer. Si tratamos al niño como un ser estúpido, como por ejemplo diciéndole que la comida se estropea si no la dejamos en la nevera, el niño se cree que es un estúpido. Si usted califica a un niño diciendo que es lento para aprender, él empezará a considerarse como un niño de lento aprendizaje. Somos dioses infalibles para ellos y por eso creen todo lo que les digamos, aunque sea en su perjuicio. Acostumbrábamos a pensar que cuando le decíamos a un niño que algo era "fácil", lo estábamos animando. Ahora nos damos cuenta de que al decirle: "Inténtalo, es muy fácil", no le estamos haciendo ningún favor. Si logra hacer algo "fácil", siente que no ha logrado gran cosa. Si fracasa, entonces ha fracasado en hacer algo sencillo y se siente un estúpido. Debemos decirnos a nosotros mismos: "voy a demostrarle a mi hijo que lo acepto y a sintonizarme con él hasta donde sea posible. Voy a escuchar la información y los sentimientos que tal vez nunca antes he escuchado". "Trataré de evitar los juicios, las evaluaciones y los sermones. No trataré de persuadirlo ni de convencerlo". Esta es realmente la actitud a seguir. Aunque debemos reconocer que evitar sermonearle es muy difícil. 
Los niños preguntados sobre cómo desean que sus padres les recuerden sus equivocaciones o descuidos dicen que prefieren una sola palabra (luz, toalla, queso), ya que para ellos es un gran alivio no tener que escuchar el interminable discurso de por qué eso está mal hecho. Tampoco debemos usar el nombre de nuestro hijo como comentario con una sola palabra para reprocharles su equivocación, ya que cuando escuchan en tono de desaprobación su nombre muchas veces al día, los niños asocian su nombre con enfado, reproche o desaprobación y así llegan a odiar su propio nombre, además de pensar que han hecho algo malo cada vez que les llaman. 
Cada vez que demostramos respeto hacia los sentimientos de nuestros hijos, cada vez que les ofrecemos una oportunidad de hacer una elección o que le brindamos una oportunidad de resolver un problema, aumentan su confianza y su propia estima.

El castigo
Un problema muy común es cómo debemos castigar a nuestro hijo. El castigo sólo puede conducir a sentimientos de odio venganza, desafío, culpabilidad, desmerecimiento y autocompasión. El doctor Ginott decía que el problema con el castigo es que no da resultado, que es una distracción y que en vez de que el niño se arrepienta de lo que hizo y piense en la forma de enmendarse, se preocupa con fantasías de venganza. Es decir, como un hombre adulto herido en su orgullo por otro, al niño le es más fácil vengarse que reconocer su error.

Alternativas para el castigo 
1. Señalar una forma de ser útil. 
2. Expresar una enérgica desaprobación (sin atacar el carácter del niño). 
3. Indicarle lo que usted espera de él. 
4. Demostrarle al niño cómo cumplir en forma satisfactoria. 
5. Ofrecerle una elección. 
6. Emprender alguna acción. 
7. Permitir que el niño experimente las consecuencias de su mal comportamiento.

Para evitar el castigo y hacerle entender al niño sus obligaciones, el primer paso que debemos dar es hablar de los sentimientos y necesidades de sus hijos. Segundo paso es hablar el padre de sus propios sentimientos y necesidades. El tercer paso es buscar juntos alguna idea genial para encontrar una solución que les convenga a ambos. Paso cuarto, anotar todas las ideas, sin hacer ninguna evaluación. Y paso quinto, decidir qué sugerencias le agradan, cuáles no le agradan y cuáles piensa poner en práctica. La disciplina requiere respeto y confianza mutua. El respeto fomenta la autonomía y la autonomía es el fin de la educación. Muchos padres creen que la autonomía de sus hijos es el cese de su función como padres y se aferran a esta carencia intentando mantener a su hijo bajo su dependencia a cualquier edad. Esto es un error. Primero porque nuestra misión como padres es hacer al niño un ser independiente y autónomo; segundo porque aunque sea independiente y autónomo, los padres siguen teniendo su misión como consejeros, apoyo moral o pañuelo para lágrimas; y tercero, ¿qué será de un hijo dependiente de sus padres cuando éstos fallezcan?

Para fomentar la autonomía 
1. Deje que los niños hagan sus propias elecciones. 
2. Demuestre respeto hacia los esfuerzos de un niño. 
3. No haga demasiadas preguntas. 
4. No se apresure a dar respuestas. 
5. Anime al niño a emplear recursos fuera de su hogar. 
6. No le quite la esperanza.

Si queremos que nuestros hijos nos hagan caso, ademas de hacer lo dicho hasta ahora y no castigarlo, siempre que sea posible, sustituya el "no" por un "sí”. Si el niño pregunta si pueden ir al parque, en vez de "no, todavía no has comido", sustituya por un "sí, por supuesto; iremos después de comer". El positivismo es un arma muy eficaz para el entendimiento con el menor. "Veo un piso limpio, una cama bien hecha y unos libros muy bien ordenados en el anaquel." "¡Es un placer entrar a esta habitación!" “Veo que ordenaste en grupos tus lápices, tus rotuladores y tus plumas y los guardaste en cajas separadas. ¡A eso es a lo que yo le llamo organización!". Estas frases son ejemplos de lo que le podemos decir a un hijo una vez recoja su habitación para que se sienta seguro de sí mismo y fomentar así su autonomía. Nuestra labor como padres es hacerles saber a nuestros hijos las cosas buenas que hay en ellos. Si somos amables con nosotros mismos, les enseñamos a nuestros hijos a ser amables con ellos mismos. Para liberar a los niños de la representación de papeles,  busque las oportunidades para enseñarle una nueva imagen de sí mismo o de sí misma, coloque a los niños en situaciones en las cuales puedan verse a sí mismos de una manera diferente, deje que los niños alcancen a escuchar cualquier comentario positivo que usted haga acerca de ellos, modele la conducta que le gustaría ver, sea un depósito para los momentos especiales de su hijo y cuando su hijo actúe de acuerdo con el antiguo estereotipo, manifieste sus sentimientos y/o sus expectativas.
El oficio de padre es el más difícil y costoso de aprender que hay en la Tierra, y también el más desagradecido. No por ello debemos comportarnos como tiranos en la educación de nuestros hijos. La comprensión y el diálogo, no el discurso, hacen que los hijos participen de forma activa en su propia educación. El niño es un ser independiente y como tal le agrada ser escuchado y tomado en cuenta en la toma de decisiones del núcleo familiar. Para que nos escuchen debemos principalmente saber hablar y decir cosas interesantes. Si sabemos llegarles de forma correcta nos escucharán y si sabemos escuchar, nuestros hijos nos explicarán sus inquietudes y nos pedirán consejo. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario